Los complejos de España

Lucía del Mar Pérez

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Spain is different. Tres palabras que contribuyeron a hacer célebre al entonces Ministro de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne, en su campaña de los años sesenta para promover el desarrollo de la industria turística. ¿Qué misterio encierra este eslogan? Es necesario considerar el contexto histórico en el que se desarrolló esta campaña que rompió moldes en una España atrofiada por décadas de dictadura. En aquellos tiempos, no demasiado lejanos, las diferencias de España con sus vecinos europeos y con el resto de los países calificados como “desarrollados” eran abismales.

DIFERENCIA: Cualidad, característica o circunstancia que hace que una persona o cosa sea diferente a otra.

En este caso, fueron las circunstancias orteguianas las que perfilarían una España dispar, desigual, que disfrazaba sus inseguridades con la exaltación de las “virtudes” patrias: turismo de sol y playa. Pero bajo estos conceptos banales y explotados hasta el hastío, encontramos un país acomplejado, que encuentra en sus tradiciones la herramienta para luchar contra un elemento que la acompaña desde hace centurias: un sentimiento de inferioridad que deriva en la envidia. Nuestro país alterna periodos de júbilo en los que camina de la mano de políticos incautos, con etapas de autocompasión y de envidia hacia sus congéneres del otro lado de sus fronteras:

ENVIDIA: Sentimiento de tristeza o enojo que experimenta la persona que no tiene o desearía tener para sí sola algo que otra posee.

¿Cuáles son las raíces históricas de las diferencias de España, generadoras de complejos y envidias ? ¿Existen realmente tales disparidades? ¿O han sido alimentadas estas por los gobernantes o los intelectuales de turno? Realidades o ficciones, lo cierto es que debemos remontarnos hasta el siglo XVI para rastrear el origen de este carácter hispánico teóricamente alejado del mundo más allá de los Pirineos.

Felipe II recogió los frutos de reinados anteriores; no se trataba únicamente de vastos territorios, sino que heredó una religiosidad exacerbada amparada en las fructíferas labores del Santo Oficio. Un monarca que se erigió en defensa del Catolicismo y cuya Leyenda Negra nos acompaña desde el XVI, cuando ya se ponía en tela de juicio el papel del obscurantismo de la Iglesia Católica como causa del retraso español.

Pero no hay que olvidar que el origen de la Leyenda es protestante, nacida de los odios del conflicto en los Países Bajos que enarbolaron la bandera del calvinismo contra sus opresores hispanos. Envidia de unos, y desprecio de otros. Sin poner en tela de juicio los excesos de la Inquisición, debemos tener en cuenta la publicística protestante que se hace extensiva al resto de los países católicos, especialmente en el ámbito mediterráneo. La idea de la Iglesia de Roma como aniquiladora de las libertades, la ciencia y el saber, en la actualidad continúa vigente cuando se atribuye a los países católicos del sur de Europa o a Latinoamérica un retraso con respecto al norte protestante. Esto responde a un análisis superficial que no profundiza en las realidades históricas, sociales, económicas y culturales de cada territorio, pintando los diferentes Estados de tradición católica de monótonos grises.

¿Cuál ha sido la reacción de los países católicos? La envidia de lo ajeno y el desprecio a lo propio, enmascarado por el ensalzamiento de la España de la pandereta.

Es cierto que la Iglesia utilizaba su aparato represor para evitar la entrada de nuevas ideas que pudieran deteriorar su autoridad espiritual o su influencia en el poder temporal, a partir de la predicación, el confesor, el peso de la culpa y de la amenaza del Santo Oficio. La censura inquisitorial constituye uno de los elementos más contundentes que caracterizan la tesis de la inferioridad de España. A pesar del papel opresor desarrollado por la Inquisición, no podemos achacar el supuesto “retraso español” a las actividades de este tribunal.

