La gente del abismo (V)

Jack London










15. La Esposa del Mar

Esos mentecatos campesinos que, en todo el mundo,
mantienen a los potentados en sus tronos, exaltan a los
hombres de Estado, proporcionan a los generales
victorias duraderas, y todo ello con su ignorancia, su
indiferencia o su estúpido odio, moviendo el mundo
con la fuerza de sus brazos y recibiendo coscorrones
en nombre de Dios, del rey o de la bolsa…, unos
asnos inmortales, fantasiosos e incorregibles, que
renuncian a su razón para entregársela a un títere
relamido y convencen a un pelele para que lleve sus
vidas en el billetero.
STEPHEN CRANE

Nunca imaginaría uno encontrar a la Esposa del Mar en el corazón de Kent, pero allí fue donde la encontré yo, en una calle miserable de la depauperada zona de Maidstone. No tenía en la ventana ningún letrero que dijera que alquilaba habitaciones, y fue necesario convencerla para que me dejara dormir en su sala de estar. Por la noche bajé a la cocina que estaba en el sótano y hablé con ella y con su anciano marido, llamado Thomas Mugridge.

Y mientras hablábamos, todas las sutilezas y complejidades de aquella tremenda civilización industrial se desvanecieron. Tuve la impresión de atravesar la piel y la carne de dicha civilización hasta llegar a su alma desnuda, y en Thomas Mugridge y su mujer encontré la esencia misma de aquella notable estirpe inglesa. Hallé en ellos ese espíritu viajero que llevó a los hijos de Albión a recorrer el mundo; y descubrí también la enorme insensatez que ha conducido a los ingleses a participar en tantas peleas estúpidas y luchas ridículas, así como la obstinación y terquedad que, a ciegas, los han llevado hasta el imperio y la grandeza; y descubrí también ese profundo e incomprensible estoicismo que ha permitido a la población subsistir bajo todas esas cargas, afanarse sin queja alguna durante los años malos y entregar con resignación al mejor de sus hijos para combatir y colonizar en los confines de la tierra.

Thomas Mugridge tenía setenta y un años y era un hombre menudo. Su baja estatura era la razón de que no se hubiera hecho soldado. Se había quedado en su casa y había trabajado. Sus primeros recuerdos estaban relacionados con el trabajo. No conocía otra cosa. Había trabajado toda la vida y con setenta y un años seguía trabajando. Todas las mañanas se despertaba con el canto de la alondra y salía al campo a faenar, porque había nacido para ello. La señora Mugridge tenía setenta y tres años. Desde los siete trabajaba en el campo, al principio haciendo el trabajo de un muchacho y, más tarde, el de un hombre. Ahora, también ella seguía trabajando, limpiaba la casa, lavaba, guisaba, y, desde mi llegada, cocinaba además para mí, y hacía que me sintiera avergonzado por hacerme la cama. Después de más de sesenta años de trabajo, la pareja no poseía nada ni tampoco tenía otra perspectiva de futuro que la de seguir trabajando. Y eran felices así. No esperaban nada ni deseaban nada más.

Llevaban una vida sencilla. Tenían prácticamente todo lo que querían: una pinta de cerveza para beber a sorbos al final de la jornada en la cocina del sótano; un semanario que leer atentamente durante siete noches seguidas y una conversación tan meditabunda y abstraída como el rumiar de una ternera. Un grabado en madera colgaba de la pared, con la imagen de una niña angelical, bajo la cual podía leerse: «Nuestra futura reina». Y al lado una litografía de vivos colores en la que una señora corpulenta y anciana los miraba; debajo podía leerse: «Nuestra Reina: Jubileo de Diamante».

—No hay nada más dulce que lo que se gana —dijo la señora Mugridge cuando le insinué que quizá era hora de descansar un poco.
—No, y tampoco queremos ayuda —dijo Thomas Mugridge cuando le pregunté si sus hijos les echaban una mano.
—Seguiremos trabajando hasta que nos quedemos sin fuerzas, madre y yo —añadió. Y la señora Mugridge movió la cabeza en señal de asentimiento.

Quince hijos había tenido la mujer, y todos se habían marchado o habían muerto. La «pequeña», sin embargo, que tenía veintisiete años, vivía en Maidstone. En el momento en que se casaban, los hijos se ocupaban de sus familias y sus problemas, tal como les había pasado antes a sus padres.

¿Dónde vivían sus hijos? Uy, dónde no vivían. Lizzie estaba en Australia; Mary en Buenos Aires; Poll en Nueva York; Joe había muerto en la India; y así los repasaron a todos, a los vivos y a los muertos, al soldado y al marinero, y a la mujer de colono, para ilustrar al viajero que ahora tenían sentado en su cocina.

Me mostraron una fotografía, un jovencito pulcro con uniforme de soldado.

—¿Y qué hijo es éste? —les pregunté.

