Francisco Segovia
Anoche, mientras escuchaba la radio, decidí que debía dar un giro a mi vida. Así de fácil, o así de difícil, según se mire. Porque cuando la escuché supe, de una forma instintiva y definitiva, que me había enamorado de ella. Su voz había activado algo dentro de mí que ignoraba que existiese. Sus palabras, cadenciosas, suaves, dulces, llegaron desde las ondas y se clavaron dentro, muy dentro de mí.
Sólo esos pocos minutos, ese corto interludio de noticias, esa sonoridad femenina que me arrebató el alma una noche en la que estaba desprovisto de armaduras, había puesto en vilo mi alma. Pero ¿qué esperanzas tenía de conseguir su amor? Ni siquiera sabía si estaba casada o tenía pareja. Sólo conocía su nombre y el programa de radio que presentaba. Nada más.
Mi vida no había sido, hasta ese instante, otra cosa que un desastre. Lo había perdido todo; desde mis padres hasta mi novia, pasando por amigos y conocidos. No tenía tampoco trabajo, del que había sido despedido hacía pocos días, y no me hacía ilusiones de encontrar pronto otro. Estaba, debo confesarlo, en la más completa miseria moral y económica.
Y esa noche, allí aparecía Ella. Hablando a través del micrófono y dejando que su palabra, sin saberlo, rebuscara en mi alma y levantara alguna esperanza. Leve, pequeña, pero esperanza al fin de cuentas. Esa luz era lo que yo necesitaba y, como una polilla humana, quería llegar hasta ella, quemarme con su esencia, porque sabía que en esa hoguera quemaría mis penas y mis pecados.
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Arrebatado de pasión, casi rayando en el misticismo de eso que llaman “amor platónico”, encamino mis pasos hacia la radio. Mis pies desatan ataduras mientras recorren las empedradas calles. Tuerzo las esquinas y me aproximo, cada vez más impaciente, cada vez más nervioso, hasta Ella. Su luz puedo intuirla a través de mis ojos, enturbiados por lo que adivino que verán. Quiero ser lo que hasta ahora no he sido.
Subo las escaleras de la Casa de la Cultura, y arriba, en la primera planta, veo la puerta que conduce a la emisora. Penetro a través de los pasillos, como una sombra, y me aproximo hasta poder contemplarla, a través del cristal insonoro que la separa del control de sonido. Ella habla, con esa voz dulce y sensual, y me mira, atravesando con sus ojos al joven que controla la emisión, como si éste no existiese. Me sonríe, sin cesar de hablar, y yo le respondo. Siento, siento que me ha abierto los ojos y los oídos, y escucho sus palabras.
Ahora hago un nuevo descubrimiento. No, no es Ella la que me enamoró, ni su voz lectora. Son los poemas que ha leído, y la esencia de lo que transmiten. Les doy forma en mi cabeza y sé, o intuyo, o adivino, que son ellos los que me salvarán. Me despido de la joven con un ligero gesto y bajo corriendo hasta la calle. Respiro profundamente. La figura de la mujer desaparece, y queda el eco rítmico de un poema.
Mañana… mañana escribiré un poema porque creo que esta noche, esta noche puedo escribir los versos más tristes de mi vida.
