La estación del tiempo

Mariana Ruíz

Manos

Cuando el cálido sol de los domingos asomaba, junto al silencio de voces serenas de familiares ausentes, Isabel y Carmen a través del dispositivo telefónico –único medio por el cuál establecían la conexión– se reunían en la mítica esquina de Acoyte y Rivadavia, en el barrio porteño de Caballito, para viajar en el subte de la línea A que las llevaría a pasar la tarde en el viejo e histórico Café Tortoni. Una confitería donde el tiempo había dejado a modo de legado, historias arcaicas de escritores y poetas: soberbios en sus versos, pasionales en sus historias, trágicos, sedientos y perturbados amores no correspondidos, para narrar y atesorar en la memoria.

Hasta allí se dirigieron, a disfrutar de la recitación de obras literarias, a recordar y volver a ese espacio en el que, alguna vez, fueron jóvenes. Costumbre que no habían abandonado, a pesar de los años transcurridos.

Isabel no tuvo suerte con su matrimonio, los mandatos de la época le impidieron decir no al hombre escogido por su familia, tuvo que obedecer a los preceptos que imponían. Ama de casa, correcta y resuelta, atenta al cuidado del hogar y la familia, su vida casera era la envidia de las revoltosas solteronas. Con el advenimiento de sus dos hijas los días eran más soportables y entretenidos porque se dedicaba íntegramente al bienestar de las nenas.

Carmen, todo lo contrario. Se enamoró perdidamente del hijo de una pareja amiga de sus padres, sin saber que él iba sintiendo lo mismo. Se frecuentaban de niños cuando sus padres se juntaban a platicar. Con el correr de los años, las hormonas y el crecimiento descubierto día a día, mostraron que había algo más entre ellos. Y así, de a poquito, nació el amor y desde ese momento fueron inseparables. La vida le dio cuatro hijos: dos varones y dos mujeres.

Coquetas y elegantes, entonadas y perfumadas; con su mejor ropaje para la ocasión, disfrutaban del viaje de ocho estaciones, un viaje que siempre resultaba fugaz, ameno,  ansiado.

Sentadas en la mesa, acompañadas con su tradicional café con leche y masitas, las dos viejas amigas conversan sobre aquellos secretos que tan celosamente guardaban, buscando

-para no olvidar- aquel rostro del hombre que recitaba los versos más hermosos de Alfonsina Storni o de Baldomero Fernández Moreno entre otros.

De cabellos dorados, vestía traje sastre color azul oscuro con rayas apenas visibles, acompañado por un pañuelo blanco de seda del mismo tono que la camisa, corbata a cuadros, lisa en algunas ocasiones, todo un perfecto sintagma que enfatizaba sus ojos del mismo matiz que el traje.

Ese hombre, cautivaba a Isabel con la melodía de su voz, a veces, hasta creía que la miraba fijamente a los ojos cuando pronunciaba algún poema en el que se sentía envuelta en palabras de amor, de angustia, nostalgia y dolor; Isabel se reconocía en cada verso que los labios del hombre expresaban, y un gota de cristal se desplomaba sobre su mejilla, lentamente, cuando la poesía terminaba.

Mientras sus miradas se cruzaban, el tiempo se detenía. ¿Quién era ese hombre? No lo sabía, porque una vez finalizada la velada, cada una volvía a su casa y el hombre desaparecía.

Por aquellos tiempos, una señora casada era vista de muy mala manera si se acercaba a un hombre desconocido, claro, salvo si el encuentro era casual.

Una tarde, Carmen le dijo a su amiga que iba hasta el toilette, pero desviando los pasos se dirigió a uno de los mozos para preguntarle quién era ese hombre que recitaba. Bajando la voz, le comentó que le gustaría conocerlo para felicitarlo.

Luego de saludar a un grupo de curiosos que lo rodeaban, el hombre se dirigió hacia la mesa de ellas. Isabel, lo vio aproximarse a paso lento hasta su mesa. Al llegar, caballerosamente se inclinó con una reverencia hacia las dos.