Los dos rieron al unísono. ¡Hijo! No, nieto, recién llegado del servicio en la India como soldado corneta del rey. Su hermano estaba con él en el mismo regimiento. Y así seguía la estirpe: hijos e hijas, nietos y nietas, trotamundos y constructores del imperio, todos ellos, mientras los ancianos se quedaban en casa trabajando también por la construcción del imperio.

Vive en Northern Gate una esposa
y bien acaudalada que es;
cría una estirpe de viajeros
y los embarca a la mar.
y algunos se ahogan en aguas profundas,
y otros a la vista de la costa;
y la cansada esposa se entera
y ella envía siempre más.

Pero a la Esposa del Mar ya no le queda a quién criar. El linaje está llegando a su fin y el planeta está colmado. Tal vez las esposas de sus hijos continúen la progenie, pero su trabajo ya ha concluido. Los antiguos hombres de Inglaterra son ahora los hombres de Australia, de África y de América. Inglaterra lleva tanto tiempo mandando a «sus mejores hijos» a otros lugares, y destruyendo con tanta ferocidad a quienes permanecieron en ella, que poco le queda por hacer a la mujer, salvo pasarse las largas noches sentada contemplando la realeza que cuelga de su pared.

El auténtico marino mercante inglés ya no existe. La marina mercante ya no es un caladero de lobos de mar como los que lucharon con Nelson en Trafalgar y en el Nilo. Hoy en día, la tripulación de los buques mercantes está formada principalmente por extranjeros, aunque los oficiales siguen siendo ingleses y continúen prefiriendo que los extranjeros hagan el trabajo duro. En Sudáfrica, el colono enseña a disparar al isleño, y los oficiales yerran el tiro y meten la pata; mientras, en la madre patria, la gente de la calle se dedica a manifestarse con histerismo, y el Ministerio de Guerra reduce la estatura mínima requerida para alistarse.

No podría ser de otra forma. Ni el probritánico más complaciente puede esperar que el pueblo se sustente de su propia sangre, mal alimentado, y aguante así eternamente. Mujeres como la de Thomas Mugridge han sido desterradas de la ciudad y ya no crían más que unos hijos anémicos y enfermizos que no pueden alimentar. La fuerza de la raza anglófona actual ya no está en esa isla diminuta, sino en el Nuevo Mundo de ultramar, donde viven los hijos e hijas de la señora de Thomas Mugridge. La Esposa del Mar de Northern Gate ya ha terminado su cometido en el mundo, aunque no sea consciente de ello. Ahora le toca sentarse y dejar descansar un rato su fatigado cuerpo; y si no la aguardan el albergue temporal y el asilo para pobres, será gracias a los hijos e hijas que ha criado a pesar de su debilidad y deterioro.


16. Propiedad versus persona

Los derechos de la propiedad han ganado tanto terreno
que los derechos de la comunidad prácticamente han
desaparecido, y no es una exageración decir que la
prosperidad, la comodidad y la libertad de una gran
parte de la población se han puesto a los pies de un
reducido número de propietarios, que no trabajan ni
han trabajado nunca.
JOSEPH CHAMBERLAIN

En una civilización abiertamente materialista y basada en la propiedad y no en el espíritu, es inevitable que se exalte a la propiedad por encima del espíritu, y que los delitos contra ésta se consideren mucho más graves que los delitos contra la persona. Moler a palos a tu mujer y romperle unas cuantas costillas es una falta trivial, comparado con dormir al raso porque no tienes dinero para pagarte un albergue. El tipo que roba unas cuantas peras de una poderosa compañía ferroviaria representa una amenaza mayor para la sociedad que el joven brutal que agrede sin motivo alguno a un anciano de más de setenta años. La jovencita que alquila una habitación fingiendo que tiene un empleo está cometiendo un delito tan grave que, si no se la castiga con severidad, ella y los suyos podrían echar por tierra todo el tejido social. En cambio, si se hubiese paseado impúdicamente por Piccadilly y por el Strand después de medianoche, la policía no le habría puesto ninguna objeción y habría podido pagarse la habitación.

Los siguientes casos son ilustrativos y se han extraído de los informes de los juzgados municipales de una sola semana:


Juzgado municipal de Widnes. Presiden los ediles Gossage y Neil. Thomas Lynch, acusado de embriaguez, alteración del orden público y agresión a un agente de policía. El acusado liberó a una mujer que estaba bajo custodia policial, propinó patadas al agente y lo apedreó. Multado con 3 chelines y 6 peniques por ser su primer delito, y con 10 chelines y costas por la agresión al policía.

Juzgado municipal de Queen’s Park, Glasgow. Preside el magistrado Norman Thompson. John Kane se declara culpable de agredir a su mujer. Tiene cinco condenas anteriores. Multa de 2 libras y 2 chelines.

Juzgado de Primera Instancia del Condado de Taunton. John Painter, un tipo grande y corpulento, definido como jornalero, se le acusa de agredir a su mujer. La mujer presentaba moratones en ambos ojos y la cara completamente hinchada. Multa de 1 libra con 8 chelines, costas incluidas, y la obligación de mantener la paz.

