La otra muerte de Tamara de Lempicka

Miguel Ángel de Rus





¿Por qué me odian? ¿Porque dijeron de mí que era una diosa de ojos de acero de la era del automóvil? ¿Porque era una polaca huida de la Rusia bolchevique a la Francia libre? ¿Porque cuando me pintaron con tan sólo doce años repudié aquel retrato y comprendí que yo podía hacerlo mejor? ¿Porque despreciaba la escuela, ese antro creado para el hacinamiento de niños mediocres, y logré huir? ¿Porque con dieciséis años ya tenía la suficiente voluntad para oponerme al segundo matrimonio de mi  madre y me negué a vivir con ella? ¿O porque opté por vivir con mi tía en la bella Petrogrado? ¿O quizá me odian, mediocres incapaces de ver más allá de su propia ignorancia, porque me casé con tan sólo dieciocho años con Tadeusz Lempicki, quien habría de darme el apellido con el que he logrado mi gloria? ¿O quizá porque adquirí celebridad y fama salida de la nada, huída de la miseria y la persecución, y ustedes, libres y bien alimentados, siguen en la miseria de su cotidianeidad, en el vacío de sus mentes mediocres, inmersos en sus vidas sin sentido, sin futuro, sin nada por lo que vivir,
Posiblemente me odien al ser una mundana, o al menos eso que ustedes llaman una mundana, por conseguir la libertar de mi marido cuando fue apresado en plena revolución rusa por la checa. Quizá me desprecien ya que logré su rescate al entregar mi cuerpo al cónsul sueco en Petrogrado a cambio de su intercesión para lograr la liberación de Tadeusz. Ustedes hubieran dejado morir en la celda a su pareja antes que humillarse para darle la libertad, quizá por ello me desprecien. O quizá resulte aún peor para sus mentes de lumpemproletarios sin futuro, trabajadores sin ideales, sin personalidad, sin esperanzas, que cuando Tadeusz no encontrara trabajo yo consiguiera ganarme la vida pintando; pero no paredes, que es lo máximo que la turbamulta que ustedes representan podría comprender, sino creando cuadros: haciendo arte. Un artista no es un trabajador; pueden comprender que se pague por los callos de sus manos, no por la técnica depurada de un artista, ni por sus años de preparación, ni por lo sublime de su alma.

