El lago

José Melero Martín
Desaparece el sol tras las montañas que rodean el lago oscuro, y el cielo enrojece hasta que las aguas de obsidiana terminan imponiéndose y contagiando al aire su negrura. Las estrellas, frías y arcaicas, se reflejan en la superficie y el universo es impostado en ella componiendo una hipnótica alucinación. Hay un instante de quietud inhumana que me sobrecoge y que solo conjuro cuando me fuerzo a caminar hasta la orilla. Aunque adivino que cerca hay otros muchos como yo, la soledad es absoluta. Me detengo ante el espejo cuajado de destellos y me dejo acariciar por una brisa templada que procede de las montañas y arrastra un aroma mineral, húmedo y delicioso. Me despojo de la ropa y la dejo atrás notando la calidez del fluido acariciando mis pies. El lago me llama por mi nombre, me invita y me desea como yo lo deseo a él. Doy otro paso dejándome envolver por su caricia amniótica que me estremece a medida que asciende por mis piernas. Entrecierro los ojos de placer y sigo avanzando con deliberada lentitud mientras me parece oír susurros, risas contenidas, palabras de una impudicia tan exaltada que me hacen estremecer de anhelo y anticipación. A lo lejos, en el centro del lago, distingo colores fugaces que danzan componiendo imágenes que se desvanecen al instante. Una bandada de diminutos peces fosforescentes me rodea haciéndome cosquillas con su roce levísimo. Avanzo un poco más, caminando sobre el fondo de arena blanda. 
Introduzco las manos en el líquido y levantándolas unidas como un cuenco, vierto su contenido sobre mi frente y mi pecho. La sensación es tan deliciosa que no resisto más la tentación de sumergirme. Me abandono y, tan solo con el rostro fuera de la superficie y la mirada perdida en las constelaciones, flotando, dejo que la laguna me acoja. La corriente me arrastra hasta que en mí nace el afán de disolverme, de que mi cuerpo se licue perdiendo sus límites. Sin embargo he aprendido que con frecuencia el lago es caprichoso e indiferente. Si en ocasiones sus aguas te tragan con la avidez de una ciénaga, sin dar siquiera la oportunidad de tomar una última bocanada de aire, otras, cuando la mente está contaminada por ideas y propósitos, te repudian y se vuelven tan frías y salobres que te maldicen manteniéndote a la deriva durante horas.

El secreto es la entrega, la renuncia al pensamiento y a la voluntad. Notas cómo te hundes, y cierras los ojos mientras tus pulmones y todas las cavidades de tu cuerpo se anegan. Desciendes dulcemente y dejas de ser yo, diluido en profundidades habitadas por fantasmas que al sentir tu presencia se materializan a tu alrededor y te hablan, te exaltan y desasosiegan, juegan y se metamorfosean según sus caprichos haciéndote creer uno de ellos. Te olvidas de ti mismo y vives otras vidas fugaces e intensas, las que podrías o quisieras haber vivido… Solo por un instante, más tarde, me asomo a la superficie en la que aún reina la noche, antes de volver a naufragar, y cuando mucho después emerjo, el cielo sobre mí ha ya perdido parte de sus tinieblas. La aurora está próxima y sé que tengo que regresar a la orilla. Nado perezosamente hasta que puedo incorporarme y hacer pie. Recorro, grávido de nuevo, los pocos pasos que me separan del exterior estremeciéndome de frío, y en la penumbra distingo las siluetas vagas de otros que vuelven lo mismo que yo. 

Me siento sobre una roca y contemplo extasiado las aguas bajo el cielo que amanece. Alguien se me acerca y no puedo evitar dirigirme a él. Hay un castillo entero hundido en el lago, le digo al desconocido con la exaltación de un niño que ha corrido una aventura inesperada y necesita compartirla. ¿Un castillo?, se extraña el otro. No, yo he estado volando en su interior como si estuviese hecho de aire. Volé durante horas con la sola fuerza de mi voluntad: era maravilloso. Una tercera persona, tras nosotros, susurrando, nos confiesa que para él cada noche es una muerte sin recuerdos y cada día un renacimiento inesperado. Las aguas son la nada, una inexistencia pasajera. Nadie sabe cuán profundas son ni dónde está el fondo, asegura con la mirada perdida. Dicen, continúa el hombre volador, que hay quien, al contrario que todos los demás, vive siempre en su interior y solo regresa en ocasiones a nuestro mundo, y que para ellos la realidad no tiene límites. Carecen de edad y ríen, rabian y lloran sin que nadie les importe hasta que se disuelven y su esencia pasa a formar parte de sus corrientes. Algún día, sigue el otro, quizá a todos nos pase lo mismo y jamás volvamos. Los tres guardamos silencio.
El cielo, de color índigo, apenas consigue arrancar algún brillo del lago. Sé que ahora tengo que retirarme, pero también que la próxima noche volveré, ansioso de bañarme otra vez a él. Mientras me alejo, recuerdo fugazmente mi estancia en el castillo sumergido y a los seres furtivos que encontré en sus salones: vivos o muertos, conocidos o extraños, yo mismo y otro a la vez. Cuando regrese, al ocaso, habrán desaparecido incluso de mi memoria, pero el lago seguirá eterno al pie de las mismas montañas tras las que se pone el sol.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.