La foto escondida

Alberto Ernesto Feldman

Liebe

Abrí el atado y saqué lentamente la vieja foto escondida desde hace tantos años, envuelta en papel de seda y apretada entre hojas de tela esmeril y papel de lija, en el primer cajón del banco de trabajo de mi taller casero, donde nadie emplearía su curiosidad y mis nietos no pueden alcanzarlo cuando llegan hasta aquí, el lugar preferido de sus juegos.

Apareció otra vez, con su rostro saludable, su sonrisa franca y sus rulos rubios, una mujer madura y hermosa, “cara de manzana”  la llamé en nuestro primer encuentro, y ella lo tradujo, enseñándome las primeras palabras que aprendí en alemán: apfel gesicht. Después, en los momentos de pasión, otras palabras se fueron sumando, y los dos fuimos aprendiendo otro idioma.

Con la misma nitidez de esta foto, que ya está amarilleando, tengo grabado el momento, el lugar y la forma en que nos conocimos. Creo que fue resultado de una conjunción de cosas: Yo salía por última vez, para no volver, del cuartel donde había cumplido el servicio militar, el lugar donde había perdido un año de trabajo, un año de estudios y la dignidad como persona.

Por doce larguísimos meses me había convertido en el mucamo y ayudante de cámara de un joven y engreído oficial de caballería, a quien despreciaba por su estupidez y a quien debía servir prácticamente como un esclavo, era un pequeño tirano que castigaba mis protestas limitando mis días de salida a niveles de confinamiento, en un cuartel que estaba a sólo veinte cuadras de mi casa.

Por otra parte, rondaban en mi mente, en ese año de encierro, las antiguas fantasías sexuales compartidas con mis amigos quinceañeros en nuestras trémulas charlas de púberes no iniciados o iniciados a medias. En esos ardientes pensamientos, siempre esperábamos, como otros esperan al Mesías, la aparición de una mujer mayor que nosotros y, no sé por qué razón, extranjera. Así era, en nuestra afiebrada imaginación, aquella que cumpliría con todos nuestros coloridos deseos, quien nos develaría todos los misterios de ese mágico Ser que es el Otro Sexo.

Salí del cuartel, deslumbrado por el sol, como si hubiera salido de un oscuro túnel, por primera vez en tanto tiempo con mi propia ropa, y apretando con fuerza la Libreta de Enrolamiento, comencé a caminar por Cabildo hacia Federico Lacroze. Entonces la vi.

Caminaba unos diez metros delante de mí, con un paso firme que al principio me costó seguir, pero fui acelerando al compás de sus largas piernas y del rítmico movimiento, casi militar, de su brazo derecho. Era muy atractiva, ¡y sólo estaba mirándola de espaldas!, con sus rulos rubios, enfundada en un traje sastre que modelaba su cintura y exageraba sus caderas.

Algo me pasó, dejé en ese instante de ser el que había sido, un muchacho callado y tímido hasta la exageración, y con una audacia de la que fui el primer sorprendido, seguramente motorizada por una explosión hormonal, le dije la primera cosa que se me ocurrió al ver el portafolio que llevaba en su mano izquierda: “¿Usted es profesora?”, y me sentí el Rey de los imbéciles.

Sin sorprenderse, como si hubiera estado esperándolo, giró su cara hacia mí y me di cuenta que quien creí una bella joven, era realmente bella, pero me doblaba en edad. Riendo, me alentó, contestando trabajosamente: “¡No…no soy profesora, soy alumna, aprendo Castellano!” De allí en adelante, se cumplieron mis fantasías, pero crecieron también los sentimientos.

Nuestra relación duró doce años. Al despedirnos, lloramos los dos y nos separamos porque yo había encontrado a la mujer con la que formaría una familia y sentí, como un dolor inevitable, la necesidad de concluir una cosa para construir la otra.

Años más tarde, alguien me explicó que eso no había sido Amor, que Ilse había tenido su familia y su oportunidad veinte años antes, en una Europa en llamas, y nuestra relación sólo significaba un ancla en su desesperanzado camino, mientras que yo había encontrado en ella, no sólo la realización de mis deseos, sino también la protección de una madre que no había tenido. No estoy de acuerdo totalmente con esta interpretación, pero algo puede haber de cierto.

De todos modos, aunque no teníamos futuro, fue maravilloso. Gracias por todo, Ilse, ¿Viste que no te olvidé?

Con mucho cuidado envolví la foto y volví a ponerla en su lugar.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.