Las amantes son rubias: “Superstition”

Marita Rodríguez-Cazaux

Psicóloga

La tarde en que lo conocí, llovía torrencialmente. Yo bajaba las escaleras del subte, apresurada, tropecé en los primeros escalones. Quise asirme, patiné. Sentí que mi cuerpo, en desequilibrada estética, iba en picada por las escaleras.

A la altura que llevaban mis ojos en la caída, un pantalón oscuro, subía. Luego, corridas, zapatos mojados, regatones. Me detuve en el último escalón, el taco de la bota partido, un doloroso raspón en la rodilla.

Quise empinar el cuerpo, desde la espalda, un tirón me encogió el hombro derecho. Una mano firme, impulsándome, me ayudó a ponerme en pie. La misma mano, alcanzó la cartera, el paraguas, el echarpe, mientras yo trataba de mantener estabilidad sobre el tacón roto.

—Te acompaño a tomar un taxi, no podés viajar así en el subte. ¿Te sentís bien? —dijo él, y la voz me sonó perfecta.

Subimos, detuvo un taxi. Sostuvo el paraguas mientras yo me acomodaba en el asiento, me entregó su tarjeta.

—Llamame, por favor, cuando llegues —dijo antes de cerrar la puerta del auto, tuteándome con naturalidad.

Cuando entré en el departamento, me ardía la rodilla, el tobillo se había hinchado dentro de la bota. Por supuesto, no lo llamé, preferí tirarme en el sillón del living. Después, me apliqué compresas de hielo y tomé un té caliente. Antes de acostarme, pensé que él había demostrado consideración al decir que lo sentía con su voz perfecta y disqué el número. En el contestador dejé el agradecimiento.

Al día siguiente la sesión con mi psicóloga rondó en la caída libre por escaleras, la que había ocurrido por mi estado anímico en baja, aseguró.

—Derrumbarse, despeñarse —terció—trasunta una crisis. Analicé que había pasado épocas de crisis mayores sin resbalar por escaleras.

—Soy supersticiosa, fue la lluvia, nunca me ha traído buena suerte —la contrarié. Ella hizo un gesto de comprensión y convine en que la cabeza marca los pasos y que tuve suerte en hallar un gesto de atenta cordialidad entre las indiferencias que transitaban los peldaños.

Dos días más tarde, él me llamó, mi teléfono había quedado grabado en su contestador. Resolvimos encontrarnos, y me invitó a cenar. Al salir, ya esperaba al lado de la puerta de su auto. Se adelantó,  una sonrisa simpática le estiró la boca. Nos dimos un beso ligero, me ayudó a subir al auto.

Era más apuesto de lo que recordaba. El perfil, el pelo oscuro, se iluminaban con las luces de los semáforos. “Qué seductor”, pensé y sentí un aire familiar, como si siempre nos hubiéramos tratado.

El maître trajo una botella de espumante francés.

—Por todas las escaleras de  todos los subtes— dijo, y brindamos. El recuerdo del desmañado charme con que pisé el destino aquella tarde, me distrajeron por un instante.  —…a una mujer como vos —le oí decir con su voz perfecta. Me pareció que el mozo, al servir la copa, descubría mi rubor. Él, volvió a tomarme la mano

 —¡Qué destino a favor! — aseguró con aire sensual —Están tocando Superstition,¿bailamos? —me animó tomándome de la mano. En dos o tres pasos sintonizamos el ritmo del soul, lo noté sensible, tierno.

Me sorprendí contándole cosas de mi vida, detalles y fobias, tantas que estaba obligada a perpetuar terapias de apoyo. Él me comentó de sus alcances como escritor, y los pormenores de una obra que quería llevar al escenario.

—Es hora de irnos — propuse ya entrada la madrugada. Asintió, levantándose, me cubrió los hombros con el tapado. Por supuesto, me besó al llegar a casa. Se quedó aguardando a que lo saludara desde el ascensor.

Era tardísimo, igual, no podía dormir. Me desmaquillé y guardé la ropa. Preparé una infusión y me senté frente a la computadora. En Google, hallé detalles de su carrera. Era columnista en un periódico, colaboraba en una revista literaria, había obtenido dos menciones internacionales por sus obras. Me dormí pensando que se le otorgaba la Palma de Cannes y yo, le entregaba el galardón. Sobre la alfombra roja,   lucía tan esbelta como Kate Moos ataviada con un solero de Valentino. Supuse que debería tratarlo con la psicóloga, no es propio soñarse en otro cuerpo, intercalando deseos y carencias.

