LA ESPAÑA NEGRA (III)

José Gutiérrez Solana



SANTOÑA

ES este pueblo montañés muy marinero, y como el Astillero, Castro-Urdiales y Laredo, de los más importantes de la provincia, pues el mar les da mucha alegría. Tiene Castro una hermosa plaza, donde está enclavada la Catedral; en los muros traseros de la colegiata, los marineros recuestan sus espaldas los días de huracán para resguardarse del viento; en clavos metidos en sus junturas, que son grandes bolas de piedra, cuelgan los encerados y las redes puestas a secar.

Ya cerca de Santoña, y llegando a Treto, vemos una porción de vagones de mercancías que destacan sobre el mar; estos vagones, abiertos a los cuatro vientos en su marco negro, el cielo encuadrado y encerrado, resalta más brillante y limpio que el resto del ancho celaje.

Un gran trecho de los muelles está ocupado por toneles de pescado y capachos cubierto con encerados. Unos hombres, metida la cabeza en sacos que le sirven de capucha y que les cae por la espalda, bajan y suben por un tablón que se bambolea y cruje al peso de sus pies descalzos; descargan harina de unos barcos viejos, pintados de negro, ancianos y veteranos pataches, cuyas maderas están agrietadas por los temporales y la carcoma.

Algunos de los descargadores que no llevan sacos a la cabeza tienen el pelo, los bigotes, la barba y las cejas empolvadas, y la cara y las manos blancas.

A lo lejos vemos el enorme peñasco de Santoña, que parece de acero negro, y las casas que se destacan hundidas y guarecidas a su pie. Cruzamos un largo puente; aquí hay muchos barcos pesqueros para transportar la gente a Santoña; cuando parten tocan una sirena ronca, cuyo sonido, gritos y silbidos como locomotoras, aturden los oídos; están desproporcionados para barcos tan chicos.

Al irnos acercando a Santoña contemplamos más de cerca al pueblo de Laredo; la mar está muy baja y en seco hay muchos pataches y barcas tumbadas en la arena con las velas colgando de los palos y otras recogidas; los marineros andan muy de prisa, descalzos, a pesar de lo inclinado que están los barcos, sin caerse; alguno sale de una casa camarote con un plato o una fuente a lavarlo en la cubierta, y luego desaparece por la escotilla como si se lo hubiera tragado el barco.

En los cascos afilados de estos navíos hay un mascarón de escultura pintado de color de carne: representa una sirena con la trenza y pechos de mujer y cola de tiburón; en otros es un caballo de mar o un pez fantástico.

Cuando nos vamos acercando a Santoña, un velero, en la mar gruesa, lucha con las olas y nos da la ilusión, a esta gran distancia, de que casi no se mueve; lleva todas las velas desplegadas al viento y de pronto hace un rápido viraje y empieza a ganar tierra.

Estos son los mismos veleros que iban a Méjico y que anclaban en Santander antes de las reformas, junto a los portales de las casas del muelle, hoy cegadas aguas y convertidas en unos jardines para paseo y esparcimiento de la gente de la población.

Ya vemos de cerca Santoña, relumbrando al sol todos los cristales de las ventanas de sus casas y las blancas arenas de la playa, y sus calles nos ciegan la vista y se ve más la capa de polvo cálido del pueblo.

El presidio

Al poco tiempo de desembarcar entramos en el viejo presidio; es éste un destartalado caserón, largo como un cuartel. A su puerta están las garitas de los centinelas; militares de infantería, con fusiles cargados, se relevan de noche y día vigilando las puertas del edificio y las cercanías, en las que también se ven algunas garitas.

Pasamos a un patio, el más grande del presidio, donde andan sueltos los detenidos próximos a cumplir la condena; se parece mucho este patio al Mundo Nuevo o Américas del Rastro, o a la cubierta de un barco de emigrantes donde todos se sientan bajo la campana que llama a comer, y miran mucho al reloj que está en la caseta al lado de la brújula y un par de salvavidas pintados de blanco, pues saben que hay que trabajar y llevar obra hecha dentro del oficio, porque la vida es muy dura a la llegada. Todo este patio está cruzado con estacas y cuerdas, donde ponen a secar las ropas los presos los días de sol; pasean en grupos, con las manos a la espalda y mirando al cielo, y hablando sobre si el buen tiempo durará; pero, generalmente, el cielo siempre está nubarrado durante el invierno y amenazando lluvia. Hay una agrupación de casas bajas hechas con esteras y estacas, como las de los industriales del Rastro de Madrid; en un cajón están los zapateros, con sus mandiles de cuero y un montón de botas viejas y de tacones arrancados con azuelas; con un punzón van haciendo agujeros en las suelas y pasando los cabos encerados; también hay alpargateros, sombrereros y sastres modestos que, sentados en el suelo, echan remiendos, cuchillos a las americanas y culeras a los pantalones.

