Colacho hermanos o Presidentes de América (III)

Cesar Vallejo

 

 

Cuadro Tercero

El comedor de las hermanos Colacho, en una espléndida casa, en Taque, instantes después de la cena. Una puerta del fondo que comunica con un gran bazar y otra a la derecha que da al patio de la casa; ambas abiertas. Muebles y ambiente elegantes.

Acidal, convertido en patrón, al igual que Cordel, aparece vestido con rebuscado y excesivo aliño. Maneras melindrosas y estudiadas, que Acidal hace resaltar más aún controlándolas frecuentemente. Todo lo cual no impide que, de pronto, salte a menudo en él la osatura del peón.

Taya está ocupada en quitar la mesa y en atender, turnándose con Acidal, a los clientes del bazar. La criada Taya es una india de unos veinte años, de una gracia rural y de una gran mansedumbre.

Zavala, según parece, acaba de comer en compañía de Acidal. Muy delgado, 25 años, rasgos finos, blanco, distinguido.

ACIDAL, paseándose, preocupado, a Zavala: —¿Usted cree entonces que sin leer libros no se puede ser persona decente, en fin, persona buena para la sociedad, la política, la diplomacia? Etc.

ZAVALA: —Una vez, estaba por entonces en París, entré en casa del senador francés Félix Potin. ¡Qué montaña de libras! ¿Y sabe usted quién era Félix Pontin? Un industrial enriquecido, como usted, con bodegas, y tan conocido y admirado en París como el Presidente de la República, Maurice Chevalier o Fernandel. ¡Nada menos! Pero, pues, claro, ¡leyendo libros!

ACIDAL, soñador y siempre preocupado: —Ah… Vea usted eso… ¡Es formidable! ¿Y quién es éste que usted me decía?

ZAVALA: —¿Fernandel? El Prefecto de París. Si usted piensa, en realidad, meterse en la política y lanzarse en la vida del gran mundo, tendrá usted, en mi opinión y forzosamente, que leer libros. Indispensable.

ACIDAL: —Eso es una gran vaina.

ZAVALA: —¿Dónde está su libro de urbanidad? Permítamelo un momento.

ACIDAL, sacando el libro del estante: —Ya lo creo. Ahí lo tiene usted… (Le da el libro). Yo me he fijado, sin embargo, que los diputados, los gringos y demás personajes que vienen de la capital o de otra parte, hablan y conversan como yo, como cualquiera… (Zavala hojea el libro de urbanidad). ¡Y qué me dice usted de los personajes de Colea!… (Escéptico en lo que toca a la opinión de Zavala). Francamente… yo no sé… No sé.

TAYA, quitando el mantel de la mesa, a Zavala: —Con su permiso, don Julio.

ACIDAL, contrariado, en voz baja, a Taya: —¡Chut! ¡Silencio! (Taya, avergonzada). ¡Dos faltas gravísimas! Primera: hablar a un caballero cuando lee; segunda: pedir permiso cuando ya se ha jalado el mantel. (La muchacha permanece inmóvil, cada vez más avergonzada). ¡Por Dios, Taya! Los tiempos han cambiado. Yo no voy a poder invitar a caballeros en mi casa en tales condiciones.

ZAVALA, se detiene en una página del libro, absorbido: —¡Qué problema!… ¿Dice usted que sus ocupaciones no le dejan absolutamente tiempo para leer libros?

ACIDAL: —¡Pero claro que no! ¿Cuándo? Podría leer uno, dos, ¡cuántos más! Vivo muy atareado.

ZAVALA: —Malo… Malo… ¿Qué se puede hacer?

ACIDAL: —Es Cordel, más bien, quien desde chico era más listo que yo para estas cosas. Me acuerdo que para ir a un almuerzo del alcalde —el primero al que yo asistí entre gente decente—, de eso hace once años, fue Cordel quien me enseñó cómo debía portarme. Después se ha acojudado, no sé por qué… En cambio, yo, viendo, aunque tarde, lo necesario que es el buen hablar, el bien portarse, me he propuesto aprenderlo a macho y martillo. Lo único que me pesa hoy es haber empezado tan tarde… Demasiado tarde…

ZAVALA, que ha reflexionado concienzudamente al respecto: —En fin, don Acidal, mire usted: de dos males, el menor. A falta de unos dos, tres mil libros que debería usted leer (Acidal hace un gesto de pavor), y esto sería aún muy poco, quedémonos ¡qué quiere usted!, con esta cartillita. (La Urbanidad).

ACIDAL, liberado: —¡Vaya, don Julio! ¡Hombre, por Dios! ¡Cuánto se lo agradezco!

ZAVALA: —Sin duda, con esta Urbanidad, bien aprendida ya puede uno desenvolverse en sociedad y hasta en la Cámara de Diputados, y hasta en el Palacio presidencial.

ACIDAL, regocijado: —¡Pero desde luego! ¿No le parece a usted? (A Taya). Llévate el mantel. (Llaman compradores del bazar y Taya va a atenderlos).

ZAVALA: —¿Repasa usted siempre el capítulo «Entre gente de negocios»?

ACIDAL: —Es decir… no… No. Y le diré por qué. Me parece que ya se lo he dicho: yo no pienso seguir en el comercio. Mi bocación es la política.

ZAVALA corrigiendo: —Se dice: vocación ¡«vo» «vo»! Con v chica.

ACIDAL: —Ah, muy bien. Mi yo es la… ¡Qué estoy diciendo! Mi vocación es la política y la diplomacia. Creo, siento… ¿Se dice así: siento, en lugar de creo?

ZAVALA: —Sí… Pero eso depende. ¿Qué quiere usted decir?

ACIDAL: —Quiero decir que… siento que he nacido para hombre público. ¿Está bien dicho? (Zavala medita en la respuesta). ¿O se dice, quién sabe: «creo haber nacido»?

ZAVALA: —A mí me parece, don Acidal, que usted en verdad no ha nacido…

LA VOZ DE TAYA del bazar: —Para dar más luz, don Acidal ¿de qué lado se da vuelta el tornillo de la lámpara?

ACIDAL, contrariado: —Un instante… ¡Esta muchacha!… (Elevando la voz a Taya). De izquierda a derecha. Echale kerosene. (Baja la voz). Perdone, don Julio, (Fuerte, de nuevo, a Taya). ¡Y no derrames!

ZAVALA: —Le decía que me parece que usted, no ha nacido para esta vida mísera de Colca y que su destino está más lejos y más alto.

