Eva Mª Cabellos
En los últimos meses los vampiros se han puesto de moda. Puedes verlos en la televisión, en el cine y puedes ver a los jóvenes intentando aparentar ser uno de ellos.
Tengo que decir que a mí me encantan las películas de vampiros, pero… los de antes. Ese vampiro que se ocultaba entre las sombras de la noche en busca de un humano a quien chupar su sangre, aquel que seducía a una joven para morderle el cuello al menor descuido, el que te hacía saltar del sofá con el corazón a cien por hora y al acabar la película te ibas a dormir mirando a tu alrededor convencida de que en cualquier momento saldría para morderte a ti, ese vampiro.
Pude pasar por ese vampiro afeminado que crearon con Brad Pitt y Tom Cruise en Entrevista con el vampiro, incluso tenía su morbo pues aún les dejaban una pequeña parte de oscuridad en su interior y mantenían los viejos mitos del vampirismo. Como en la serie “Angel”, un vampiro al que una gitana dio alma y con esa excusa pudieron crear un buen tipo que lucha contra el mal. A pesar de todo siguieron dentro de las antiguas tradiciones, llegando incluso a quedar bien.
Sin embargo hoy en día han creado un vampiro que solo dan ganas de reír, un vampiro que puede ver el sol, ir a estudiar, ser civilmente bueno, tener hijos a pesar de estar muerto y lo peor de todo, casto hasta el extremo de casarse.
Yo desde aquí y con esta pequeña crítica tan solo quiero lanzar una pregunta a productores y guionistas: ¿dónde está el Drácula de Bram Stoker, o Nosferatu? ¿Qué han hecho con ellos? ¿Podrían devolvernos por menos al añorado y temido Drácula?
