Las arrugas del amor (Reseña de “Amor”, de Haneke)

Pedro A. Curto

amour amor michael haneke poster cartel

Las historias que se desarrollan en un espacio cerrado pueden adquirir intensidad sobre la base de la contención de elementos, en la pausa de lo narrado, en la repetición de un mismo escenario que da fuerza a los personajes que actúan en él. Es lo que ocurre en la película Amor de Michael Haneke, donde el director encierra a un matrimonio octogenario entre las paredes de un apartamento. Un espacio cerrado que produce una claustrofobia cálida, que nos hará tan cercano como doloroso lo que allí transcurre. El espectador va adquiriendo un particular voyeurismo al colarse en la intimidad del matrimonio, que en ocasiones llega a ser perturbadora, pues se tiene la sensación de estar mirando por el ojo de una cerradura.

Desde los primeros momentos sabemos el fin de la historia y percibimos su trama, por lo cual la cinta se centra en la profundidad de lo que se cuenta, en el devenir de los personajes ante el conflicto que se les plantea y este es muy simple a la vez que complejo: la vejez y la muerte en compañía del amor, cómo enfrentarse a la decrepitud del ser humano. El argumento podría servir para uno de esos filmes que ponen tan a menudo en las televisiones a la hora de la sobremesa y que acuden a un sentimentalismo fácil y ramplón, buscando las lágrimas a base de mostrarnos esa tragedia humanizada que es la muerte. Pero Haneke es uno de esos autores excepcionales que no se dedican a la venta, tan habitual, de píldoras para la tristeza o la felicidad. michael-haneke-love

El cine del director austriaco no es de consumo fácil, aunque esta película se aleje en apariencia de otras como “ La pianista” o “Caché”. Pero a pesar de la suavidad de las formas, del intimismo, incluso de una cierta ternura, no se aparta de una dura trama de fondo: cómo afrontar la agonía del ser amado y con ella, también la de uno mismo.

Jean-Louis Trintignant y una Emmanuelle Riva que aún sigue magnetizando en la pantalla como lo hiciese en “Hiroshima mon amour” hace más de cincuenta años, son los actores que dan cuerpo a una pareja cuya vida gira en torno a la música. Y en su concierto vital se van planteando una pulsión destructiva cuando la destrucción les alcanza por la enfermedad de ella, cuando se va destruyendo el pellejo en que se habita hasta hacerse intolerable, cuando ya no son los mismos cuerpos que amamos, la dignidad y el ser que los ha construido. El levantar la mano contra uno mismo, se extiende aquí al levantar la mano contra el ser amado. ¿Es lícita esa pulsión? Haneke, como siempre, no da respuestas ni ejerce de juez, se limita a colocar la historia, como si fuese un espectador más, igual que lo somos nosotros. Lo consigue basándose en planos largos, con una economía de gestos, de pocas pero eficaces palabras, de otros personajes que aparecen escasamente, pero demostrando que existe algo más allá de aquellas paredes, aunque esas visitas terminen molestando, pues la pareja rehuye las miradas, el dar pena o lástima, por eso se cierran orgullosamente en su casa queriendo ser únicos espectadores del propio declive. Y como una visitante inesperada, una paloma se cuela en dos ocasiones a través de la ventana; en ambas terminará saliendo, quizás porque la vida fluye, la música continúa, más allá de los que la van abandonando.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s