ACIDAL: —¡No le parece! El capítulo «Entre gente de negocios» le iría bien a Cordel, que se propone seguir en los negocios y llegar a ser un yanqui. Aunque él cree que al negociante no le hace falta educación, Yo le mando siempre, en mis cartas a las minas, copia de algunas reglas de Urbanidad, recortes de periódicos, consejos, etc. El otro día, nada menos, le mandé un recorte de «La Prensa» en que decía cuantos años necesita el carbón para convertirse en diamante en, las entrañas de la tierra. ¡Algo estupendo!

ZAVALA: —Sin eso, en efecto, será muy difícil que su hermano triunfe en los negocios.

ACIDAL: —¿Me creerá usted, si le digo que nunca en su vida ha querido asistir a un convite y ni siquiera sabe ponerse un cuello duro? ¡Primero, se deja capar!

ZAVALA: —¡Aberración! ¡Ni me lo diga! ¡Es un salvaje!

ACIDAL, anotando en su cuaderno: —«A-be-rra-ción». ¡Qué bonita palabra! Así le digo… Puede hasta echar a perder nuestro negocio si se encapricha en su plebeyez. Así se lo digo, pero no me hace caso.

ZAVALA, con repentino asombro: —¡Caramba, don Acidal! ¡Qué adelanto! ¡«Plebeyez»! ¿De dónde me saca usted esa palabra?

ACIDAL, gesto despectivo: —Palabras corrientes… que sé desde hace tiempo.

TAYA, asomándose a la puerta que da al bazar: —Don Acidal, un momentito. Preguntan si tiene usted agua bendita por litros. (Zavala no puede reprimir un gesto de sorpresa).

ACIDAL a Taya: —Sí. Ya lo creo. Es decir, espérate… Por litros, no tenemos por el momento. Por copas, todo lo que quieran. (Después de una reflexión). Diles que, por litros, tendré mañana, bien temprano. Apenas se abra la iglesia.

TAYA, retirándose: —Bien, don Acidal.

ACIDAL, a Zavala: —No tiene usted, amigo mío, por qué asustarse que yo venda agua bendita en mi bazar.

ZAVALA: —Oh, no, no, no. No me asusto yo de nada.

ACIDAL: —Es cosa, sabe usted, del párroco y del médico. ¡Allá, ellos! Yo no soy sino un comisionista. (Volviendo atropelladamente a los temas anteriores). ¿Qué estábamos hablando? ¡Esta muchacha de cuerno!…

ZAVALA: —Hablábamos… ¡Ah, sí! Decíamos que para triunfar en el mundo económico, para ser, en una palabra, un yanqui, el capítulo «Entre gente de negocios», más un minimum de recortes de periódicos, con algunas noticias de almanaque, basta, si no me equivoco, como base mundana y cultural. Pero, eso sí, don Acidal, esta base es tan indispensable para su hermano como sería indispensable para usted en su destino de hombre público, leer libros. Pero, en fin, hemos quedado por último que con este pequeño libro…

ACIDAL: —¿Quiere usted, don Julio, examinarme un poco el capítulo «En los altos círculos políticos y diplomáticos»? ¿No le molesta mucho? Sea franco.

ZAVALA: —¡Qué ocurrencia! ¡De ninguna manera! (Hojeando la Urbanidad). Vamos a ver… (Taya viene del bazar y sale al patio).

ACIDAL: —¿Ya sabrá usted que acabo de ser designado por la Junta Conscriptora Militar para integrarla como vecino notable de Colca?

ZAVALA: —¡Muy bien dicho eso de «para integrarla», don Acidal! Va usted progresando con una rapidez extraordinaria, se lo aseguro.

ACIDAL, con un nuevo gesto despectivo: —Repito: son palabras corrientes que sé desde hace tiempo. Lo cierto es que, precisamente, pasado mañana, la Junta Conscriptora celebra sesión y yo voy a asistir por primera Vez. Como es natural, quisiera que mi salida a la vida política sea lo más brillante posible.

ZAVALA: —¿Sabe usted, don Acidal, que su lenguaje se hace cada vez más conciso? ¡Hace apenas seis meses que le conozco y descubro ya entre el Acidal Colacho de ayer y el de hoy una diferencia monumental!

ACIDAL, de repente: —Un momento… Hay gente en el bazar. (Sale al bazar). Vuelvo enseguida. (Taya viene del patio).

ZAVALA: —Taya, oiga usted.

TAYA: —Don Julio.

ZAVALA, confidencial: —¿Quién visita a don Acidal? En fin, ¿quién habla con él así, a menudo, como ya hablo con él, de Urbanidad y demás?

TAYA: —Yo no sé, don Julio. ¿Quién habla con él de Urbanidad?

ZAVALA: —Sí… De las buenas maneras. De lo que converso yo aquí con él. ¿Quién le habla de todo eso?

TAYA: —Será el Chapo, creo…

ZAVALA: —¿El Chapo? ¿Quién es el Chapo?

TAYA: —El Chapo es el sacristán. El hijo del señor cura.

ACIDAL, volviendo del bazar, de mal humor: —¡Indios pícaros! ¡Zamarras! ¡Para eso me llaman a gritos!… (Taya se escurre hacia el bazar).

ZAVALA: —¿Qué pasó, don Acidal? ¿Por qué pícaros?

ACIDAL: —¡Par supuesto, pícaro! Un indio pregunta por espejos. Se los saco a enseñar. Se ve la cara en uno y me pregunta si tengo espejos para ciegos. ¿Usted se da cuenta de eso?

ZAVALA, impresionado: —¿Espejos para ciegos? ¡Qué extraño!… ¡Extrañísimo!…

ACIDAL: —Lo que quería el indio, en resumidas cuentas, era venderme una piedra que traía en su alforja, diciéndome que es un espejo para ciegos. ¡Y me pedía por ella un cesto de coca, el muy ladrón!

ZAVALA: —¿Cómo era la piedra? ¿Grande? ¿De qué color?

ACIDAL: —Pequeña… como un reloj de bolsillo. Negra, muy negra. Sin brillo. Y peluda. Una piedra rarísima. Parecía más bien un animal…

ZAVALA: —Porque no sabrá usted, don Acidal, que los indios conocen cosas maravillosas que nosotros desconocemos totalmente. Poseen una ciencia y una cultura enigmáticas que nos parecen hasta ridículos, pero, según dicen los sabios, muy adelantadas y profundas. Precisamente, todo esto tiene usted que conocer un poco, don Acidal, si ambiciona usted ser diputado el año entrante…

ACIDAL, repentino y vivamente intrigado, sale a ver si, por acaso, el indio está todavía en el bazar: —¡Espérese! Yo creo que ahí vuelve… (Zavala le sigue. Pero Acidal regresa ahí mismo del bazar). No… Ya se fue… Nadie… (Al traste con lo del indio, y a lo práctico). Señor Zavala, ¿cuál debe ser, a su entender, el modo como debo comportarme pasado mañana, en la sesión de la Junta Conscriptora Militar? Al grano.