Un viejo, tranqueando, se sienta buscando el respaldo de la pared y el apoyo de sus rodillas; cuelga del cuello de la chaqueta su cabeza pesada, llena de venas y algún chichón de caerse de una silla contra el suelo al estar dormido y algo bebido. A este pobre viejo ya nadie le hace caso y él sólo se tiene que manejar y acostarse.

Este patio cuadrado y espacioso presenta un aspecto triste; el cielo está encapotado y todo tiene un color de tierra y hollín; los presos, con sus gorros y su uniforme de paño grueso color café, tienen el color muy pálido, aceitunado de estar tanto tiempo encerrados en las habitaciones altas, donde no da la luz; por eso tienen ese color de correa y muchos se han quedado casi ciegos y usan gafas; unos afeitados y otros con largas barbas, cejas pobladas y capacetes de pelo cubriéndoles las orejas; sus manos están sucias y las uñas largas y negras, como si hubieran estado varias noches en el tren sin lavarse; abundan mucho entre estos presos los hombres chatos y bajos de estatura.

Y produce miedo ese hombre de pelo rojo amarillo como de fuego, con las muñecas robustas y los dedos llenos de un pelo rojizo; su carne blanca, fofa y como lavada, parece que no tiene sangre; roja es su camiseta, amarillo el pañuelo que lleva al cuello; el crimen de este hombre debe ser algo sangriento y repugnante.

En el fondo del patio hay unas cocinas muy bajas de ladrillo, con muchos hornillos, donde hacen la comida y fríen en grandes sartenes sardinas y cuecen patatas y alubias en los calderos; le da un aspecto pintoresco a estas cocinas los vasares llenos de pucheros y aceiteras.

Estos cuatro muros tienen un balconcillo que sirve de corredor a los dormitorios y salas interiores; de trecho en trecho hay unas ventanas cruzadas con barrotes de hierro.

En las salas de los reclusos, a poca altura del suelo, hay unas tarimas, donde duermen envueltos en sus mantas pardas con grandes rayas blancas. En otra sala los camastros están en fila a lo largo del dormitorio y clavadas de las paredes de yeso. Hay catres recogidos y cerrados. Algún enfermo, metido en su camaranchón, tiene la cara amarilla y está echado boca arriba, con los ojos clavados en el techo. Un farol de petróleo que iluminaba mortecinamente la habitación proyectaba un círculo de luz y sombra, que a veces se agigantaba o la dejaba casi a obscuras, al irse, gastando la mecha. En el techo de estos dormitorios se ven muchos desconchados, donde se filtra el agua, que en los días de lluvia cae gota a gota, como el tic tac de un reloj, en unos calderos que ponen debajo de estas goteras.

Luego se van recorriendo pasillos llenos de manchones de humedad y todos negros, donde las ratas han comido el suelo, y han puesto refuerzos de latón, claveteados, para enterrarlas; pero de vez en cuando una del tamaño de un gato se mete debajo de un mueble.

Los zócalos están llenos de cruces, con fechas y nombres, caras de mujeres arañadas con las uñas y grabadas en la piedra con las navajas.

En un rincón, en un banco, uno de esos bancos de presidio, aceitosos, con grandes cribas y agujeros, se ve el petate de un preso, que han traído en el tren, en un antiguo vagón de tercera. En la obscuridad se ven mover los pesados capotes de los guardias civiles, el brillar asesino de sus tricornios de hule y los fusiles bajos que llevan a la mano. El preso aparece con todo el cuerpo y las piernas amarradas y con las manos como en oración, fuertemente atadas. Se adelanta a saltos al banco, para recoger su ropa; pero le ponen unos pesados grilletes en los pies y manos, y la pareja de guardias civiles, sin contemplación, le empujan con la culata a la puerta de un negro calabozo.

Las demás salas del penal

Algunos presos están aislados en cuartos pequeños, donde están encerrados. Cruzamos unos pasillos obscuros, llenos de manchones que forman un bulto abombado, que tienen manchas rojizas de clavos y que echan gotas de agua a lo largo de las paredes, dejando al secarse unos chorretes negros. Unas luces de aceite arden de trecho en trecho y se respira un fuerte olor de humedad. Se siente al pasar el desnivel del suelo y los tablones crujen. Parecen estos rincones poblados de locos y fantasmas. Se sienten voces y toses, que suenan en los calabozos broncas y secas.