A la mañana siguiente, temprano, mi hermana llamó por teléfono.

—Ayer me acosté tarde. Te llamo después  — prometí, pero fue inútil; mi hermana no tiene paciencia para esperar el motivo por el que me acuesto tarde. Al mediodía vino a oír la parte romántica del encuentro.

—Es el destino -concluyó mi hermana- Estaba escrito que ibas a conocer a un hombre de talento— acotó como si la clarividencia fuera su profesión. —Igual, cuidate, no son personas fáciles los artistas —sentenció.

Me arrepentí de haber comentado con lujo de detalles el encuentro, sin embargo, debo aceptar que esta última frase fue iluminada.

Telefoneé a mi psicóloga para la cita semanal. Hablamos, me recomendó trabajara la autoestima, y unos ejercicios de respiración acompasada.

Durante esos días no me encontré con él, tenía comprometida su agenda. En la semana siguiente, nos vimos en el Petit Colón. Entré, sentado a una mesa alejada se levantó para indicarme el lugar.

Contó sobre un proyecto con editores holandeses para armar una obra de teatro con su último relato.

Sintetizando, los holandeses pensaban saltar la boletería con una obra en idioma castellano, se la compraban con la condición de que se hiciera cargo de la puesta. Hasta aquí todo en marcha, pero, en la trama, el personaje principal no tenía el calibre que ellos exigían y había que modificarlo.

—Es un terapeuta que experimenta todo lo que le ocurre a sus pacientes, no puede mantenerse alejado del conflicto —me explicó—…y, justamente, no le puedo encontrar el hilo—confesó—Me entusiasma la idea, pero me cuesta darle guión. El proyecto se llevaría a las tablas de inmediato, los holandeses están ansiosos, así que, imaginate,  estoy preocupado.

—¿Eso te preocupa? Tonterías…Te consigo una cita con  mi psicóloga, es súper para encauzar  las dudas y por lo visto, el protagonista es un colega—aporté ante la coincidencia.

—¿Te parece? Me da cierto pudor mezclarme…—se disculpó.

— Dejá, no sería terapia de pareja…—me reí—  No tiene nada que ver, vos con tu inquietud, y yo con la mía, ella es ultra profesional. Ya vas a ver. Dejámelo a mí, te pido turno y vas esta misma semana.

Dicho y hecho, en la primera sesión, vislumbró las pautas.

—Tenías razón, convenimos en que me ayudaría a meterme en la mente, en la cabeza de un psicólogo y, desde ese lugar, escribir. Ella, a su vez, me dicta ideas.

—¿Cuál es el tema? —quise saber.

—Bueno…ahora, no lo tengo tan definido, creo que dará un giro sobre el original —agregó pensativo—.Tengo que pulir la narración. No puedo perderme este guantazo de buena fortuna, lástima que rechazaron el préstamo que solicité en el banco, tendré que meterme en una cueva de buitres, no quiero perder la oportunidad.

Debí seguir escuchándolo sin terciar, sin embargo, su voz, ahora melancólica,  volvió a parecerme perfecta y, me ofrecí a  facilitarle el dinero. Se resistió, “ni se te ocurra, no puedo permitirlo, apenas nos conocemos, qué pensarás de mí”…Finalmente, aceptó.

—Lo hago porque insististe —dijo—.Te paso el número de la cuenta del banco. Directamente depositá el dinero, así ni lo toco.

No le faltaba razón, mirado reflexivamente, mejor depositar el dinero, así me aseguraba de que no iba para otro fin. Al día siguiente ingresé en su cuenta el monto acordado. Lo llamé para confirmar la operación bancaria.

—¡Qué bueno! Gracias, sos divina. ¿Querés venir a casa a comer esta noche?

—Tengo cita con la psicóloga, pero, a la salida paso —prometí—. Llevo helado.

El living era pequeño, en un vértice una mesa oficiaba de escritorio, sobre ella la computadora y un grupito de libros amontonados.

