Toni Morrison

Las primeras gotas eran cálidas y gruesas, y traían consigo el aroma de los tragacantos y las chumberas del norte y el oeste. Caían sobre las gencianas y se deslizaban por las hojas de achicoria. Rodaban, redondas y resbaladizas, como gotas de mercurio sobre la tierra cuarteada, entre las hileras de los huertos. Mientras estaban sentados bajo la luz de la cocina, Lone, Frances y Sut DuPres podían ver la lluvia, incluso olerla, pero no la oían, tan suaves, tan aterciopeladas eran las gotas.
Sut no estaba convencido de que fuera necesario salir y detenerlos, como Lone le pedía, pero accedió a hablar con el reverendo Pulliam y el reverendo Cary por la mañana. Lone dijo que por la mañana sería demasiado tarde y salió enfadada en busca de alguien que no le hablara como si fuera una niña incapaz de despertar de una pesadilla. Anna Flood no estaba en casa; no podía ir a ver a Soane por culpa de Deck, y puesto que K. D. y Annette ocupaban la casa que había sido de Menus, Dovey Morgan tampoco estaría en el pueblo. Pensó en Kate, pero sabía que no se levantaría contra su padre. Consideró la posibilidad de llamar a Penélope, pero la rechazó porque, no sólo estaba casada con Wisdom, sino que era la hija de Sargeant. Lone comprendió que si pretendía dar con alguien que no se dejara obnubilar por sus vínculos familiares, tendría que ir a los ranchos y las granjas. No podía contar con la bendición que supondría el que los limpiaparabrisas funcionaran, de manera que, mientras mascaba lentamente el chicle, Lone se concentró en ir con cuidado. Cuando pasó por delante del horno desierto, contenta de haber cogido la mandrágora a tiempo, advirtió que no había luces en casa de Anna ni, tras pasar por allí, en la de Deek Morgan. Entornó los ojos para recorrer los pocos kilómetros de pista que había entre la carretera de Ruby y la del condado. Podía ser peligroso, porque la tierra estaba absorbiendo la lluvia, hinchando las raíces de las plantas y formando riachuelos allí donde podía. Condujo con cautela, pensando en que su misión era en verdad la voluntad de Dios, que nada podía detenerla. A medio camino de la casa de Aaron Poole, el Oldsmobile se detuvo en una cuneta.
En el mismo instante en que Lone DuPres intentaba evitar el cartel que rezaba ZANDÍAS TEMPRANAS, los hombres estaban terminando de discutir los detalles delante de una taza de café y algo más fuerte para quienes lo desearan. Ninguno era bebedor, excepto Menus, pero no pusieron objeciones a acompañar el café de aquella noche con una copa. Detrás del edificio que semejaba un granero, donde tenía su negocio, más allá del cercado donde antes guardaba caballos, había una cabaña. En ella arreglaba arreos —ahora sólo era un entretenimiento y no cobraba por ello—, meditaba y evitaba a las mujeres de su familia. Era un rincón masculino, equipado con una pequeña estufa, un congelador, una mesa de trabajo y sillas, todo ello sobre un suelo imposible de estropear. Los hombres acababan de ponerse a soplar sobre sus tazas cuando empezó la lluvia. Tras unos pocos sorbos, ayudaron a Sargeant en el patio a mover sacos y tapar el equipo con lona impermeable. Cuando regresaron a la cabaña, empapados, estaban alegres y se sintieron repentinamente hambrientos. Sargeant les propuso comer unos filetes y fue a su casa a buscar lo necesario para alimentar a los hombres. Priscilla, su mujer, lo oyó y se ofreció a ayudar, pero la envió de vuelta a la cama con firmeza. La lluvia perfumada repiqueteaba. En la cabaña reinaba un ambiente de animación y compañerismo mientras los hombres comían gruesos filetes preparados a la antigua, fritos en una sartén bien caliente.
