La chica de los ojos azules

José Luis Alonso de Santos

Preso III

     He tenido un sueño… ¡Joder, tío! Me daban un permiso de fin de semana y me ligaba a una tía que estaba buenísima. ¡Dios mío, qué tía! Me tiraba los tres días metido en la cama con ella. Era… era cojonuda: guapa, joven, con unas tetas y unas piernas… ¡Ah!, y tenía los ojos azules, te lo juro, como esas tías que salen en las películas, o en los anuncios.

          (Se incorpora más en su camastro, y trata de ordenar sus pensamientos.)

       Me parece que la estoy viendo ahora mismo, la tengo aquí retratada: (Se toca la cabeza.) algo rubia, delgadita pero ancha de aquí abajo, buenísima, tío, y con esos ojos azules preciosos… Y todo me ha pasado de una forma tonta, no creas. Nada más salir, que me voy a tomar una cerveza y a andar un poco en línea recta, seguido… Me había prometido que eran las dos primeras cosas que haría al salir: tomarme una cerveza a gusto, y andar hasta que me diera la gana en línea recta, y no como en este maldito patio, de muro a muro. Total que empiezo a andar y andar pensando yo en mis cosas, dos horas por lo menos dale que te pego, y se me asoma de pronto una tía cojonuda por la ventana de una casa y me dice: “Oiga, por favor: me he quedado encerrada en casa y no puedo salir. No encuentro las llaves por ningún lado. ¿Tendría la amabilidad de ayudarme?” Tú ya sabes que a mí eso de abrir puertas se me da de primera. Por eso estoy aquí, ¿no? De algo me tendría que servir. Así que voy, subo, le abro en un minuto con una ganzúa que hago con un clavo, entro, y ya fue todo seguido, tío. Ella me miró muy dulce, con esos ojos azules que tenía y me sonrió. Yo, al principio me quedé un poco cortado, claro. No iba yo ahí de golpe a ponerme a… Pero ella empezó a hablarme: “Pase usted, siéntese, muchas gracias por abrirme…” Me invita a una copa, y ya se acerca a mí y, sin darle importancia, tan normal, empieza a quitarme la ropa. No era una puta ni nada por el estilo, no vayas a creer. Era una tía bien, normal, legal, pero como era un sueño,  pues se ve que todo era más como yo quería, tú comprendes, ¿no? Y era muy simpática. Estaba todo el tiempo riéndose. Total, que me quita la ropa, ella se desnuda también y nos metemos en la cama. Ya te puedes imaginar cómo me sentía yo, en la gloria bendita. Me empieza a acariciar despacio, rozándome con sus manos todo mi cuerpo, por todos los sitios, por arriba, por abajo… Hacía tanto que no me acariciaba nadie que me puse a llorar, te lo juro. Como un niño pequeño, ella acariciándome y yo venga a llorar. Hacía que no lloraba yo… desde pequeño. Ni me acuerdo cuándo fue la última vez. Y fíjate, me puse a llorar con la tía esa. Es que, que te acaricie así de pronto una tía que está tan buena es… la hostia. Lo más que te puede pasar en la vida.

          (Cambia de lugar y suspira ruidosamente. Da un puñetazo en su camastro. Y sigue contando su aventura imaginaria.)

     Luego ya nos pusimos a follar, y aquello fue… Ya te digo: tres días allí metidos sin salir para nada. Ni para mear. (Mira al camastro de su compañero.)

     ¿Estás dormido? Mejor. Para qué coño quiere uno estar despierto en este puto sitio. ¡Ojalá me durmiera también yo y me despertara dentro de cinco años y un día! Y todo ese tiempo siguiera soñando con la chica de los ojos azules.

     EL OTRO PRESO.– (De mal humor.) ¡Duérmete ya, coño, y deja de joder!

          (El preso uno vuelve a tumbarse lentamente en su camastro, con la mirada perdida en el infinito.)

Oscuro

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Extraído de “Microantología del microrrelato II”, de Ediciones Irreverentes.

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