Juzgado municipal de Widnes. Richard Bestwick y George Hunt, acusados de cazar en una propiedad privada. Multa de 1 libra y costas para Hunt, y de 2 libras y costas para Bestwick; y si no pueden pagar, un mes de prisión.

Juzgado municipal de Shaftesbury. Preside el alcalde (señor A. T. Carpenter). Thomas Baker, acusado de dormir al raso. Catorce días de reclusión.

Juzgado municipal central de Glasgow. Preside el magistrado Dunlop. Edward Morrison, menor de edad, encarcelado por robar quince peras de un camión en la estación de ferrocarriles. Siete días de reclusión.

Juzgado municipal del distrito de Doncaster. Presiden el edil Clark y otros magistrados. James M’Gowan, acusado según la Ley de Prevención de la Caza Furtiva de estar en posesión de material de caza furtiva y de varios conejos. Multa de 2 libras y costas, o bien un mes de reclusión.

Juzgado de distrito de Dunfermline. Preside el alguacil Gillespie. John Young, trabajador de bocamina, se declara culpable de agredir a Alexander Storrar, golpeándolo con los puños en la cabeza y en el cuerpo, de arrojarlo al suelo y también de golpearlo con un puntal. Multa de 1 libra.

Juzgado municipal de Kirkcaldy. Preside el magistrado Dishart. Simon Walker se declara culpable de agredir a un hombre golpeándolo y abatiéndolo al suelo. Se trata de una agresión sin motivo, y el magistrado declara que el acusado es un grave peligro para la comunidad. Multa de 30 chelines.

Juzgado municipal de Mansfield. Presiden el alcalde y los señores F. J. Turner, J. Whitaker, F. Tidsbury, E. Holmes y el doctor R. Nesbitt. Joseph Jackson, acusado de agredir a Charles Nunn. Sin motivo alguno, el acusado le asestó al demandante un violento golpe en la cara que lo derribó al suelo y luego le propinó varios puntapiés en la cabeza. El demandante quedó inconsciente y tuvo que recibir tratamiento médico durante dos semanas. Multa de 21 chelines.

Tribunal del distrito de Perth. Preside el alguacil Sym. David Mitchell, acusado de caza furtiva. Hay dos condenas previas, la última de hace tres años. Se solicita al alguacil que trate con indulgencia al acusado, por tener sesenta y dos años de edad y porque no ofreció resistencia al guardabosques en el momento de la detención. Cuatro meses de reclusión.

Tribunal del distrito de Dundee. Preside el honorable alguacil sustituto R. C. Walker. John Murray, Donald Craig y James Parkes, acusados de caza ilegal. Se condena a Craig y Parkes a pagar una multa de 1 libra cada uno o bien a catorce días de prisión; Murray, al pago de 5 libras o un mes de prisión.

Juzgado municipal del distrito de Reading. Presiden los señores W. B. Monck, F. B. Parfitt, H. M. Wallis y G. Gillagan. Alfred Masters, de dieciséis años, acusado de dormir al raso en un descampado y de no tener medios visibles de subsistencia. Siete días de prisión.

Tribunal de Primera Instancia de la ciudad de Salisbury. Presiden el alcalde y los señores C. Hoskins, G. Fullford, E. Alexander y W. Marlow. James Moore, acusado de robar un par de botas del escaparate de una tienda. Veintiún días de prisión.

Juzgado municipal de Horncastle. Presiden el reverendo W. P. Massingberd, el reverendo J. Graham y el señor N. Lucas Calcraft. George Brackenbury, joven trabajador, condenado por lo que los magistrados califican de agresión brutal y sin motivo alguno a James Sargeant Foster, de más de setenta años de edad. Multa de 1 libra, 5 chelines y 6 peniques, más costas.

Tribunal de Primera Instancia de Worksop. Presiden los señores F. J. S. Foljambe, R. Eddison y S. Smith. John Priestley, acusado de agredir al reverendo Leslie Graham. El acusado, que estaba borracho, llevaba un cochecito de niño y lo arrojó contra un camión, provocando que el cochecito volcara y la criatura saliera despedida. El camión pasó por encima del cochecito pero la criatura salió ilesa. Seguidamente el acusado agredió al conductor del camión y después al demandante, por recriminarle su conducta. Como consecuencia de las heridas infligidas por el acusado, el demandante tuvo que acudir al médico. Multa de 40 chelines y costas.

Juzgado municipal de Rotherham (West Riding). Presiden los señores C. Wright y G. Pugh y el coronel Stoddart. Benjamin Storey, Thomas Brammer y Samuel Wilcock, acusados de caza furtiva. Un mes de prisión para cada uno.

Juzgado municipal del condado de Southampton. Presiden el almirante J. C. Rowley, el señor H. H. Culme-Seymour y otros magistrados. Henry Thorrington, acusado de dormir al raso. Siete días de prisión.

Juzgado municipal de Eckington. Presiden el alcalde L. B. Bowden, los señores R. Eyre y H. A. Fowler y el doctor Court. Joseph Watts, acusado de robar nueve helechos de un jardín. Un mes de prisión.