ZAVALA: —Eso es. Refundamos, don Acidal, la teoría con la práctica.

ACIDAL: —¿Debo llegar antes o después que los demás miembros de la Junta?

ZAVALA: —Primeramente, tiene usted que llegar a la sesión después de todos. Luego, ¿qué vestido piensa usted llevar?

ACIDAL: —Levita. Será la primera vez que lleve leva. Dejar a los demás con un palmo de narices puesto que ninguno de ellos tiene leva.

ZAVALA: —No, no. No se lleva levita en estos casos. La levita una sesión de la Junta Conscriptora Militar de Colca, podría ser fatal. Jaquette.

ACIDAL, decepcionado: —Jaquette… Ah… ¡Qué vamos a hacer!

ZAVALA: —Luego, lo que más importa en política, más todavía que…

ACIDAL, intercalando: —Le suplico no olvide el lado diplomático. Son dos: la diplomacia y la política.

ZAVALA: —Exactamente. Lo que más cuenta en la política y en la diplomacia, a veces más que el traje, es el don de gentes, la palabra fácil y elegante, los gestos, las genuflexiones…

ACIDAL, sacando al vuelo la palabra: —«Genuflexiones». ¡Qué bella palabra! (La nota en su cuaderno). Ge-nu-fle-xio-nes. ¡Qué no daría yo por ser un hombre culto! ¡Perra suerte!

ZAVALA: —Genuflexiones quiere decir movimientos…

ACIDAL, completando: —Movimientos de las rodillas, me parece, como cuando uno adula.

ZAVALA: —Eso es. Así… Así… (Hace unas genuflexiones).

ACIDAL: —¿Hasta la barriga no más, o también hay que mover el espinazo y la cabeza?

ZAVALA: —Hasta la barriga no más. Y a lo sumo, hasta el estómago. Lea su diccionario. Le decía que lo que más cuenta es la palabra brillante, los ademanes…

ACIDAL: —¿Más que el traje, cree usted? ¿En la diplomacia? (Guiña el ojo escéptico). ¿Hom?

ZAVALA: —En la diplomacia, el traje; en la política, el gesto y la palabra.

ACIDAL: —Le he oído decir a Mr. Tenedy, una vez, que la mejor diplomacia del mundo, es la inglesa, porque los diplomáticos ingleses son los que mejor visten. Mr. Tenedy decía que eso era una vaina, porque los yanquis visten muy mal.

ZAVALA: —Pero ahora tienen dinero. Son hombres de negocios. Y en los tiempos que corren, todo se arregla con dinero. No sería extraño que su hermano Cordel llegue, por su camino económico, a ser un diplomático y un gran diplomático, más pronto que usted. Porque si bien es cierto lo que decía Mr. Tenedy de los ingleses, no menos evidente es que los yanquis, a punta de dólares, están llegando a imponerse en la diplomacia internacional. ¿Me comprende?

ACIDAL: —Sí, sí, sí, don Julio.

ZAVALA: —Aunque también puede suceder que la política y la diplomacia de usted lo lleven a ser un hombre de negocios, un gran yanqui, más pronto que Cordel. ¿Me comprende lo que digo?

ACIDAL, yendo directamente a lo inmediato: —Bueno: llegar antes que todos. Jaque…

ZAVALA: —Mucha desinvoltura. ¡Ah, sí, mucha desinvoltura! En la palabra y en el gesto.

ACIDAL: —Se discute un artículo de la ley o…

ZAVALA: —Diga usted cualquier cosa, lo primero que le venga a la cabeza, con tal que no olvide de intercalar siempre una de esas frases: «Naturalmente…», «Tratándose de…», «En mi concepto…», «Dentro o fuera de la ley…», «Mi excelente colega…», «Adhiérame o discrepo de dicha opinión…», y otras que seguiré indicándole mañana.

ACIDAL: —Dígame usted ya las otras. Estas que usted acaba de decirme, las conozco más o menos. Dígame otras más importantes.

ZAVALA: —Si las que acabo de indicarle son las más importantes.

ACIDAL: —¡No! ¿Es posible? (Incrédulo). ¿Palabras tan corrientes? ¡Si son palabras que no dicen nada!…

ZAVALA: —¡Precisamente! En la política y en la diplomacia, las palabras más importantes son las palabras que no dicen nada.

ACIDAL, iluminado: —¿Cierto? ¡No diga!

ZAVALA: —¡Ah, se me olvidaba! Intercale usted muchos latinajes. ¡De vital importancia! «Ad livitum», «Modus vivendi», «Sine qua non», «Modus operandi», «Vox populi vox dei», «Sursum corda», «In partibus in fidelius», «Requiescant in pace», etc. Mañana, repasaremos todo esto.

ACIDAL: —¿Y lo demás? ¿Cómo debo hacer en lo demás?

ZAVALA: —¿En lo demás? Lo difícil está en saber decir las cosas: la mímica. La voz. Siéntese, don Acidal, y diga usted ahora lo siguiente, como si estuviera en sesión de la Junta Conscriptora Militar: (Acidal se sienta). «En mi opinión, señores, el servicio militar, en vez de ser obligatorio, debería ser un servicio espontáneo, libre, facultativo de los ciudadanos». Repita usted. A ver…

ACIDAL, importante, solemne: —En mi opinión, señores, el servicio militar, en vez de ser…

ZAVALA, interrumpiendo: —Y sería bueno que, al decir esto, se acariciara usted suavemente la barba, con desenfado y gravedad.

ACIDAL: —Como usted no se la había acariciado…

ZAVALA: —Es que no tengo barba. Repitamos.

ACIDAL, acariciándose el mentón: —En mi opinión, señores, el servicio militar, en vez de ser obligatorio, debería ser… ¿Cómo era el resto?

ZAVALA: —«… espontáneo, libre, facultativo…».

ACIDAL, protestando: —¡Pero, don Julio, no! ¡Eso no puedo yo decir en la Junta Conscriptora Militar! Eso va contra la Patria.

ZAVALA: —¡Es sólo un simple ejemplo, don Cordel! Para ensayar la mímica y la voz. El fondo, en este caso, no tiene ninguna importancia.

