José Manuel F. Argüelles
—¿Sabes qué es lo malo de las antologías?
—¿De las qué?
—Sí, esos libros que recopilan textos, más o menos breves, de variados autores.
—¡Ah, ya!
—Pues lo malo son las comparaciones.
—No te entiendo.
—Verás, es que en el libro conjunto aparecemos varios autores, cada uno con su cuentecillo de exposición. Y el autor de uno de ellos lo regala a los conocidos, o hace por que se lo compren sus amigos, y alguno de ellos quizá hasta lo adquiera e incluso lo lea; entonces llega el comentario terrible.
—Te explico. Decía que aparece el crítico literario entre tus amigos, y dice que le agradó tal cuento de la antología, no el que tú escribiste, por supuesto, y añade muchas loas al texto del enemigo. Y qué bien, y cuánto le gustó, y qué sorpresa semejante narración tan maravillosa. Y tú esperando: ¿y el mío, qué? El tuyo, nada. El amigo felón persiste en magnificar aquel otro. Y tú, que le regalaste la obra, esperando. ¿Y el mío qué? Pues el tuyo, nada. El otro se eterniza en el de su agrado. Finalmente no te contienes. Entonces insinúas algo sobre tu aportación a la antología. Y el amigo, poco agradecido por el regalo de la obra, comenta que tu relato tiene alguna frase buena, que no está mal, que bueno, bien, vale. Que eres muy bueno, tío: pero, oye, el de ese otro es cojonudo. Así se expresa un crítico literario en ciernes, piensas. Y después odias más a cierto autor que muy posiblemente conozcas y que comparte contigo angustias y penalidades editoriales.
—Vale, te entiendo; no me lo expliques más. Por cierto, tú eres obsesivo, ¿verdad?
—Soy un autor, no puedo remediar mi perturbación mental. Y volviendo al asunto, ¿has leído la antología de cuentos donde participo?
—Oye, pues sí. Y leí uno muy bueno; trata de… etc… etc…
—Ese no es el mío.
—Pues es muy bueno, tío.
—Mierda.
