Fernando Morote

Irrumpe en mi salón, desde un lugar solitario, con las manos ocultas en los bolsillos de la falda. Toma asiento en una mesa pegada a la ventana. Extrae los dedos y los estira. Desinfecto sus uñas con un bactericida, las froto suavemente con una bolita de algodón y las seco con una servilleta de papel. Aplico sobre la superficie unas gotas de crema hidratante. Con el alicate recorto las pielecillas que sobran. Le doy a escoger entre esmalte o pintura acrílica. Empleo un pincel fino para realizar el diseño de lunares y estrellas que tanto le gusta. Entonces la llevo a la silla de pedicuría. De una patada estampa sus sandalias en la pared. Ni un solo callo en sus maravillosos pies. Activo el flujo sanguíneo a base de flexiones y presiones circulares. Está lista para el masaje. La desnudo entera y la tiendo boca abajo sobre la camilla. Sólo por solvencia profesional cubro su espalda con una toalla blanca. Sus axilas rasuradas estimulan el tratamiento. Una sucesión de roces, fricciones y pellizqueos la ponen a saltar como un corcel encabritado. El silbido agudo de una trompeta suena en el fondo de la noche.
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