En la linde de los bosques

Thomas Bernhard

 

 

 

 

El país estaba como hundido en un
pensamiento profundo y musical.
Robert Walser

.

El once, avanzada la tarde, una muchacha y un joven de Mürzzuschlag, como se supo, alquilaron aquí en la hospedería una habitación. Los dos aparecieron ya en la sala poco después de su llegada, para cenar. Hicieron su pedido rápidamente, sin sentirse en lo más mínimo cohibidos, y cada uno actuó por sí mismo de forma totalmente independiente; vi que habían pasado frío y que ahora, cerca de la estufa, se calentaban. Les sorprendía, dijeron, la falta de seres humanos que allí reinaba, y preguntaron a qué altura estaba Mühlbach. La hija del dueño les indicó que estábamos a más de mil metros de altura, pero yo no dije «novecientos ochenta», no dije nada, porque no quería verme molestado en mi observación de los dos. Al entrar en la sala no me habían visto al principio, pero luego, como vi, se sobresaltaron al verme y me saludaron con la cabeza, pero no volvieron a mirarme. Yo acababa de empezar a escribir una carta a mi novia: que era más sensato, escribí, esperar todavía un poco en casa de sus padres, hasta que yo me hubiera aclimatado en Mühlbach; sólo cuando hubiera conseguido fuera de la hospedería, «posiblemente en Tenneck», escribí, dos habitaciones para nosotros, debía venir ella. Ella me había escrito en su última carta, prescindiendo de las acusaciones contra sus padres, carentes de comprensión, que tenía miedo de Mühlbach, y yo le respondí que su miedo era infundado. Su estado, decía ella, se había vuelto tan enfermizo, que tenía miedo de todo. Luego, cuando llegara el niño, le escribí yo, ella podría ver otra vez claramente que todo era normal. Sería un error, escribí, casarnos antes de fin de año; escribí: «La primavera próxima es una buena fecha. El momento en que llegue el niño», escribí, «será en cualquier caso penoso para el entorno». No, pensé, eso no debes escribirlo, todo lo que has escrito hasta ahora en la carta no puedes escribirlo, no debes escribirlo, y empecé desde el principio y, de hecho, con una frase en que hablaba de algo agradable que distrajera de nuestra desgracia, del aumento de sueldo que me habían prometido para agosto. Mi puesto en Mühlbach era apartado, escribí, pero, pensé, Mühlbach es para mí y para los dos una condena, una condena capital, y escribí: «Dentro de la gendarmería, trasladan a todos al arbitrio del inspector de distrito. Al principio creí que el traslado a Mühlbach era para mí y para los dos, sobre todo, una catástrofe, pero ahora ya no. El puesto tiene sus ventajas. El inspector y yo somos completamente independientes», escribí, y pensé: una pena capital, y en qué podía hacer para salir un día otra vez de Mühlbach y bajar al valle y, por consiguiente, a las gentes, a la civilización. «Al fin y al cabo hay tres hospederías en Mühlbach», escribí, pero es imprudente escribir eso, pensé, y taché la frase, tratando de hacerla ilegible, y decidí por fin escribir por tercera vez toda la carta. (En los últimos tiempos escribo todas mis cartas tres o cuatro o cinco veces, siempre para contrarrestar mi excitación mientras escribo una carta, tanto en relación con lo que escribo como con mis pensamientos.) La gendarmería era una buena base para los dos, estaba escribiendo precisamente de mi aumento de sueldo, de unos ejercicios de tiro que se harían a finales de otoño en Wels, cuando los dos, curiosamente la muchacha primero y detrás de ella el joven, entraron en la sala; de la mujer del inspector que estaba enferma del pulmón y perdida, y procedía de la Cilli eslovena. Seguía escribiendo, pero me daba cuenta de que tampoco podría enviar esa carta, los dos jóvenes atrajeron desde el primer instante mi atención; comprobé una falta de concentración súbita y completa por mi parte en relación con la carta y con mi novia, pero seguí escribiendo disparates para poder observar mejor a los dos forasteros fingiendo que escribía. Me resultaba agradable ver de pronto rostros nuevos, en esta época del año, como ahora sé, no vienen nunca forasteros a Mühlbach, y por eso era tanto más extraña la aparición de los dos, de los que supuse que él era artesano y ella estudiante, los dos de Carintia. Luego, sin embargo, me di cuenta de que los dos hablaban un dialecto de la Estiria. Recordé una visita a mi primo estirio, que vive en Kapfenberg, y supe que los dos eran de la Estiria, así hablan allí. No me resultaba claro a qué oficio se dedicaba el hombre; al principio pensé que era albañil, lo que podía atribuirse a observaciones suyas, palabras como «argamasa, ladrillo de chamota», etc., luego creí que era electricista; en realidad era agricultor. Poco a poco me imaginé, por lo que los dos hablaban, una hermosa explotación agrícola administrada aún por el padre del joven, de sesenta y cinco años («explotación en ladera», pensé). Y que el hijo consideraba absurdas las opiniones del padre, y el padre las del hijo, y el padre se defendía del hijo, y el hijo del padre. «Intransigencia», pensé. Vi una pequeña ciudad, a la que el hijo iba una vez por semana para divertirse, encontrándose allí con la muchacha a la que ahora, junto a la estufa, explicaba sus proyectos en relación con la propiedad paterna. Obligará a su padre a abandonar, a abdicar. De pronto los dos se rieron, para enmudecer luego durante bastante rato.

