Juan Patricio Lombera
Se van a reír de su puta madre. Así pensó Gabriel mientras se dirigía a su coche. Atrás dejaba la sucursal bancaria donde no sólo no había podido cobrar el cheque de indemnización, sino que le habían avisado de que ya pronto le embargarían por no pagar las últimas letras de la casa en la que vivía con su padre.
Atrás quedaban treinta años de trabajo constante y quince años continuados del pago celoso de una hipoteca. Gabriel contemplaba así como todo aquello por lo que había luchado a lo largo de su vida y sobre todo, después de su divorcio, se venía abajo. Estaba aturdido por la inmensa responsabilidad que se le venía encima. No sabía qué hacer y menos aún cómo le iba a explicar a su padre que lo había perdido todo. Si en ese momento un niño de siete años lo hubiese empujado, él seguramente se habría venido al suelo. Tras media hora de cavilaciones en blanco, finalmente se subió al coche y se dirigió a su casa. Ahí lo esperaba su padre con la comida lista
-¿Que tal estás hijo? ¿Te fue bien en el trabajo?
-Sí, lo normal.
-Te noto algo pálido.
-Me sentó mal el bocadillo de chorizo frito que tomé esta mañana.
-Ya te dije que no vayas a bares a desayunar. Ahora que no tienes que estar a las nueve en punto en la oficina, deberías prepararte un buen desayuno en casa antes de salir a la calle.
-Así lo haré. No volveré a entrar a los bares padre.
-La verdad es que yo no puedo decir gran cosa con respecto a los hechos –dijo el ex empleado bancario varios meses después de la tragedia. Era una mañana como cualquier otra. Llegué y me puse a revisar las operaciones del día anterior. Después de confirmar que todo estaba como lo había dejado, encendí el sistema y me puse a atender a los clientes que, más que venir a hacer operaciones, vienen a contarme su vida y batallitas. A las diez menos cuarto, como todas las mañanas, me dirigí al bar de la esquina a tomar mi desayuno. Yolanda, Vanesa y yo nos turnábamos para ir a desayunar. De esta forma siempre había una caja al servicio de los clientes y una persona para consultas fuera de lo habitual. Don Gil, el director, nunca salía de la sucursal en horas de atención al público. En el bar pedí un café con leche y una napolitana y me dispuse a repasar los resultados de la jornada de fútbol en el Marca. En la portada, cómo no, venían las polémicas declaraciones del payaso entrenador portugués. Soy del Madrid, pero no por ello me cae bien su entrenador y como se imaginará en estas tierras lo odian. Cuando ocurrió la goleada, me estuvieron saludando con la mano abierta durante toda la semana para recordarme el marcador. En el momento en que daba vuelta a la página oí el primer disparo. No me podía creer que se tratase de un impacto, cuando la segunda detonación resonó en todo el bar. Fue entonces que me di cuenta de que eran municiones de verdad y que el ruido provenía del banco. Pensé que se trataba de un robo y cuando vi la patrulla de policía llegar unos minutos después, mis sospechas parecieron confirmarse. Pero había algo raro. En lugar de pertrecharse detrás de su automóvil y apuntar al banco, se acercaron a un coche en doble fila para ponerle una multa. Como si no fuera con ellos la cosa, ¡vamos! Fue entonces cuando él salió del establecimiento con el fusil apuntando al suelo y fue también cuando dijo la frase que se ha reproducido hasta la saciedad en todos los medios. Yo no la oí. La verdad es que lo vi todo desde dentro del bar. El caso es que después del entierro, me comunicaron que mis constantes escapadas del puesto de trabajo no eran del gusto de los directivos del banco y me despidieron. Todos hacen sus escapaditas de vez en cuando, pero en mi caso fue como si me consideraran culpable de suerte extrema en mayor grado y, por el simple hecho de haber sobrevivido a la carnicería, debía ser castigado. Todo por culpa de ese loco de mierda. Lo que no entiendo es por qué está preparando el libro ahora y no cuando ocurrió la tragedia hace seis meses. ¿Que cómo pudo entrar habiendo arcos de seguridad? Supongo que disimularía su arma entre la ropa y que Vanesa le dejó pasar. Lo veíamos muy a menudo, sabe.