Juzgado de Primera Instancia de Ripley. Presiden los señores J. B. Wheeler, W. D. Bembridge y M. Hooper. Vincent Allen y George Hall, acusados según la Ley de Prevención de la Caza Furtiva de estar en posesión de varios conejos, y John Sparham, acusado de complicidad. A Hall y Sparham se les impone una multa de 1 libra y 17 chelines, y a Allen, de 2 libras, 17 chelines y 4 peniques, costas incluidas; al no poder pagar, a los primeros se les impone catorce días de prisión, y al último, un mes.

Juzgado municipal del sudoeste (Londres). Preside el señor Rose. John Probyn, acusado de causar graves daños corporales a un agente. El prisionero había propinado patadas a su esposa y agredido también a otra mujer por recriminarle su brutalidad. El agente intentó convencerlo de que entrara en su casa, pero el prisionero, de improviso, se volvió contra él, lo derribó de un golpe en la cara, le propinó puntapiés cuando el agente estaba en el suelo y trató de estrangularlo. Por último, el acusado dio una patada al agente en una parte delicada del cuerpo, causándole una lesión que le impedirá trabajar durante una larga temporada. Seis semanas de prisión.

Juzgado municipal de Lambeth (Londres). Preside el señor Hopkins. «Baby» Stuart, de diecinueve años, descrita como corista, acusada de conseguir comida y habitación por valor de 5 chelines, mediante engaños y con la intención de estafar a Emma Brasier, la demandante y propietaria de una pensión en Atwell Road. La acusada ocupó una habitación de la pensión alegando que trabajaba en el Crown Theatre. Después de que la acusada se alojara en su pensión dos o tres días, la señora Brasier hizo sus indagaciones, descubrió que la historia de la joven era falsa y la entregó a las autoridades. La acusada les contó a los magistrados que habría trabajado si no estuviera tan mal de salud. Seis semanas de trabajos forzados.


17. Ineficacia

Prefiero morirme en espacio abierto y bajo el cielo
azul. Prefiero morir de hambre al aire fresco, o
ahogarme en el mar embravecido, o vivir una sola
hora feroz y orgullosa de batalla y luego encajar la
bala, que vivir como un bruto en un espantoso infierno
y exhalar mi último suspiro en el jergón de un pobre.
ROBERT BLATCHFORD

Me detuve un momento a escuchar una discusión en el paseo de Mile End Waste. Era de noche y eran todos trabajadores de la mejor clase. Habían rodeado a uno de ellos, un hombre de unos treinta años y rostro afable, y se estaban ensañando de mala manera con él.

—Pero ¿qué pasa con esta escoria de inmigrantes de aquí? —le preguntó uno—. Mira a los judíos de Whitechapel, que intentan rebanarnos el cuello.
—No podéis culparlos a ellos —contestó él—. Son iguales que nosotros y también tienen que vivir. No culpéis al hombre que se presta a trabajar por menos dinero que vosotros y os quita el empleo.
—¿Y qué pasa con mi mujer y los críos? —le preguntó otro.
—Aquí lo tienes —respondió—. ¿Qué pasa con la mujer y los críos del hombre que trabaja por menos que tú y se queda con tu empleo? A él le preocupan más los suyos que los tuyos, y no está dispuesto a verlos pasar hambre. Así que rebaja el precio de su trabajo y tú te vas a la calle. Pero no puedes culparlo a él, pobre diablo. No es culpa suya. Cuando dos hombres van a por el mismo trabajo, los salarios siempre bajan. La culpa es de la competencia, no del hombre que rebaja el precio.
—Pero los salarios no bajan cuando hay un sindicato —le replicó.
—Ahí está, has dado en el clavo. El sindicato controla la competencia entre trabajadores, pero pone las cosas más difíciles en donde no lo hay. Y ahí es donde entra la mano de obra barata de Whitechapel. Son trabajadores no cualificados, no tienen sindicatos y se rebanan el cuello los unos a los otros, y a nosotros de paso, a menos que tengamos un sindicato fuerte.

Sin profundizar demasiado en esta cuestión, aquel hombre de Mile End Waste puso en evidencia que cuando dos hombres persiguen el mismo trabajo, los sueldos acaban bajando. Sin embargo, si hubiera profundizado más en ella, habría descubierto que ni siquiera un sindicato con veinte mil hombres podría mantener los salarios si hubiera otros veinte mil hombres desempleados intentando quitarles el puesto a los del sindicato. Un buen ejemplo de ello es el reciente regreso y la desbandada de los soldados procedentes de Sudáfrica. Decenas de miles de ellos se encuentran en situación desesperada, engrosando las filas de la tropa de los desocupados. En todo el país se está produciendo un descenso generalizado de los salarios que genera conflictos laborales y huelgas, lo que supone una ventaja para los desempleados que recogen, gustosos, las herramientas abandonadas por los huelguistas.