A la altura de una persona vi unos ventanos negros con barillas de hierro; en uno asomaba una mano que se movía.

El celador descorrió un cerrojo. En un cuarto muy pequeño se veía un preso, tumbado de pechos en el suelo. En otro calabozo se sentían muchas voces, como si hablasen al mismo tiempo varias personas.

—Aquí hay un loco —me dijo el empleado, abriendo la puerta.

Y los dos dentro, iluminó con su farol un bulto echado sobre un montón de paja. Era un viejo medio desnudo, con el pelo muy largo y las uñas como garras. Tenía en el suelo un cántaro con agua, sin beber, y un pedazo de pan. Hablaba con gritos agudos y acento catalán. Sus dedos recorrían su cráneo de arriba abajo y hablaba vertiginosamente y con voces tan distintas que daba miedo. Al cerrar la puerta seguían sus voces, como si nunca acabara.

En este momento nos cruzamos con un hombre alto, de barba y con nariz bien dibujada, parecido a esos bandidos gallegos.

Era Planas, que está condenado en este penal a cadena perpetua. Porque un juez de su pueblo pegó una bofetada a su anciana madre, Planas le mandó al día siguiente un regalo en una caja, y al abrirla el juez estalló la dinamita que contenía y quedó ciego y manco de las dos manos.

Muchos criminales que entran en este presidio, fuertes y jóvenes, van perdiendo energías poco apoco, hasta quedarse como un viejo y sin saber defenderse, perdiendo la razón al final al dejarles salir de la prisión por haber cumplido la condena.

—¿Ve usted ese preso que está apoyado en esa puerta? —me dijo el guardián—. Es un anarquista que atentó contra Alfonso XIII en una jura de banderas. Es Sancho Alegre.

Yo me fijé en un hombre bajo y fuerte que tenía unos ojos muy grandes y la cara muy expresiva.

Luego pasamos a una sala grande, donde el guardia me enseñó varios muebles hechos por los reclusos—. En esta cómoda —me dijo— se escapó uno de los presos; él mismo la hizo, y cuando supo el día que iba a ser vendida se metió en uno de los cajones, y al verse en la calle hizo saltar la tapa y se escapó. Estos agujeros los hizo él mismo para poder respirar.

Después abrió un armario, que era un arsenal de armas. Había pistolas, puñales, navajas, punzones, cuchillos y leznas. —Estas son las armas que les quitamos a los presos, pues al dormir se tienen miedo los unos a los otros y las esconden bajo el jergón.

En esto se acercó un viejo burlón, con gorro de lana y gruesas zapatillas y levitón de presidiario, riendo y tirándonos de la americana; abrió una boca desdentada y nos dijo que él mató a siete moros con un fusil. Luego supe que era el tío Lobo, que andaba mal de la cabeza, pero que era ya inofensivo; lo de los moros, que se empeñaba él en creerlo, no era sino cinco soldados españoles que mató él estando de centinela, cuando era mozo, en un ataque de locura.

En las paredes se veía un cuadro de fotografías de delincuentes, gente repulsiva, con pañuelos al cuello y bigotes caídos y cráneos calvos, espadistas, atracadores, monederos falsos, asesinos que han tenido tiroteos con la Guardia civil en despoblado y han asesinado viajeros para robarles disfrazándose de empleados del tren con gorras de galones, barbas y bigotes postizos, que algunas veces, al ser sorprendidos, han saltado por la ventanilla y se han tirado del estribo estando el tren en marcha, internándose en el campo, amparados por la obscuridad de la noche y llegando a algún pueblo vecino, dejando abandonado en el asiento del tren algún cuchillo ensangrentado y un hacha.

Otro de los retratos es un viejo afeitado, con faja como un carretero: cuatrero o ladrón de ganado, pone en esta fotografía.

Todos estos criminales tienen un cartón en la solapa de la americana con un número; pero lo que llama más la atención son los retratos de los homicidas, uno con la cabeza en pico, alargada como un pepino y los ojos distraídos; otro está desnudo hasta la cintura, tiene las manos cruzadas junto a los hombros, en esta postura que los hacen poner los guardias civiles, o con los brazos en alto para registrarles los bolsillos por si llevan algún arma, amenazándoles mientras tanto con la boca de los fusiles.

