por Juan Alberto Campoy
Desprendida del tronco, ya nada podía preguntarse, pero, en caso de haber podido hacerlo, la cabeza de Gabriel, conde de Montgomery, señor de Lorges y capitán de la guardia escocesa, probablemente se habría preguntado por la razón de tanto ensañamiento. Una vez concluida su tarea capital, el verdugo se recreaba en su labor descuartizadora, asestando hachazo tras hachazo sobre el cuerpo inerte.
Todo había empezado quince años atrás, cuando el rey de Francia había decidido celebrar por todo lo alto el tratado de Cateau-Cambrésis, por el que se firmaba la paz con España y por el que se acordaba un doble enlace matrimonial: el de su hija Isabel con el rey de España, y el de su hermana Margarita con el duque de Saboya. En las justas que tuvieron lugar, los caballeros estaban haciendo gala de una destreza y de un arrojo máximos. El rey, tras enfrentarse al duque de Saboya, al duque de Guisa y al conde de Montgomery, había concluido su participación. Sin embargo, de forma contraria a lo reglamentado, el monarca quiso batirse de nuevo con Montgomery. Esta insistencia real era sorprendente: los videntes Luca Guárico y Nostradamus le habían prevenido contra los duelos a caballo, y la propia reina, Catalina de Médicis, le había hecho llegar un mensaje pidiéndole que se retirara del torneo. Había, sin embargo, una explicación a la cabezonería del rey y era su deseo de desquite.
El conde de Montgomery no sólo le había acometido con tal fuerza en el primer choque que le había hecho tambalearse, sino que además tenía la osadía de ser el amante de la reina. Y ésa era mucha osadía. Su orgullo había sido herido y la mejor forma, la única forma, en realidad, de curarlo era hacer morder el polvo a aquel insolente jovenzuelo a la vista de todo el mundo. Era una cuestión de amor propio, no de celos. Difícilmente podía padecer celos alguien cuyo corazón, y con él el resto de su cuerpo, pertenecía en exclusiva a otra persona: a su queridísima Diana de Poitiers. Unos instantes antes de que Montgomery y el rey volvieran a medir sus fuerzas se produjo un espeso silencio. Las trompetas y los clarines, que hasta ese momento habían sido atronadores, callaron como por encanto. Los dos contendientes espolearon a sus caballos y arremetieron con tanto ímpetu al rival que ambas lanzas se quebraron. Como era preceptivo, el rey cambió su lanza, pero Montgomery no hizo otro tanto. A continuación los dos jinetes volvieron a la carga, queriendo la mala fortuna que en el embate una de las astillas de la lanza del conde se introdujera por la mirilla del yelmo del rey y le atravesara el ojo izquierdo.
La herida del rey era de extrema gravedad. Los más eximios médicos y cirujanos se afanaron en curarle. Entre ellos, el principal anatomista de la época, Vesalio, quien acudió a Paris por expresa solicitud de Felipe II. Sus dolores, en lugar de mitigarse, iban en aumento. Finalmente, se encargó a Ambroise Paré, el medico de cabecera del monarca, realizar estudios anatómicos minuciosos de heridas semejantes: cuatro condenados a muerte fueron ejecutados y sus cabezas fueron a parar a su mesa de estudio. Todo fue en vano: a los diez días de las infaustas justas Enrique II fallecía. A pesar de que el propio rey le había exonerado de toda responsabilidad, el conde fue desterrado y huyó a Inglaterra. Allí se convirtió al protestantismo. Al cabo de unos años volvió al continente, participando en las guerras de religión que asolaban Francia. Su captura se convirtió en una obsesión para Catalina, quien seguía ejerciendo una gran influencia en la corte francesa. Finalmente el mariscal Matignon logró apresarle tras el asedio de Domfront. Acusado de alta traición, se le sometió a tortura para que reconociera haber conspirado contra el rey, pero su voluntad no se quebró. Tampoco tuvo ningún resultado el arzobispo de Narbona en su intento de que se confesara y renegara del protestantismo. En lugar de ello, el conde de Montgomery manifestó que, desde que había abrazado la nueva fe, había vivido por y para ella, y que en ella pensaba morir por la gracia del Señor. Fue condenado a morir en el patíbulo.
Desprendida del tronco, ya no podía pensar, pero, en caso de haber podido hacerlo, la cabeza de Gabriel, conde de Montgomery, señor de Lorges y capitán de la guardia escocesa, probablemente habría pensado, al ver tanto ensañamiento, que Catalina de Médicis no sólo le odiaba por ser uno de los principales líderes del partido protestante, sino también por algo que nunca le perdonaría, ni siquiera después de muerto, y era la muerte de su marido. Y pensaría también que Catalina únicamente había sido su amante por despecho, ante la manifiesta y pública infidelidad del rey con su queridísima Diana de Poitiers.
