Agustín Cadena
Poco antes de que el primer cohete estallara en el cielo y las campanas de la iglesia comenzaran a llamar, el forajido Armadillo Berlin despertó de una pesadilla. Estaba dormido —en su sueño se veía dormido— en la misma habitación que su madre, en una cama próxima a la suya. De repente empezó a soñar —dentro de su sueño empezaba a soñar— que una mexicana a quien ya despierto reconocería como Clementina Aguiar le daba la espalda y lo dejaba solo en medio de un llano oscuro. Caminaba desnuda y por sus muslos escurría la sangre de su desfloración. Pero no había sido él quien la violara, sino otro hombre: un ser oscuro, invisible, que surgió de entre las sombras y vino a despojarlo. Armadillo Berlin intentó gritar; soñó que lo hacía: lanzaba gritos muy negros, desesperados, que sacudieron su sueño y rebotaron dentro de él como en el interior de una tumba. Gritaba en español la palabra puta para llamar a Clementina Aguiar, para recuperarla. Gritaba también para que su madre despertara y se levantara a consolarlo metiéndole en la boca su pezón envejecido, diciéndole, mientras lo arrullaba, que todo había sido una pesadilla. Pero ni una ni otra podían oírlo y él seguía gritando. En su sueño quería escapar del sueño del llano, pero no podía.
Entonces lo despertaron los cohetes. Era la madrugada del 16 de julio de 1866, día en que los mexicanos celebraban a la Virgen del Carmen. El forajido Armadillo Berlin se levantó del rincón donde había dormido, en el suelo, y se acercó a la reja del calabozo. Éste se encontraba en un patio trasero del cuartel, protegido por bardas altas y encaladas que reflejaban serenamente la luz de la madrugada. No hacía frío y a través de la reja alcanzaba a verse la luz de la luna, alta y blanca.
Ese sueño ya lo había tenido antes, otras veces. Clementina lo provocaba en su hombría, desafiándolo; lo miraba como si quisiera que él la protegiera, con esos ojos de ángel mestizo y esa mirada de demonio que tenía; lo miraba sonriéndole, invitándolo. Ella lo había hecho cobarde, lo había hecho tentarse demasiado el corazón, olvidar que en la vida había que aceptarlo todo y no hacer cuentos de nada, no preguntarse nada. En el sueño, los pechos oscuros de la mexicana se erguían hacia él hinchados de desprecio.
Armadillo Berlin venía de una familia ilustre. Era nieto por línea materna del capitán Kenneth Moon, que había participado en la guerra de Texas. Y su padre era médico militar y había salvado del escorbuto a varias poblaciones. En esa época optimista servía de mucho pertenecer a una familia respetable. Había grandes esperanzas de que las cosas mejoraran. El presidente Lincoln estaba cumpliendo las promesas que hiciera para su nuevo período presidencial: terminar de unir la nación y luego curar sus heridas. En el pueblo de Armadillo Berlin, para empezar, se habían restablecido las guarniciones de los fuertes. Esto mantenía a raya a los indios comanches, kiowas y kikapoos, que aterraban a las poblaciones texanas. Los soldados habían logrado desviarlos hacia la frontera. De ese modo, los únicos que seguían haciendo incursiones en territorio civilizado eran los indios mescaleros y las partidas de bandidos blancos y mexicanos que andaban por todas partes. Al principio, Armadillo Berlin peleó contra ellos.
Era morena y callada y deseaba sobre todas las cosas tener hijos. Muchos, decía. El joven Armadillo Berlin, tirador experto y nieto único de un patriota texano, empezó a buscarla sin saber que su enamoramiento sería para siempre y acabaría por matarla. Pero no le dijo nada porque siempre vivió sin seguridad, callado, torturado. Su madre quería que fuese hombre de leyes o de ciencia, porque estaba segura de ver en él una disposición sensible hacia sus semejantes, y con esa misma idea su padre se lo llevó a los dieciséis años a que le ayudara en las guarniciones. Fue en la época más difícil. Con la Guerra Civil, los soldados se habían acostumbrado a una vida de acción y, de un modo u otro, emocionante. Ahora se aburrían montando guardia en los fuertes y se iban a emborrachar a las cantinas de Dallas, cuando no a los burdeles mexicanos de San Antonio. Luego había que estarlos curando. Y eso no era todo. Muchos problemas sanitarios tenían su origen en la alimentación. No estaban en la abundancia como en México, donde se decía que la gente amarraba los perros con longaniza. Aquí la comida era escasa y pobre en variedad. Carne sí había, bastante, pero se resentía la falta de frutas y verduras, especialmente en los fuertes. En el más cercano a Sherman, que tenía una guarnición de sesenta hombres, esta deficiencia había producido un brote generalizado de escorbuto. Auxiliado por lo que había aprendido de los mexicanos mientras peleaba contra ellos, el padre de Armadillo Berlin los curó. Mientras sus colegas yanquis no sabían qué hacer, él consiguió unos barriles de pulque de Tamaulipas y obligó a los soldados a tomarse un vaso todas las mañanas, en ayunas. Y realmente los obligó, porque esos hombres recios, curtidos por las balas, parecían niños forzados a alimentarse. Después de una semana de esta dieta, empezaron a sentirse mejor y en quince días estaban ya completamente curados. Fue entonces cuando Armadillo Berlin decidió huir del fuerte. Bajó a caballo hasta San Antonio y ahí conoció a Clementina Aguiar.