Este criminal, que ha hecho cinco crímenes, contrasta su cabeza erguida, sus ojos pequeños y brillantes, que miran agresivos y la boca desvergonzada con la humildad de su cuerpo, desnudo como un disciplinante, con las manos abiertas y cruzadas junto al pecho.

Al lado del retrato de asesinos hay un cuadro en colores de Frenología, Fisonomía y Quiromancia; está reproducido en cartón piedra y de relieve la masa encefálica y el cerebro de un hombre, con un color gris, un brillo de barniz muy desagradable, todo lleno de números y rayas rojas.

En los cuadros fisionómicos hay varios retratos de hombres célebres con títulos en francés. Vicente de Paúl, debajo dice: «bondad, caridad»; Lavater, «observación, apreciación»; Voltaire, «espíritu cáustico»; Sterne, «espíritu de sabiduría», Homero, «poesía»; Kleber, «cólera»; Cartuche, «perversidad»; y, por último, unas manos abiertas con muchas rayas y números en las falanjes de los dedos y en sus palmas, aquí entra la quiromancia, el esperitismo y las ciencias ocultas. Hay también unos cuadros, en color, de alcohólicos; unas cabezas enormes con la cara roja, la barba y los pelos erizados y los ojos fuera de las órbitas; de la boca, muy abierta, parecía que iba a salir una voz ronca como un gruñido lleno de blasfemias; sus manos inertes casi ya no tienen fuerza para sostener una botella de vino y en su frente parece que todas las ideas están embotadas y que su cerebro se ha ido reblandeciendo hasta hacerse líquido.

En un cuadro de estos cartelones, como los que sacan los curanderos en las plazas de Madrid, hay un caso de delirium tremens. El borracho, con la camisa hecha jirones y el pantalón azul lleno de manchas y desgarrado, enseñando la carne de sus piernas, muerde las sábanas y las maderas de su catre y huye asustado por los pasillos, viendo alucinaciones y bichos por las paredes; tiene los pies sin botas, con calcetines blancos. En otro cuadro viene atado con unas cuerdas y le atrancan dentro; después llega el médico, cuando está dando unos saltos que llegan cerca del techo, rodeado de los enfermeros.

Los locos

Bajamos por una escalera de piedra a la planta baja del edificio. La luz que entraba por un ventano de la bóveda, iluminaba aquellos pasillos enormes, con muros de piedra altos y sucios, como los de una Audiencia de pueblo. Recostados en las paredes, varios loqueros con largas blusas, fumaban y leían el periódico. Un hombre de gran estatura, de rostro atezado y vestido de negro, estaba apoyado en una columna con los brazos cruzados; de una mano que salía por debajo del codo colgaba, de un anillo de hierro, un manojo de grandes llaves. Era el carcelero.

Descorrió unas puertas enormes de madera que andaban sobre unas ruedas en unos carriles en el suelo, y tras una reja vimos unos cuantos locos que estaban desnudos, a pesar del frío que hacia. Uno de ellos tenía en la cabeza una corona de rey, hecha con alambres y cachos de cartón. Otro de los locos se había hecho una tiara, y decía que él era el papa y hacía a los otros locos que le chupasen y besasen los pies. Había uno pintando un reloj con carbón en el yeso de la pared, y se pasaba todo el día moviendo aquellas agujas fantásticas; aquel hombre no dormía, preocupado con aquel reloj. Unos locos andaban en camisa con las piernas desnudas, y corrían como argadillos; parecía que no pesaban; daban saltos inverosímiles y no se les sentía al andar. Alguno se meaba y sus pies mojados se marcaban como las pisadas de los caminantes por la nieve, primero muy fuerte, hasta que van perdiéndose a lo lejos; en las baldosas de este presidio eran los dedos separados, deformados por la edad, pies como esqueletos. El farol al moverse proyectaba sus sombras gigantescas en las paredes. De un rincón salió un viejo del jergón al ver la claridad, y poniéndose de rodillas sobre la sábana decía que él era Dios, pues había tapado el sol. Siempre que hay luz y ve la sombra que proyecta en la sábana —me dijo el loquero— dice que hace sombra al sol; tiene esta mania, y ya está todo el día así sin dormir. Al volver a correr las puertas de madera, tras la reja se sentían muchos alaridos y aullar, imitando a los perros, y golpes dados en la puerta.

