Dúo del descubrimiento
Yo escuché el canto de los grillos que devoraban tu pecho
me dormí en el desamparo innoble de vinagre de tu sangre.
Tú viste el quebranto del aullido de un lobo que se amilanaba
en el precipicio de mi vientre.
Descorchaste el invertebrado alambre del canto
y yo recorrí las calles indecibles de tus pasos
y me arrullé en los brazos de tu desdicha.
Tú sólo lo hiciste para extasiarte, para desvirgar mi inocencia de fantasmas.
Qué impúdica insolencia la tuya
desnudarme para cegarte con mis pechos,
con la blancura insana de mi vientre.
Pero había un lobo que corría, tú lo viste,
-yo también lo vi-
y no pudimos alcanzarlo.
Y, así y todo, te empeñaste en perseguirlo
te cubriste de lodo para emular su blancura
te dormiste en las alcantarillas del desánimo
para despertar después
más limpio
más cejado
más ingrato.
Sólo quería tropezar con la sal que construiste
con la sal que almidonaba las juntas de tus huesos.
Quise restituir tu pesadez de hiedra seca
la savia aletargada en el desdén de tus pupilas.
Y hubo llantos,
hubo incesantes y trémulas desazones de llantos,
nos oímos las patadas en el seno de un estómago
que en el fondo estaba yermo…
Y tú no lo quisiste ver,
quisiste retorcerme de reproches,
robarme esa calma confortable del no bruit.
Viniste a joderme el cuartito de no espacio.
Viniste a resabiarme,
a entorpecerme el camino de la ignorancia.
Lo hice porque lo había visto
porque había encontrado el cruce
la perpendicular exacta que derriba la frontera
el punto incólume donde se desprecian las desgracias.
Estuve allí y sólo quería acercarte
revivirte el instante del no tiempo
del no aquí, del no ahora y del
todo
aquí y ahora.
Y te hice daño.
Y ahora lloras sobre un crucero de hormigas rojas
te deshaces en pestañas pútridas e infames
castañean tus dientes de vivificada temeridad
y me miras iracunda
porque ya no puedes ir atrás
porque ya has visto algo más alto que la última vértebra de tu espalda
porque el resto del ser es innoble.
Para siempre.
Me has rajado el estrépito de tambores que dormitaban en mis hombros
me has rebautizado con un nombre que no era mío
me has atildado de besos tempranos un anochecer eterno
y me has fustigado el planteamiento de todo tiempo.
Me has comido la garganta con enjambres de abejas
me has roído el rostro con un verbo tan bello que mata.
Y ya no hay fuga posible
no hay rechazo,
es imposible rechazar la blancura de ese desgajado alboroto de tambores insolentes
de ese divergente punto de armonía de contrarios
porque te has fugado con ellos
me has lisiado la mirada
me has lamido el sexo con tu impertérrita dulzura
y me has dejado a merced de una luz
que ensordece a la quimera de mis pasos.
El lobo está aquí,
pero lo guardan bajo llave…
Biografía:
Violeta Serrano García (León, 1988) es licenciada en Filología Hispánica y Filología Francesa con el reconocimiento de Premio Extraordinario en ambas titulaciones concedido por la Universitat Autònoma de Barcelona, donde está finalizando sus estudios de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Paralelamente estudia el Máster de Creación Literaria [IDEC-UPF] y colabora en varias revistas digitales con textos de carácter poético, ensayístico y narrativo.
Ha trabajado como correctora para la RAE, como profesora auxiliar de español en Francia e investigando en el Departamento de Filología Francesa y Románica de la UAB acerca de la adaptación de textos literarios franceses de los siglos XIX y XX al cine.
Hoy por hoy vive en Barcelona, ha recibido menciones en varios premios de poesía tanto nacionales como internacionales y cuando puede se dedica a zapatear por bulerías en las alcantarillas que no despiden humo.
Web personal: www.violetaserranogarcia.com
