Willy Uribe
Yasín encontró todos esos libros de la colección RTV en la basura y los llevó al bar de Abdel para que Kamahl montara una balda al final del local, junto al retrete, y la gente que lo deseara pudiera leer un poco.
-Oye Willy, ¿has visto nuestra biblioteca? – me preguntó Ibrahim.
-Una idea cojonuda.
-Puedes coger el que quieras.
-Es que ahora no tengo ganas de cagar, Ibrahim.
-No seas imbécil, puedes llevarlo a casa, si quieres.
Cogí El espectador, una recopilación de breves crónicas y ensayos de Ortega y Gasset, y comencé a leerlo en la barra de aquel garito de bereberes agnósticos, nobles y hedonistas. Seleccioné el capítulo titulado Ideas sobre Pío Baroja. Al cabo de unos minutos di con este párrafo correspondiente a El tablado de Arlequín (1904), ensayo escrito por el propio Pío Baroja:
No hay que respetar nada, no hay que aceptar tradiciones que tanto pesan y entristecen. Hay que olvidar para siempre los nombres de los teólogos, de los poetas, de todos los filósofos, de todos los apóstoles, de todos los mixtificadores que nos han entristecido la vida sometiéndola a una moral absurda. Tenemos que inmoralizarnos. El tiempo de la escuela ha pasado ya: ahora hay que vivir.
Cerré el libro y me quedé observando los grandes ojos oscuros de Ibrahim. Ha dejado el alcohol. Ahora es accesible, antes apenas podías cruzar con él un par de palabras.
-¿Es un buen libro? – me preguntó.
-Sí. De los que te dejan pensando un buen rato… oye, Ibrahim, ¿hace cuánto tiempo que no ves a tu familia?
Ibrahim lanzó una tenue sonrisa que nada tenía que ver con la añoranza, sino con el futuro.
– La veo a diario, hermano, a diario.
Y colocando la mano derecha sobre su corazón, me invitó a otra cerveza.
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Willy Uribe (Bilbao, 1965) es artífice de una de las obras más sustantivas de la nueva narrativa en español. No dejan duda de lo que decimos títulos como Cuadrante las planas (novela que aporta un giro de vanguardia a la novela negra; finalista del premio Tusquets 2010), y su reciente Los que hemos amado.