ACIDAL: —¡Cómo que no tiene ninguna importancia! El fondo importa más que todo, a mi entender. Yo no puedo decir, ni por ensayo…

ZAVALA, interrumpiendo: —Otra verdad política y diplomática que usted debe aprender desde el comienzo de su carrera de hombre público: en los discursos, el fondo de lo que se dice, es lo de menos.

TAYA, desde la puerta que da al bazar: —Don Acidal, perdone, acaba de llegar mi taita.

ACIDAL: —Pero… ¿Es hoy que debía venir?… Que aguarde un momento.

TAYA, retirándose: —Bien, don Acidal.

ZAVALA, disponiéndose a partir: —Bueno, don Acidal… Ya tiene que hacer…

ACIDAL: —Espérese. En resumen: llegar a la sesión después de todos…

ZAVALA: —Jaquette. Mucha desinvoltura. Mucha mímica. Buena voz. ¿A propósito, cómo van esos callos? ¡Los pies, importantísimo en materia diplomática y política!

ACIDAL: —Mejor. Casi del todo bien. ¿Y usted? ¿Cómo va del hígado? (Le ha tocado el bolsillo bajo de la izquierda del chaleco). ¿Lo mismo?

ZAVALA: —Lo mismo. ¡Y de allá, no, recibo ni un real!

ACIDAL, poniéndole unas monedas al bolsillo: —Para cigarrillos. Mañana, a comer conmigo, y, luego, el fin de «Los altos círculos políticos y diplomáticos». Será la última lección.

ZAVALA: —Con un ensayo general, hasta la salida de la sesión de la Junta Conscriptora Militar, su paso por la plaza principal y su vuelta a su casa.

ACIDAL: —¡Ah, don Julio, ya se verá lo que se hace por usted, una vez elegido yo diputado!

ZAVALA: —¡Ojalá, don Acidal! (Las manos). Mientras tanto, hasta mañana.

ACIDAL: —Hasta mañana, don Julio. (Poniéndose el índice en los labios). ¡Y por supuesto, punto en boca! Es su interés y el mío.

ZAVALA, saliendo por la puerta del bazar: —¡Hombre!…

ACIDAL, fuerte: —¡Taya! Que pase tu padre.

LA VOZ DE TAYA: —Ya, don Acidal (a partir de ese momento, Acidal abandona su preocupación de elegancia y se produce en término medio, entre sus maneras empleadas con Zavala y las que tenía en el primer acto). (El padre de Taya entra. Don Rupe es un indio cincuentón, cabizbajo, jorobado, con poncho. Viene, mascando coca, seguido de Taya que entra detrás de él).

ACIDAL, a Taya: —Anda. Vete, tú, al bazar. Y ciérrame esta puerta. (La que comunica con la tienda). Y que nadie nos moleste.

TAYA, obedeciendo: —Muy bien, don Acidal.

DON RUPE, humilde: —Buenas noches, taita.

ACIDAL: —¿Cómo va, don Rupe? Entre usted y siéntese. En esta silla o en la que usted quiera.

DON RUPE: —Muchas gracias, taita.

ACIDAL: —¿Ya le dijo la Taya para qué le he hecho venir?

DON RUPE: —Sí, taita, y aquí estoy. Tú dirás.

ACIDAL, hablándole de cerca: —¿Ha traído usted todo lo necesario? ¿No necesita usted nada? ¿Su cañazo? ¿Su coca? ¿O su tabaco?

DON RUPE: —Sí, taita, y aquí estoy. Tú dirás.

ACIDAL, sentándose frente a don Rupe y en tono de enfermo a su médico: —Mire, don Rupe: quiero que me diga usted cómo irán nuestros negocios; si van a prosperar y si llegaremos al fin a realizar lo que aspiramos desde hace tantos años. Quiero que me diga usted si a mí me irá bien en la política, y si a Cordel le irá bien en los negocios. En fin, quiero que me diga usted todo lo que pueda sobre nuestro porvenir. (Don Rupe oye, agachado, mascando su coca). ¿Puede usted contestarme a estas preguntas? Taya me ha dicho que usted contesta a todo lo que se le pregunta. Por ese, le he hecho llamar. A ver… Reflexione… Reflexione, don Rupe… (Pausa Acidal se pasea, mirando a don Rupe que permanece inmóvil, sentado como un ciego). ¿Quiere usted tal vez que le deje solo? Puedo salir al bazar un momento… (Don Rupe guarda silencio. Pausa. Acidal se pone a rememorar los hechos más salientes de su vida, monologando con nostalgia apacible y melancólica). Mocosos todavía, nos huimos de Ayaviri… Rotosos, hambrientos, unos pobres pastores que éramos… nos pegaba el taita… y huimos los dos, Cordel y yo, lejos, hasta Moliendo…

DON RUPE, interrumpiendo: —Taita, no hables.

ACIDAL: —¿Qué ocurre?

DON RUPE: —Nada. Pero déjame pues que me arme. (Saca su checo y se pone a calear. Pausa, durante la cual Acidal permanece pensativo, preocupado. Luego, Don Rupe cesa de calear, abstraído). Está difícil… No quiere…

ACIDAL, tímidamente: —¿Quiere mojarla? (Don Rupe, por toda respuesta, vuelve a calear nerviosamente).

DON RUPE: —Así fue para la Tacha…

ACIDAL, muy inquieto: —¿Qué pasa? ¿Qué pasa, don Rupe? (El viejo no responde, los ojos cerrados. Acidal da unos pasos, cada vez más inquieto. Luego se acerca a la mesa y, acodándose sobre ella, hunde la cabeza entre las manos y vuelve a monologar como en sueños). Apenas sabíamos firmar y leer nuestros nombres… ¡Cuánto nos costó reunir cincuenta soles y después cien, día a día, centavo por centavo, con un salario de cincuenta céntimos diarios! El sol en las espaldas, desnudos hasta la cintura, cargando fardos catorce horas al día… en Moliendo, junto al mar…

DON RUPE: —El mar… ¿Qué es el mar? ¿Dónde es el mar, taita?

ACIDAL: —Una cantidad de agua enorme. ¡Una laguna inmensa que se pierde de vista a lo más lejos! Ahí trabajamos, Cordel y yo, muchos años…

DON RUPE: —¿Y quieres que te diga si irán bien tus negocios?

ACIDAL, acercándose a don Rupe: —Cordel se opone a que yo entre en la política, pero creo yo que hay que entrar en la política. ¿Quién cree usted que tiene razón, don Rupe? ¿Qué camino hay que seguir? Dígamelo usted. Por eso le he llamado.

DON RUPE: —Dame un platito, taita, y un vaso.