La dueña les trajo de comer y de beber abundantemente. Su comportamiento, mientras comían, me recordaba mucho nuestro propio comportamiento. Lo mismo que aquel joven de allí, yo tenía que hablar siempre, mientras ella guardaba silencio. En todo lo que decía aquel joven, amenazaba. Amenaza, todo es amenaza. Oigo que ella tiene veintiún años (¿es él mayor?, ¿menor?), y que ha dejado sus estudios (¡Derecho!). De cuando en cuando, ella reconoce su falta de salidas y se refugia en lecturas científicas (¿jurídicas?). Él «empeora», ella descubre cada vez más en él lo que ella llama una «brutalidad aplicada». Se parece cada vez más a su padre, a ella le da miedo. Habla de puñetazos en el rostro a hermanos y primos, de graves heridas físicas, de abusos de confianza, de falta de compasión por parte de él. Entonces ella dice: «Fue bonito, en el Wartbergkogel». A ella le gusta el traje de él, su nueva camisa a juego. El camino de la escuela de los dos atravesaba un oscuro monte alto en el que los dos tenían miedo, de eso se acordaban: de un recluso escapado de Göllersdorf que, vestido de recluso, tropezó en el monte alto con un tronco de árbol, desangrándose por una profunda herida en la cabeza y al que ellos encontraron, devorado por los zorros. Hablaron de un nacimiento prematuro y de una transferencia de dinero… Llevaban ya, supe de pronto, cuatro días fuera de la Estiria, y habían estado primero en Linz, luego en Steyr y luego en Wels. Qué llevarán como equipaje, pensé. Al parecer, es mucho equipaje, porque la dueña lo ha transportado pesadamente, todavía lo oigo, se oye cómo sube alguien al primer piso, a las habitaciones de los huéspedes. Dos veces ha subido la dueña. Entretanto, pensé, la habitación se habrá caldeado. ¿Qué clase de habitación? La dificultad en las hospederías del campo, en invierno, es la calefacción. Estufas de madera, pensé. En el invierno, casi todo se concentra, en el campo, en la calefacción. Vi que el joven llevaba toscos zapatos altos, pero la muchacha zapatos bajos finos y de ciudad. En general, pensé, la muchacha está vestida de una forma totalmente inadecuada para esta comarca y para esta estación del año. Posiblemente, pensé, esos dos no habían tenido intención de venir al campo. ¿Por qué a Mühlbach? ¿Quién viene a Mühlbach si no es obligado? A continuación, por un lado escuchaba lo que los dos hablaban entre sí, cuando habían terminado de comer y sólo bebían cerveza; por otro, leía lo que yo había escrito sin cesar y pensaba que era una carta totalmente inutilizable, despiadada, innoble, imprudente, incorrecta. Así no puedes escribir, pensé, así no, y pensé que pasaría la noche y, al día siguiente, escribiría una nueva carta. Un aislamiento como el de Mühlbach, pensé, destroza los nervios. ¿Estoy enfermo? ¿Estoy loco? No, no estoy enfermo ni estoy loco. Estaba cansado, pero al mismo tiempo, a causa de los dos jóvenes, era incapaz de salir de la sala e irme al primer piso, a mi habitación de huésped. Me decía: son ya las once, vete a dormir, pero no me iba. Encargué otro vaso de cerveza y me quedé sentado, garabateando en el papel de cartas adornos, rostros, siempre los mismos rostros y adornos, que ya de niño garabateaba en papeles escritos, por aburrimiento o curiosidad oculta. Si consiguiera ver claro de pronto sobre esos jóvenes enamorados, pensé.