¿Podemos seguir culpando a la Iglesia de nuestras “diferencias” con Europa en pleno siglo XXI? Su legado no es el único ni el más hiriente para la maltrecha moral hispana. Algunos historiadores apuntan como causa del retraso español a una aguda crisis económica y social que comenzó en las postrimerías del siglo XVI, y se perpetuó hasta alcanzar elevadas cotas a principios del siglo XIX, agravándose con la pérdida colonial en el ocaso de la centuria. El periodo de pesimismo por excelencia para la sociedad española es la crisis del 98, en la que la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, últimas posesiones españolas de ultramar, hizo mella en la clase intelectual española, que comenzó a cuestionarse si sobre España pesaba algún tipo de maldición, o incluso si se trataba de un problema de raza. ¿Será una cuestión climática?

El movimiento regeneracionista español surgido a consecuencia de la debacle colonial y de la inestabilidad política española, alude a una incapacidad congénita española. Valle-Inclán mostrará una España caricaturizada, trágica, esperpéntica. Cuando las demás potencias europeas se lanzaron a la carrera del imperialismo, el español se quedó fuera, añorando un pasado glorioso anclado en el siglo XVI.

Existieron tres corrientes predominantes frente a la “inferioridad” hispana. La primera integrada por quienes afirmaron sentirse orgullosos de ser español, y latino, pues el genio propio de España inclinaba a cultivar la imaginación. España es tierra de artistas, místicos y soñadores.

La segunda de las corrientes, intentaba comprender por qué España se había separado de Europa en determinado momento y acusaban de ello a la Inquisición, a la intolerancia, a la Contrarreforma y al absolutismo de los Habsburgo. Esta teoría sería defendida por krausistas y liberales, y  heredada por los republicanos de 1931.

Por último, existió una línea de pensamiento protagonizada por los neocatólicos del siglo XIX, que durante la centuria siguiente protagonizó el nacionalcatolicismo de Franco. Menéndez Pelayo representa a la perfección esta tendencia neocatólica, como reconocerá él mismo:

 “Soy católico, apostólico romano sin mutilaciones y subterfugios, sin hacer concesión alguna a la impiedad ni a la heterodoxia… Estimo cual blasón honrosísimo para nuestra patria el que no arraigase en ella la herejía durante el siglo XVI, y comprendo, y aplaudo, y hasta bendigo la Inquisición como fórmula de pensamiento de unidad que rige y gobierna la vida nacional a través de los siglos, como hija del espíritu genuino del pueblo español.”

Pero más allá del papel ejercido por la Iglesia en las afirmaciones de la inferioridad española, existe un argumento esgrimido por numerosos intelectuales desde hace siglos. Ya en el Setecientos, Feijoo se quejaba de la ignorancia y de la falta de preparación del profesorado. El Nobel Santiago Ramón y Cajal, incidirá en que:

“Es obligación inexcusable del Estado de estimular y promover la cultura, desarrollando una política científica, encaminada a generalizar la instrucción y a beneficiar en provecho común todos los talentos útiles y fecundos brotados en el seno de la raza.”

Acusa al Estado descuidar las políticas educativas y de investigación, pues la causa principal del atraso de España, y de su distanciamiento respecto a la evolución del pensamiento europeo, no es otro que la escasa y deficiente educación. Afirma que España es un país ineducado. Ortega y Gasset sostiene que España necesita una reforma educativa, para llegar al nivel de Europa.

No existe una inferioridad de raza, solo unos complejos que se escudan en un pasado en que el protagonismo de la Iglesia y de la Inquisición no exime de culpas al Estado, que tanto antes como ahora ignoran uno de los males endémicos de nuestro país: la falta de inversión en educación. Esta carencia sí contribuye a la miseria y al fracaso académico, ya que los intelectos más prodigiosos se ocultan tras la incapacidad de los gobernantes para activar los motores de la intelectualidad española, que tiende a apagarse ante el descrédito al que le someten las instituciones.

Las nuevas generaciones, a pesar de los obstáculos, han demostrado que en España hay talento e inteligencias brillantes, eso sí, obligadas en muchos casos a abandonar el territorio nacional. Son altas capacidades que abarcan numerosos ámbitos, por lo que ya debemos comenzar a desechar la absurda idea de la inferioridad hispánica y hacer propia la mentalidad de que la inversión en educación que corresponde al Estado, porque esto es lo que nos aleja de Europa y marca nuestras diferencias.

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