El perfume de la lluvia era más intenso al norte de Ruby, sobre todo en el convento, donde el denso trébol blanco y la retama colonizaban todos los rincones excepto el huerto. El olor despertó a Mavis y a Pallas, y corrieron a avisar a Consolata, Grace y Seneca que por fin había llegado la tan ansiada lluvia. Apiñadas en la puerta de la cocina, primero miraron, después sacaron las manos para tocarla; caía sobre sus dedos como una loción, de modo que salieron y dejaron que se vertiera como un bálsamo sobre sus cabezas rapadas y sus rostros alzados. Consolata empezó; las demás se le unieron rápidamente. Hay grandes ríos en el mundo y en sus orillas y en los límites de los océanos, los niños se entusiasman con el agua. En los lugares donde la lluvia es ligera, la emoción es casi erótica. Pero esas sensaciones no son nada comparadas con el éxtasis de mujeres santas bailando bajo la lluvia cálida y fragante. Se habrían echado a reír si el hechizo no hubiera sido tan profundo. Si recordaban algo sobre alguna advertencia reciente o alguna amenaza, la lluvia irresistible se lo llevó consigo. Seneca aceptó y, finalmente, dejó que se fuera una oscura mañana en un hogar adoptivo. Grace vio que por fin quedaba limpia una camisa blanca que nunca debió haberse manchado. Mavis se movía, estremecida, bajo los pétalos de altea que le hacían cosquillas en la piel. Pallas, que había dado a luz a un niño delicado, lo abrazaba mientras la lluvia lavaba la presencia de una mujer terrible en una escalera mecánica y todo el miedo a las negras aguas. Consolata, acogida por el dios que la había ido a buscar al huerto, bailaba con más frenesí que ninguna, Mavis era la más elegante. Seneca y Grace bailaron juntas y después se separaron para saltar sobre el barro. Pallas se mecía como una hoja mientras apartaba las gotas de lluvia de la cabeza de su hijo.
Cuando por fin consiguió salir de la cuneta, Lone pensó en recurrir a un DuPres. Aquella familia la había criado, rescatado, y una de las hijas había sido su maestra. Más que eso, sabía de qué madera estaban hechos. En primer lugar pensó en Pious DuPres, hijo de Booker DuPres y sobrino del famoso Juvenal DuPres. Como los Morgan y los Blackhorse, estaban satisfechos de descender de hombres que habían participado en el gobierno del estado, pero, a diferencia de ellos, estaban más orgullosos de las generaciones anteriores: artesanos, armeros, costureras, encajeras, zapateros, ferreteros, albañiles a quienes los inmigrantes blancos habían robado unas profesiones serias. Respetaban, ante todo, a las generaciones que habían visto cómo les quemaban las tiendas y lanzaban sus materiales por la borda. Puesto que los inmigrantes blancos no podían confiar en una competencia justa ni sobrevivir a ésta, habían detenido, amenazado, purgado y eliminado a su gente para alejarla del trabajo cualificado. Pero las familias habían conservado lo que habían podido y lo que habían obtenido desde 1755, cuando el primer DuPres llevaba una servilleta blanca sobre el brazo y un libro de oraciones en el bolsillo. La fe que los apaciguaba no era lúgubre. La virtud, bondad inesperada, los hacía sonreír. La rectitud deliberada les alegraba el corazón como pocas cosas podían hacerlo. No siempre sabían dónde estaba, pero pasaban mucho tiempo buscándola. Mucho antes de que Juvenal fuera elegido para formar parte del gobierno del estado, las conversaciones que tenían a la hora de cenar sentados en torno a la mesa de los DuPres trataban de los problemas de cada miembro de la familia y del modo en que los demás podían ayudarle. Y siempre versaban sobre la ética de un acto concreto, la claridad de sus motivos, sobre si una actitud fomentaba Su gloria y mantenía Su confianza. A ninguno de los DuPres actuales le gustaba la actitud de las mujeres del convento ni la aprobaban, pero ésa no era la cuestión. Las acciones de Brood y Apollo les habían parecido un insulto; Wisdom Poole era hermano de su nuera, y si formaba parte de un grupo que se proponía hacer daño a unas mujeres por el motivo que fuera, verían en ello la mano del monstruo. Y así fue. Cuando Lone les contó todo lo que había oído y lo que sabía, Pious no perdió el tiempo. Dio instrucciones a su mujer, Melinda, para que fuera a casa de los Beauchamp y dijese a Ren y a Luther que se encontraran con él. Él y Lone irían a buscar a Deed Sands y a Aaron Poole. Melinda dijo que debían comunicárselo a Dovey, pero no pudieron ponerse de acuerdo en qué debían hacer si Steward estaba allí. Lone no sabía si ya se habían puesto en marcha en dirección al convento o estaban esperando a que saliera el sol, pero dijo que alguien debía arriesgarse e informar a Dovey, quien podría, si quería, contarle a Soane lo que estaba pasando.