Conversé con la dueña, mientras escuchaba a los dos forasteros, lo escuchaba todo, y de pronto tuve la idea de que aquellos dos estaban violando la ley. Sólo sabía que no era normal la forma en que los dos, a última hora de la tarde, llegaron a Mühlbach y alquilaron una habitación, y realmente me llamó la atención; la dueña les permite pasar la noche en una sola habitación como marido y mujer, y lo encuentro natural y me mantengo pasivo, observo, siento curiosidad, simpatizo, no pienso que, sin lugar a dudas, se trata de algo en que haya que intervenir. ¿Intervenir? De repente empiezo a jugar con la idea de crímenes en relación con los dos, cuando el joven, con voz fuerte, en tono imperativo, pide la cuenta, y el dueño se dirige a él y suma lo consumido y, cuando el joven abre su billetera, veo que hay mucho dinero en ella. Los hijos de agricultores, por muy cortos que los aten sus padres, pienso, sacan de vez en cuando una suma bastante grande de alguna cuenta que está a su disposición y se la gastan deprisa con alguna muchacha. La dueña pregunta cuándo quieren que los despierten por la mañana, y el joven dice «a las ocho», y mira hacia mí y deja sobre la mesa una propina para la hija de la dueña. Son las once y media cuando los dos salen de la sala. La dueña recoge los vasos, los lava y se sienta luego a mi lado. Si no le parecen los dos sospechosos, le pregunto. ¿Sospechosos? «Naturalmente», me da a entender. Otra vez trata de acercarse a mí de la forma más innoble, pero yo la rechazo poniendo la linterna contra su pecho, me levanto y me voy a mi habitación.

Arriba todo está tranquilo, no oigo nada. Sé en qué habitación se encuentran los dos pero no oigo nada. Mientras me quito las botas, creo que se trata de un ruido, sí, de un ruido. Realmente escucho bastante tiempo, pero no oigo nada.

