Alberto Ernesto Feldman

Estaba terminando mi servicio militar y necesitaba tener un trabajo para cuando me dieran la baja, y mi amigo Manolo necesitaba un chofer de confianza para trabajar en su coche de la línea 67, así que durante cuatro domingos antes de que el ejército termine de hospedarme, me vino a buscar a las cinco de la mañana para enseñarme a manejar, dando vueltas alrededor del parque Saavedra en su colectivo.
Su método fue muy simple, rápido y didáctico. De pronto, mientras yo estaba parado detrás suyo, se levantó del asiento con el coche en movimiento, cuando íbamos rodeando el Parque por la calle Pinto frente a García del Río, y me ordenó: “¡Sentate antes de que choquemos, agarrá el volante y hacé exactamente lo que te digo! ¡A la izquierda, bordeando el parque!”. Por reflejo hice la venia y obedecí. Me sentí medio muerto de susto y al mismo tiempo entusiasmado, porque no tenía un volante en las manos desde que mi mamá me llevaba a la calesita; y cordonazo va, cordonazo viene, para un lado y para el otro, con el vozarrón de mi amigo gritando: “¡Frená!, ¡primera!, ¡embrague!, ¡segunda!, ¡cuidado con ese perro!, ¡frená, embrague, primera! ¡Animal, más suave con el freno!”, comenzó la práctica, que siguió más o menos con las mismas palabras.
Sucedió que, cuando íbamos por la vuelta número veinte o veinticinco y empezaban a aparecer personas y coches madrugadores, ya frenaba más o menos bien, y aunque había dejado de zigzaguear, todavía pasaba peligrosamente cerca de los vehículos estacionados, costumbre que me costó mucho tiempo abandonar. Con lo aprendido en cuatro madrugones de domingo, consideré que ya sabía lo suficiente y con gran inconsciencia, me dije que el resto lo aprendería trabajando.
Decidí aprovechar la última semana que vestía uniforme y, contra la opinión general, fui a dar examen de manejo, que en aquella época se tomaba en la Costanera Sur, pensando que ser conscripto impresionaría al examinador. Pese a los nervios y a alguna dificultad para estacionar, aprobé el examen. Ya tenía el registro, ahora tenía que aprender lo que me faltaba. Entonces, los días siguientes fui varias noches a última hora, cuando había pocos pasajeros, a practicar en el coche de mi amigo, que tenía un cajoncito para que me sentara y aprendiera a cortar los boletos, cobrar y dar el vuelto, mientras él manejaba, y me daba, mientras tanto, los consejos y las reglas que su experiencia le había enseñado, para cumplir lo mejor posible con la actividad:
1º Cortar correctamente los boletos. Si sube el inspector a picarlos, y a alguno de los pasajeros le falta el número, presumirán que estás trampeando a la empresa y no trabajarás más en ninguna línea del país.
2º No dar bolilla a las mujeres, aunque suba y te sonría Isabel Sarli (era la época). Cuando ocurre un accidente, ningún pasajero quiere salir de testigo. Si estás hablando con una chica y tenés un choque, todo el pasaje testificará en tu contra.
3º Si ves en la parada a un hombre derechito como una estaca, agarrado al poste como si fuera su madre, está borracho y tendrás problemas. No permitas que suba. El no cumplir esta regla, fue la causa de que mi primera vuelta como “colectivero”, que contaré alguna vez, haya sido inolvidable.
Esa misma semana terminé mi servicio militar y le dije a Manolo que el lunes quería empezar a trabajar. Estaba muy contento, di examen ante la Línea y también aprobé. Un mes atrás no tenía trabajo ni sabía manejar. Ahora tenía trabajo. Lo demás vendría con la práctica.