Cruzamos un pasillo, y en unos sillones grandes y cuadrados, de madera, arrimados y clavados a las paredes, vi unos hombres sentados en camisa y atados a estas sillas de fuerza con unas fuertes correas por el pecho; el pelo era tan largo que casi les tapaba la cara; tenían los pies descalzos. Son locos rabiosos —me dijo el carcelero.

Pasamos una mampara de cristales y nos hallamos bajo la luz cruda de un patio; vi un largo corro de presos; en medio había dos asesinos: uno con una camiseta de grandes rayas rojas, un sombrero en la cabeza y los pies descalzos; el otro tenía un pañuelo atado a la cabeza como los manchegos, estaba en mangas de camisa y con alpargatas y ancha faja; los dos empuñaban dos grandes navajas, y se tiraban tajos al vientre y al pecho, luchando y dando saltos ágiles, mientras se tiraban a fondo para clavárselas; al de la camiseta roja le chiscaban mucho sus pies descalzos en el suelo, tenía mucha agilidad, y decía: «Prepárate para recibir este viaje», y le tiraba una navajada al muslo; el manchego decía, preparando bien la faca y tirándole un golpe al pecho: «Cuéntate con los muertos».

Los que estaban mirando aquel bárbaro duelo a cuchillo estaban entusiasmados y cruzados de brazos; otros se habían sentado en cuclillas y en primer término para ver mejor.

—Son los presos —me dijo el guardián que estaba en la puerta—, que están simulando un asalto a cuchillo. Esto los entretiene mucho en los ratos de ocio.

La corrida de toros en Santoña

Al otro día era domingo de ferias y había toros; la Plaza está frente al penal; los presos, asomados a las ventanas del viejo edificio, tras las rejas, se entretienen viendo entrar la gente, los picadores y la cuadrilla a la plaza.

Desde su prisión oían los aplausos, los silbidos, los gritos de hombres y mujeres: «¡Que le den las orejas y el rabo!» Y aquella pobre gente sufría, en un día hermoso de sol, oyendo aquella barbarie que insultaba sus oídos, aquella cobardía amparada por la ley y viendo desfilar la gente cerca de sus ojos, bailando y cantando, para mayor escarnio; los viejos picadores, montados en caballos llenos de costuras y con las patas llenas de sangre, tranqueando; otros, cojos por los agujeros de las heridas, pasaban muy despacio, arrimados a las fachadas de las casas.

Como esta Plaza de Toros no tiene desolladero, sacan los cadáveres de los caballos a la calle, a muchos todavía vivos y cubiertos sus lomos de sangre, dándoles allí la puntilla, frente al mar, cerca de la orilla de la playa donde están anclados los barcos y las traineras que por la noche salen a la pesca, cuando el cielo está negro todavía, y el sol, redondo como la luna, sin fuerza y casi no alumbra, bajo el peso de los negros nubarrones, parece estar cogido entre dos planchas de cobre; el mar parece pegado al firmamento, como una decoración de teatro, y los barcos, con las velas extendidas y los cascos muy levantados por la poca mar, parecen sus siluetas, cansadas y tristes, a negros ataúdes; la orilla, negra, con fuerte olor, tiene ligeros temblores y ruidos como un chasquido porque va creciendo la marea.

Dentro de poco, los bravos marineros saldrán al rudo trabajo de la pesca, tan lleno de peligros. Mientras tanto, a la caída de la tarde, frente a la Plaza, abren a los toros en canal con un cuchillo, para sacarles la sangre, y a hachazos, dos hombres fieros como dos leñadores, les cortan los cuernos.

Los niños de Santoña ven este espectáculo, que tanto instiga los instintos criminales, con los ojos muy abiertos; miran el carro lleno de caballos muertos, con las patas tronchadas y las lenguas colgando, llenas de tierra, lo mismo que sus ojos cristalinos, muy abiertos.

Al otro día, muy temprano, llegué donde estaban las diligencias, cuyos caballos estaban enganchados para marchar; al abrir la portezuela, encontré echado en los asientos y en el suelo un montón de gente, roncando, por no haber encontrado fonda; se respiraba un olor como a cabras, que daba nauseas; pronto partíamos, y el aire de la mañana olía bien, y refrescó el coche.

En el campo, por las afueras de Santoña, estaban en fila y abandonados, más de veinte caballos muertos en la plaza de toros.

Dentro de unos días estarían hinchadas estas carroñas, con los músculos rojos y descarnados, como los de los hombres plásticos que hemos visto en los escaparates de las tiendas de instrumentos de cirugía en la calle de Atocha, de Madrid; estas carroñas, en carne viva, y la cabeza, en esqueleto.


