Algo había pasado

Dino Buzzati

 

 

El tren sólo había recorrido algunos kilómetros (aún nos quedaba mucho camino por delante, no nos detendríamos hasta llegar a la lejana estación de destino, viajando, por lo tanto, durante diez horas seguidas), cuando, en un paso a nivel, vi por la ventanilla a una mujer joven. Fue una casualidad. Podría haber mirado otras muchas cosas, pero mi mirada se detuvo en ella, que no era guapa ni tenía una figura agradable; me pregunto por qué me fijé en ella, si no tenía nada de extraordinario. Era evidente que se había apoyado en la barrera para ver pasar nuestro tren, el exprés procedente del norte, símbolo, a los ojos de aquellas gentes incultas, de vida fácil, millones, aventureros, magníficas maletas de cuero, celebridades, divas cinematográficas, un maravilloso espectáculo que se repetía una vez al día y, además, absolutamente gratis.

Pero cuando el tren pasó delante de ella, no lo miró, a pesar de llevar quizá una hora esperando, sino que volvió la cabeza hacia atrás, prestando atención a un hombre que se acercaba a todo correr desde el fondo de una calle y gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír: parecía advertir a la mujer de un peligro. Fue cuestión de segundos: la escena desapareció, y yo me quedé preguntándome qué problema habría comunicado aquel hombre a la joven que había venido a contemplarnos. Estaba a punto de quedarme dormido con el rítmico traqueteo del vagón, cuando por casualidad —sólo podía tratarse de una mera coincidencia— me fijé en un campesino que, subido de pie en un murete, gritaba con todas sus fuerzas hacia el campo, haciendo bocina con las manos. Esta vez también fue cuestión de un instante, porque el exprés corría como una centella, pero pude ver a seis o siete personas que acudían a través de los prados, los sembrados, la alfalfa, pisoteándolos sin ningún cuidado; debía de ser algo muy importante. Venían de todas partes: algunos de una casa, otros de detrás de un seto, otros de una viña, y otros de donde fuera. Todos se dirigían al murete sobre el que estaba encaramado el joven que gritaba. Corrían, vaya si corrían, parecían estar asustados por algún aviso repentino que les intrigaba muchísimo y les producía una gran desazón. Pero fue apenas un instante, repito, visto y no visto, no me dio tiempo a fijarme en nada más.

Qué extraño, pensé, que en tan sólo unos kilómetros haya visto a tanta gente recibiendo una noticia inesperada… Al menos eso era lo que yo suponía. Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los pueblos, las granjas, lleno de inquietud y presentimientos.

Quizá se debiera a ese especial estado de ánimo, pero cuanto más observaba a la gente, campesinos, carreteros, etcétera, más me parecía que en todas partes había una animación inusitada. ¿Por qué todas aquellas idas y venidas en los patios, aquellas mujeres tan nerviosas, aquellos carros, aquel ganado? En todos los sitios ocurría lo mismo. Debido a la velocidad era imposible distinguir bien y, sin embargo, habría jurado que el motivo era siempre el mismo. ¿Estarían celebrando alguna feria en la zona? ¿Se disponían los hombres a ir al mercado? Pero el tren corría y en todos los campos, a juzgar por la confusión, seguía habiendo un gran revuelo. Y entonces relacioné a la mujer del paso a nivel con el joven subido al murete y con las idas y venidas de los campesinos: algo había pasado y los que íbamos en el tren lo desconocíamos.

Miré a mis compañeros de viaje, a los que iban en mi compartimiento y a los que iban de pie en el pasillo. No se habían dado cuenta de lo que pasaba. Parecían tranquilos; una señora de unos sesenta años que había enfrente de mí estaba incluso a punto de quedarse dormida. ¿O bien sospechaban algo a pesar de todo? Sí, sí, también ellos estaban inquietos, todos y cada uno de ellos, y no se atrevían a hablar. Más de una vez les sorprendí mirando hacia fuera. Sobre todo la señora soñolienta, que miraba a hurtadillas con los ojos entrecerrados y después me controlaba de inmediato para ver si la había descubierto. ¿Pero qué temían?

Nápoles. Allí normalmente el tren se paraba. Pero ese día no. Las viejas casas desfilaron casi rozándonos, en los patios oscuros vimos ventanas iluminadas y, a través de ellas, fue cuestión de un instante, a hombres y mujeres inclinados haciendo paquetes y cerrando maletas. ¿O acaso me engañaba y era todo una fantasía mía?

Se disponían a partir. ¿Adonde? No era, pues, una noticia alegre lo que agitaba las ciudades y los campos, sino una amenaza, un peligro, un aviso de catástrofe. Después me decía: si hubiera sucedido una gran desgracia habrían podido detener el tren. Pero el tren seguía su recorrido sin problemas: las señales de vía libre, los cambios de agujas perfectos, todo como si se tratara de un viaje inaugural.