ACIDAL, alcanzándole el pedido: —El platito, don Rupe… y el vaso.

DON RUPE: —Con un poco de agua en el platito.

ACIDAL, vaciando agua de una garrafa: Con un poco de agua… ¿Qué otra cosa necesita? ¿Nada más?

DON RUPE, saca de bajo su poncho un palo de chonta negro, de medio metro de largo: —Retírate un poquito de la mesa. Siéntate más allá. (Acidal obedece). Ahí… Ahí… (Don Rupe, parado ante el vaso y el platito con agua, levanta el palo de chonta con ambas manos; lo sostiene verticalmente a la altura de su cabeza y presta oído en torno suyo. Acidal le observa con visible ansiedad. Mirando luego fijamente el palo negro, don Rupe, alucinado, tranquilo, sacerdotal). Patunga es la laguna sin fin, allá, por los soles y las lunas… Un cerro boca abajo en la laguna busca llorando la hierba de oro y el metal de la laguna… (Interrumpiéndose). ¡Taita!, no te muevas de tu sitio! (Sujeta con la mano izquierda su chonta, horizontalmente y a cierta altura sobre la mesa y con la derecha voltea el vaso a medias sobre el agua del plato, los ojos fijos en el palo).

ACIDAL, en voz baja: —¿Podré ser diputado? ¿Debo ser diputado?

DON RUPE, en una especie de canto o de gemido: —Al río tu camisa de mañana; al fuego tu sombrero al mediodía… (Arroja bruscamente vaso y chonta sobre la mesa y se desploma en una silla).

ACIDAL, de pie, vivamente: —¿Va bien la cosa?

DON RUPE, se recoge profundamente en sí mismo, la mirada en el suelo, inmóvil, mudo. Tiempo. Después se levanta, como presa de una locura repentina va y viene. Y luego, parado, enfurecido: —¡Dime de quién está preñada mi Taya! (Acidal da un traspié: una chispa terrible hay en los ajos de don Rupe). ¿De ti? ¿Del taita Cordel?

ACIDAL: —¡Don Rupe! ¡Qué está usted diciendo!

DON RUPE: —Yo sabía que mi Taya era tu amiga y también del taita Cordel. Ella no me lo ha dicho sino mi coca. ¡Qué se hará, pues, me dije!: sus patrones…

ACIDAL: —¡Falso! No es mi amiga, ni tampoco de Cordel.

DON RUPE: —Pero ahora está preñada. Mi coca me lo acaba de decir.

ACIDAL: —No. Le digo que es mentira.

DON RUPE: —¡Mi Taya está preñada, digo! ¡No lo niegues! ¡Mi coca nunca miente!

ACIDAL amenazador: —¡Don Rupe, don Rupe!, no me venga con historias. ¡No le he hecho venir a mi casa para que me salga con cuentos de esta laya! ¿Qué significa eso? ¡Disparates! ¡Cojudeces! ¡Ideas que sólo pasan por el magín de los coqueros!… (Don Rupe saca su checo y vuelve a masticar su coca, taciturno. Acidal, cambiando de tono, vuelve a lo suyo). A ver, don Rupe. ¿Va usted al fin a contestarme lo que le he preguntado o no?

DON RUPE, sin un movimiento, lejano: —Mucha plata… mucho poder… Mucho brillo… (De nuevo, en un rugido). ¡Mi Taya está preñada de los dos! ¡De los dos! ¡Se empecina mi coca!

ACIDAL, violento, tomándolo por un brazo: —¡Silencio, carajo! ¡Calla o te rompo las narices!

RON RUPE, poseso: —Subes con diez bastones y te paras sobre una piedra cansada… El taita Cordel también sube a la piedra… ¡Los dos caen, taita! Los brazos se hacen ríos… ríos, las piernas… ríos las venas… ¡Ríos!… ¡Y vuelan las cabezas por el aire, vomitando sangre, unas letras negras y oro en polvo…

ACIDAL, estrangulándolo: —¡Hijoputa mentiroso! ¡Farsante! (Lo derriba al suelo. La puerta del bazar se abre violentamente y aparece Zavala, seguido de Taya que viene sollozando. Acidal suelta a don Rupe).

ZAVALA, increpando a Acidal: —¿Qué es esto, don Acidal? (Taya, llorando, levanta a su padre del suelo). ¿Cómo es posible que ustedes?…

ACIDAL: —¡Puras invenciones y calumnias, don Julio! ¡Mentiras de este viejo para sacarme plata, el bribón!

TAYA, defendiendo a su padre: —¡Por mí, don Acidal!… ¡Por favor, hágalo usted por mí!

DON RUPE: —¡Dónde irán que no paguen lo que han hecho con mi Taya!

ACIDAL, le abofetea: —¡Silencio, te he dicho! ¡Te voy a moler! (Zavala y Taya se interponen).

DON RUPE: —¡Hijo de dos hermanos! ¡Será un monstruo mi nieto!

ZAVALA, tomando del brazo a Acidal y llevándolo al bazar: —¡Por favor, don Acidal! ¡Cálmese! ¡Salgamos un poco afuera!…

ACIDAL: —A este viejo, la coca le ha subido a la cabeza. (Zavala y Acidal salen y vuelven a cerrar la puerta).

DON RUPE: —¡Taita malo, no tienes sentimientos! (Taya sigue llorando, abrazada a su padre).

ACIDAL, volviendo al punto con Zavala: —Dale su buena copa de cañazo a tu padre que le pase el efecto de la coca, a ver si entra en razón.

TAYA hace lo ordenado: —Ahora mismo, don Acidal.

ZAVALA: —¡Eso es! Repóngase, don Rupe. Mejor entrar en razón. (Volviendo a despedirse). Don Acidal, domínese. Hasta luego.

ACIDAL: —¡Pero por supuesto, don Julio! Hasta mañana. (Vase Zavala por la puerta del bazar. Acidal está parado ante don Rupe que recibe la copa de cañazo de las manos de su hija, cabizbajo, silencioso). ¡No faltaría más! ¡Habríase visto! ¡Vamos, vamos!… (Un tiempo). ¡Cómo me duele la barriga! Taya, prepárame una taza de coca con chancaca, bien caliente.

TAYA: —En seguida, don Acidal.

ACIDAL, consulta su reloj: —Veinte para las nueve. ¿Qué le habrá pasado a Cordel que no mella escrito y ahora no llega? (Don Rupe tiene su copa en la mano pero no la bebe. Acidal le dice, confidencial, mientras Taya ha salido a la cocina). ¡Don Rupe!… Usted también es hombre. Usted ha sido joven. Los deslices de la vida, usted comprende… Su hija… ¡Que quiere usted!… Ahora, que Cordel también se haya metido… eso yo no sé. En cuanto a mí… (Don Rupe le escucha, reconcentrado y mudo). Una noche… Taya estaba en la cocina, planchando… (Vivamente). ¿Pero preñada? No, don Rupe. Tome usted su copa… (Don Rupe no se mueve).