Aquella tarde Gabriel no salió con sus pistolas de juguete a hacer la ronda en el porche y no tuvo ni por asomo la idea de irse a medianoche, como en otras ocasiones, con su bandolera al cerro para pasar la noche al raso. Recordó sus principios en la empresa como un simple peón.
Nunca me quejaba. Siempre estaba dispuesto a lo que hiciera falta y más. Ese fue el pretexto empleado por la ramera de mi esposa para dejarme: el poco tiempo que convivíamos. No la engañé, ella sabía perfectamente, dado que había trabajado de secretaria en las oficinas, que mi mayor deseo era convertirme en el operario de confianza de la empresa, que era a lo más que podía aspirar con los pocos estudios que tenía. Y para ello estaba dispuesto a sacrificarme al máximo; incluso dejar a un lado mi dignidad y reírle las gracias al imbécil del jefe y a su hijito recién salido de la Universidad. Tan sólo me atrevía a contradecirles cuando veía en ello la oportunidad de lucirme y ganar puntos frente a ellos. Sin embargo, en esos casos siempre daba mis objeciones de forma privada y sin que pareciera asomar burla alguna en mis palabras.
Fueron años duros, más aún cuando veía que el jefe sólo tenía oídos para su hijo que, a fin de cuentas, por muy arquitecto egresado que fuera de una universidad extranjera de mucho relumbrón, no tenía ni idea de cómo funcionaba este negocio en España. Creía que en las licitaciones siempre ganaba la mejor oferta técnica y comercial, cuando de sobra es sabido que en muchos lugares hay que pasar antes por la caja del señor alcalde y hacer una generosa donación para de esta forma asegurarse el premio. Además, su afición a emplear los mejores materiales limitaba mucho los beneficios haciendo casi imposible la realización de los proyectos. Menos mal que el viejo de vez en cuando entraba en razón y me pedía consejo sobre lo que había que hacer, que si no la empresa habría quebrado mucho tiempo atrás. Además, lo que más me molestaba de Eduardo eran esos aires de gran señor que se daba cuando hablaba con cualquiera. Parecía que por haber estudiado en los Estados Unidos ya se había convertido en grande de España. Sin embargo, pese a estos trasiegos y alguno que otro pleito con mis compañeros que a mis espaldas me acusaban de ser un trepa, conseguí finalmente realizar mi sueño. Una mañana me mandó llamar a la oficina don Augusto.
-Estimado Gabriel. Como usted sabe desde hace algún tiempo, este año se va a jubilar Benito y vamos a necesitar un nuevo jefe de obra. Un hombre de confianza en quien podamos delegar el mando cuando yo o mi hijo no podamos estar ahí. Tú sabes que ya voy teniendo una edad y no puedo estar en todos los sitios y, en cuanto a mi hijo, él tampoco puede estar en la obra todo el día. También debe pasar largas horas aquí ideando sus proyectos. En pocas palabras, Gabriel, quiero que tú seas nuestro hombre de confianza. Llevamos largo tiempo observándote y creemos que eres el hombre apropiado. Por supuesto que el cargo vendría aparejado de un aumento salarial. ¿Qué te parece?
Había imaginado varias veces la conversación. No obstante me quedé petrificado.
-Con lo gritón que eres en la obra, ¿quién pensaría que te ibas a quedar callado en un momento así? Yo me esperaba un grito de júbilo.
-Muchas gracias, don Augusto. No sabe lo feliz que me hace con este nombramiento. Si me permite, yo no le molesto más.
-¿No quieres saber cuánto vas a cobrar? Pues el doble de lo que cobras ahora, así es que ya puedes echar cuentas –dijo entre risas mi jefe.
