José Luis Martínez Clares

Cuando vuelvas a casa, te explicaré el rumor de las ortigas en la sangre.
Julio Llamazares
Vayamos al grano: si lo tuyo son el barroquismo, las delicadezas palaciegas o los efectismos ramplones que colonizan los escaparates estás en el libro equivocado. Me explico, que no quiero parecer pretencioso de entrada. Por decirlo a la manera del poeta, en este libro no hay fiestas / hay resacas. Normal. Sus versos se sirven a palo seco, sin paliativos ni florituras, y, quieras que no, uno acaba tomándoselos a la manera del lugar, de un buen buche, sin remilgos, como suelen hacerlo los lectores de verdad, esos que se acodan en los poemas igual que lo harían en una barra: con la sana intención de beberse la vida. Aunque ésta, con frecuencia, suponga un mal trago.
En el libro equivocado. Sí. Un libro al que le han bastado un par de poemas para sacarme del asfalto y devolverme, como un desheredado vocacional, a la tierra. A ese lugar del que, probablemente, nunca debimos salir. Allí, a la intemperie, rodeados de hojarasca fría cenizas recuerdos, ya quedan pocos. Tan pocos que el poeta se pregunta qué hacer con esos que luchan solos / cuando todos los demás han huido. Y añade, con las trazas propias de western crepuscular: qué hacer con los que aún se sientan a las puertas de unos chozos de pastor, cansados del hombre blanco y de los tipis. Y, sobre todo, qué hacer con su vacío, con el vacío de nuestros pueblos.
Quizás lo más acertado sea darle voz. Ojo. Darle voz, a ese abandono. A esa tierra, vacía y sola. Y a los hombres y a las mujeres que perseveran en ella. Y eso mismo es lo que ha hecho José Pastor González en su nueva apuesta poética -“Volver a la tierra” (Rasmia Ediciones, 2023). Y, para colmo, lo ha hecho ahora. Precisamente ahora, cuando ya nos sentíamos inmunes a cualquier derrota / y a cualquier victoria, cuando podría decirse que estamos sobradamente preparados / para encender la mecha / de la destrucción sin necesidad de detenernos a escuchar a nada ni a nadie.
Esa voz recuperada, presente en los diversos poemas del libro, esa voz que está hecha de palabras pero también de recuerdos, nos enfrenta a una dicotomía complicada de dilucidar: Malas calles o Malas tierras. No parece casual que Pastor encabece de esta forma las dos partes del poemario. Como si aún estuviera a nuestro alcance elegir entre la urbanidad mal entendida o el regreso bucólico a las pésimas condiciones de vida en el campo. Porque no es oro todo lo que reluce, y un pueblo que se ríe de sus pobres está muerto. Tal vez por ello, Pastor haya decidido que la miseria, siempre tan obstinada, sea el hilo conductor del relato, tejiendo, de verso en verso, una geografía de la escasez. Y es que, tras la lectura, uno ya no se siente a salvo. A salvo de aguar la leche para que el cartón de litro te dure para once desayunos, o de tener que irte a la cama con telarañas en las tripas, o de aprender lo que supone darse una ducha helada en pleno invierno, o de no ser capaz de dar siquiera con un cuartucho de mala muerte en el legendario número trece de la Rue del Percebe para pasar la noche. De seguir así, ¿qué vamos a dejar a los que vienen por detrás, apretando? Nada / sólo muerte desolación destrucción / y un mundo tecnológico / inhabitable.
Resulta imposible enfrentarse a este conjunto de poemas si se está plenamente satisfecho con lo que somos, si no creemos que nuestro mundo se merece un cambio, o si no estamos dispuestos a leer las señales de humo / y seguir el rastro de animales y hombres. Porque este libro es, en realidad, para los que no respetan / ni creen / en nada / ni en nadie / ni en jerarquías ni en mandamientos. Qué esperábamos. “Volver a la tierra” es un libro en el que siempre es invierno. Un libro que nos acerca a la vida, como esos pastores / que saben mirar al cielo / y entienden del vuelo de los pájaros. Un libro que se ha dejado crecer la barba. Que ni se imagina yendo al cine, o a una boda, o a una fiesta como dios manda. Un libro que reniega del barroquismo, que ni siquiera concibe las exquisiteces de palacio, que jamás descansará en un escaparate. Un libro que únicamente espera ya un soplo de aire / que esparza nuestras cenizas / en tierra de nadie.
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