Cansadas a causa de sus danzas nocturnas, las mujeres vuelven a la casa. Se secan y le piden a Consolata que les cuente cosas de Piedade mientras se untan la cabeza con esencia de pesgua.
—Nos sentábamos en el camino junto a la orilla. Ella me bañaba en el agua esmeralda. Su voz hacía que las mujeres más orgullosas lloraran en la calle. Las monedas caían de los dedos de los artistas y los policías, y los dirigentes más importantes del país nos rogaban que comiéramos lo que nos ofrecían. Piedade sabía canciones que podían calmar una ola, hacer que se detuviera para escuchar una lengua que no oía desde que se había abierto el mar. Los pastores con pájaros de colores sobre los hombros bajaban de las montañas para recordar su vida en sus canciones. Cuando ella cantaba, los viajeros se negaban a subir a los barcos que los llevaban a casa. Por la noche, se quitaba las estrellas del pelo y me envolvía en él. Su aliento olía a piñas y anacardos…
Las mujeres se duermen, despiertan y vuelven a dormirse con imágenes de loros, conchas de cristal y una mujer que canta pero no habla. A las cuatro de la mañana, se levantan y se preparan para pasar el día. Una mezcla la masa mientras otra enciende la cocina. Otras recogen la verdura para la comida y después preparan las cosas del desayuno. La masa del pan descansa en unos moldes para que suba.
Cuando llegan los hombres, la luz del sol ansía resplandecer. Le cuesta romper el azul descolorido del cielo pero, para cuando los hombres aparcan detrás del chaparral y se encaminan hacia el convento, ya se ha abierto paso. Un azul soberbio. El agua de la noche se alza en forma de niebla de los charcos y las regatas inundadas de la cuneta. Cuando llegan al convento, evitan el ruido de la gravilla serpenteando entre la hierba alta y algún arco iris en dirección a la puerta principal. Tal vez las garras arrastran a Steward fuera de este mundo. Suben por los escalones que la lluvia ha dejado jaspeados y brillantes. Mientras avanza entre ellos, levanta la barbilla y después el rifle, y abre de un disparo una puerta que nunca se ha cerrado con llave. Oscila hacia dentro sobre las bisagras. El sol entra detrás de él, salpica las paredes del vestíbulo, donde niños sexuados juegan los unos con los otros a través de la pintura desconchada. De repente, aparece una mujer con la misma piel blanca, y lo único que necesita ver Steward para apretar otra vez el gatillo son sus ojos sensuales y escrutadores. Los otros hombres se sobresaltan, pero eso no les impide pasar por encima de ella. Acarician sus armas y, de repente, se sienten tan jóvenes y buenos que recuerdan que las pistolas son algo más que un adorno, algo para intimidar o tranquilizar: tienen un fin. Deek da las órdenes. Los hombres se separan.
