Juan Alberto Campoy

La feria del libro de Madrid es un fenómeno más sociológico que literario. En un país tan poco dado a la lectura como el nuestro no deja de sorprender el altísimo número de visitantes que acuden año tras año. Las ofertas de las distintas casetas instaladas a lo largo del Paseo de Coches del Retiro resultan bastante parecidas, y no difieren gran cosa de la que cualquier día del año puede encontrarse en cualquier librería bien abastecida de la capital. A pesar de ello, aquella mañana me animé a dar una vuelta por la feria, aprovechando el buen tiempo reinante. Me entretendría echando un vistazo a las novedades, aunque tuviera que hacerlo desde la tercera fila y entre un mar de cabezas; a los visitantes, ansiosos todos ellos por hacerse con la última entrega de la última tetralogía de vampiros o de buscadores del Santo Grial; y a los sufridos autores, muchos de ellos tan tristes y solitarios que le daban a uno ganas de comprarles un libro, aunque sólo fuera por alegrarles el día. Al pasar por delante de una caseta dedicada al mundo de los comics, me paré un rato a observar la mercadería y finalmente me interesé por un libro cuya muy elogiosa crítica había leído unos días atrás. Dicha novela gráfica (así se refería la reseña al comic, intentando aumentar su prestigio) era al parecer todo un clásico. La conversación que mantuve con el dependiente fue, más o menos, como sigue:
-Hola. Buenos días. Estaba buscando un libro, pero no recuerdo muy bien el título. Creo que el título es Kakinose. O, si no es Kakinose, algo muy parecido. Se trata de un manga. Bueno, no un manga exactamente. El autor es japonés, eso seguro.
-Vamos a ver. ¿Usted sabe lo que es un manga? Un manga no es ni más ni menos que un comic japonés.
-Ya sé qué los mangas tienen su origen en Japón y que la mayoría de los autores son japoneses, pero eso no quiere decir que todos los comics dibujados por japoneses sean mangas, ni que nadie que no sea japonés no pueda dibujar uno. Vamos, digo yo. Sería como afirmar que todos los bailarines españoles bailan flamenco, o que no puede bailar flamenco más que un español. Mire la cantidad de escuelas de flamenco que hay en Tokio.
-Creo que hay algo que a usted se le escapa. Si usted busca un comic japonés, usted está buscando un manga. Si usted no busca un comic japonés, usted no está buscando un manga. No parece tan difícil.
-El manga, hasta donde a mí se me alcanza, es una estética, un estilo, sólo eso. No me cuente usted rollos.
-Prefiero perder una conversación que perder el tiempo. Supongo que el libro que usted quiere es Kanikosen y no Kakinose, como me dijo antes. ¿Es así?
-Ahí no voy a discutirle. ¿Lo tiene o no lo tiene?
Con el libro bajo el brazo, proseguí mi deambular por la feria. No tardé mucho en llegar a la caseta de Hojas de Hierba. Entonces me asaltaron los recuerdos, no demasiado gratos, de mis peripecias con esta editorial.
Hacía ya algunos años le había entregado a Julián Villamayor (propietario de la editorial, junto a su mujer, Toñi Moliner) dos libros de relatos para que los evaluara. Mi intención era realizar una edición conjunta de la totalidad de mis cuentos. Aunque soy consciente de que todas las cosas llevan su tiempo y de que la paciencia es una gran virtud, su tardanza en comunicarme el resultado de la evaluación fue verdaderamente desesperante. Tras innumerables meses (si no fueron años) de espera, me hicieron saber que mis dos libros se habían extraviado; que los habían perdido, vaya. La gracia que aquella noticia me hizo fue bastante poca, como el lector comprenderá. El cuerpo me pidió a gritos mandarles a tomar el fresco, por decirlo de forma eufemística, pero entonces me acordé del consejo de mi abuela de no consentirle ningún capricho al cuerpo. Y le hice caso. No sólo contuve mis instintos belicosos, sino que volví a enviarles los libros. Aproximadamente un millón de meses después, me respondieron que, a pesar de su alta calidad literaria, los relatos no entraban dentro de su línea editorial. La cosa tenía narices. Me estaban rechazando (cordialmente, eso sí) mis manuscritos por la sencilla razón de que los mismos no entraban en su línea editorial. Su línea editorial… Me preguntaba, y me sigo preguntando todavía, qué diablos era eso de su línea editorial.
Aquel día Toñi Moliner atendía la caseta de Hojas de Hierba. A pesar de mi previa experiencia negativa con la editorial, su simpatía me conquistó desde el primer momento. Y creo que yo también le caí en gracia a ella. Así que no tardé en realizarle mi propuesta: la publicación de un libro que agrupara los cuentos de todos mis libros, cuatro hasta ese momento. Ella se mostró proclive no digo ya a aceptar mi ofrecimiento, pero sí, al menos, a tomarlo en consideración. Aprovechando la circunstancia de que en unos pocos días tendría lugar la presentación de mi cuarto libro, me dijo que se acercaría a la misma y allí me comentaría sus impresiones sobre la viabilidad de mi propósito.
