José Luis Amores (original publicado en Bolmangani)
Comienzo a escribir esto mientras miles de ciudadanos votan, protestan, mastican, sestean, toman el sol, medicamentos o café, estudian, ven la televisión, pasean al perro, nacen, mueren y hacen otras cosas igualmente (in/)dignas de mención. Ciudadanos de toda clase, similares unos a otros en funcionamiento fisiológico y poco más. Más allá de la piel comienzan las diferencias que merecen tal nombre. Simplificando: lo que tienes, lo que eres, de dónde vienes.
Pero esta sociedad posee un caparazón resistente. Además de sorda como una tapia y de no ver tres en un burro, tiene tanto miedo a perder lo que ha conseguido que ni siquiera es capaz de ponerse en situación, en la menos dramática de cualquiera de esas situaciones: ser despedido del trabajo o no encontrar uno digno, perder la vivienda o no poder disponer de una, tener hambre, no tener dinero para…, pasar penurias, dificultades, estrecheces…: estar jodidos. Por mucho que se asista a un pase ininterrumpido de imágenes del desastre (malas cifras, testimonios, dramatizaciones, proyecciones de fin de época, etc.), la sociedad, nuestra sociedad, con una terrible cojera pero aún mayoritariamente en pie, continúa participando en festejos somáticos, y por aquellos que no pueden disfrutar plenamente de éstos sólo siente, en algunos casos, una lástima inmoral o la misma simpatía que por un animal atropellado.
Aprendimos a movernos por entre una reglamentación socioeconómica cada vez más endurecida. Cada acto de relación aquiescente con un sistema así implica nuestra adhesión a él. De hecho, hemos contribuido, por activa y por pasiva, a la acumulación de dificultades sucesivas para quienes, en un momento dado, pudieran perder pie o para aquellos que, por haber nacido tarde, no han dispuesto del tiempo suficiente para situarse a nuestra altura. Somos unos cabrones y también unos imbéciles, porque mañana las víctimas, los jodidos seremos nosotros. En los bares, en la panadería, en la Red, cargamos culpas contra los sistemas político y financiero, los acusamos de la creciente debacle, pero olvidamos que es nuestro dinero el que está en sus depósitos, de ellos extraen con libertad sus inmerecidos premios, y las ineficientes reglas que obedecemos las han escrito sus asesores, remunerados con ese dinero que, admitámoslo, nunca fue nuestro. En España, olvidamos que esos políticos están rodeados de una guardia pretoriana de más de tres millones de empleados públicos directos de demostrada ineficacia. Olvidamos que la orgía prestamista que disparó el consumo de viviendas impagables se basó en una primera línea bancaria de una inmoralidad sin límites: por miedo a perder el empleo, o a no seguir haciendo carrera, o a no conseguir el bonus o incentivos de final de año, miles de hipotecas y préstamos fueron preconcedidos a quienes objetivamente no podían devolverlos. Olvidamos que, al fin y al cabo, ese núcleo duro del sistema está arropado y sostenido por millones de consumidores temerosos de la exclusión, de la posibilidad de verse necesitados de la filantropía, de la caridad. La culpa es, pues, generalizada, atribuible no sólo a los puentes de mando virtuales, desregulados, sino también a todos aquellos que con sus actos cotidianos se adhieren a un modus vivendi que considera la desgracia ajena como una molestia o, como mucho, un espectáculo consumible.
Pero la desgracia está ahí, junto con una alta probabilidad de contagio. Contra ella caben diversas posturas. La ya apuntada parece ser la más extendida: una visible indiferencia. Para sus practicantes más activos, la desgracia es un virus contra el que la omisión es la mejor vacuna. Colectivos con un patrimonio garantizado o una posición profesional saneada y estable, acomodados dentro de los parámetros objetivables del estado de bienestar, ven en la desgracia ajena una amenaza que podría sobrevenirles, ensuciarlos. Los males socioeconómicos, una vez se incurre en ellos, devienen estigma por más que exista la esperanza de su remisión, de que los apuros sean temporales. Para esta pluralidad de individuos, la actitud preventiva es el único antídoto posible, el sálvese quien pueda como única defensa, que excluye actitudes de compromiso real aunque no un tenue apoyo filantrópico mediante el que salvaguardar una mínima moralidad. Colectivo, pues, que elige no mirar las fotografías, que se aparta a un lado, que cambia de acera.
En el lado opuesto se sitúan los afectados y una cohorte de simpatizantes, lo sean éstos por empatía auténtica o por pruritos éticos e incluso estéticos. En ellos cabe apreciar tres modos principales de actuación. Uno, el más extendido, de lucha contra la enfermedad desde el interior; aceptando las reglas del sistema que les ha llevado a la situación en que se encuentran, pugnan por su readmisión: buscando activamente empleo, alterando su cosmética social y profesional (sus aptitudes y actitudes) mantienen viva la esperanza de reinserción. Otro, compatible con el primero, consistente en la aceptación del nuevo estatus rebajado y sus prerrogativas, en su máximo aprovechamiento y optimización. Y finalmente, tal que última etapa de una serie de estadios sucesivos pertenecientes a una lógica de conducta cartesiana, cabe esperarse la rebelión: al individuo sin salida, agotado, no le queda otra opción que trastornar sus ideologías con el ánimo de que el sistema premie su decisión, o amotinarse y luchar para que su postura la secunde un número suficiente que deba ser tenido en cuenta por ese sistema que se ha olvidado de él.
Estos días pasados, hoy, mañana, asistimos a la escenificación y cuantificación de estos últimos modos de proceder. Una mayoría aplastante que opta por saltar de un barco semihundido hacia otro también indudablemente a la deriva, con la ilusión de que el cambio le depare nuevos escenarios en los que encontrar otros remedios, o que más bien le sean ofrecidos. Y una minoría nada desdeñable, calificada de ruidosa, cuyo objetivo es precipitar pequeños grandes cambios en el sistema. Ninguna de esas dos iniciativas conseguirá nada relevante por sí y para sí. Porque el problema de fondo no es el paulatino contagio de la desgracia causado por la crisis económica y social ni la inexistencia de resultados sensibles ante las medidas políticas y económicas adoptadas. Lo que subyace es la inmovilidad de la capa social no desfavorecida, su, en la práctica, indiferencia ante los demás, en definitiva su miedo a verse involucrados en una espiral de cambios con los que no creen tener nada que ganar y sí todo o mucho que perder. Para luchar, pues, contra ese sistema que propicia el desamparo y la exclusión, que se caracteriza por su negativa a regenerarse, no basta con maquillar las siglas del puente de mando, esto sólo conseguirá crear la ilusión de una doble posibilidad: la de la mejora por el mero cambio de gestores/representantes, y la de renovación desde la humildad de los gestores/representantes fracasados. Y apelar al cambio del sistema desde sus afueras, sobre posiciones de anarquía sostenible, tampoco conseguirá resultados palpables y efectivos. La demolición de un sistema tan asumido y enraizado sólo es factible desde sus entrañas. Incluso quienes se afanan en su metamorfosis están instalados en él, no saben vivir fuera de él. Sólo desde dentro cabe un programa de destrucción, a su vez, sostenible y llevadero. Sin embargo, me temo que, si algún improbable día la soberanía la detentaran quienes llevasen como programa oculto la voladura de este sistema, la renuncia particular (ya no estarían ante los demás, que serían otros; por fin instalados dentro del sistema, habrían conseguido su objetivo: estar al otro lado) se haría tan insoportable que las cosas continuarían como hasta ahora. Ya lo hemos visto. Ya ha pasado.