Las tres mujeres que preparan comida en la cocina oyen un disparo. Una pausa. Otro disparo. Con precaución, miran a través de la puerta de vaivén. Los hombres armados, enmarcados por la luz que entra por la puerta, proyectan sombras imponentes en el pasillo. Las mujeres corren a la sala de juegos y cierran la puerta, segundos antes de que los hombres se sitúen en el pasillo. Los hombres oyen pasos y entran en la cocina de la que ellas acaban de salir. No hay ventanas en la sala de juegos: las mujeres están atrapadas y lo saben. Pasan los minutos. Arnold y Jeff Fleetwood salen de la cocina y perciben un rastro de pesgua en el aire. Abren la puerta de la sala de juegos. Un cenicero de alabastro se estrella contra la sien de Arnold, llenando de júbilo a la mujer que lo esgrime. Sigue golpeándolo hasta que cae al suelo a cuatro patas, mientras Jeff, desprevenido, apunta con el arma unas décimas de segundo demasiado tarde. Ésta sale disparada de su mano cuando un taco de billar le rompe la muñeca y después, en un movimiento ascendente, lo golpea en la mandíbula. Levanta el brazo, primero para protegerse, después para agarrar la punta del taco, mientras el marco de Catalina de Siena se rompe sobre su cabeza.
Las mujeres salen corriendo al pasillo, pero se quedan heladas cuando ven aparecer dos figuras procedentes de la capilla. Vuelven a toda prisa a la cocina. Harper y Menus van tras ellas. Harper agarra a una por la cintura y el brazo; la mujer se agita tanto que él no ve la sartén que se precipita sobre su cabeza. Cae y suelta el arma. Menus, que intenta poner las esposas a otra, se vuelve cuando su padre se desploma. El caldo que le arrojan a la cara está tan caliente que no puede ni gritar. Cae sobre una de sus rodillas y una mujer tiende la mano para coger el arma que gira en el suelo. Herido, medio ciego, Menus le agarra el tobillo izquierdo. Ella le da patadas con el pie derecho. Detrás de él, una mujer apunta con un cuchillo de carnicero y se lo hunde tan profundamente en el omoplato que no puede sacarlo para volver a clavárselo. Lo deja ahí y huye al jardín con las otras dos, dispersando a las gallinas a su paso.
Procedentes del piso superior, Wisdom Poole y Sargeant Person no ven a nadie. Entran en el aula, donde la luz se viene a través de las ventanas. Buscan detrás de los pupitres que están contra la pared, incluso donde es evidente que nadie, ni siquiera un niño, es lo bastante pequeño para esconderse.
En el sótano, bajo el rayo largo y lento de una linterna Black & Decker, Steward, Deek y K. D. observan muestras de profanaciones, violencia y perversión inimaginables. Dibujos malignos hechos con esmero tapizan el suelo de piedra. K. D. juguetea con su cruz de palma. Deck se palpa el bolsillo de la camisa, donde tiene las gafas de sol. Había pensado que podría utilizarlas para otras cosas, pero se pregunta si no las necesita ahora para protegerse de lo que ve, ese mar de depravación que los atrae hacia abajo. Ninguno se atreve a entrar. Sus suposiciones están más que confirmadas, así que dan media vuelta y suben por las escaleras. La puerta del aula está abierta; Sargeant y Wisdom los hacen entrar. Se apelotonan junto a las ventanas y entonces los cinco lo entienden: las mujeres no se han escondido. Están sueltas.
Poco después de que los hombres hayan salido de casa de Sargeant, los ciudadanos de Ruby llegan al horno. La lluvia amaina. En el barril de basura, los desperdicios giran en el agua. El torrente ha crecido hasta el límite, pero no se ha desbordado. En lugar de ello, se filtra bajo tierra. La lluvia que se precipita desde la parte superior del horno cae sobre el barro moteado con los trocitos de lechada que se han desprendido de los ladrillos. El horno se ladea un poco. El terreno compactado sobre el que descansa está minado. Los ciudadanos van al encuentro de los hombres en coches y camionetas. Ninguna de las dos hermanas necesita que la convenzan, porque las dos ya sabían que estaba sucediendo algo terrible. Dovey le pide a Soane que conduzca. Las dos están calladas y los pensamientos cruzan por su mente a toda velocidad. Dovey ha visto durante treinta años cómo su marido iba destruyendo algo de sí mismo. Cuanto más ganaba, menos era. Tal vez ahora esté destruyéndolo todo. ¿Los veinticinco años de éxito desenfrenado lo habían confundido? ¿Pensaba que, puesto que vivían lejos de la ley de los blancos, estaban por encima de ella? Naturalmente, nadie podría pedir un marido más amante y, siempre que pasara por alto las partes que no pueden conocerse, su matrimonio parecía perfecto. Sin embargo, sigue echando de menos la casita de la hipoteca ejecutada donde lo visitaba su amigo. Desde que K. D. se quedó la casa, sólo ha venido una vez, y eso fue en un sueño en que se alejaba de ella. Ella lo llamó y él se volvió. Al instante siguiente, ella estaba lavándole el pelo. Despertó desconcertada, pero contenta al ver que tenía las manos húmedas de espuma.