Sudor, sueldos míseros, ejércitos de desocupados y enormes cantidades de gente sin hogar y sin techo son consecuencias inevitables cuando hay más hombres intentando trabajar que empleos. Los hombres y mujeres a los que he podido conocer en las calles, en los albergues y en las sopas bobas no están ahí por qué ese modo de vida pueda considerarse precisamente un «chollo». Ya he descrito suficientemente las penurias que padecen como para dejar constancia de que su existencia no tiene nada de «chollo».

Basta con hacer un simple cálculo para ver que aquí, en Inglaterra, es más soportable trabajar por veinte chelines semanales (cinco dólares), tener comida con regularidad y una cama por las noches, que verse obligado a vivir en la calle. La gente que vive en la calle sufre más y trabaja más a cambio de menos. Ya he descrito cómo transcurren las noches, cómo, espoleados por el agotamiento, acuden al albergue temporal para poder «descansar». Pero tampoco el albergue temporal es ningún chollo. Deshebrar cuatro libras de estopa, partir doce quintales de piedra o llevar a cabo tareas completamente repugnantes a cambio de una mísera comida y alojamiento, es una locura por parte de quienes se avienen a ello. Por lo que respecta a las autoridades, es un auténtico robo. Les dan a los hombres mucho menos por su trabajo que los patronos capitalistas. Con el salario que recibirían de una empresa privada por el mismo trabajo podrían aspirar a mejores camas, mejor comida, mejor ánimo y, sobre todo, a una mayor libertad.

Como decía, frecuentar los albergues es una locura para cualquier hombre. Y prueba de ello es que quienes acuden a él lo evitan hasta que están físicamente exhaustos. ¿Por qué lo hacen entonces? No porque sean trabajadores desalentados; la verdad es otra muy distinta: porque son vagabundos desalentados. En Estados Unidos el vagabundo es casi siempre un trabajador desalentado. Vagar por el mundo le resulta una forma de vida más amable que trabajar. Pero no sucede lo mismo en Inglaterra. Allí los poderes hacen lo que pueden para disuadir al vagabundo o al trotamundos, que, a decir verdad, es una criatura tremendamente desalentada. Sabe que con dos chelines al día, que son sólo cincuenta centavos, puede conseguir tres buenas comidas y una cama para dormir y aún le sobrará un par de peniques en el bolsillo. Siempre preferirá trabajar por esos dos chelines que la caridad del albergue temporal; porque sabe que no tendrá que trabajar tan duramente y que no recibirá un trato tan humillante. Si no lo hace es porque hay más hombres con ganas de trabajar que trabajo.

Y cuando sucede que hay más hombres con ganas de trabajar que trabajo, termina por imponerse un proceso de criba. En todos los sectores de la industria se excluye a los menos productivos. Excluidos por su ineficacia, esos hombres no pueden ascender, sino descender y seguir descendiendo hasta alcanzar el nivel que les corresponde, un lugar del entramado industrial donde puedan ser eficaces. En consecuencia, y esto es inexorable, los menos productivos descenderán hasta lo más bajo, a las profundidades, donde perecerán miserablemente.

Un simple vistazo a los ineficaces confinados en lo más bajo sirve para confirmar hasta qué punto están hundidos física y moralmente. La excepción son los recién llegados que apenas han iniciado ese proceso que les conducirá a la ruina. Debemos recordar que todas las fuerzas que intervienen aquí son destructivas. El cuerpo en plena forma (que se encuentra en ese lugar porque su cerebro no es ágil ni capaz) es rápidamente doblegado y deformado; la mente clara (que está allí debido a la debilidad del cuerpo) es rápidamente mancillada y contaminada. La mortalidad es excesiva, pero aun así padecen unas muertes muy agónicas.

Aquí tenemos, pues, la construcción del Abismo y del desastre. En todo el tejido industrial se lleva a cabo un proceso de eliminación constante. Los improductivos son expulsados y arrojados hacia abajo. La ineficacia puede deberse a varios factores. El mecánico que es irregular o irresponsable en su trabajo se hundirá poco a poco hasta que encuentre su lugar, de temporero por ejemplo, una ocupación temporal por naturaleza, en que la responsabilidad es poca o ninguna. Aquellos que son lentos o torpes, que padecen debilidad física o mental, o carecen de aguante corporal, mental o nervioso, están condenados a hundirse hasta el fondo, a veces con rapidez, otras de manera gradual; del mismo modo que un trabajador eficiente, si sufre un accidente que lo incapacite, se verá abocado hacia el fondo, y que aquel que envejece y le fallan las fuerzas y se le embota el cerebro iniciará el aterrador descenso que no conoce otro final que las profundidades y la muerte.

En ese sentido, las estadísticas de Londres muestran una historia terrible. Los habitantes londinenses constituyen una séptima parte de la población total del Reino Unido y, en Londres, un año sí y el otro también, una de cada cuatro personas mayores muere al amparo de la caridad pública, ya sea en el asilo para pobres, en el hospital o en el manicomio. Si tenemos en cuenta que la gente pudiente no corre esa suerte final, se pone en evidencia que morir al amparo de la caridad pública es el destino de, por lo menos, uno de cada tres trabajadores adultos.