Quieren acabar conmigo porque soy superior a la sociedad a cuya manada pertenecen, soy como la Hadaly de Villiers, la Galatea de Pigmalión, la Coppelia de Hoffman, la Francine de Descartes; soy el Sísifo que por mis veces que caiga volverá a levantarse, el Prometeo retador de los dioses a quienes roba el fuego para dárselo a los humanos, el Ícaro que vuela hacia el sol con las alas que él mismo se ha construido, aunque se juegue la vida, y eso los mediocres no lo pueden permitir. Nada hay más dañino que el mediocre juzgando al valiente, porque el mediocre no perdona la grandeza. Ser grande es ofender a la masa. Nadie en este improvisado tribunal me juzga por mi manera de entender el arte; no podrían hablar de la influencia de Maurice Denis en mis primeras obras porque no saben quién era el tal Denis y nada podrían decir, como hicieron algunos críticos incapaces de pintar, sobre si era un artista simplemente decorativo, arcaizante y post-simbolista; no podrían criticar la sombra que en mi arte dejó André Lhote y su forma de entender el cubismo al moderado gusto burgués, que, dicen algunos, conserva del verdadero cubismo sólo sus aspectos más superficiales; nadie podría atacarme por la cercanía de mi obra al art decó, esa excelsa época creativa en que Europa iluminó el planeta, o al menos, a esa mínima parte de ciudadanos capaces de entender; si alguien quisiera relacionarme con el neoclasicismo de los años treinta tendría primero que conocer tal movimiento, y difícilmente entre esta horda inepta de detractores hay alguien que pudiera imputarme cargos por similitud con Jean Auguste Dominique Ingres y considerarme por ello decadente, dudo mucho que alguna acémila aquí presente pudiera comparar su Baño Turco con mis Mujeres Bañándose. Vanguardistas hoy olvidados me denostaron por no ser cubista, fauvista, abstracta, orfista, futurista, expresionista abstracta… los mismo que compraron a precios escandalosos los cuadros de Vasarely y ahora no saben en qué garaje esconderlos, pero ustedes no me atacan por cuestiones artísticas, no las comprenden, son complejas, propias para el entendimiento de verdaderos seres humanos. No pueden odiarme por Kizette en el balcón, ni por Grupo de cuatro desnudos femeninos, ni por Andrómeda, ni por Adán y Eva. Ni los conocen…
No, personas vulgares: me odian, me atacan, me juzgan, por artista y libertina, por ser una belleza fría e irritante, pretenden hacerme desaparecer porque vivo una vida al margen de la sociedad y porque las reglas de la clase media no son válidas para los marginados. Quieren que vivan con las reglas morales de la buena burguesa que prepara la sopa mientras espera que su marido verdulero regrese a casa; con las reglas del judío que vende oro y presta dinero; con las reglas del gitano que roba en las tiendas y vende en las calles lo robado; con las reglas del duque cuya familia no conoce el trabajo desde incontables generaciones, pero yo no soy un parásito, como todos ellos; he tenido que estar en la fiestas de los mejores de ellos para que me conocieran, pero cuando acababa, regresaba a casa, y me ponía a pintar toda la noche, a la luz azul de mi lámpara, hasta que caía exhausta. Esa parte de la historia no la conocen. Me condenan por haber llegado de Rusia con dos joyas, por los elegantes vestidos que lucía en las fiestas, por haber sido amante de hombres y mujeres desconocidos en los peores tugurios parisinos y de los hombres más destacados de la alta sociedad, como el Gran Duque Gabriel o el barón Kuffner, quien llegaría a ser mi segundo marido cuando conseguí imponerme a la que era su amante, la lasciva y casi diabólica bailarina Nana de Herrera; por no respetar a nadie más que por su cuna, sus actos o su elevación intelectual, me odian por haber sido elegida por los patricios como una de ellos, por haber pasado de vivir en un sórdido apartamento a hacerlo en una casa de tres plantas, me odian por despreciar lo burgués, mediocre y lindo, por sentir repulsión por lo banal, me odian porque cuando escogía por la calle o en un salón a las mujeres más bellas para posar desnudas o a los hombres más arrogantes, todos aceptaban, dispuestos a hacer cuanto se les dijera a cambio de un modesto sueño de inmortalidad. Sufren de envidia porque escogí a Rafaela en la calle, la convertí en mi modelo y durante un año en mi amante y no sólo nos dimos placer, ahora ella es inmortal, desnuda, bella, con su gesto lascivo, mientras ustedes no serán recordados por nadie. Me odian porque me reí del patético d’Anunnzio, el escritor mundialmente famoso entre los que no tienen gusto, entre los iletrados que leen, el enano en uniforme, el millonario cocainómano y adicto al sexo, el excéntrico que gustaba de dormir en un ataúd como si fuera el vampiro protagonista de una novela decimonónica; el viejo putero que contrataba fregonas jovencitas para saciar sus necesidades más animales. No soportan que su héroe para iletrados tuviera que drogarme para conseguir, como máximo, frotarse conmigo, sin llegar más allá, y como él, me llaman cortesana de lujo, aunque no pueden, como él, pagarme con joyas valiosas para mostrarme su desprecio. Y me odian, especialmente, porque, ya como baronesa Kuffner, convencí a mi marido de dejarlo todo, ante el auge del nazismo, vender sus propiedad, y venir a Estados Unidos a vivir en el lujo que ustedes nunca podrán tener, porque me he dedicado a llevar una vida social tan placentera que ha corrompido incluso mi arte, que me ha convertido en pintora para burguesas tan analfabetas como generosas, Y  No me perdonan que mis amigos sean Dolores del Río o Tyrone Power en lugar de ser chatarreros, conductores, tenderos. No me perdonan que no sea, simplemente, uno de ustedes.

***

El grupo de cobardes había escuchado en silencio la diatriba. Como perros con las cabezas gachas ante la reprimenda de un ser humano sublime Apenas se había escuchado algún gruñido, pero la multitud cobarde había guardado silencio. Esperaban para comenzar la masacre a que hubiera alguien menos pusilánime que el resto de la manada. Por fin, una de las bestias humanas, escondida entre la multitud, se agachó, cogió una piedra, y la lanzó con fuerza. Hirió en el pecho a Tamara de Lempicka, que cayó sangrando y emitió un ahogado gemido. El resto de las alimañas supo que era el comienzo de la matanza. En apenas un minuto quedó lapidada. Repentinamente la masa quedó en silencio, calmada y, sin saber qué hacer, se fueron yendo, poco a poco. En ese momento me acerqué y comencé a apartar las piedras. Aquel amasijo de carne vieja, sanguinolenta y aplastada había sido la pintora más grande del siglo. Ya no era nada. No sabía cómo actuar.
Llamé a Kizette, su hija y acordamos mantener la farsa de su vida. Aquella mujer de la que no se sabía si había nacido en Varsovia o en Moscú, en 1895, en 1898 ó en 1900, de la que no podía contarse el número de amantes, y sobre de la que se rumoreaba que había pasado hambre, pero cuya vida se creía inmersa en el lujo, tenía que ser leyenda hasta el último momento. Oculté el cadáver. Oficialmente había muerto durante el sueño, un médico dio fe; se quemó su cuerpo y sus cenizas fueron esparcidas desde un helicóptero sobre el cráter del Popocatépetl. Si algunos de sus asesinos quisieran enorgullecerse de su crimen, jamás podrían; a un mito no lo mata un cualquiera, un mito, incluso después de muerto, arde con la fuerza de un volcán.
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