ROMERÍA DE LA APARECIDA

HOY se celebra en toda la Montaña la fiesta de esta milagrosa imagen; desde las seis de la mañana salen los trenes llenos de romeros de Santander hasta Ampuero, donde hay preparados coches para recogerlos. También acuden gentes en peregrinación de Arredondo, Ogarrio, de la Cabada y el Calerón; de todos sus pueblos inmediatos parten los coches, cubiertos de polvo y atestados de peregrinos, tirados por caballos con las cabezadas llenas de cascabeles y cubiertos de sudor. Nosotros optamos por subir la cuesta a pie, aunque el día está muy caluroso, pero así veremos las cosas mejor; otros echan por los atajos para llegar antes. Por el camino y subiendo la cuesta vemos los tipos más extraños que podemos imaginar: viejas amarillentas con el pañuelo anudado al estilo de la montaña, llevando cirios para ofrecérselos a la santa imagen; otras llevan en brazos niños enfermos y tullidos, con la cara de cera y con ojos que parecen de vidrio; vemos también subir en un carrito de mano a uno que hace esfuerzos imposibles para subir la cuesta; van también cojos y tísicos apoyados en un bastón, que van dejando las pocas fuerzas que les queda en esta cuesta, que parece nunca acabar; pero en todos parece que se ve la esperanza, un deseo más de vivir. Los que van por los atajos tienen que sufrir más las molestias; el suelo está lleno de pedruscos y zarzas que van abriendo con sus cayadas y palos. A lo lejos se ven las montañas veladas por la bruma, y entre vallas de piedra y campos de panojas amarillentas y secas asoman las casas, muy pequeñas, llenas de carcoma, con los balcones en cuesta; algunas son tan míseras, que parecen grilleras o esas casitas que hacen los chicos en la escuela dejando hueco un corcho y poniéndole una reja de alfileres para encerrar a las moscas; al pie de estas casas encienden hogueras para quemar el rastrojo y cuyo humo se une con el que sale de alguna chimenea. Por la carretera tenemos que dejar paso a los carros cubiertos de follaje, tirados por bueyes; van llenos de romeros que piensan divertirse, con sus cestas llenas de comida y buenas botas de vino; las mozas, rientes, alegres, sanas y coloradas como las manzanas, mezcladas con los mozos en traje de domingo, con sus fajas nuevas azul o roja y su reloj grande de plata con cadena de cordoncillo negro y sus pañuelos de seda de colores anudados a sus robustos cuellos; debajo de las boinas asoma un mechón de pelo en forma de melenas; otros lo tienen fuerte y acaracolado como los borregos; van cantando y tocando en el pandero coplas alusivas a la Virgen milagrosa. Los bueyes caminan despacio, enfundados en sus mantas de tela de saco, adornadas de borlones y trencillas rojas y en medio las iniciales de sus amos. Otros se dirigen en caballejos peludos y amarillos, llevando a las ancas alguna moza garrida, de senos abultados y grandes caderas, ataviada con sus mejores ropas que guardan en el arca al lado de las panojas y del lino. Detrás avanza un grupo de alegres romeros armando una gran algarabía; van cantando coplas a la Virgen; otros, tangos de la guerra de Cuba; se acompañan con el pandero y el tamboril; otros van dando gritos destemplados y desaforados, formando un conjunto bárbaro que resuena en los riscos y cuevas de las montañas. A cada momento pasan por la carretera coches llenos de gente que se dirigen al santuario, levantando una nube de polvo y desapareciendo entre los chasquidos del látigo, los juramentos de los cocheros y el alegre sonido de los cascabeles.

Llega un momento en que el terreno se va haciendo más accidentado; tenemos que andar con cuidado por aquellos peñascos, rodeados de precipicios, para no resbalar; ahora tenemos que subir una cuesta llena de pedruzcos de tierra movediza y zarzas; hay un momento en que la ascensión se hace tan penosa, que tenemos que subir gateando.

Cuando pisamos la montaña vemos en el llano los coches como juguetes que se deslizan por la carretera. Al descender una cuesta aparece como un rosario la mancha negra de los romeros, que vamos dejando atrás y que parecen muñecos que se arrastran o un hormiguero humano.