Para ilustrar cómo un buen trabajador puede volverse ineficaz de improviso, y de lo que le sucede entonces, me siento tentado a contar el caso de M’Garry, un hombre de treinta y dos años e interno del asilo para pobres. El siguiente fragmento es un extracto del informe anual del sindicato:


Yo trabajaba en la fábrica de Sullivan, en Widnes, más conocida como la British Alkali Chemical Works. Trabajaba allí en un cobertizo y tenía que cruzar el patio. Eran las diez de la noche y no había luz. Mientras atravesaba el patio sentí que algo me agarraba la pierna y me la arrancaba. Perdí el conocimiento. Durante un par de días no supe qué me había ocurrido. Recobré el conocimiento el domingo siguiente, por la noche, y me encontré en el hospital. Le pregunté a la enfermera qué me pasaba en las piernas y ella me dijo que había perdido las dos.
Había un cigüeñal fijo en el patio, encajado en el suelo; el agujero tenía medio metro de largo, cuarenta centímetros de profundidad y cuarenta de ancho. El cigüeñal giraba en el agujero a razón de tres revoluciones por minuto. El agujero no tenía valla de protección ni nada que lo cubriera. Desde mi accidente lo han inutilizado y han cubierto el agujero con una plancha de hierro. […] Me han dado veinticinco libras. No como indemnización, sino, como dijeron, como una obra de caridad. De esas veinticinco libras he pagado nueve por una silla de ruedas para poder desplazarme.
En el momento en que perdí las piernas estaba trabajando. Ganaba veinticuatro chelines semanales, bastante más que los demás, porque hacía varios turnos. Cuando había mucho trabajo me solían escoger a mí. El señor Manton, el encargado, me visitó varias veces en el hospital. Cuando ya me estaba recuperando, le pregunté si me podría encontrar un trabajo. Me dijo que no me preocupara, que en la empresa no eran unos desalmados. Y que en cualquier caso solucionarían mi situación. Pero el señor Manton dejó de visitarme, y la última vez me dijo que pensaba pedirle a la Dirección que me dieran un billete de cincuenta libras para que yo pudiera regresar a Irlanda con mis amigos.


¡Pobre M’Garry! Recibía una paga superior a la de los demás hombres porque era ambicioso y hacía turnos, y cuando había mucho trabajo lo elegían a él para que lo hiciera. Y entonces algo sucedió y él acabó en el asilo para pobres. La alternativa era volver a Irlanda y ser una carga para sus amigos durante el resto de sus días. Sin comentarios.

Hay que entender que la productividad no la determinan los propios trabajadores, sino la demanda de mano de obra. Si hay tres hombres que aspiran a un solo puesto, se lo quedará el más capacitado. Los otros dos, por muy capaces que sean, seguirán siendo ineficaces. Si Alemania, Japón y Estados Unidos se quedaran con todo el mercado mundial del acero, el carbón y los productos textiles, cientos de miles de trabajadores ingleses perderían sus empleos. Algunos emigrarían, pero el resto trasladaría su fuerza de trabajo a los otros sectores. El resultado sería una completa recolocación de los trabajadores; y cuando se restableciera el equilibrio, el número de improductivos del fondo del Abismo se habría incrementado en varios cientos de miles. Por otro lado, si las condiciones no cambiaran y los trabajadores doblaran su productividad, seguiría habiendo el mismo número de ineficaces, aunque cada uno de ellos sería el doble de capaz que antes y más capaz de lo que anteriormente fueron muchos eficaces.

Cuando hay más hombres con ganas de trabajar que empleos disponibles, aquellos a quienes no les llega el trabajo son ineficaces, y en calidad de ineficaces son condenados al ostracismo y a una penosa aniquilación. En los siguientes capítulos mostraré, a través de su trabajo y de su modo de vida, no sólo cómo esos hombres ineficaces son erradicados y destruidos, sino también cómo las fuerzas de la sociedad industrial actual se dedican a crear individuos ineficaces de forma constante e irresponsable.


18. Sueldos

Hay quien vende su vida por pan;
hay quien vende su alma por oro;
hay quien busca el fondo del río;
hay quien busca la puerta del asilo.
Así es la orgullosa Inglaterra,
donde el dinero hace su antojo;
la carne blanca se vende barata,
y las almas blancas más baratas todavía.
FANTASÍAS, ROBERT BLATCHFORD

Cuando supe que en el núcleo de Londres había 1 292 737 personas que ganaban semanalmente 21 chelines, o menos, por familia, quise saber en qué se gastaban las familias estos salarios para subsistir. Como las familias de seis, siete, ocho o diez miembros no me las podía plantear, he realizado la siguiente tabla, tomando como modelo una familia de cinco miembros: padre, madre y tres hijos; he determinado también que el equivalente a 21 chelines son 5,25 dólares; en realidad 21 chelines equivalen a 5,11 dólares.

