Incertidumbre y desasosiego: ¨La mujer que huele a café¨ de Miguel Rodríguez Otero

Lucas Berruezo

 

 

“…quizás la muerte sea el único lugar de la vida en el que haya algún tipo de orden o de intuición veraz.”
Miguel Rodríguez Otero, “Me quiso hasta la muerte”.

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Voy a ser honesto, no me gusta reseñar libros de cuentos. Me resulta difícil (y tedioso) hablar de manera general de un libro que, por esencia, no es más que el compendio de un montón de particularidades. Pero con La mujer que huele a café (Ediciones Erradícame, 2019) me pasó algo inusual: por un lado, reconocí esta dificultad de hablar de muchas cosas como si fueran una sola, pero, por otro, no pude resistirme a la tentación de hacerlo. El libro me gustó, mucho, y por lo general (y para tortura de mi esposa y de mis hijos) no puedo evitar hablar de lo que me gusta.

La mujer que huele a café de Miguel Rodríguez Otero es un libro que cuenta con treinta y un cuentos, un preámbulo y un epílogo (estos dos, en realidad, también cuentos). Resumirlo es imposible, tan imposible como dejar de leerlo una vez comenzado. Si tuviera que arriesgar un común denominador de todos los relatos, podría decir que es la incertidumbre, el desasosiego. Rodríguez Otero nos arranca de nuestro mundo de seguridades (o de inseguridades rigurosamente regladas) y nos arroja a un mundo en el que no sabemos bien lo que está pasando. En las distintas historias que conforman este libro, el autor no cuenta las cosas de manera directa. No dice lo que está pasando, sino que crea las condiciones para que el lector lo intuya (sin que llegue a estar nunca seguro del todo). Esto, necesariamente, genera una sensación de incomodidad, una vacilación ante lo que se lee. Por esto mismo, La mujer que huele a café es un libro verdaderamente realista (más realistas que los que se ufanan de serlo), incluso con sus muertos que hablan, con su concepción cíclica de la vida y de las vidas, con los seres inanimados que se tornan animados, con los monstruos… La realidad, que siempre se nos escapa, que nunca renuncia a sus espacios en negro llenos de seres innombrables, tiene en este libro un fiel representante.

Desde historias fantásticas como “Piel”, en la que la ropa toma vida propia y se defiende ante los seres humanos, hasta relatos desgarradores como “Hoy es miércoles”, en el que el narrador es un anciano con Alzheimer, los cuentos de La mujer que huele a café sacuden de tal manera al lector que éste nunca logra salir indemne de ninguno de ellos. Cada relato, por breve que sea, encierra un universo de complejidad y de preguntas. Salir de él es no salir del todo, nunca. Tomemos como ejemplo el cuento que da nombre al libro, “La mujer que huele a café”. En él, un hombre toma declaración a personas que, en teoría, cometieron algún tipo de crimen. En medio de todo esto, aparece un personaje femenino, tan consistente como una sombra en los últimos momentos de una tarde nublada, que le da entidad al narrador. Todo es tan raro. Tan impreciso. Tan volátil. Como si el autor escribiera para ser leído de nuevo. Una, dos, tres, incontables veces. Y como si cada una de esas lecturas se justificara con el placer del texto, con el placer de mundos tan inestables, tan extraños y, por eso mismo, tan verdaderos.

Otro ejemplo que podríamos mencionar es el de “Hacia todos los mundos”, un cuento existencialista, que desarrolla cierta idea de un eterno retorno. Habla de otros mundos, que son otras vidas, que son otras muertes. Todos vivimos varias vidas, pero no todos las recordamos. El protagonista sí. Busca algo, un amor. Por eso, tal vez, recuerda: “Tantas vidas encarándome con la muerte por tratar de vencerla. Por eso me dedico a esto, porque el acceso a otras vidas sólo se da por medio del amor o de las sombras” (pág. 92).

Sin lugar a dudas, recomiendo La mujer que huele a café de Miguel Rodríguez Otero. Leerlo es sentir la vida (y la muerte, porque no hay una sin la otra) colándose a través de las palabras.

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Una respuesta a “Incertidumbre y desasosiego: ¨La mujer que huele a café¨ de Miguel Rodríguez Otero

  1. Muchísimas gracias, Lucas, por este comentario tan cercano y tan sin miramientos. Gracias con acercarte a leer las historias que aún quedan cubiertas, por tratar con tanto respeto los testimonios de este libro. Gracias por el valor. Un gusto.

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