DON RUPE: —Nadie se va de ésta, taita, sin pagar lo que debe.

ACIDAL, sirviéndose otra copa de cañazo: —Eso, don Rupe, ya lo creo…

DON RUPE, prosiguiendo: —Vendí a mi Taya, todavía chiquita, de siete años, al taita cura Trelles, y de los ocho soles que me ofreció por ella, sólo me dio la mitad y el resto en una misa por el alma de mi Tacha. ¿Qué se hizo el taita cura?

ACIDAL que bebe de un solo sorbo su copa: —¡Estoy bien fastidiado! ¿Qué decía usted? ¡Ah, sí! El cura Trelles se rodó, con mula y todo, quebradas abajo.

DON RUPE: —La mula, ¡Dios nos ampare!, (se persigna) era ña Ubalda, su querida.

ACIDAL, paseándose, nervioso: —Me da usted miedo, don Rupe.

DON RUPE: —Dicen que los sábados a medianoche, montaba en ella con espuelas y freno de candelas y corría como loco por calles y caminos. ¡El mismo diablo en traje de mujer!

ACIDAL, volviendo a servirse otra copa: —¡La Ubalda en crin de mula!… (Una risa forzada). ¡Qué hijares y qué ancas, don Rupe!…

DON RUPE: —Después, fue ña Serapia, la hacendada de Sonta. Poco antes de rodarse el taita cura, la regaló a mi Taya a ña Serapia. Dicen que la vendió por dos conejos de Castilla… (Acidal le oye con impaciencia). La vieja me echó un día de su casa, porque fui a pedirle una alforja de papas por mi hija. Me echó sus perros y sus pavos… Pero después lo pagó… (Don Rupe bebe su cañazo de un solo trago).

ACIDAL: —¿Rodándose también ella?

DON RUPE: —No. Una noche, llegaron a Sonta los montoneros. Amarraron a ña Serapia y a sus hijas doncellas, y a machetazos les arrancaron las sortijas y los brillantes con dedos y todo…

TAYA, entrando: —Ya está su taza de coca, don Acidal.

DON RUPE: —¡Después, pasaron por sus cuerpos más de treinta montoneros!

ACIDAL: —Anda cierra el bazar. Me la darás más tarde. (Bebiendo su cañazo). Bueno, don Rupe, no me guarde usted rencor. Hay que olvidarlo todo.

DON RUPE, bebiendo también: —Allá, taita, cada cual con su conciencia.

ACIDAL sentándose frente a don Rupe: —Porque en buena cuenta… quizás… ¿Por qué no? Quizás… (Sirve otras copas). Todo es posible en este mundo, don Rupe… ¡Tres años con la Taya! ¿Qué le parece?

DON RUPE: —Tres años, en el Corpus.

ACIDAL: —¿No está usted contento que yo la haya robado a los Chumango? ¿Qué sería de ella a estas horas?

DON RUPE: —Vaquera… Una vaquera…

ACIDAL: —¡Mientras que ahora!… Que le cuente ella misma: ¡zapatos con taco! ¡Medias! ¡Pañuelos blancos! ¡Vinchas y aretes! ¡Y qué sé yo!… ¡Hasta sortija de cobre tiene! (Taya vuelve de cerrar el bazar). ¿No es verdad,, Taya?

TAYA, reticente: —Verdad, don Acidal.

ACIDAL, a don Rupe: —¿No lo oye usted?

DON RUPE: —Sí… Antes… (Taya va a sentarse lejos). Antes…

ACIDAL como observa a Taya, al pasar: —¿Qué tienes? ¿Otra vez lágrimas?

TAYA, con una sonrisa triste: —Un poco de catarro… Está cayendo helada… (Pero está llorando).

ACIDAL, ya bebido, sirve otras copas: —Ella manda y dispone en mi casa, como dueña. Por eso la gente se hace lenguas. Pero, don Rupe, digan lo que digan, su hija está en mi casa y puede hacer en mi casa lo que se le dé la gana…

DON RUPE: —¿Y el taita Cordel? ¿Qué dice el taita Cordel?

ACIDAL: —Dirá lo que digo yo. ¡Déjese de chismes, don Rupe! Aquello de… ¡Qué disparate! Tenga usted mi palabra de honor… (Le tiende la mano que don Rupe deja en el aire). Preñada… Quizás… Es muy posible… Pero… ¿de los dos? (Vuelve los ojos relumbrantes de alcohol y los pone en el montón informe que hace el cuerpo de Taya en la sombra de un rincón. Don Rupe observa alternativamente a Taya y a Acidal, quien, al cabo de unos segundos, llama a la sirvienta). ¡Taya!

TAYA: —Don Acidal.

ACIDAL: —Ven. (A Taya que se ha acercado a ellos). Aquí estamos con tu padre. Siéntate. (Taya se sienta). Don Rupe, su hija, es verdad, yo la quiero… Mi corazón es de ella… (Taya llora bajo). Taya, no llores. Tu padre dice… ¿es cierto que estás preñada? Habla… ¿Qué tienes con Cordel? Habla delante tu padre.

TAYA: —¡Por favor, don Acidal!

ACIDAL: —Contesta y no tengas miedo. Tú comprendes que no voy a tener celos de mi hermano. ¿Entonces? En vez de llorar, ¡responde! ¿Estás preñada?

DON RUPE: —Será por ser pobre, china. Con razón, al anochecer, me dan frío mis calzones. (Taya sigue sollozando).

ACIDAL: —Yo no quiero, don Rupe, que se vaya usted enojado conmigo. No es porque yo tenga miedo a sus brujerías, sino porque Taya es, en resumidas cuentas, de la casa.

DON RUPE, a Taya: —Yo te hice con tu madre honradamente. Ella me dio su todo y yo le di mi todo. ¿Por qué no declaras? ¿Acaso estoy borracho? Yo no me voy ahora sin saberlo todo. (Amenazador). ¡China, a ver!…

ACIDAL: —Taya, di que no estás preñada. ¿Estás preñada?

TAYA, agachada: —Sí, don Acidal, estoy preñada.

ACIDAL, con una rabia repentina, que él procura disimular: —¿Sí? ¡Cómo! ¿Estás preñada? ¿De quién estás preñada?

