¿Llueve ahí afuera?

por Carmen Matutes

 
La cajera repasa de arriba abajo a la mujer que atiende en la cola, justo delante de mí. Ella reacciona desviando la mirada y comprobando repetidamente que la cremallera de los pantalones sigue abrochada, parece sentirse incómoda. El proceso se alarga; la empleada se dirá quizá que después de un cliente viene otro y, cuando no queda ninguno, tampoco se ve el sol, para qué apresurarse. Además, la parroquiana en particular le llama la atención de forma especial, no deja de observarla y después parece alegrarse de poder atenderla:
—¡Uf! Esta semana sí que has llenado el carro, ¿eh?
Por toda réplica recibe una sonrisa lacónica, casi una mueca.
—Como la semana pasada no viniste… ¿No habrás estado enferma?— y tras un breve lapso añade— Que digo que enferma no habrás estado porque traes una cara de salud…
Quizá la empleada no ha oído el “no” perdido en el barullo, y continúa:
—Pero el maquillaje de hoy hace milagros, ¿a que sí? –y le arranca una afirmación a la mujer que, esta vez sí, suena contundente.
—Si no es mucho preguntar, ¿qué marca usas? –no ha levantado la vista y no ha podido apreciar la reacción de su interlocutora, pero justifica su curiosidad— Es que te queda muy natural, ¿eh? Si hasta parece que te lo han puesto en la tele para salir así de guapa. Claro que la que lo es…

—Gracias, gracias – ataja, y cruza los brazos  bajo el pecho.
—Entonces, ¿qué marca dijiste? –insiste la vendedora.
La clienta responde secamente que usa varias marcas, le gusta la variedad.
—Ya. Como todo tiene veneno, mejor es variar. Una señora me lo dijo: la diferencia entre una medicina y un veneno, dijo, es una cuestión de dosis. ¿Sabes? De dosis. Con el vinito también cambias de marca, ¿eh?
Y sigue con una discusión sobre los efectos saludables del vino tomado con moderación –no como su marido—, buscando la complicidad de su interlocutora que aduce ir con prisas.
—¡Ay con las prisas! Eso sí es malo desde la primera gota. El colesterol … Vaya, hombre, este código de barras no se puede leer – y tras insistir varias veces, llama por el altavoz a la supervisora.
—Dejémoslo, no compro esos cereales y ya está.
—¿Cómo te vas a ir sin los cereales? Hombre, un poco de paciencia que eso no es veneno. Además, ya he bloqueado la caja, sin saber ni cómo –da un vistazo alrededor y añade— Ahora me fumaría un cigarrito. Desde las cuatro que ni un poquito de veneno, más de tres horitas ya. Tú, ¿ fumas?
La clienta niega con la cabeza, sus maxilares superiores rehusan distanciarse de su compañero inferior, y la cajera aprovecha el silencio para disertar sobre lo difícil que resulta dejar de fumar.  Se muestra tan ajena a las oleadas de exasperación y resignación que mecen a la parroquiana que yo observo la escena sumergida entre las oleadas de atribuirle estupidez y egoísmo a la empleada. Por fin llega la supervisora, teclea un código y, solucionado el problema, se va sin más comentarios.
—No tiene un mal día, no. Así son sus días, puro veneno. Digo yo que si estamos aquí metidas ocho horitas, sin tan solo saber si ha refrescado ahí  afuera, ¿por qué no hacer la estancia un poco más agradable?  Por cierto, ¿llovía todavía cuando entraste?
La mujer frunce el entrecejo, vacila. Después mira por primera vez a los ojos de la cajera e informa en tono afable que apenas caían cuatro gotas.
—Pues menos mal. Ciento treinta euros serán. ¿Lo ves? Si vinieses cada semana no te pegarían este sablazo, puro veneno.  De paso me alegrarías la tarde, aire fresco para mí –y sonríe; con el cambio en la mano, pero retrasando el momento de entregarlo, añade—.  Y no te irás sin que te lo diga yo, los vaqueros esos que llevas te caen que ni pintados —la otra le agradece el cumplido con una risa tacaña—. Lástima de la casaca.

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