Alquiler: 1,50 dólares
Pan: 1,00 dólares
Carne: 87 ½ cent.
Verduras: 62 ½ cent.
Carbón: 25 cent.
Té: 18 cent.
Aceite: 16 cent.
Azúcar: 18cent.
Leche: 12 cent.
Jabón: 8 cent.
Mantequilla: 20 cent.
Leña: 8 cent.
Página 121
Total: 5,25 dólares

El análisis de uno solo de estos productos mostrará el poco margen que hay para gastar. Pan, 1 dólar: para una familia de cinco miembros, durante siete días, un dólar de pan supone una ración diaria para cada miembro de 2 6/7 centavos; si comen tres veces al día, cada uno podrá consumir comida por valor de 9 1/2 milésimas de dólar, poco menos de un centavo. Y el pan es el producto más abundante. Les corresponde menos carne en la comida, y todavía menos verdura. Por lo que respecta a las partidas más pequeñas son demasiado insignificantes como para tenerlas en cuenta. Todos estos alimentos, además, se adquieren en pequeños establecimientos, que resultan ser los más caros.

Aunque los datos de la tabla que acabo de mostrar constatan que no se pueden permitir derroche alguno ni llenar en exceso el estómago, evidencian que tampoco sobra dinero. El importe íntegro de los 5,25 dólares es para comida y alquiler. No sobra nada. Si el hombre se bebe una jarra de cerveza, la familia ha de restarla de su comida; y si la familia come menos, eso perjudicará su rendimiento físico. Ninguno de sus miembros puede ir en ómnibus ni en tranvía, no puede escribir cartas, ir de excursión, asistir a un teatrillo para ver un vodevil barato, ni ser miembro de clubes sociales o benéficos ni tampoco comprar golosinas, tabaco, libros ni periódicos.

Y lo que es peor, si uno de los niños (y hay tres) necesita un par de zapatos, la familia eliminará la carne de su lista de gastos durante una semana. Y como hay cinco pares de pies que necesitan zapatos, y cinco cabezas que necesitan gorros, y cinco cuerpos que necesitan ropa, y como hay leyes que penalizan la falta de decoro, la familia deberá poner en peligro constantemente su rendimiento físico para no pasar frío y no acabar en la cárcel. Fijémonos en que, cuando se restan de los ingresos semanales el alquiler, el carbón, el aceite y el jabón, queda una asignación de 9 centavos al día por persona para comida; y de esos 9 centavos no se puede destinar ya dinero para comprar ropa si no es en detrimento del rendimiento físico.

Todo lo cual resulta ya muy duro de por sí. Pero entonces ocurre algo. Supongamos que el marido y padre se rompe una pierna o el cuello. Y dejan de llegar los 9 centavos diarios de comida por persona: dejan de llegar los 9 ½ milésimos de dólar por comida; y al final de la semana deja de llegar el 1,50 dólar de alquiler. Así que deben marcharse, a las calles o al asilo para pobres, o a algún agujero miserable donde la madre luchará desesperadamente por mantener unida a la familia con los 10 chelines que, quizá, pueda ganar.

A pesar de que en el núcleo central de Londres hay 1 292 737 personas que reciben 21 chelines semanales o menos por familia, es preciso recordar que hemos estudiado el caso de una familia de cinco miembros que vive con 21 chelines. Y hay familias más numerosas, y otras que viven con menos de 21 chelines, y hay mucho empleo temporal. Y como es natural, nos planteamos la pregunta: ¿cómo viven? La respuesta es que no viven. No saben qué es la vida. Llevan una existencia infrahumana hasta que la muerte acaba piadosamente con sus sufrimientos.

Antes de iniciar el descenso que nos conducirá a las simas más hediondas, mencionemos el caso de las telegrafistas. Se trata de lozanas y aseadas muchachas inglesas, para quienes es absolutamente necesario llevar un estilo de vida superior al de esas pobres bestias. En caso contrario, ya no pueden seguir siendo lozanas y aseadas doncellas inglesas. Cuando una telefonista empieza a trabajar cobra un salario semanal de 2,75 dólares. Si es lista y rápida, al cabo de cinco años puede cobrar un salario máximo de 5 dólares. Hace poco se le remitió a lord Londonberry una lista de los gastos semanales de esas muchachas:

Alquiler, fuego y luz: 1,87 ½ dólares
Comidas en la pensión: 87 ½ cent.
Comidas en la oficina: 1,12 ½ dólares
Transporte: 37 ½ cent.
Lavandería: 25 ½ cent.
Total: 4,50 dólares

Lo cual no deja nada para ropa ni ocio ni tampoco para una posible enfermedad. Y sin embargo, muchas de esas chicas no cobran 4,50 dólares, sino 2,75, 3 y 3,50 dólares por semana. Han de tener ropa y ocio, y:

Si a menudo el hombre es malo con el hombre, con la mujer lo es siempre.