Por la mañana, a las seis, pienso, sólo he dormido cuatro horas, pero estoy más despierto que cuando duermo normalmente, y pregunto enseguida abajo en la sala a la dueña, que está fregando el suelo, qué pasa con los dos. Digo que me han preocupado durante toda la noche. Él, el joven, dijo la dueña, se había levantado ya a las cuatro de la mañana y había salido de la casa, adonde, no lo sabía, y la muchacha seguía en su habitación. Los dos no tenían ningún equipaje, dijo entonces la dueña. ¿Sin equipaje? Entonces, ¿qué era lo que ella, la dueña, había llevado ayer noche tan pesadamente a la habitación de los dos? «Leña». Sí, leña. Ahora, después de que el joven se hubiera ido ya a las cuatro («me desperté y vi cómo se iba», dijo la dueña, «sin abrigo con este frío»…), a ella le resultaba «siniestro» todo lo que a los dos se refería. Si les había pedido el pasaporte, el documento de identidad, le pregunté. No, ni pasaporte ni documento de identidad. Eso era punible, dije, pero lo dije en un tono que no conducía a nada. Desayuné, pero seguía pensando en los dos forasteros, y también la dueña pensaba en ellos, como podía observar, y durante toda la mañana, que pasé con el inspector en el puesto, ni una sola vez tuve que dejar el puesto, me preocuparon los dos forasteros. Por qué no le dije nada al inspector de los dos, no lo sé. Realmente pensaba que no pasaría mucho tiempo (¿horas?) y habría que intervenir. ¿Intervenir? ¿Intervenir cómo y por qué razón? ¿Informaré al inspector del incidente o no le informaré? ¡Una pareja de enamorados en Mühlbach! Me reí. Luego guardé silencio e hice mi trabajo. Había que elaborar nuevos censos de población. El inspector se esfuerza por trasladar a su esposa del sanatorio antituberculoso de Grabenhof al de Grimmen. Eso, dijo, costaría mucho esfuerzo en solicitudes, mucho dinero. Pero en Grabenhof el estado de ella empeoraba; en Grimmen había un médico mejor. Se tomaría un día entero de vacaciones y tendría que ir a Grabenhof y llevarse a su mujer a Grimmen. Los veinte años que él y su mujer habían vivido en Mühlbach habían bastado para hacer de ella, que procedía de la ciudad de Hallein, una enferma de muerte. «La verdad es que una persona normal no se vuelve tuberculosa aquí arriba, con el buen aire de las alturas», dijo el inspector. Nunca he visto a la mujer del inspector, porque, desde que estoy en Mühlbach, ella no ha vuelto a casa. Desde hace cinco años se encuentra en el sanatorio de Grabenhof. Él me preguntó por mi novia. La conoce, incluso bailó con ella la última vez que ella estuvo en Mühlbach, ese hombre viejo y gordo, pienso mirándolo. Era una «locura» casarse demasiado pronto, lo mismo que era una «locura» casarse demasiado tarde, dijo. En la segunda mitad de la mañana, me permitió por fin («escribe», me ordenó) escribir la carta a mi novia. De repente yo tenía la cabeza clara para la carta. Es una buena carta, me dije cuando había terminado, y no hay en ella la menor mentira. La enviaré rápidamente, me dije, y fui al autobús postal de enfrente, que ya tenía el motor en marcha y salió en cuanto le di mi carta al conductor; ese día, exceptuado el conductor, sin una sola persona. Hacía veintiún grados bajo cero, lo leí en el termómetro, al lado mismo de la puerta de la hospedería, cuando la dueña, de pie en el paso abierto, me hizo seña para que entrara en la hospedería. Llevaba horas llamando una y otra vez a la habitación en que estaba la muchacha sin recibir respuesta, dijo, «nada». Subí enseguida al primer piso y fui a la habitación y llamé yo. Nada. Llamé otra vez y dije a la muchacha que abriera. «¡Abra! ¡Abra!», dije varias veces. Nada. Como no había otra llave de la habitación, habría que romper la puerta, dije. La dueña dio en silencio su consentimiento para que rompiera la puerta. Sólo tuve que apoyar el tronco con fuerza una vez contra el marco de la puerta, y ésta se abrió. La muchacha estaba atravesada sobre la cama de matrimonio, sin conocimiento. Envié a la dueña al inspector. Pude comprobar en la muchacha un grave envenenamiento con medicinas y la cubrí con el abrigo que había descolgado del crucero de la ventana; evidentemente se trataba del abrigo del joven. ¿Dónde estará él? Sin decirlo, todo el mundo se preguntaba dónde estaría el joven. Yo pensé que la muchacha sólo había hecho realmente su intento de suicidio después de desaparecer el joven (¿su novio?). En el suelo había pastillas esparcidas. El inspector estaba perplejo. Ahora habría que esperar a que estuviera allí el médico, y todos comprendimos otra vez lo difícil que era hacer subir a un médico hasta Mühlbach. Puede hacer falta una hora para que llegue el médico, dijo el inspector. Dos horas. En Mühlbach no hay que estar nunca en situación de necesitar un médico, dijo. Nombres, fechas, pensé, fechas, y registré el bolso de la muchacha, infructuosamente. En el abrigo, pensé, y busqué en el abrigo con que había cubierto a la muchacha alguna cartera. Efectivamente, en el abrigo estaba la cartera del joven. También su pasaporte estaba en el abrigo. WÔLSER ALOIS, NACIDO EL 27.1.1939 EN RETTENEG, RETTENEG DE MÜRZZUSCHLAG, leí. ¿Dónde está ese hombre? ¿Su novio? Bajé corriendo a la sala y avisé por teléfono, a todos los puestos, del incidente, que me pareció suficiente para dictar una orden de detención contra Wolser. El médico era de la mayor urgencia, pensé, y cuando, media hora más tarde, apareció, era ya demasiado tarde: la muchacha había muerto.

Eso lo simplifica todo, pensé, la muchacha se quedará en Mühlbach.

La dueña nos apremió para que sacáramos el cadáver de la hospedería y lo lleváramos a la sala mortuoria, al otro lado. Allí estuvo la muchacha, contemplada ininterrumpidamente por los curiosos habitantes de Mühlbach, durante dos días, hasta que encontraron a sus padres y, al tercer día, aparecieron por fin en Mühlbach, los Wolser, los padres de Wólser, que eran también los padres de la muchacha: el joven y la muchacha eran, como se descubrió para espanto de todos, hermanos. La muchacha fue trasladada inmediatamente a Mürzzuschlag, y los padres la acompañaron en el coche fúnebre. El hermano e hijo siguió siendo imposible de localizar.

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Ayer, veintiocho, dos leñadores lo encontraron inesperadamente poco más abajo de la linde de los árboles, por encima de Mühlbach, congelado y cubierto por dos pesados gamos que había matado.

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