Alberto Ernesto Feldman

La Julia no daba más, ya no eran las palizas solamente. El bruto golpeador, borracho casi todo los días, había bajado un escalón más en su perversión. Trajo a la casilla a una joven vecina y Julia debía someterse también a ella, lavando su ropa, preparando sus comidas y, para diversión de ambos, también era obligada a presenciar desde los pies de la cama, que había dejado de ser suya, los escarceos amorosos de la pareja. Se miró al espejo y no se reconoció. Entre las marcas de la golpiza cotidiana y la tristeza de unos ojos que alguna vez habían sido alegres y brillantes, se dijo que ya no aguantaba más, y esa misma tarde eligió el momento oportuno para embolsar sus pocas pertenencias y escapar.
Después de medianoche, se deslizó gateando hasta la puerta, lastimando sus rodillas con el suelo áspero, tratando de moverse al compás de los ronquidos de los invasores de su cama, la cama que era suya, la cama que había sido de sus padres… “¡tanto tiempo antes de conocer esta puta vida!”, dijo para sí, y antes de salir, tuvo un gesto impensado, tal vez copiado de alguna telenovela: escribió en un papel, como si hiciera falta y explicando con cuatro palabras, los motivos de su huida y lo dejó sobre la mesa, debajo del florero vacío.
Llegó a la esquina, dobló y enfiló hacia la estación distante unas veinte cuadras, pero la soledad y los ruidos de la noche en a humildísima barriada la sobrecogieron de espanto y le trajeron un nuevo miedo; el de ser buscada y encontrada por él, que sin duda alguna, la mataría.
Aterrorizada, volvió sobre sus pasos, cuando había hecho más de la mitad del camino, y entró a la casilla tan silenciosamente como pudo, con el corazón latiendo furioso por miedo a él y por rabia contra sí misma. Sintió alivio al escuchar nuevamente la respiración y los ronquidos de la pareja; escondió, donde pudo, su humilde atado y, al tiempo que se desvestía, caminó con sigilo hacia la mesa, para destruir el ya inútil mensaje que asomaba por debajo del florero.
Lo tomó con dedos inseguros. Una racha de viento, penetrando a través del vidrio roto de la única ventana, arrebató de su mano temblorosa el papel, que terminó en la cara del monstruo, “¿Qué, qué, qué es esto?”, preguntó manoteando con furia, semidormido, y se dispuso a castigar, por costumbre.
Sus pupilas se achicaron, se levantó de un salto y sus dos manos se cerraron como garras sobre el cuello de Julia, que paralizada de terror se abandonó a su suerte, hasta que, en vez de sentirse morir, sintió aflojar la presión en su garganta y miró asombrada como él caía pesadamente, con los ojos muy abiertos, con un chorro de sangre espumosa escapando de su boca y, sin entender nada, oyó a su vecinita, la misma que ocupara su lugar en la cama, desnuda y pálida, decirle firme, pero dulcemente, después de tirar al suelo la gran cuchilla de cocina, roja hasta el mango: “¡Tranquila, Julita, nos vestimos y nos vamos, total, nadie nos va a creer!”
Recién amanecía cuando llegaron a la estación. No habían cambiado ni una sola palabra en todo el camino, pero cuando las dos mujeres subieron al tren, todavía estaban tomadas de la mano.