—Pensé que tendrías paredes llenas de libros, montañas de películas, no sé, esas cosas…

—La biblioteca la tengo en el campo, por ahora, más que leer, estoy escribiendo. No hablemos de libros esta noche. Vení, ponete cómoda —invitó—Ahora mismo llamo aldelivery, iba a preparar algo para sorprenderte, pero todo el tiempo libre lo utilizo en pulir la obra. Hice cambios, mañana voy a terapia, se me hizo imprescindible.

Sentados en el balcón, brindamos por el estreno. Esa noche, demostró ser fantástico en escenografías de recurso pasional.

Dos días más tarde, llamó para encontrarnos en Palermo.

— Tengo casi rematada la historia. En la semana entrante firmo el contrato para la obra, seguro la estrenan antes de fin de año.

—Faltan tres meses para fin de año —tercié; desde luego, su entusiasmo restó importancia a la inmediatez para preparar semejante proyecto.

—Me opongo a que ellos manejen la publicidad —previno con acento contrariado.

—Pero, ¿la pagarías vos? Es un desembolso de dinero…

—Eso te quiero consultar… ¿No te parece mejor esta libertad de elegir la imagen del afiche? Subir la publicidad a Internet…Contrataría al musicalizador, la distribución en las salas me pertenecería por completo…No es tema menor, apenas unos pesos más considerando el éxito que traerá la pieza. Tengo un resto, pero no llego, y creo que debiera aprovechar la buena mano—apuró.

La idea no tenía refute, las ganancias se adivinaban mayores. Ofrecí unos ahorros, él aseguró que los duplicaríamos.

—Cuando cobremos los derechos —dijo pluralizando.

Al mes, el guión estaba dispuesto, iba a presentarlo a los holandeses. Esa tarde, estuve pegada al celular, no me moví de casa, falté a la cita con la psicóloga. Hacia las diez de la noche, desde el auricular, su voz perfecta era un huracán de odio. Los holandeses habían rechazado la idea central del guión, retiraban la oferta de la obra teatral, el estreno quedaba en agua de borrajas.

—No entendieron nada, son unos imbéciles. Todo perdido, la obra al garete…el tiempo que me pasé armando los diálogos, la atmósfera…—se quebró.

Las inversiones que había demandado el sueño de la puesta en escena no se podría recuperar a menos que se realizara por cuenta propia.

—¿El tema es bueno? —quise saber.

—Cómo podés dudarlo…, una historia de amor insospechada siempre es impacto—contestó casi ofendido.

—Te ayudo a llevarlo al escenario —prometí. Me sonaron extrañas mis propias palabras, pero a esa altura, la obra nos pertenecía por igual, era lógico que me involucrara.

—Es humillante, ¿cómo voy a presentar mi obra con tus recursos?

—Te propongo un tanto por ciento mayor que el tuyo —sostuve— Y queda la deuda saldada.

Hicimos cuentas, el proyecto no era económico, pero prometía.

—Lo pasado, pisado—lo entusiasmé y lo invité a cenar. Declinó, estaba cansado. Consulté con mi psicóloga, para algo era la psicóloga de los dos; me tranquilizó diciéndome que lo llamaría, “hay que evitar las depresiones”, acotó sabiamente.

Él volvió a meterse de lleno en maquetas. Se ocupó de la publicidad y bosquejó un afiche: en penumbras, sobre un sofá, el cuerpo perfecto de una mujer rubia. Detrás de ella, el perfil de un hombre aparecía en claroscuro, vuelto a medias hacia otra imagen difumada, imperceptible.

Para la presentación, le dio lustre un bar temático de San Telmo, allí se organizó el avance y las entrevistas. Mis ahorros menguaban, pero iba a resarcirme con el éxito que prometían los diarios en los que colocamos avisos  publicitarios.

—Tengo el teatro —dijo una noche, cuando cenábamos en casa de mi hermana.

—Qué nervios, ¿no? Ay, decime, ¿de qué trata el tema?—lo instó ella,  mientras servía el postre.

—Esperá el estreno…—la detuvo con una sonrisa—.El teatro queda en Barracas, decorados nuevos, escenario en redondo, ideal para armar un vértice iluminado y otro en penumbras. Y, ni qué decir del protagonista…tiene una voz espectacular. La chica, ni te imaginás, es igualita.

