Miguel Rubio Artiaga

Sé que puedo excitarte
con susurrarte solo al oído,
hacerte cerrar los ojos…
y llevarte con el cuerpo encendido
a los más pasionales volcanes.
Tú, mirada con mirada,
mientras murmuro en el cuello
rozando los labios
el lóbulo de tus oídos
y así, poco a poco, cada vez más,
todos los sentidos desatados,
tus manos acuden a la llamada
y te acaricias subiendo el ritmo.
Cuantas vidas cambian
en el corto camino
entre un botón y el tercero.
Un firmamento entero
mil horizontes en fila
entre el primero y el último.
Yo me convierto en hierro,
tus pezones imanes
que buscándome
con la energía del deseo,
parecen estirar de tus pechos.
Solo verte, un mástil altivo,
con tu encelado roce, un estallido.
Entonces los caimanes sueltos
y los torrentes tragando lagos,
las raíces buscando el cielo
y más allá del horizonte
el horizonte mismo.
Ya desnuda, entregada,
las puertas abiertas
como un valle generoso
entre dos montes
donde se funden dos ríos,
es cuando se compone en el aire
una corta sinfonía de gritos.
Después, el vuelo satisfecho
a lomos de un nudo
gordiano, el Zenit de un ovillo
con aroma a sementera,
de amores y primaveras,
de cuerpos confundidos.