Soane está recriminándose no haber hablado, sólo hablado, con Deek. Haberle dicho que sabía lo de Connie; que la pérdida de su tercer hijo no era una sentencia contra él, sino contra ella. Después de que Connie le salvara la vida a Scout, el resentimiento de Soane contra ella se evaporó y, puesto que las dos se habían hecho amigas rápidamente, creía que también había olvidado a Deek. Ahora se preguntaba si su miedo a ahogarse en un aire demasiado tenue para respirarlo, su llanto sin consuelo por sus hijos, su deseo de mantener el dolor vivo negándose a leer sus últimas cartas, eran modos de castigarlo sin que lo pareciera. En cualquier caso, estaba segura de que lo de poner en fuga a las mujeres del convento tenía algo que ver con su matrimonio. Harper, Sargeant y, desde luego, Arnold, no habrían movido un dedo contra aquellas mujeres si Deek y Steward no los hubieran manipulado y les hubiesen dado su autorización. Ojalá hubiera hablado con él veinte años atrás. Sólo hablar.
—¿En qué piensas? —Dovey rompió el silencio.
—No puedo pensar.
—No les harán daño, ¿verdad?
Soane paró el limpiaparabrisas. Ya no era necesario.
—No —contestó. Sólo quieren asustarlas. Para que se vayan.
—Pero la gente no para de hablar de ellas, como si fueran… gentuza.
—Son distintas, eso es todo.
—Ya lo sé, pero eso ha sido motivo suficiente, en otras ocasiones.
—Son mujeres, Dovey. Sólo mujeres.
—Pero son putas, y raras.
—¡Dovey!
—Eso es lo que dice Steward, y si él lo cree…
—Me da lo mismo que lo sean. —Soane no podía imaginar nada peor. Se callaron las dos.
—Lone dice que K. D. está allí.
—Era de esperar.
—¿Crees que Mable lo sabe? ¿O Priscilla? —pregunta Dovey.
—Lo dudo. Si no hubiera sido por Lone, ¿lo habríamos sabido?
—Supongo que no pasará nada. Aaron y Pious los detendrán. Y los Beauchamp. Ni siquiera Steward querrá discutir con Luther.
Entonces, las hermanas se echaron a reír, esperanzadas, y fueron calmándose a medida que corrían a través del glorioso aire del amanecer.
Consolata despierta. Segundos antes, le ha parecido oír unos pasos que bajaban. Supone que debía de ser Pallas que iba a alimentar al bebé que está acostado a su lado. Toca el pañal para ver si hace falta cambiarlo. Algo. Algo. Consolata se queda helada. Abre la puerta y oye pasos que retroceden, demasiado fuertes, demasiados para tratarse de una mujer. No sabe si alterar el sueño del niño. Después, se pone rápidamente un vestido, azul con el cuello blanco, y decide dejar al niño en la cuna. Sube por las escaleras y de inmediato ve una silueta tendida en el suelo del vestíbulo. Corre hasta ella, coge a la mujer en brazos y se mancha de sangre la mejilla y el lado izquierdo del vestido. Localiza el pulso en el cuello; es débil, y la respiración superficial. Consolata frota la pelusa de la cabeza de la mujer y entra en ella, hasta el fondo, muy al fondo, para encontrar la lucecita. En la habitación contigua se oyen disparos.
Los hombres están disparando por la ventana a las tres mujeres que corren entre el trébol y la retama. Consolata entra.
—¡No! —brama.
Los hombres se vuelven.
Consolata entorna los ojos para protegerse del sol, después mira más arriba, como si la distrajera algo situado por encima de las cabezas de los hombres.