—Buenas tardes, señoras. Espero que hayan disfrutado de los poemas. Me han dicho que me querían conocer, bueno, aquí estoy. Mi nombre es Avelino, soy maestro de letras.

En señal de respeto acercó su mano para tomar la de las damas. Carmen para romper el mutismo de su amiga, se adelantó en la palabra:

—Encantada, mi nombre es Carmen. Nos gustó mucho la selección de poemas que recitó en el día de hoy.

—Un gusto Carmen —dijo él.

Un codazo en el brazo de Isabel la devolvió a la realidad. Con la boca seca y la voz entrecortada solo atinó a decir:

—Lo mismo.

—Y su nombre es…

—Isabel —contestó rápido y tratando de no tartamudear.

—Hermoso nombre, señora —dijo él, y le tomó la mano muy delicadamente. Con el dedo pulgar le acarició la piel, advirtió la tibieza, el sudor, y se inclinó para besarle la mano. Ella sintió cómo las agujas del reloj se detenían al mismo tiempo en que el mundo dejaba de girar en su eje y alrededor del sol.

Las demás personas en el salón lo aclamaban, querían saludarlo y felicitarlo también. No tuvo más remedio que irse, desapareciendo en medio de la muchedumbre.

Fue una tarde diferente a las demás, pensó Isabel y se entusiasmó con la idea de que cuando volviera lo vería de nuevo. En el subte, de regreso a sus casas y a sus vidas cotidianas, las dos amigas iban hablando de lo maravillosa que había sido la tarde y lo entusiasmadas que estaban por regresar.

Ciertas circunstancias familiares que le surgieron a Isabel no pudieron concretar el encuentro que habían pensado para el fin de semana próximo. Hablaban por teléfono imaginando que la semana entrante podrían asistir, sin embargo, siempre había algo que imposibilitaba el encuentro.

Los días siguieron, pasaron varias semanas, y cuando por fin pudieron estar de acuerdo para salir el domingo, al llegar a la confitería, oyeron otra voz que recitaba los poemas. Un desconocido era ahora el que declamaba desde el escenario. Una profunda angustia quebró el corazón de Isabel, preguntándose qué había pasado con Avelino. Intentaron averiguar, pero nadie supo responder. Simplemente había desaparecido.

Carmen la consoló, prometiéndole que lo buscarían, pero los mandatos familiares de ambas impidieron que esto se pudiera llevar a cabo y todas las veces que volvieron al Tortoni, con la esperanza de tener alguna noticia de él, se vieron frustradas.

Sus vidas continuaron, los años pasaron, los lunares marrones de sus manos brotaban y se notaban cada día más, las arrugas empezaban a estampar caminos de vida en sus rostros, los encuentros entre ellas eran cada vez más esporádicos.

El Café Tortoni se había convertido en su refugio, era el escondite perfecto, su segundo hogar. Recordar, conversar, era lo que las mantenía con el espíritu vivo.

Después de escuchar aquel poema que remontó a Isabel a aquella tarde de abril de los años cincuenta, pidieron la cuenta para retirarse a sus hogares. Volvieron en el subte de la línea A. Isabel concentrada en lo que su amiga le estaba contando, apenas reparó en el hombre que se colocó enfrente. La sombra proyectada en su cara le hizo elevar la cabeza. Sus miradas se cruzaron; mudos, contemplándose uno al otro y preguntándose para sí, si lo que estaban mirando era real.

Como buen caballero que mantiene las costumbres de su época, el hombre le tomó la mano para saludarla y  despedirse al mismo tiempo porque su estación estaba próxima. Con un beso en la mano de ella retrocedió el tiempo y volvió a detenerse justo cuando ambos eran jóvenes. Ella sintió su cuerpo estremecerse, su corazón latir muy rápido.

De repente, el altoparlante anunciaba el nombre de la estación devolviéndolos a la realidad en la que se habían sumido. Soltó su mano suavemente, resignado.

Se acercó a la puerta, la contempló nuevamente y se bajó del vagón para marcharse una vez más.

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