Aquél fue el año de la sequía, y sólo por noticias se enteró Armadillo Berlin de lo que estaba padeciendo su padre, que no quería volver a saber nada de él. No llovió en muchos meses y allá, en el norte de Texas, la gente tenía que caminar grandes distancias para encontrar agua; la almacenaban en barriles y ahí la tenían durante días, hasta que adquiría un olor extraño y se contaminaba de larvas. Por eso había tanta disentería. Al fuerte de Sherman, convertido temporalmente en hospital, llegaban enfermos cada semana, americanos y mexicanos por igual. Llegaban pálidos, apenas sosteniéndose en pie. Texas era una tierra salvaje, y más que los pueblos iban creciendo rápidamente, saturándose de violencia y de problemas. Esto era porque desde hacía casi una década, cuando descubrieron el oro en California, mucha gente —aventureros— dejaba familia y posesiones y se iba para allá. Texas no era más que una estación de tránsito, pero muchos descubrían que ahí podían hacer lo que les placiera, sin respetar más ley que la de la fuerza, y se quedaban en alguno de esos pueblos.
La última noche de la sequía, Armadillo Berlin tuvo en su catre de campaña una pesadilla de la cual despertó sudando. En ella se veía dormido al lado de su madre, abrazándola como cuando era niño, y comenzaba a soñar con Clementina Aguiar. La llamaba a gritos en medio de un llano oscuro. Y llamaba a su madre para que le quitara el miedo. Entonces llegaba un hombre oscuro y le robaba a las dos.
Por miedo, por odio también, tal vez, Armadillo Berlin se entregó a una vida licenciosa, de pendencias y violaciones. Así se enamoró de la india Soledad Palacios, a quien arrancó de la mancebía de un mestizo alcohólico. Entre sus piernas de barro negro aprendió que sólo el amor carnal podía conciliar esas pasiones que combatían sin tregua dentro de él, agotándolo. La india era dulce y estaba acostumbrada al maltrato, del cual nunca se quejaba. Sus ojos tristes parecían leer el destino de los hombres. Y vio que el suyo estaba marcado por el miedo. Le tuvo una paciencia infinita, le ayudó a olvidar, le quitó las pesadillas. Y Armadillo Berlin, que raras veces había podido mantener la erección de su miembro ante una mujer desnuda, se sintió curado con ella. Tal vez empezó a quererla, y tal vez fue eso lo que lo hizo reaccionar como reaccionó: se fue a México y se unió a una banda de indios mescaleros que asolaban ambos lados del Río Grande.
En abril de ese año, cuando las terrazas y balcones de todos los pueblos mexicanos lucían llenos de flores, y Benito Juárez había ocupado finalmente el puerto de Veracruz, el forajido Armadillo Berlin decidió atacar a su propia gente. Primero quiso valerse de Soledad para asesinar al sheriff, pero ella se negó a ayudarle y entonces el forajido le quemó los pechos en el enorme brasero de un rancho mexicano y luego la ultimó de un balazo en la frente. A nadie le importó. Después intentó franquearle la plaza al jefe de los mescaleros, pero perdió y fue herido en la cara.
Alentado, quizá protegido por el odio que ahora sentía hacia todos, se ocultó en Galveston y en el 62 se alquiló como mercenario en contra de los mexicanos, que nuevamente eran invadidos. Se unió a los dos mil quinientos soldados de caballería que debían escoltar a los convoyes franceses. A partir de entonces, y hasta su detención en una ranchería de la Huasteca, el ahora teniente del ejército de Maximiliano, Armadillo Berlin, se distinguiría por su sadismo. Sólo él lo libró de las pesadillas, del miedo a la muerte y del fantasma de Clementina Aguiar.
A las seis de la mañana llegaron por él. Había amanecido un día purísimo y los cohetes se prolongarían hasta el anochecer. Se dirían tres misas. El pueblo celebraba a la Virgen del Carmen, en cuya iglesia se encendían veladoras para pedir por el presidente Juárez y por el triunfo de la República. El teniente Armadillo Berlin sería exhibido por las calles como forajido y enemigo de la patria. Lo ataron por el cuello a la silla de un caballo y lo hicieron bajar del cuartel a culatazos.
Lo fusilaron. Dicen que caminó como un hombre entre los soldados, que se dejó vendar los ojos con los huevos bien puestos. Pero dice otra versión que el forajido tuvo miedo, que hasta iba llorando por las calles después de que una anciana loca salió a escupirlo, y que antes de recibir la descarga gritó en español pidiéndole perdón a una mujer.