En el congreso sindical que se celebró recientemente en Londres, el sindicato de trabajadores del gas propuso al Comité Parlamentario una ley que prohibiera el trabajo a los niños menores de quince años. El señor Shackleton, miembro del Parlamento y representante de los obreros textiles de los Condados del Norte, se opuso a la resolución en nombre de los trabajadores textiles, que, según dijo, no podían renunciar a lo que ganaban sus hijos y vivir sólo de sus sueldos. Votaron en contra de dicha resolución los representantes de 514 000 trabajadores, mientras que votaron a favor los representantes de 535 000. Cuando 514 000 trabajadores se oponen a una resolución que prohíbe el trabajo infantil por debajo de los quince años, es evidente que se están pagando unos salarios que resultan insuficientes para vivir a una gran mayoría de trabajadores adultos del país.

He podido hablar con mujeres de Whitechapel que cobran menos de 25 centavos por una jornada de doce horas en los talleres de mala muerte de corte y confección; y con mujeres que repuntan pantalones por el magnífico salario medio semanal de entre 75 centavos y 1 dólar.

Hace poco salió a la luz el caso de unos hombres, empleados de una poderosa firma de negocios, que recibían pensión completa y 1,50 dólares semanales a cambio de trabajar seis jornadas de dieciséis horas. Los hombresanuncio ganan 27 centavos diarios y se han de buscar la vida. Las ganancias medias semanales de los vendedores callejeros y verduleros ambulantes no superan los 2,50 o 3 dólares. El promedio de todos los trabajadores corrientes, salvo los estibadores, es de menos de 4 dólares por semana, mientras que los estibadores ganan una media de entre 2 y 2,25 dólares. Estos datos se han extraído del informe de una comisión real, y son fiables.

Imagínense a una anciana, deprimida y agonizante, que además de a sí misma, ha mantenido a sus cuatro hijos, pagando 75 centavos de alquiler semanal haciendo cajas de cerillas, a 4 centavos y medio las doce docenas; ¡4 centavos y medio doce docenas de cajas, y encima debe poner ella el hilo y el pegamento! Jamás se ha tomado el día libre, ni por enfermedad ni para descansar o distraerse. Cada día, incluidos los domingos, trabaja catorce horas. El resultado de su jornada de trabajo son ochenta y cuatro docenas de cajas, por las que se le pagan 31 centavos y medio. A lo largo de una semana de noventa y ocho horas de trabajo realiza 7066 cajas de cerillas y gana 2,20 dólares con medio centavo, de los que tiene que restar el importe del hilo y el pegamento.

El año pasado, el señor Thomas Holmes, famoso asistente social de los tribunales correccionales, después de escribir sobre las condiciones de las mujeres trabajadoras, recibió la siguiente carta, con fecha del 18 de abril de 1901:


Señor: perdone la libertad que me estoy tomando, pero después de leer lo que ha escrito usted sobre las mujeres pobres que trabajan catorce horas diarias por diez chelines semanales, quiero contarle mi caso. Soy costurera de corbatas, y con el trabajo de una semana entera no consigo ganar más de cinco chelines, y tengo que mantener a un pobre marido enfermo que lleva más de diez años sin ganar un penique.


¡Imaginen a una mujer capaz de escribir una carta tan clara y sensata y con tan buena gramática, teniéndose que mantener a ella misma y a su marido con 5 chelines (1,25 dólares) semanales! El señor Holmes fue a visitarla. Tuvo que encogerse para entrar en la habitación. Allí yacía el marido enfermo y allí trabajaba ella todo el día; allí cocinaba, comía, lavaba y dormía; y allí ella y su marido realizaban todas las funciones de la vida y de la muerte. No había ningún sitio para que el asistente social pudiera sentarse, salvo la cama, que estaba parcialmente cubierta de corbatas y telas de seda. El enfermo tenía los pulmones en la fase final de deterioro. Tosía y expectoraba continuamente, y la mujer interrumpía el trabajo para atenderlo. La pelusa que desprendía la seda de sus corbatas no beneficiaba precisamente a la enfermedad del hombre; tampoco su enfermedad era buena para las corbatas, ni para quienes manipularan y llevaran aquellas corbatas en el futuro.

Otro caso por el que se interesó el señor Holmes fue el de una niña de doce años a quien en el juzgado de guardia se acusó de robar comida. Holmes descubrió que la niña tenía a su cargo a un niño de nueve años, un niño lisiado de siete, y una criatura más pequeña. Su madre era viuda y cosía blusas. Pagaba 1,25 dólares semanales de alquiler. Éstas son las últimas anotaciones en su lista de la compra: té, 1 centavo; azúcar, 1 centavo; pan, 1/2 centavo; margarina, 2 centavos; aceite, 3 centavos, y leña, 1 centavo. Queridas madres de familia de la gente delicada y sin curtir imaginaos yendo al mercado y manteniendo una casa con semejantes cifras, poniendo la mesa para cinco personas y vigilando a vuestra hija mayor de doce años para que no robe comida para sus hermanos pequeños, mientras tú coses, coses y coses una hilera interminable de blusas que se extiende hasta las tinieblas y hasta el mismo ataúd de pobre que te está aguardando.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “La gente del abismo (V)

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