—¿Igualita? ¿A qué es igualita?—pregunté, pero él, en el mundo de sus ansiedades, no debió oírme.

—No…, mejor no les cuento—decidió—, para eso estará la Premier.

Durante la semana siguiente, no nos vimos, él tenía entrevistas con artistas y eso sisaba su tiempo. Por teléfono, me contaba los recursos, las ideas, los proyectos que iba ejecutando.

—A último momento siempre hay cambios, es la adrenalina del estreno. Me abrió la cabeza la terapia, no hubiera podido hacerlo sin ese recurso. Hoy tenemos un ensayo con el musicalizador, después voy a la psicóloga; mejor dejamos la salida para otro día. El fin de semana me encierro a ensayar.

—¿No vamos a vernos?—dije con pena. Él prometió “hacer un lugarcito” entre tantas ocupaciones. Lamentablemente no fue posible. El lunes, la sesión con la psicóloga avanzó sobre la realidad de haberme enamorado de un hombre apasionado por el teatro, un escritor imaginativo, sin tiempo para naderías.

¿Naderías? ¿A quién se le había ocurrido esta palabra para definir mis necesidades? pensé al bajar las escaleras del subte, de regreso de terapia.

La noche de la premier lo noté nervioso, me acompañó hasta la butaca y desapareció por la escalerilla que subía al escenario.

Sentada en la primera fila, descubrí su perfil detrás de los cortinados, parecía impartir instrucciones. Un hombre joven, de pelo oscuro, se le acercó, hablaron. Comprendí que era el protagonista.

Las luces bajaron, el telón fue levantándose despacio. En la oscuridad, un sofá tapizado en rojo, una mesita baja, el sillón giratorio del analista. Hacia la izquierda, una puerta enfrentada a un ventanal con vidrios espejados.

El joven de pelo oscuro, cruzó el escenario tras el sonido de la campanilla del timbre. Al abrir la puerta, un chico en remera y blue jeans, con auriculares en los oídos, apareció indolente. Después de saludarse, sentados en sus lugares, se trenzaron en un diálogo sustancial. El protagonista dejó que el chico resbalara en sus debilidades, y, sobre esa misma flaqueza, lo desestabilizó. Adiviné desde donde llegaba el análisis en el argumento, sin duda, las reflexiones tenían celebrada altura, y en algunos párrafos los aplausos lo demostraron. Me felicité de haber propiciado el recurso.

Interrumpiendo el diálogo entre ellos, el protagonista miró su reloj. El chico apuró el gesto al levantarse, se colocó los auriculares. Al momento, volvió a sonar el timbre. Las luces se desviaron y el chico se perdió en  un cono opaco. Desde el foro, irrumpió una silueta femenina, delgada y rubia.

Con desenvoltura, traspasó el umbral, juntos caminaron hasta el centro del escenario.

—Tenés que decírselo —dijo — Ahora. ¡Ahora mismo!

El protagonista, caminó hacia el borde del escenario, pegado al proscenio, detuvo un instante los ojos sobre la platea, volvió sobre sus pasos, se acercó a la chica rubia.

Los vi abrazarse, separarse, volver a encontrarse. Sentados en el sofá, uno en brazos del otro, se besaron. Ella se irguió, caminó hacia la puerta, él la detuvo abrazándola por la espalda. Resbalando por el cuerpo de la chica rubia, el protagonista se dejó caer en el círculo dispuesto por luces moradas que llegaban desde un vértice.

De rodillas, lo vi empequeñecerse. Ella giró, lo instó a levantarse. Volvió al sofá.

Los focos altos, giraron desde los espejos de la ventana y se detuvieron en su perfil seductor, los ojos, el pelo oscuro. El cono morado se desvió hacia la platea. Rozando la primera fila, su voz perfecta, dijo lo justo.

En el sofá, la chica rubia, cruzó las piernas. Los pies calzados en stilettos eran flechas disparadas al blanco.

——

Cuento del libro “Las amantes son rubias“, de Marita Rodríguez-Cazaux

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3 Respuestas a “Las amantes son rubias: “Superstition”

  1. Una trama sin nudos! Fabulosa imagen del protagonismo en los pies, la caída, la confesión, las flechas dirigidas. Logro de arquitectura literaria.Felicitaciones Irreverentes. Buenos aportes.

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