Cuando finalmente salí de la oficina, me dirigí a mi casa para restregarle ese nombramiento a mi esposa que siempre decía que era un inútil y nunca llegaría a nada. Pero como siempre, ella se las arregló para chafarme la alegría diciéndome que ya no aguantaba esta vida de eterna separación y que quería el divorcio. Asumía que mis responsabilidades serían aún mayores y que yo era un, cómo me dijo, un “guorcajolic”. Sí eso, un vicioso del trabajo, como si el trabajo fuera cosa mala. Por un momento, en el fragor de la discusión, se me cruzó la idea de machacarla a golpes, ahí mismo en la moqueta del salón, pero afortunadamente me di cuenta a tiempo de que con una actitud así no tenía nada que ganar y sí mucho que perder. En el fondo, me estaba haciendo un favor con su marcha. Como no teníamos hijos, no tendría que pasarle ninguna pensión. Venderíamos la casa y nos quedaríamos con nuestras respectivas partes. Ella se lo perdía. Ahora precisamente que las cosas nos iban a ir bien. En los siguientes días, no cambió de opinión, pero se portó muy amable conmigo. Me dijo que le daba pena que sacrificase toda mi vida por un trabajo, que había cosas más importantes. Seguramente me quería engatusar para dar marcha atrás una vez que le había dicho cuánto iba a ganar, pero no soy gilipollas y ella se jodió. El día que se largó y que firmamos nuestro divorcio experimenté una gran satisfacción. Ahora me queda lo peor. Decirle a mi viejo lo que nos espera y lo de la tomadura de pelo que me hizo don Augusto con el cheque sin fondos. Es más, me extraña que no me haya preguntado ya. Él sabía que esta semana me iban a dar el finiquito. Cuando se lo diga se va a quedar destrozado. Antes veré uno de mis dvds de westerns en la tele, como casi todas las tardes.
Yo estaba en este mismo sitio sirviendo café al constructor y su hijo que precisamente estaban ahí donde usted se encuentra. Su conversación giraba sobre lo mal que les estaban yendo las cosas y de lo pronto que iban a tener que chapar el negocio. Solían venir todos los días antes de entrar a trabajar y de vez en cuando platicábamos de fútbol, aunque en los últimos tiempos se les veía más reservados y casi no hablaban. Augusto padre cogió el Marca y le enseñó a su hijo la foto de la portada diciendo al mismo tiempo: “Es un pobre diablo por mucho que…» En ese preciso momento, yo estaba a lo mío metiendo cubiertos y vasos en el lavaplatos. Lo vi de reojo. No fue como en las películas, ¿sabe? No hubo ni palabras, ni gritos, nada de nada. Es más, estoy segura de que Augusto padre, que se quedó a mitad de frase, ni se enteró de su muerte. En cambio, el joven sí quiso esconderse entre las mesas. Al ver que no tenía escapatoria y con lágrimas en los ojos suplicó al asesino de su padre, pero éste no tuvo piedad alguna y acabó con él. Eso no lo vi, yo estaba agachada detrás de la barra esperando que por un milagro se olvidase de mí. No fue así. Se acercó al mostrador y me dijo:
-No te escondas Helen Ramírez2. No voy a hacerte ningún daño. Sabes que ellos se lo merecían, que un hombre como yo no puede permitir que lo humillen de la forma en que estas bestias ávidas de sangre lo hicieron. Ahora me voy a ir. Si no haces ninguna tontería vivirás. No tengo nada contra ti, Helen, pero si oigo el menor ruido sospechoso me volveré y te mataré. ¡Ah! Y si ves a Billy Clanton dile que si es lo suficientemente hombre que lo espero donde él ya sabe.
La verdad es que no entendía por qué me llamaba Helen si él sabe perfectamente que mi nombre es Dolores. Tampoco sé quien es Billy Clanton. Por si acaso seguí escondida debajo de la barra durante media hora hasta que tuve la certeza de que podía salir. Entonces llamé a la policía.