El tiempo, como dijo el señor de los quevedos, ni vuelve ni tropieza, y llegó el día de la presentación, que fue tan amena y divertida como las anteriores. Mi editor, Rafael Ros, desplegó su acostumbrado repertorio de bromas e irreverencias. Llegado el capítulo de los halagos, estos fueron tan numerosos que por un momento tuve la sensación de encontrarme dentro de una película parecida a la del Show de Truman, y que todos los allí presentes estaban representando una gran ficción cuyo único objetivo era que, aunque fuera por un solo día, me creyera un gran literato. Afortunadamente, esta impresión duró poco y en seguida recuperé la consciencia de mi verdadera valía como escritor. Si bien es verdad que acudió la fanaticada habitual (amigos del trabajo, amigos de la Universidad y familiares cercanos), hubo algunas novedades, como los dos niños de mi prima Judith, a quienes conocí ese mismo día. Estos dos críos – de cuyos nombres no es que no quiera acordarme, sino que directamente no me acuerdo – eran tan simpáticos como revoltosos y bien podrían haberse llamado Zipi y Zape. El día siguiente le comenté a mi cuñada Esther lo majos y espontáneos que me habían parecido. Ella, muy seria, me respondió: “Claro, eso lo dices tú porque no se pasaron toda la tarde tocándote el culo a ti”. Cosas de la espontaneidad.
Unos días después, caí en la cuenta de que una de las personas cuya asistencia más había esperado no había acudido a la presentación: la editora Toñi Moliner. Nada más salir del trabajo, decidí acercarme a las oficinas de Hojas de Hierba para entregarle personalmente mi libro. Un exceso de confianza en mi buena memoria (ya había realizado ese mismo trayecto unos años antes) me llevó a no consultar el itinerario. Comencé a caminar con la seguridad de que, aunque fuera dando algún rodeo que otro, no tardaría en llegar a mi destino. Conforme pasaba el tiempo fue resultando evidente mi error estratégico. La calle que buscaba, la calle Hierro, no aparecía por ninguna parte. Mi memoria me fallaba. De repente tuve una idea. Me acerqué a La Casa del Libro y realicé la previamente desestimada consulta en uno de los callejeros de la planta sótano. De esta forma logré llegar a la calle de marras, la cual recorrí de cabo a rabo sin identificar el portal de Hojas de Hierba, ya que todos me parecieron iguales. Mi memoria me fallaba por segunda vez. Entonces acudí de nuevo a mis células grises. Entré en un taller de encuadernación y, con la excusa de que al fin y al cabo ellos también realizaban una actividad relacionada con el mundo del libro, les pregunté por la mencionada editorial. No tenían ni la más remota idea, pero no me di por vencido y, ni corto ni perezoso, les pedí que consultaran la dirección en internet. Las pesquisas no tardaron en fructificar. Al poco rato estaba ante la puerta de la editorial, cuyo timbre pulsé durante bastante tiempo de forma infructuosa. Tantas peripecias, tantos avatares para terminar de aquella manera… Ya estaba a punto de arrojar la toalla cuando se abrió la puerta y salió corriendo Toñi Moliner, quien apenas me prestó atención. La conversación que mantuve con la editora fue, más o menos, como sigue:
-Hola Toñi. No sé si te acuerdas de mí.
Un par de peldaños más abajo.
-Bueno, el caso es que tu cara me suena, pero no caigo exactamente. Te dejo que me voy a unas licitaciones.
-Soy Juan Alberto Campoy. Quedamos en que irías a la presentación de mi libro porque…
Otro par de peldaños más abajo.
-No sé de qué presentación me hablas. Disculpa pero tengo que ir a unas licitaciones.
-Ya, pero ¿qué pasa entonces con la publicación de que habíamos hablado?
Otro par de peldaños más abajo.
-Lo siento pero ahora no puedo atenderte, tengo que acudir a unas licitaciones.
-Ya pero…
Otro par de peldaños más abajo, ya casi a punto de salir a la calle.
-Llego tardísimo. Tengo que ir a unas licitaciones.
-Pues, ¿sabes que te digo? -dije algo irritado- que hagas como que no he venido. O, mejor, como que no existo. Ya te arrepentirás, ya. Recuerda lo que pasó con Harry Potter. Las principales editoriales españolas rechazaron su publicación y lo publicó Salamandra. ¿Y sabes cuántos libros se han vendido de Harry Potter en todo el mundo? ¡Cuatrocientos cincuenta millones! ¡Cuatrocientos cincuenta millones!
Me volví a mi casa dando un largo paseo. A mitad de camino me tomé un helado de turrón y chocolate y, mientras lo saboreaba, se me fue yendo, poco a poco, el enfado.
