Compromisos sociales

José Melero Martín

No hay duda de que será una reunión muy especial. La lista de invitados es extensa y no creo que falte nadie. He ido anotando los nombres de los asistentes y calculo que no serán menos de un centenar. En el papelito he agrupado familiares, antiguos compañeros de trabajo y amistades, sin contar a sus parejas. Lo reviso una vez más y apunto a varios que había olvidado mientras pienso en la cantidad de personas que llega uno a conocer con los años. La familia por supuesto siempre está ahí, pero después están los colegas, muchos a los que no he vuelto a ver pero con los que pasé muy buenos ratos, y otros desgraciadamente desaparecidos, porque el tiempo no pasa en vano. ¿Y los amigos? Me enorgullece repasar sus nombres y sentir mientras lo hago el eco del afecto que despierta cada uno de ellos. Han sido tantos los buenos momentos que hemos pasado juntos, que me sé un hombre afortunado. Hay algunos, los más íntimos, a los que conozco desde la infancia y con los que crecí y me hice un hombre. Los imagino reunidos y me reconforta hacerlo. Mi mujer y mis dos hijas se encargarán de ayudarme y, conociéndolas, tengo la seguridad de que todo quedará perfecto. Miro una vez más la lista y sonrío sintiendo un  regusto de nostalgia.
Llevo varios días dándole vueltas a lo que será necesario comprar. Se trata de un compromiso en el que no pueden faltar, por supuesto, el té y el café, servidos en la vajilla de porcelana y con la cubertería de plata; una ocasión es una ocasión. Café, infusiones y pastas. Estoy seguro de que mis hijas, Elisa y Laura, preferirían algunas bandejas de minipastelitos surtidos, pero las pastas son más formales y apropiadas. Habría que llegarse a La Exquisita, para encargarlas en el mismo día. Se lo dejaré dicho a Elisa que es más diligente.
Los licores serán responsabilidad de Laura: al menos cinco botellas de coñac, Martell, por supuesto, y otras tantas de anís para las mujeres, no sé, que ella misma decida. Por otra parte está el asunto del caldo para la madrugada que estoy seguro que preparará Rosa. Se trata de ofrecer algo para reponer el cuerpo. Noto que el sueño me vence y decido seguir mañana con los preparativos. Rosa, mi mujer, se acerca y me pregunta cómo estoy. Tienes cara de cansado, me dice alargándome un vaso de agua y mis pastillas. Estoy bien, le contesto, pero lo cierto es que se me cierran los ojos.
La lista de invitados y la comida y bebida están ya previstos, pero una nueva preocupación me ronda. Todavía no he decidido qué me pondré. La duda está entre el traje negro o el azul marino de doble pecho. Mi preferido es el azul, pero el negro me hace más delgado y además está más nuevo ya que apenas me lo he puesto. La última vez fue para la boda de Laura y de eso ya hace seis o siete años. Si al final me decido por el negro me pondría la camisa blanca de seda con la corbata gris oscuro de Cachemir, de esto no hay duda, ya que sobre ella destaca el pasacorbatas de oro que hace juego con los gemelos de oro y ónice que me regalaron mis compañeros por mi jubilación y que apenas he usado un par de veces. El Rolex, sin embargo, es posible que  resulte demasiado ostentoso. Sería mejor el Hublot con correa de cuero. Eso es. ¿Y los zapatos? Los más apropiados son con cordón. Quizá los Martinelli de la boda de Laura. Recuerdo que cuando los estrené me hicieron sobaduras en los pies, pero en esta ocasión eso no tendría la más mínima importancia, lo importante es estar perfecto. Pongo al corriente a Rosa de mis preocupaciones, pero no me hace demasiado caso, y es que a ella estos planes le parecen fuera de lugar, lo cual no me extraña, porque siempre lo deja todo para el final. Yo insisto y al final terminamos discutiendo. Después le pido perdón y ella me coge la mano y la acaricia sonriendo. Me doy cuenta de que la quiero más que cuando éramos jóvenes.
El día se acerca y aún faltan cosas que resolver. El salón principal tiene el inconveniente de no tener demasiados asientos. Entre los sillones, el sofá y las sillas de la mesa de comedor creo que podrían acomodarse unas quince personas, por lo que no he tenido más remedio que localizar una empresa de alquiler de muebles para celebraciones. Les conté mis necesidades y me han ofrecido tres docenas de sillas de madera clásicas a un precio muy razonable. Le he dejado la dirección y el teléfono a Elisa para que ella se encargue. Quedan aún tantos detalles por ultimar. Estoy agotado y apenas pruebo nada de lo que me ha preparado Rosa para cenar. Me duele el estómago. Cuando apago la lamparita de la mesilla de noche no consigo dormir, ya que mi mente pasa de un tema a otro sin que tenga el más mínimo control de ella. Pienso en mi juventud y en los años que pasé en mi empresa, en mis colegas y en mis ambiciones. Pienso en mis amigos, en mis padres, a los que perdí cuando todavía era joven, en mis hijas y en mi mujer, con la que he compartido la vida y que me ha acompañado tanto en mis mejores momentos como en los difíciles de mi enfermedad, siempre a la altura de lo que se esperaba de ella, sin perder la paciencia ni la compostura. Pobre Rosa, susurro, y las palabras son ahogadas por un repentino dolor en el vientre.