Esa mañana te despertaste reconfortado. Sabías por primera vez en varios años lo que tenías que hacer. Como dicen los indios “hoy es un buen día para morir” y para hacer justicia, pensarías en ese momento. Sabías que en el saloon iban a estar Frank Maclaury y su chico. A ambos les gustaban mucho los bailes con piernas al aire. Por un momento pensaste que quizá merecían una oportunidad. Con el cacique la cosa sería más difícil, ya que había que atacar el rancho mismo. Sabías que El doc. Holiday, Gabriel para sus amigos más íntimos, estaría vigilando por si ese perro de Johnny Behan quería darse a la fuga. De nada le serviría. Antes de llegar al Río Bravo ya lo habrías cazado. No olvidabas cómo ese bastardo había llenado la cabeza de tu esposa de ilusiones para apartarla de tu lado y sabías que ella estaría a su lado. Lo habías tolerado todo, hasta que se metieron con tu patrimonio. Primero empezaron robándote ganado. Sabías que eran ellos, pero no podías probarlo. Eso los envalentonó. Confundieron tu falta de respuesta con debilidad y finalmente decidieron acabar contigo. Te citaron ayer en el OK Corral para hacer las paces con falsas promesas y mientras que generosamente te devolvían tus reses, que ellos decían haber confundido con las suyas, sus secuaces te preparaban una sorpresa. Hiciste la vista gorda y te llevaste los animales al rancho. No te mataron en el OK corral porque querían que vieras tu casa hecha cenizas. Ni siquiera les importó que hubiera un hombre mayor durmiendo dentro. Tras consultar con el Doc. te perdiste solo en la noche y cuando amaneció ya sabías perfectamente tu obligación. Tenías que limpiar las manchas de honor que te habían ocasionado con la sangre de todos ellos. Te dirigiste en tu caballo al saloon. Increíblemente no había nadie haciendo la guardia. No sabías si matarlos como a los perros rabiosos que eran, o darles una oportunidad. Pero nada más entrar viste al viejo mostrando la foto de tu padre en el Telegraph de Dodge City, y le oíste llamarlo “pobre diablo”. Entendiste que no merecían ni una sola oportunidad y disparaste. Hiciste bien en matar primero al viejo. Le ahorraste el dolor de ver a su hijo suplicando clemencia. Era repulsivo verlo reptando cual gusano entre las mesas, mientras lloraba. El segundo tiro ya no lo hiciste con odio, sino consciente de que ese poco hombre no merecía vivir. Era penoso el espectáculo que daba. Su actitud femenina ante la muerte te recordó la presencia de Helen. Con esos ojazos y su piel morena era curioso que no te hubieses acordado antes de ella. Tenías que ganar tiempo y por eso la amenazaste, aunque nunca tuviste intención de hacerle nada. Sólo querías que no fuera al telégrafo a darle la noticia al cacique. Te subiste en tu caballo y te dirigiste cuan raudo El Rayo podía a los dominios de Behan. Todo estaba en orden según te indicó con una señal Gabriel a la que respondiste con otra que significaba que había llegado la hora de pasar a la acción.
Este lugar estaba más protegido, pero con tu astucia y disimulo conseguiste que una de las criadas te abriera. Esperaste un momento a que ella despareciera por las escaleras y tan pronto como estuviste solo en esa habitación con Urilla, tu ex esposa, y con Behan, descubriste el arma y los abatiste sin escrúpulos como a las aves carroñeras que eran. Ellos eran los verdaderos responsables de tu caída. Te dirigiste a la salida y viste a tus ayudantes acariciando tu caballo. Habían estado a tu lado en varios tiroteos contra maleantes. En más de una ocasión les habías salvado la vida. Sabías que a ellos les desagradaba la labor de detenerte. Por eso tomaste la iniciativa. Fuiste hacia ellos facilitándoles así el trabajo. Como no querías implicar a Gabriel, tuviste un último acto de generosidad y te atribuiste toda venganza al decir: “Ya estoy satisfecho”.