—Has vuelto —dice, y sonríe.
Deacon Morgan necesita las gafas oscuras, pero están en el fondo del bolsillo de la camisa. Mira a Consolata y ve en sus ojos lo que éstos han ido perdiendo y lo que él ha perdido. Hay sangre junto a los labios de Consolata. Se queda sin aliento. Levanta la mano para detener la de su hermano y descubre entonces cuál de los dos es el más fuerte. La bala atraviesa la frente de Consolata.
Dovey grita. Soane mira fijamente.
—Puede tardar mucho en morir.
Lone desea desesperadamente un Doublemint mientras restaña la herida de la mujer blanca. Ella y Ren la han llevado hasta el sofá de la sala de juegos. Lone no oye ningún latido y, aunque el pulso del cuello parece estar todavía ahí, ha manado demasiada sangre de esta mujer con muñecas pequeñas como las de una niña.
—¿Alguien ha ido a buscar a Roger? —grita.
—Sí —contesta alguien, gritando también.
El ruido que hay fuera de la habitación le está dando dolor de cabeza y un deseo feroz de mascar. Lone deja a la mujer y va a ver qué están haciendo para salvar una vida o dos en medio de aquel caos.
Dovey llora en las escaleras.
—Dovey, tienes que parar. Necesito una mujer que piense. Ve ahí y tráeme un poco de agua; intenta que aquella chica beba.
La arrastra hacia la cocina donde está Soane.
Un poco antes, Deacon Morgan había llevado a Consolata a la cocina y la había sostenido en brazos durante el tiempo en que las mujeres tardaban en despejar la mesa. La depositó con cuidado, como si cualquier gesto brusco pudiera hacerle daño. Cuando Consolata estuvo cómodamente instalada —con el impermeable de Soane doblado debajo de la cabeza—, las manos empezaron a temblarle. Entonces salió a ayudar a los heridos. Menus, incapaz de sacarse el cuchillo del hombro, gemía de dolor. A Harper se le estaba hinchando la cabeza, pero era Arnold Fleetwood el que parecía tener una conmoción cerebral. Y la mandíbula rota de Jeff, así como su muñeca quebrada, necesitaban atención. Habían llegado otras personas de Ruby, despertadas por la primera caravana, multiplicando el desorden y el barullo. El reverendo Pulliam le sacó el cuchillo del hombro a Menus e intentó convencer a los Jury y a los Fleetwood de que consintieran en que los llevasen al hospital de Demby. Llegó un recado del hijo de Deed Sands anunciando que esperaban que Roger volviera de Middleton aquella mañana y que, tan pronto como llegara, su hija lo enviaría para allí. Al final, Pulliam fue persuasivo y se llevó a los heridos.
Las voces masculinas seguían retumbando. Entre acusaciones a gritos y defensas hoscas, aunque menos ruidosas, bajo el ataque de preguntas y profecías de maldición, pasó una media hora antes de que a alguien se le ocurriera preguntar qué había sido de las otras mujeres. Cuando Pious lo preguntó, Sargeant indicó «por ahí», con un gesto de la cabeza.
—¿Se han escapado? ¿Han ido a buscar al sheriff?
—Lo dudo.
—¿Entonces, qué?
—Se cayeron. En la hierba.
—¿Habéis matado a todas estas mujeres? ¿Y por qué motivo?
—¡Ahora no sólo atraeremos la cólera de Dios, sino también la ley de los blancos!
—No hemos venido aquí a matar a nadie. Mira lo que les han hecho a Menus y a Fleet. ¡Ha sido en defensa propia!
Aaron Poole miró a K. D., que acaba de darle aquella explicación.
—¿Entras en su casa y esperas que no te echen?
Lo miró con expresión de desprecio, aunque no se mostraba tan gélido como Luther.
—¿Quién tenía las armas? —preguntó Luther.
—Nosotros, pero fue el tío Steward quien dijo…
Steward Le dio una bofetada en la boca y, si no hubiera sido por Simon Cary, habría tenido lugar otra matanza.
