Manuel Villa-Mabela
El departamento de Psicología Patológica Avanzada de la Policía me viene ofreciendo todos los veranos, asesorados por un gabinete sapientísimo de meteorólogos, unos entretenidos y relajantes campamentos de recreo estival para distraerme de los acosos piratas que sufre mi mente en cuanto llegan los rigores del calor. Las tormentas dañinas que nos llegan del Sahara distorsionan mi equilibrio. En esos momentos de sofoco físico y moral me convierto en presa fácil de los hackers del mal. El calor, el maldito calor, alimenta mis instintos más salvajes, aunque gracias a los campamentos, tan solo he cometido últimamente actos de violencia light. Nada que contravenga de forma ominosa el código penal.
No sé qué sucede en mi interior cuando asoma el tórrido calor a mi vida, pero todo gira ciento ochenta grados y me convierto en un caníbal de las formas, en un vándalo de la cortesía y en un potencial agresor de todo individuo que me rodea y no me gusta. Lo terrible es que no me gusta casi nadie. Ignoro qué mecanismos químicos, eléctricos y cabalísticos se desatan en mi geografía neuronal, pero me invitan a destrozar toda la coreografía humana y social puesta a mi alcance. Tal vez mi propensión al agua tónica tenga mucho que ver, no sé. Bebo agua tónica desde que era muy pequeño. No deja de ser un dato pero es que esta bebida refrescante me hincha el estómago y al estar hinchado y molesto soy más propenso a la irritación al tiempo que mi paciencia se desbarata hasta la desesperación.
Casi siempre cometo mis actos desaforados después de mi sesión de agua tónica. En los campamentos de recreo que me brinda el departamento de Psicología Patológica Avanzada de la Policía me rebajan el agua tónica con un preparado de hierbas medicinales. Soy un monstruo en tratamiento. No sé si mi serenidad prefabricada en el campamento obedece a esta receta mágica o al dulce frío que nos inoculan en las terapias de grupo. Me paso el día tiritando de gusto.
No puedo soportar el calor ¡El verano es un asco! Se suda, no se duerme bien, te sabes de memoria todos los productos de la tele-tienda y haces mucho menos sexo del que recomienda la OMS porque cuando tienes cierta edad, sin exagerar, pero cierta edad, te da miedo tener un orgasmo en condiciones, no sea que te accidentes el corazón en una mala postura o por tantos calores. Y si lo haces fuera de casa no te quiero contar por cuánto se multiplica el riesgo. Más excitación, más papeletas.
Lo peor es cuando el calor intenta ser agradable, entonces le detesto más y se me hace insufrible. Me propone ir a la piscina, a disfrutar de los niños, a conocer mejor a los cuñados. ¡Vaya, mierda! En cuanto el calor se pone meloso yo me tomo una cucharada de valium, uno solo no hace efecto, lo tengo comprobado.
Un amigo que conocí en una de las sesiones de terapia radical para regeneración neuronal me dice que todo es una cuestión de amor inverso y que en el fondo deseo hormonalmente el calor y el verano, que sufro y desvarío porque me gustaría poseerlos carnalmente y no es científicamente posible. Mi amigo ha abandonado su medicación, pero es que además, aunque el calor se transformara en hembra juro que nunca me acercaría a ella para tener amores, aunque sentir su piel significara salvarme del corredor de la muerte. Cómo decir que no tengo nada contra el tortuoso y fatídico calor, solamente no quiero verle ni sentirle más. Tengo alergia a su presencia. Si fuera rico me pasaría las estaciones viajando de un lugar frío y acogedor a otro. Nieve y granizo para templar el espíritu.
Con el calor me pasa lo mismo que me pasaba de pequeño cuando tenía una relación difícil con un juguete que me perturbaba. Entonces fue fácil machacar aquel juguete y enterrarlo en una maceta de flores para que nadie descubriera sus restos. Ahora eso se llamaría reciclar. Nada de recicle; al olvido más oscuro y jodido. Eliminar el verano en legítima defensa es complicado, siempre se hace acompañar estratégicamente por las rebajas, las ofertas vacacionales y la cultura al aire libre. Demasiados testigos.
No me hubiera importado nada que no hubiera nacido o que viviera a mil kilómetros de mí. No tener constancia de su existencia. Deben de ser cosas del aura. Nos repelemos esencialmente, sí, ya sé que vivimos en una sociedad libre y tolerante y que tiene derecho a hacerme la vida imposible, pero ¿yo qué le he hecho? Tal vez si me tomo alguna aspirina, si practico algo más de yoga. Está claro que tengo que hacer algo más contundente al respecto porque mi relación con el calor empieza a ser preocupante. Me tomo barritas de sésamo y mucha agua del carmen para templar deleites mentales un tanto escabrosos, pero es que en cuanto aparece en el calendario, me enfermo. Ahora mismo son las cuatro de la madrugada y estoy mareado de dar vueltas y vueltas sobre la cama. El aire acondicionado está estropeado y no puedo usar los ventiladores porque no me lo permite mi religión. ¿Casualidad? No, el calor es un niño muy malo que no me quiere. Además sabe que este verano no puedo refugiarme en mi campamento porque hay overbooking. Está claro que uno de los dos sobra en este mundo.