La mañana empieza a estar fría y desagradable, amenazando lluvia; el cielo tiene un aspecto imponente, y los nubarrones tapan las cimas de las montañas; las nubes empiezan a condensarse y cae una lluvia sutil y penetrante; las mujeres se echan las faldas por encima de la cabeza y algunos abren sus enormes paraguas, bajo los que se cobijan todos los que pueden; la lluvia arrecia más, y los que no tenemos paraguas, como último recurso, nos subimos el cuello de la americana y nos metemos las manos en los bolsillos del pantalón.

A lo largo del camino vemos de vez en cuando un techado de forma de capilla, con un farol que alumbra a una imagen o a una cruz clavada en la pared, con un banquillo donde se guarecen los mendigos, que no dejan de acosarnos con sus peticiones; éstos salieron al amanecer y llegan a pie desde los pueblos cercanos para estar por la mañana en el campo de la romería.

En medio de la carretera hay un carro de toldo; el borrico que lo conduce está desenganchado y atado a un árbol, comiendo hierba; este carro tiene un colchón, con mantas y sábanas; metido en esta cama hay un hombre gordo y espatarrado; para dar compasión, le salen fuera de la cama los muñones amorcillados y llenos de cicatrices del cosido de sus piernas cortadas; una muchacha, con un escapulario al cuello, pide una limosna para su padre y vende un romance, en donde se explica su historia, en el que dice que unos criminales penetraron en su casa de noche para robarle, le cortaron las piernas y acribillaron su cuerpo a puñaladas; él se queja mucho, y dice con voz plañidera: «¡Hermanos, no quiera Dios que os veáis como yo, enfermo y sin remos para ganaros el pan!»

Ya estamos cerca del santuario; se ve muy clara la iglesia y se oye el tañido de sus campanas, que están todo el día dando volteretas en el aire, pues se están celebrando misas sin cesar; se divisan los carros, el follaje de que están adornados, el humo de las hornillas en que se fríe la carne y la mancha negra de gente que se amontona en torno de la iglesia.

Se va despejando algo el cielo y ha dejado de llover; los coches van abriéndose paso por la carretera, llena de carros, de jinetes y de personas que aceleran el paso por llegar antes.

Al poco rato de marcha nos hallamos pisando los prados donde se celebra la romería: grandes carros, cuyas lanzas descansan en toneles de vino; los bueyes, desuncidos, pacen por la pradera; estos carros están abarrotados de alimentos, de trozos sangrientos de vaca y de ternera, que son descuartizados con grandes cuchillos y echados en espuertas para llevarlas a los merenderos para freír; otros carros llenos de tortas de pan moreno de borona, de pellejos de vino, que sangran sin cesar sobre jarras, sobre barreños, sobre vasos de a litro, llevando la alegría a todas partes.

Los merenderos, improvisados con su techumbre de lona, amarrados a grandes estacas, con sus mesas cubiertas de blanco mantel y distribuidos los platos, los vasos y los cuchillos, todos nos disponemos a comer, a tomar la sopa bien caliente.

Oigo conversaciones de cosecha, de ganado, de cerdos. Estoy sentado entre labradores, que también creen que lo soy. Todos comemos con gran apetito y nos echamos grandes vasos de vino entre pecho y espalda. Cuando ya no nos dan más, me levanto y doy una vuelta por estos campos; veo bailes de flauta y tamboril; otros bailan el agarrao: mucha gente merienda en el campo la comida que ha traído de Santander y los pueblos; por todas partes se ven pasiegas con sus cuévanos de quesucos, vendedoras de nueces, de avellanas, de peras, de higos; un viejo tiene en su puesto un aparato de vistas. «¡Pasen ustedes y verán la guerra de Cuba, el desastre de Cavite y la muerte del general Margallo!» No lejos de éste hay un fotógrafo ambulante que retrata a las criadas, a dos amigas cogidas de la mano; y un hombre con un gran cartelón, en que señala con un puntero el crimen del capitán Sánchez, el descuartizamiento de Jalón en una artesa y el momento en que aquél fué fusilado.

Por detrás de este cartel sus cuadros pintados representan la sangrienta semana de Barcelona, los conventos de frailes y de monjas incendiados, saliendo desnudos y descolgándose por las ventanas, y las iglesias saqueadas y llenas de bombas de dinamita sus altares. El fusilamiento de Ferrer, en capilla y sus últimos momentos, al caer de bruces por la descarga, con el pañuelo atado a su frente tapándole los ojos en los fosos del castillo de Monjuicht.