—¡Sujetad a este hombre! —gritó el reverendo Cary y, señalando a K. D., añadió—: Hijo, te has metido en un buen lío.
Pious dio un puñetazo en la pared.
—Ya nos habíais deshonrado, ¿ahora queréis destruirnos? ¿Qué clase de maldad lleváis dentro? —dijo. Miró primero a Steward, pero después su mirada abarcó a Wisdom, Sargeant y los otros dos.
—El mal está en esta casa —contestó Steward—. Baja al sótano y compruébalo por ti mismo.
—Mi hermano miente. Ha sido cosa nuestra. Sólo nuestra. Y somos los responsables.
Por primera vez en veintiún años, los gemelos se miraron directamente a los ojos. Entretanto, Soane y Lone DuPres cerraban los dos ojos descoloridos, pero no podían hacer nada con el tercero, húmedo y sin párpado, que había entre ambos.
—Ha dicho «Divine» —susurró Soane.
—¿Qué? —Lone intentaba tapar el cadáver con una sábana.
—Cuando he llegado junto a ella. Justo después de que Steward… Le he cogido la cabeza y ha dicho «Divine». Y después algo así como «es divino, está durmiendo un sueño divino». Supongo que soñaba.
—Bueno, tenía un tiro en la cabeza, Soane.
—¿Qué crees que estaba viendo?
—No lo sé, pero es un pensamiento agradable, aunque fuera el último.
En ese momento entró Dovey.
—Se ha ido —dijo.
—¿Estás segura? —preguntó Lone.
—Mira por ti misma.
—Ahora voy.
Las hermanas taparon a Consolata con la sábana.
—No la conocía tan bien como tú —dijo Dovey.
—Le tenía cariño. Dios sabe que sí, pero nadie la conocía de verdad.
—¿Por qué lo han hecho?
—¿Han? Querrás decir ha, ¿no? Es Steward quien la ha matado, no Deek.
—Lo dices como si todo fuera culpa suya.
—No era ésa mi intención.
—¿Entonces qué? ¿Qué querías decir? —Soane no sabía qué quería decir, lo único que quería era encontrar un poco de jabón para limpiar todo lo que pudiese. Pero aquella conversación había hecho que la relación entre ambas cambiara de manera irreversible.
Desconcertada, enfadada, triste y asustada, la gente se amontona dentro de los coches y vuelve junto a los niños, el ganado, los campos, las tareas domésticas y la incertidumbre. Cuánto han trabajado para tener este sitio; qué lejos estaban antes de la barbarie que acaban de presenciar. Cómo es posible que una misión tan limpia y bendita se devore a sí misma y se convierta en el mundo del que ha escapado. Lone ha dicho que se quedará con los cadáveres hasta que llegue Roger.
—¿Cómo volverás? —pregunta Melinda—. Tu coche está delante de nuestra casa. Lone suspira.
—Bueno, los muertos no se mueven, y Roger tiene mucho trabajo. —Mientras el coche se aleja, Lone mira hacia la casa—. Mucho trabajo.
No tuvo ninguno. Cuando Roger Best volvió a Ruby, ni siquiera se cambió de ropa. Aceleró el motor de la ambulancia-coche fúnebre y se dirigió hacia el convento. Le habían dicho que había tres mujeres sobre la hierba. Una en la cocina. Otra en el pasillo. Buscó por todas partes. En cada centímetro de hierba, en cada trozo de retama. En el gallinero. En el huerto. En cada hilera de maíz del campo que se extendía más allá. Después buscó por cada habitación: la capilla, el aula. La sala de juegos estaba vacía; también lo estaba la cocina: una sábana y un impermeable doblados eran el único signo de que allí había habido un cadáver. En el piso de arriba, miró en los dos cuartos de baño y en los ocho dormitorios. Otra vez en la cocina, en la despensa. Después bajó al sótano, pisó los dibujos del suelo. Abrió una puerta, que daba a la carbonera. Tras otra puerta, descubrió una cama pequeña y un par de zapatos brillantes sobre un tocador. Ningún cadáver. Nada. Incluso el Cadillac había desaparecido.
(Continuará...)
