Juan Alberto Campoy

Dijo Antonio Machado:
El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.
¿Tiene razón el poeta? Veamos. Según el principio empirista enunciado por Berkeley: esse est percipi. O, dejando atrás latinismos y latinajos, y hablando en román paladino, ser es ser percibido. O sea que nada existe si no es percibido por alguien. El mundo exterior no existe como tal; sólo existe en la medida en que alguien lo percibe. Quien dice “lo percibe” dice “lo ve, lo oye, lo huele, lo saborea o lo toca”. Según esta teoría, una tormenta desatada en un lugar despoblado, y que no ha sido vista ni oída por nadie, en realidad no ha producido ruido ni resplandor alguno. Si nadie los ha captado, ese ruido y ese resplandor no han existido. Y, si la tormenta en cuestión no ha producido ningún efecto de ningún tipo en nadie, se puede decir y se debe decir que, en puridad, no ha existido. Esta visión antropocéntrica (o egocéntrica más bien) del mundo resulta antitética de la que tenía el poeta sevillano. Mientras que, según Berkeley, “el ojo que veo es ojo porque lo veo”; según Machado, “el ojo que veo es ojo porque me ve” (independientemente de que yo pueda verlo o no).
Así que la cosa no está tan clara como hubiéramos podido imaginar. Veamos lo que dicen los niños. Ya se sabe que “los niños y los locos siempre dicen la verdad”. De hecho, un indicador de que el niño ha madurado, de que ha pasado a una nueva etapa, es que empieza a mentir. No por nada especial, no es se haya hecho malo, ni nada por el estilo: simplemente se ha dado cuenta de que decir cosas que no se ajustan a la verdad puede reportarle beneficios (como hace Pedro Sánchez, por ejemplo). Bueno, a lo que iba, todos hemos tenido cuando eramos pequeños (hasta los tres o cuatro años) la creencia innata de que, mediante el mero hecho de taparnos los ojos, lográbamos escondernos y convertirnos en seres invisibles. Aunque ahora no nos acordemos de esta creencia infantil (nuestros recuerdos empiezan a almacenarse precisamente en esos momentos de nuestra evolución), yo no os voy a mentir (aunque no sea testigo de Jehova). Además, quien no ha tenido hijos, ha tenido sobrinos, si no las dos cosas, y, por poco observador que uno sea, se habrá dado cuenta de ese extraño procedimiento con el que los niños intentan pasar desapercibidos. Y, a los que sólo se fían de la Ciencia, les remito al estudio de la Universidad de Cambridge: “Why do young children hide by closing their eyes?” de Russell, Gee y Bullard.
El caso es que los niños nos han aportado todavía más confusión al asunto que estamos tratando, ya que, desde su punto de vista, al cerrar los ojos no es que hagan desaparecer todo lo que les rodea (como sostendría Berkeley) sino que son ellos mismos los que desaparecen (no es que desaparezcan exactamente, sino que se hacen invisibles). Este comportamiento (completamente real) de los críos es similar al que supuestamente tienen las avestruces en situación de peligro. Digo “supuestamente” porque se trata de un antiquísimo mito, popularizado por Plinio el Viejo en su “Historia natural”. Según el mismo, las avestruces entierran la cabeza en la arena para ocultarse de sus enemigos. Lo cierto es que simplemente se agachan para ser confundidos con arbustos.
Así pues, ni el poeta bueno (en el buen sentido de la palabra), ni el filósofo irlandés (en todos los sentidos de la palabra), ni los niños (que siempre dicen la verdad), ni las avestruces (que no logran quitarse un bulo que los persigue desde la época romana) nos han arrojado una luz clara y nítida sobre la esencia de las cosas. Esto es, sobre lo que las cosas son realmente, sobre lo que las cosas son en sí (parezco Immanuel Kant). Y eso que todavía no hemos sacado a colación la teoría cuántica y su extraña mezcolanza entre el observador y lo observado. Esto es, su teoría de que el primero influye inexorablemente en lo segundo. Pero, la verdad es que ahora mismo no me veo con ganas ni fuerzas de meterme en este berenjenal. Además, tendría que andar con mucho cuidado, ya que, al mínimo error, mi sobrino Andrés seguro que estaría al acecho.
En resumidas cuentas, que cada uno piense lo que quiera, pero yo creo (no sé por qué, me da esa impresión) que don Antonio tenía razón.