TAYA: —No sé, don Acidal, de cual de los dos. No sé…

ACIDAL: —Entonces, ¿tú has dormido con Cordel?

TAYA: —Don Cordel dice que es de usted.

ACIDAL: —¿Don Cordel dice que estás preñada de mí? ¿Cuándo te ha dicho eso? ¿Te das cuenta de lo que hablas?

TAYA: —Me lo dijo la vez pasada, que vino de Quivilca.

ACIDAL: —¿Por qué se lo preguntaste a él y no a mí?

TAYA: —Yo creía que el hijo era de él.

DON RUPE salta y la toma furiosamente por el cuello: —¿No sabes de quién es el hijo? ¡China caliente!

ACIDAL, se interpone: —¡Don Rupe, hágame el favor! ¡Qué está usted haciendo!

DON RUPE, soltando a Taya que llora desesperadamente: —¡Qué vergüenza! Tener un nieto con dos padres y hermanos todavía.

TAYA, entre sollozos: —¡Perdóneme usted, taita! (Se arrodilla ante su padre). ¡Le pido hincada su perdón!

DON RUPE: —Los dos te habrán montado en una misma noche. Por eso no lo sabes, ¡china puta! Por eso no lo sabes, ¡china puta!

TAYA: —Sí, taita. Los dos en la misma noche. ¡Qué voy a hacer!

ACIDAL, levantando a Taya por un brazo: —Levántate. Ya está… (Tocan a la puerta de la calle, por el lado del patio. Todos prestan oído). Están tocando…

TAYA: —Sí… (Vuelven a tocar).

ACIDAL, sale por el patio: —A esta hora ¿quién puede ser?… (Sus pasos se pierden).

DON RUPE, bajando la voz: —¿De cuántos meses estás?

TAYA: —Me parece que de tres.

DON RUPE: —¿Los dos saben que duermes con ellos dos?

TAYA: —Sí. Pero se hacen los que no saben.

DON RUPE, con odio profundo y misterioso: —¡Las dos torres se caen por el suelo! … (Besando una cruz que él hace de sus dos dedos, siniestro). ¡Por ésta! ¡Acuérdate! (Ruido atropellado de pasos, de voces y de cascos en el patio).

TAYA, en un sobresalto: —¡Don Cordel!

DON RUPE: —¡Es don Cordel! ¿O don Acidal?

TAYA, saliendo a la puerta del patio: —¡No! ¡Es don Cordel!

LA VOZ DE ACIDAL: —¡Taya! ¡Taya!

TAYA, ha salido al patio: —¡Voy, don Acidal!… (Los pasos y las voces siguen resonando, confusas. Don Rupe, a solas, saca su checo y, sirviéndose de la aguja de su caleador, arroja en el dintel de ambas puertas, unos granos de cal, haciendo unos dibujos cabalísticos en el aire. Don Cordel, en traje de viaje, entra, seguido de su hermano).

ACIDAL, ansioso: —Pero ¿qué ocurre? Siéntate. Descansa. ¿Has comido algo, al menos? ¡No! Que te preparen una sopa.

CORDEL, desplomándose: —Tenemos que hablar… (Fatigado y ceñudo). ¡Qué barbaridad! (Don Rupe se desliza, casi arrastrándose como un animal y sale al patio. Cordel le ha advertido). ¿Quién es ése que sale por ahí?

ACIDAL que se había olvidado de don Rupe: —¡Ah! El padre de la Taya.

CORDEL: —Cierra las puertas, las dos, que nadie nos interrumpa.

ACIDAL: —Primero tómate una taza de cualquier cosa… Tienes que tomar algo…

CORDEL, paseándose, muy agitado: —Nada por el momento, te digo. Más tarde, pueda ser…

ACIDAL, cerrando la puerta del patio y elevando la voz: —¡Taya! Estamos ocupados. No vengas.

LA VOZ DE TAYA: —Bien, don Acidal.

CORDEL, patético: —¡Inadmisible! ¡Verdaderamente inadmisible!

ACIDAL con creciente ansiedad: —¿No me digas que has peleado con Mr. Tenedy?

CORDEL: —¿Zavala ha terminado el balance del último semestre?

ACIDAL: —Sí. Justamente (saca un libro de cuentas) aquí están las cifras de los resultados.

CORDEL: —El semestre anterior arrojaba, si recuerdo bien, unos 20 000 soles de utilidades…

ACIDAL que se ha detenido en una página del libro: —Veamos… Aquí está… Sí. Son 21 775 y 29 centavos de ganancias líquidas entre los dos bazares, socorro de peones, arrieraje y transporte de metal.

CORDEL, pensativo: —21 775 y 29 centavos… No es mucho… ¿Tienes también ahí todos los demás balances, los anteriores?

ACIDAL: —Todos, no. Lo que recuerdo es que, a partir del año en que acabamos de pagar al Tuco, hace de eso 10 años, no hemos dejado en ningún semestre de aumentar el capital lo menos en 40 a 45% anual…

CORDEL, con un gesto de exasperación: —¡Pero si es lo que me parecía a mí también! ¡Entonces! ¿Qué más se puede?

ACIDAL: —En fin, Cordel, ¿me vas a decir si o no lo que pasa con Mr. Tenedy?

CORDEL: —¡Pasa con Mr. Tenedy que él quiere ponerme de Presidente de la República!

ACIDAL clavado de estupefacción, y sin comprender además: —¿Cómo?… ¿Quién quiere poner a quién de Presidente de la República?

CORDEL: —¡A mí! ¿No oyes? ¡Es a mí que Mr. Tenedy quiere poner de Presidente de la República!

ACIDAL: —¡Hombre, que dices! ¡No puede ser! (En las réplicas que siguen, lo inesperado de la noticia mantiene a Acidal en un tal aturdimiento que no le permite tomar conciencia de la cumbre apoteósica a que Mr. Tenedy pretende llevar a los Colacho. En cuanto a Cordel, la perspectiva de la Presidencia le tiene sumido en un pánico absoluto).

CORDEL: —Ayer, por la mañana, me llamó a su escritorio. «Don Cordel —me dijo— los intereses de Wall Street y, sobre todo, de la “Quivilca Corporation”, exigen que usted sea cuanto antes Presidente de la República».

ACIDAL: —¡Presidente de la República!

CORDEL;— ¡Figúrate! ¡Ponte en mi lugar!

ACIDAL: —¿Y qué le contestaste?

