Adriana Lisnovsky
No recuerdo bien cuando comenzaron las apariciones. De lo que estoy seguro es que fue hace mucho tiempo, café con leche y pan con manteca, Don Quijote a la fuerza y el Poema del Mío Cid, martirio de la segunda hora de los jueves con la señorita Muiño. Tardes de septiembre, el día de la primavera, cómo soñaba despierto con la rubia de quinto, seguro que el veintiuno se me iba a dar. Pero no pasó nada, uno de cuarto como yo, le resultaba poca cosa, además, tenía para elegir, si todos los varones estábamos enamorados locamente de ella.
Ese año vino de mal en peor. Los gritos en casa, las recurrentes llegadas tardes de papá, mamá obsesionada conmigo, con el colegio, con la limpieza, con sus ojos siempre rojos. Hasta que llegó la separación. La ausencia de él no se notó mucho, pero la tristeza y soledad de mamá me hacían sentir culpa, ya no sabía qué lugar tenía que ocupar, si el de hijo o el de marido. Para colmo me llevaba química y matemática, con pasaje sin escalas, directo a marzo. Con las chicas más que mal. Por mucho que me esforzara sentían cierta repelencia por mí que trataban de disimular haciéndose las “amigas”. Pero si yo quería besos, cine el domingo por la tarde, una de terror en la última fila y llamadas telefónicas de dos horas y cartas pegajosamente románticas y una rata compartida un viernes por el parque Lezama. Copo de azúcar en la punta de la nariz, no me vas a alcanzar. Amigos tenía muchos, no necesitaba más.
Hasta que un día, así de golpe, miré por la ventana de mi cuarto y la vi. Estaba encaramada en el último peldaño de una escalera que casi rozaba las nubes. De todos modos pude darme cuenta de que era la chica de mis sueños, mi primer amor. Hermosa, graciosa, perfecta. Pero inalcanzable. Se me aparecía en cualquier lugar, en medio de la avenida Corrientes, en la canchita donde jugábamos los domingos. Al ir creciendo la veía en un pasillo de la facultad, después, en el estacionamiento de mi trabajo. Fueron años de obsesión. Sentía que ninguna mujer podría hacerme sentir lo que ella me generaba. Temblaba y sudaba cuando aparecía. Así tenía que ser el amor. Ella nada más estaba, permanecía, existía, felicidad de altura, de cielo, de arco iris. No me importaba que no me correspondiera, su imagen llenaba todas mis horas. Vivía para esperar que apareciese, allí, en su escalera cada vez más alta, cómo cada vez más grande era la perfección de mi amor por ella.
Y entonces, conocí a Julia. Al principio no me sentía muy atraído por ella, pero poco a poco, su dulzura y su belleza serena me fueron conquistando. Julia era tierna, Julia trabajaba, Julia me quería, Julia le tenía miedo a los ascensores. Sabía con certeza que no era el amor sublime de la chica de la escalera, pero me fui conformando. Y con esa conformidad (estoy seguro de que fue por eso), la chica de la escalera me hizo un par de visitas esporádicas y nunca más apareció. Debió haberse sentido ofendida, la abandoné por un amor sencillo, común. Con el tiempo me resigné.
Tres años de noviazgo con Julia y luego: casamiento. No digo que nos haya ido mal, aunque los primeros tiempos fueron duros. Trabajamos a la par, criamos dos hijos. La rutina y sus ojos enrojecidos me recordaban tanto a mi madre. Asado con papas, programa ómnibus, treinta y ocho grados, el cuerito está roto, la nena tiene anginas. Muchas veces hastiado, yo también volvía tarde y casi no le dirigía la palabra. Pero ella siempre estaba allí esperándome, terroríficamente incondicional. Entonces era inevitable evocar la imagen etérea de la chica de la escalera. Qué hubiera sucedido si yo… si ella… si tal vez…
Ahora han pasado veinte años. Las tormentas del principio quedaron atrás, aunque a veces y no sé porqué los ojos de Julia están nublados, tristes.
Hoy, al levantarme, siempre lo hago antes que ella (le gusta dormir un poco más por las mañanas), miro por la ventana y el recuerdo de la escalera y la figura celestial que casi tocaba las nubes, me sorprende de súbito. Sonrío un poco amargamente y la aparto de mis pensamientos. Ya no tengo edad para esas tonterías. Me acerco a la cama para despertar a Julia y algo, no sé muy bien qué, hace que me siente a su lado y la contemple un largo rato. Un rayo de sol entra por la persiana entreabierta y le ilumina de pleno la cara. Y entonces, por un instante, su rostro es el de la chica de la escalera. Le corro el pelo de la frente, sigo observándola y creo, después de tantos años, que empiezo a comprender.
