Mac Inculking
Quienes me conocen saben qué fácil me es dejarme contaminar. Todo se me pega, y no porque sea una víctima de las modas, que esa es otra enfermedad distinta. Me pasa que veo a mi alrededor, y acabo viendo como ellos, los que me rodean. Me solidarizo con lo que otros sienten. Y me siento con ellos, a empatizar las tardes enteras.
Libre y sanamente: me identifico.
Ahora estoy de #acampada. El asunto de las acampadas está llamado a ser el primer movimiento revolucionario de la era afterpop. Y yo que soy fácilmente contaminable, lo viviré, lo he vivido y lo estoy viviendo sin parar un punto. Contribuyo a la revolución intelectual, que es la que está más deshabitada, y para eso me he identificado con las acampadas proponiendo un hashtag para twitter que está llamado a ser el trending topic de los próximos meses: #AcampadaLittleEditors. Tomen nota.
La prehistoria del movimiento que yo encabezo se puede revisar aquí, donde Vicente Luis Mora, ya en 2008, llamaba la atención sobre los pasos silenciosos, pero seguros, con que los pequeños editores iban acechando a esos capitalistas de las torres de tochos chillones inundando las librerías. Eran pocos hace unos años, y lo tenían todo pequeño: el despacho, el catálogo, la cuenta corriente, incluso la perspectiva de crecimiento. Y no es un chiste. Editores pequeños no es una anfibología en la cabeza de un editor de cuentos espumantes, aunque ese caso también sea el de un gran pequeño editor. Reitero que ya por entonces se hacía notar una fuerza subterránea de editores dispuestos a todo, dando la cara por autores a quienes nadie podía publicar sin cosechar pérdidas, con el considerable flujo bursátil a la baja que el intento conllevaría, y que sin duda hubiera precipitado la caída de Lehman Brothers y secuaces, y a la larga, la de Grecia, Irlanda, Islandia y Zapatero.
Dijeron los grandes: no pasarán. Entonces la locomotora del consumo iba a todo vapor, y hasta las consejerías de Educación les aflojaban cheques suculentos para que siguieran su rutina de crecimiento. Pero los editores pequeños, y otros más pequeños aún dijeron vamos a intentarlo. Y un año después leí esto en The World, ese periódico amigo de indagar en conspiraciones de largo recorrido, y dije esto va en serio. El asunto ya lo investigan las huestes de S. Pedro. Ese año el premio nacional de fomento de la lectura se lo llevó un grupo de editoriales pequeñas, canijas, vamos, y yo dije cómo mola. Pero con lo que leí y razoné, columbré que no estaba claro del todo el asunto. Valoré que el artículo lo publicaba The World, y eso siempre me levanta discrepancias íntimas. Valoré que el ministro de Cultura de entonces era un capullo con insignia, y ejercía como tal. Pensé que DVD, o Lengua de Trapo, o Ediciones Irreverentes llevaban más de una década desenterrando nombres oscuros que firmaban novelas brillantes, y sin embargo ni aquel año ni ningún otro les daban ni una propina, ministerialmente parlando. Valoré además que las editoriales que acababan de crearse y ya recibían un premio nacional debían de ser las editoriales de unos primos no lejanos, denotativamente parlando.
Ya en época reciente, poco antes de que me decidiera a montar mi acampada en defensa de Editores Pequeños, un gigante empresarial y editorial-con-prisa-por-no-hundirse le hacía mimos a las editoriales minúsculas con un artículo chachi. Este. Me emocionó. Hay confesiones de amor en esas líneas dignas de una peli con buenos buenos que mandan al carajo a sus jefes superiores (que ni son buenos ni listos ni patriotas). Y los héroes modernos son todo eso de golpe, y además buenos padres. Y no fuman. Está bien. Alpha Decay ha comenzado a editar a lo bizarro, como era de esperar de una editorial con ese nombre. Está abriendo fuego en una línea interesante. Errata Naturae le sigue en el empeño. Blackie Books cierra una terna de editoriales que, ohmaygod, se atreven incluso a compartir cama en la Feria del Libro de estos días en la capital del Reino de las Acampadas. Mola. Esto es indie editorial, colijo: y me engolosino.
Sin embargo me asusta que, incluso entre estos chicos jóvenes, el número de traducciones vaya porcentuando al alza. O sea, que la alternativa editorial de la revolución #LittleEditors no es toda luz, y viene de serie con una quinta columna que desconcierta. Sergio Gaspar, de DVD, reconocía que era mucho menos arriesgado y más rentable editar traducciones, incluso de autores under o anti, que sacar del subsuelo buenos autores de aquí. Hoy mismo, a Manuel Vilas se le ha escapado un FB diciendo que maldita la hora en que nació en España, porque aquí no lo pueden traducir. Es más fácil en España ser traducido que publicado, claro. Y de ahí a que te hagan la ola sólo hay por medio un aterrizaje en Barajas y una rueda de prensa en un hotel molón. Así sí que puedes ser hipster, o lo que te salga. Y con respeto.
En este estado de cosas, mi acampada de momento va a ser virtual. La razón es evidente: leer con el culo en una colchoneta me mata. Pero este movimiento 2.0 de #democracialiteraria en esta #AcampadaLittleEditors tiene que ser oído, y os invito a secundar la acción. Si la crisis ha hecho zozobrar a unos cuantos neoliberales de la imprenta, ¿no vamos a aplaudir a esos pocos que se atreven a editar bajo una carpa demasiado frágil, y amenazados por la llegada inminente del desalojo? La creatividad, el desparpajo, las nuevas reglas las ponen éstos, a los que sin dudarlo hay que apoyar. Y vigilar: también hay que exigirles que estén atentos a la nueva generación de autores que va emergiendo, y que empieza a rayar muy alto.
La mínima expresión editorial se llama Willy Uribe. Vale de ejemplo. Publicó con neoliberales de la edición una historia que habría arrasado en medio mundo si hubiesen tenido nombre neoyorquino, él y su novela. Les hablo de Cuadrante las planas, una novela que leí recientemente y que aún me mantiene en estado de shock. Hostia, y cómo escribe el Uribe. Se darán de tortas en los despachos por sacar la siguiente y duplicar el gasto en promoción, pensaba yo. Pero no. Los de Truquets le dijeron que no molaba nada la novela. Los números, querían decir. Que habían visto que los dos ejemplares de media que debía de haber en cada librería seguía sin venderse, bajo una tonelada de libros de Kelofollen, que es un tío que sí que hace subir el Nasdaq a través de los número del Amazon. Que tomara nota de lo que había que hacer para vender libros, le dijeron. Y va el Uribe y se toma la cosa como un buen bilbaino, y los manda a mamarla. Menudo: escribe bien, y piensa con agilidad. Ahora tiene su propia editorial, donde publica las pequeñas joyas que a los demás les parecen de baratillo. Se llama La circular Ediciones, para quien quiera saber de él.
Y cuando voy a echar el cierre de este artilugio panfletario, me llega por detrás (siempre por detrás, me descorazono) el agudo impacto de un nuevo dardo: la Semana Negra de Gijón, amenazada de muerte. Por si no había suficientes motivos para fundar la #AcampadaLittleEditors. ¿Van a necesitar más motivos para acamparse?
Están invitados, y estamos abiertos de ideas. Puede haber asambleas si así se considera, aunque yo voto más por la ingesta de cerveza, que desinhibe. Las revoluciones, incluso en sus detalles, deben mantener la estética del artista subversivo. Y la subversión es el estado propio de la gente que mueve el arte.
Los grandes, incluso entre los editores, tienen pasta a rabiar. Pero carecen de estética.