CORDEL: —¿Qué le iba a contestar? ¿Tú no conoces como son los gringos? Al cabo de no sé cuántas súplicas, le dije que, en último caso, tú, mejor que yo, podría ser Presidente…

ACIDAL, fuera de sí: —¿Cómo? ¡Por dios, Cordel, eres…

CORDEL: —¡No te apures! Terminó Tenedy por decirme que, en este caso, la empresa nos echaría de Quivilca, quitándonos los bazares, el engancho de los peones, el arrieraje y todo lo demás. «Usted, don Cordel —me dijo—, es el hombre de mayor confianza que tiene nuestro sindicato en este país y es usted el único que puede trabajar con nosotros en el gobierno para servir a su patria y a la mía…».

ACIDAL: —¿Pero no le has dicho?…

CORDEL: —¡Qué no le he dicho! Le dije que yo no tenía ni carácter ni instrucción para semejante puesto; que podía yo servirles mejor de muchos otros modos, pero no de Presidente de la República porque yo no me he puesto nunca de levita ni de tarro, que nunca he conversado con un ministro, que nunca he pronunciado discursos en público y en banquetes…

ACIDAL: —¿Y que decía?

CORDEL: —Parece que ni oía. Creo que la revolución es cuestión ya de unas semanas más. Dice que la «Quivilca Corporation» cuenta con muchos coroneles y generales, mucho dinero por supuesto y todo lo necesario. No están contentos con este Presidente porque favorece a las empresas inglesas en contra de las suyas. «Ya no tenemos confianza en nadie —dice—. Todos los políticos de este gobierno son unos pícaros. Necesitamos y queremos un hombre honrado, un hombre nuestro, que no nos traicione, un hombre como usted».

ACIDAL: —Por último, ¿en qué han quedado?

CORDEL: —Pero en lo mismo: yo de Presidente… ¡Es horroroso! ¿Qué se puede hacer?

ACIDAL, cuyo estupor del primer momento ha empezado a transformarse en ansiedad mirífica: —Bueno, bueno… No hay, por dios, que alocarse… Veamos…

CORDEL: —Bien sabes que no tengo ni he tenido miedo a nadie. Las penas, los trabajos, las miserias, de todo eso me río. Pero que me obliguen a estar en salones, a ponerme zapatos pulidos y camisa tiesa, que tenga que hablar (hace con la boca un ruido de eses, frunciendo las narices y los labios) frunciendo la jeta como culo de conejo, eso, carajo, no. Me llevan los demonios.

ACIDAL: —¿Estás seguro que Tenedy no aceptará que yo te reemplace?

CORDEL: —Ni hablar…

ACIDAL: —Porque viéndolo bien, Cordel, ¡Presidente de la República!…

CORDEL: —¡Sí! ¡Presidente de la República, yo, que no sé nada de nada! ¡Yo que no sé ni las cuatro operaciones completas! ¡Qué no sé andar sobre una alfombra! ¡Ni sobre piso con cera!

ACIDAL, enérgico, totalmente ganado a la ambición: —Oye, Cordel, yo tampoco tengo carácter ni instrucción para ser Presidente y ni siquiera diputado. Por desgracia, hemos nacido fregados y somos unos brutos. ¡Pero eso no quita que yo tenga ganas de ser grande y de mandar! Cordel, un esfuerzo, el último: vuelve a pedirle a Mr. Tenedy que yo te reemplace. De pronto, acepta.

CORDEL, con pesadilla: —¡Concesiones caucheras en el Amazonas!… ¡Construcción de un ferrocarril por el Marañón!… ¡Empréstito aquí, empréstito acá, y no sé de cuántas cosas más!… ¡Para eso quieren ponerme de Presidente!…

ACIDAL: —¡Pero tú o yo, da lo mismo! Pero si no quiere que sea yo, ¡entonces acepta tú, Cordel! ¿Me oyes? ¡Acepta, aunque te quedes de Presidente sólo un día! ¡Pero que te pasa! ¡Un mozo como tú que no tiene miedo ni a las balas, ahora tienes miedo a una levita, a un tarro, a una alfombra!

CORDEL, viéndose mentalmente de levita y tarro: —¡Caracoles! ¡Hasta tengo piel de gallina!

ACIDAL: —Si es por el cuello duro, ¡machúcalo! Y si es por los zapatos pulidos…

CORDEL, interrumpiendo: —¡El cuello, los zapatos y todo el resto!

ACIDAL: —¿Qué resto? ¿Los discursos? ¿Las conversaciones? ¿Las recepciones con altos personajes? ¿Los sofás dorados?

CORDEL: —¿De dónde voy a sacar qué decir, cómo pararme o voltear la cara?

ACIDAL, sacando un libro, su libro de Urbanidad: —¡Espérate! Precisamente, mira: ¿sabes lo que es esto? ¡Esto es un libro formidable! Con este libro estás salvado. Con este libro, se puede ser todo: diputado, ministro, presidente de la República, todo. (Lo hojea). Mira y fíjate: justamente aquí tienes un capítulo estupendo: «Los altos círculos políticos y diplomáticos». Otro, mira: en éste está dicho todo lo que hay que hacer y lo que hay que decir entre prefectos, ministros, diputados y Presidentes. (Cordel se queda mirando el libro). Además, tenemos aquí a Zavala, para que te aleccione.

CORDEL: —¿Es de este libro que me hablabas en tus cartas, que te dio Zavala?

ACIDAL: —Este es. ¡Pero lee! ¡Lee! (Leyendo él en el libro). «Cómo se entra en el salón de la esposa de un ministro, cuyo marido está ausente», «De la manera de recibir a comer a un embajador», «Cómo se conversa del tiempo que hace con la hija soltera de un senador», «Cómo se anuda la corbata para pronunciar un discurso ante una muchedumbre», «A qué hora se saca el reloj para ver qué hora es en un baile» ¡y así cuántos más!

CORDEL: —Sí… pero no entiendo. No entiendo nada de nada.

ACIDAL: —¿Qué no entiendes? Es de lo más sencillo. (Airado). Pero, hombre, ¿qué te ocurre? ¡Un niño…

CORDEL, brusca decisión: —Tienes razón. Le volveré a pedir que me reemplaces. Haré todo lo que pueda…

ACIDAL: —Y si no… De todas maneras, Cordel, ¡no podemos perder esta ocasión! (En un transporte de inefable exaltación). ¡Presidente de la República! ¡Presidente! ¡Presidente del país! (Ríe y llora al mismo tiempo).

CORDEL aplastado por el entusiasmo de Acidal: —Sí… Pero si otra vez se niega Mr. Tenedy a que me reemplaces, le diré que haga entonces lo que quiera de nosotros… Lo que quiera…

.

TELÓN

.

(Continuará…)

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