Luego penetré en la ermita; el postigo estaba lleno de pobres implorando caridad. Había mancos llenos de vendas con sangre y pus que nos alargaban sus muñones, y también había cojos apoyados en las muletas; uno tenía una pierna que colgaba en forma de arco, envuelta en vendas, tan encanijada y sin el menor movimiento, que se veía que era postiza y que la sangre de las vendas era pintura, y muchos ciegos; los había con gafas negras y parches en los ojos. Todos pedían a gritos y al mismo tiempo decían que la Santa Virgen de la Aparecida nos conservara la vista y nos diera la salud a todos. Algunos de estos pobres nos tiraban de la chaqueta. El portal de la iglesia estaba lleno de mostradores, con estampitas, medallas, escapularios e imágenes de todos tamaños de la Virgen milagrosa. Los frailes que las vendían tenían una risa muy maliciosa e hipócrita y se deshacían con las señoras y señoritas elegantes, haciéndolas guiños y zalamerías y dándolas las medallas y cruces de su correa para que las besasen.

La iglesia, por dentro, estaba atestada de gente; había muchas beatas con velas y algunas que venían de los pueblos vecinos, subiendo la cuesta de rodillas para cumplir una promesa. Entraban de esta manera en la iglesia. Se veía un largo cordón de estas mujeres enlutadas, con las rodillas desolladas y sangrándoles los pies descalzos, por los riscos de las montañas, con cirios en las manos, y después de dar varias vueltas por la iglesia, siempre arrastrándose con las rodillas, colocaban sus velas en un enorme hachero, y las que no cabían quedaban en montón y ardiendo, tiradas sobre las baldosas de piedra del templo.

Después me puse a mirar los altares con curiosidad. Una vitrina estaba llena de relicarios y ex votos, camisetas y trajes de niños, desteñidos por el tiempo; trenzas con sus lazos de seda descolorida, cortadas a raíz de las cabezas de niñas enfermas.

En un cuadro escrito debajo de la vitrina se leía este relato:

La niña María del Rosario Cornejo,
estando jugando con una muñeca,
se tragó un alfiler de los ordinarios,
que se le quedó clavado en la garganta;
la produjo una tos asfixiante, acompañada
de saliva sanguinolenta; pero la madre
ofreció a la Virgen de la Aparecida
un escapulario y una misa,
y la niña salió bien, según
atestiguan un médico
y algunos vecinos.

Había otro que se refería al atentado ocurrido en la calle Mayor contra los reyes por el anarquista Mateo Morral. Este cuadro era una gran fotografía, iluminada con colores muy chillones, en el momento de estallar la bomba sobre la carroza real; debajo tenía esta explicación:

Una madre se hallaba con su hijo
presenciando el paso de la comitiva
cuando ocurrió la catástrofe.
En aquel mismo momento
la mujer gritó: «¡Madre mía,
Virgen de la Aparecida,
sálvanos y salva a los Reyes!»
Y a esto se debe que
conservaran la vida.

Había también unos ojos de cristal, donados por una enferma.

Julia Rodríguez Rojo, natural de Ferrol,
tenía unas terribles cataratas.
Hizo este ofrecimiento a la Virgen
de la Aparecida y recobró
la vista el 23 de febrero
de 1850.

Debajo de esta ofrenda había un cuadro negro y antiguo. Su asunto eran unos veleros desmantelados que se iban a pique; otros barcos de vapor subían por una montaña de agua. El cielo era tan negro, que parecía de noche; tal era el fragor de la tormenta. Los marineros de estos navíos, al verse en aquel trance, se acordaron de la Aparecida y salvaron sus vidas.

En el muro de piedra donde está la pila del agua bendita hay un cartel que dice:

Prohibido ser impío
en este lugar
.

También en este muro vi una inscripción donde se leía que allí fué donde se apareció la Virgen. En aquel sitio hay un boquete, una especie de nicho, donde los fieles esperan vez para meter la cabeza con gran devoción. Algunos oyen ruidos misteriosos. Hay quien oye hablar a la Virgen, sienten sus pisadas y su aliento.
Al salir de la iglesia ya casi anochecía. Una procesión de carmelitas descalzos que recorre los campos volvía de vuelta a entrar en el templo. En el pueblo donde habían hecho alto para comer se habían bebido todo el vino y tragado toda la carne de que disponían los vecinos para mantenerse una temporada.
En el campo de la romería los mayorales restallaban los látigos, y las mulas, impacientes, daban cabezadas moviendo las colleras de cascabeles. Yo apreté el paso para subir a una de estas diligencias, porque se acercaba la hora de cenar y volver a Ogarrio.

(Continuará…)

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