Hay demasiada claridad en la habitación. Intento cerrar los párpados pero no puedo. El dolor ha desaparecido. Estoy en posición vertical y tengo una extraña sensación de ingravidez, como si flotara en el agua. Oigo un murmullo que poco a poco va subiendo de volumen y se vuelve más nítido hasta que descubro que se trata de voces, muchas de ellas conocidas. No sé de qué hablan, no sé dónde estoy. Ante mí, cuelga una lámpara de bronce que reconozco como la que pende del techo de mi dormitorio. La perspectiva me resulta extraña y es entonces cuando dirijo la mirada hacia abajo. Hay una reunión de gente a mis pies. Reconozco a familiares y amigos. Mi hija Laura está llorando abrazada a su marido. Junto a ella está Rosa, acompañada por su hermana y una amiga que le sostiene la mano y parece estar consolándola. En una de las paredes, bajo la ventana, hay apoyadas tres espléndidas coronas de flores, pero no consigo leer el texto de las cintas negras que penden de ellas. Una súbita intuición me hace volverme y me quedo estupefacto al verme a mí mismo tumbado dentro de un ataúd de caoba descubierto. ¡Dios mío!, pienso, digo o me encomiendo, no estoy seguro. Alarmado, me dirijo a donde está Rosa, pero aunque le hablo y le pregunto ella no me ve ni me oye, y comprendo que mi espíritu ya no está en mi cuerpo. Siento angustia e impotencia. Aunque esperada, mi muerte me parece prematura, demasiadas cosas quedaron sin hacer, demasiadas cosas por decir. Durante un rato, abrumado, floto a la deriva por la habitación intentando ordenar mis ideas.
Cuando consigo sobreponerme decido ir al salón, en el que encuentro a mi hija Elisa hablando con varias personas entre las que reconozco a algunos compañeros y amigos. En la mesa está la vajilla de porcelana y veo a muchos de los enlutados asistentes bebiendo café en las delicadas tazas mientras se llevan a la boca una de las deliciosas pastas de La Exquisita. Me desplazo sobre diferentes grupos sin que nadie advierta mi presencia. Me tranquilizo al comprobar que no falta nada y que los asistentes están bien atendidos. Hay todo tipo de conversaciones: solemnes, amenas e incluso divertidas. Mi nombre se repite con frecuencia y escucho anécdotas y halagos sobre mi persona que me llenan de orgullo. Es muy emocionante. Quisiera intervenir, pero dada mi inmaterialidad, me resigno a mi papel de espectador. Cuando me canso, con un simple pensamiento vuelvo de nuevo al dormitorio donde se celebra el velatorio, porque ahora ya sé que se trata de eso, de mi propio velatorio. Me miro, vestido con el impecable traje negro, la camisa blanca de seda y cada uno de los detalles que le había encargado a mi mujer. Diría que estoy algo demacrado, pero me consuelo pensando que a pesar de mi larga enfermedad tengo un aspecto impecable. Me han afeitado y peinado escrupulosamente y mi rostro tiene un gesto distinguido y sereno a la altura de las circunstancias. En las manos, cruzadas sobre el pecho, tengo enredado un rosario y entre sus cuentas distingo mi anillo de casado que junto a los gemelos de mis puños me dan el aspecto de hombre al que le ha ido bien en la vida. Un nuevo grupo de gente entra en silencio a la habitación. Quisiera haber tenido tiempo para los últimos abrazos y los últimos besos, pero la muerte es imprevisible, al contrario que la organización del velorio que ha salido tal y como yo deseaba. Sin darme cuenta voy elevándome con lentitud y me llena una serenidad reconfortante. Las voces de la gente van haciéndose más tenues y por un instante me embarga una enorme nostalgia que me hace detenerme. Vuelvo la vista atrás un momento antes de seguir ascendiendo y me pregunto hacia dónde. Espero que todos hayan quedado satisfechos.

3 Respuestas a “Compromisos sociales

  1. Ya te voy cogiendo el truquillo y, al principio, ya sabía por dónde ibas… Pero lo he seguido hasta el final con interés y me ha gustado mucho. Muy original.

  2. Gracias Pepe, por dedicar tu tiempo a enriquecer el nuestro. Leyendo el relato me acordé de Esteve. Quizás te hizo el último regalo desde el otro lado, quizás te prestó su alma para inspirarte, sin tu saberlo. Enhorabuea. Un abrazoCristóbal

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