Del mito al logos

Fernando Veglia
 
 
Mis abuelos me contaron que a lo largo de cada segundo, el mundo que conocemos corre riesgo de ser destruido, pero siempre es salvado, puesto que al final del día lo bueno pesa tanto como lo malo. Este increíble fenómeno sucede sin que sus protagonistas sospechen la verdadera importancia de sus actos. Es fácil deducir que si un hombre ama a su familia o ayuda a quien lo necesita, está salvando el mundo, caso contrario lo esta destruyendo.
Mis abuelos me contaron que desde muchas generaciones nuestro pueblo vaga por el desierto. Nunca se supo cuál es la verdadera razón que nos impulsa a ir de un lugar a otro sin descanso; los extranjeros dicen que se debe a las duras condiciones climáticas y a la escasez de agua y comida en la región. Sin embargo, todos intuimos que somos los custodios de un lugar inacabable.
Las historias de mis abuelos describen lo bueno, lo malo, lo inexplicable, sus protagonistas son los hombres, los viajes, el campamento, los rebaños y el hermoso desierto. Las moralejas se repiten invariablemente, salvo en el primer cuento de nuestro pueblo, que data de una época mágica, en la que el espíritu del desierto estaba despierto.
En el mundo primitivo no había desierto, pues la arena estaba diseminada a lo largo y a lo ancho de los puntos cardinales. Todos los espíritus naturales se burlaban del espíritu del desierto, ya que su reino estaba dividido y era débil. Sin embargo, el viento se apiadó de él ofreciéndole su ayuda. De este modo, los granos de arena lograron unirse formando los inmensos y poderosos desiertos.
Miles de soles y lunas transcurrieron, hasta que los espíritus fueron convocados a embellecer otro mundo. El desierto, celoso de su reino, decidió crear habitantes y custodios para que nadie alterase la belleza que había creado. De unos granos de arena hizo animales y vegetales, luego consultó al viento para crear los custodios, éste le sugirió al hombre y a las rocas.
Los hombres fueron hechos de la arena y del viento. En tanto a las rocas otorgó voluntad y movilidad, por lo cual podían arrastrarse o rodar de un lugar a otro a su antojo.
Nuestro pueblo no tenía una lengua, puesto que no la necesitaba, todo lo que debía saber se lo revelaba el viento. Custodiaba el desierto gracias a que la voz del viento le susurraba qué caminos debía seguir, perderse significaba la muerte.
Las rocas celosas de los beneficios otorgados al hombre, decidieron robar el sonido y esconderlo en sus corazones. Sin la ayuda del viento, los hombres se perdían en la inmensidad y morían en los brazos del sol; del glorioso pueblo quedó un puñado de hombres temerosos.
Una niña recordó un relato del viento, e invocó con sus lágrimas al espíritu del desierto. El espíritu regresó de otro mundo, observó la injusticia y castigó a las rocas partiéndolas en mitades, despojándolas de sus vidas, y recompensó a nuestro pueblo con el bien más preciado: la palabra. El sonido volvió al mundo y el espíritu regresó a su labor, pero antes le dio un  nombre a la niña que lo invocó: Sahara.
No sé por qué los extranjeros intentan explicar con mediciones y cálculos los relatos de mis antepasados.
Relato incluido en el libro Líneas (Ed. de los Cuatro Vientos, 2005)
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 Fernando Veglia: Biografía. Nací el 01 de Marzo de 1979 en la Ciudad de Bs. As., vivo en Isidro Casanova,  partido de La Matanza, Bs.As. Mi profesión es corredor de bienes raíces (profesión familiar). Mi relación con las letras comenzó en la escuela secundaria; obtuve la 3era mención de las Novenas Olimpiadas Federales “Vivencias Estudiantiles ´96”. Me decidí a editar mi primer libro en el año 2005: “Líneas” Ed. de los Cuatro Vientos. Participé, en el stand “Escritores Matanceros”,  de la feria municipal del libro del año 2008 al 2010. Fui parte de las siguientes antologías de editorial Dunken: “Manos que cuentan” 2008, “Habitar en secretos” 2009 y “Mundos desnudos” 2010 y de la antología del “III Concurso de Relatos Cortos de Viaje 2008”, organizado por Vagamundos, en colaboración con la editorial “Ediciones del Viento”(España).

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