A mi lado, un joven se había puesto de pie, parecía que para desentumecerse. Pero en realidad, se arqueaba por encima de mí para estar más cerca de la ventanilla y poder ver mejor. Fuera, los campos, el sol, las carreteras blancas y en ellas, vehículos del ejército, camiones, grupos de personas a pie, largas caravanas como las que se dirigen a las ermitas el día del santo patrón. Eran masas de gente, cada vez más compactas a medida que el tren se acercaba al norte. Todos iban en la misma dirección, bajaban hacia el sur, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro, a una velocidad de vértigo. ¿Hacia qué nos precipitábamos? ¿Hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego, hacia qué? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de la llegada, y quizá entonces sería demasiado tarde.

Nadie decía nada. Nadie quería ser el primero en ceder. Seguramente cada uno dudaba de sí mismo, como hacía yo, en la incertidumbre de si toda aquella alarma era real o simplemente una idea excéntrica, una alucinación, uno de esos pensamientos absurdos que se tienen en el tren cuando se está un poco cansado. La señora de enfrente suspiró, simulando haberse despertado, y como quien saliendo del sueño alza la mirada mecánicamente, levantó sus ojos y los detuvo, como por casualidad, en la manilla de la señal de alarma. También los demás miramos el artilugio con idéntico pensamiento. Pero nadie habló o tuvo la audacia de romper el silencio, o simplemente se atrevió a preguntar a los otros si no habían notado algo alarmante fuera del tren.

Ahora las carreteras bullían de vehículos y gente, todos camino del sur. Los trenes con los que nos cruzábamos iban abarrotados. Las miradas de los que desde tierra nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, se llenaban de estupor. Las estaciones rebosaban de gente. Algunos nos hacían gestos, otros nos gritaban frases de las que sólo se percibían las últimas vocales, como ecos de montaña.

La señora de enfrente empezó a observarme. Con las manos enjoyadas, manoseaba nerviosa un pañuelo, mientras me suplicaba con la mirada que hablara finalmente, que le aliviara de aquel silencio, que pronunciara la pregunta que ninguno se atrevía a hacer y que todos esperaban como una liberación.

Otra ciudad. Cuando el tren, al entrar en la estación, aminoró la velocidad, dos o tres personas se levantaron, sin poder resistirse a la esperanza de que el maquinista parase. Sin embargo, pasamos, fragoroso tornado, por delante de los andenes, donde una multitud inquieta se apiñaba anhelante, entre caóticos montones de equipajes, en espera de que algún tren partiera. Un chiquillo intentó correr detrás de nosotros con un paquete de periódicos, agitando al viento uno con un gran titular negro en primera plana. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba enfrente de mí se asomó por la ventanilla y consiguió aferrarlo, pero el viento producido por el tren se lo arrancó de las manos. Sólo le quedó una parte entre los dedos. Me di cuenta de que sus manos temblaban al desplegarla. Era un trocito triangular. Se leía la cabecera y sólo tres letras del gran titular. «IÓN» eso era lo que se leía. Nada más. Y en el dorso, anodinas notas de sociedad.

En silencio, la señora alzó un poco el trozo de papel para que todo el mundo pudiera verlo. Pero ya lo habíamos visto. Y fingimos no darle ninguna importancia. Cuanto más aumentaba el miedo, más discretos nos volvíamos. Corríamos enloquecidos hacia algo que acababa en «IÓN», y debía de ser espantoso cuando, ante la noticia, poblaciones enteras habían huido de inmediato. Un hecho nuevo, terrible, inmenso, había roto la vida de nuestro país; hombres y mujeres sólo pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajo, negocios, todo, mientras nuestro maldito tren marchaba con la exactitud de un reloj, como esos soldados honestos que vuelven sobre sus pasos, remontando las masas del ejército derrotado para alcanzar su trinchera, donde el enemigo está ya acampando. Y por decencia, por un miserable respeto al qué dirán, ninguno de nosotros tenía el valor de reaccionar. ¡Oh, los trenes, cómo se parecen a la vida!

Faltaban dos horas. A la llegada, dentro de dos horas, conoceríamos la suerte que nos estaba reservada. Dos horas, una hora y media, una hora, ya empezaba a anochecer. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad, y su inmóvil resplandor, que iluminaba el cielo con un halo amarillo, nos animó. La locomotora lanzó un silbido, las ruedas rechinaron en el laberinto de los cambios de agujas. La estación, la curva negra de las marquesinas, las lámparas, los carteles, todo estaba en orden como de costumbre.

Pero ¡horror!, el exprés continuaba avanzando y vi que la estación estaba desierta, vacíos y desnudos los andenes, sin una sola alma por más que se buscara. El tren se detuvo finalmente. Corrimos por los andenes, hacia la salida, en busca de algún semejante. Me pareció distinguir, en la esquina de la derecha, al fondo, ligeramente en penumbra, a un ferroviario con su gorra que desaparecía aterrorizado por una puerta. ¿Qué había pasado? ¿Ya no encontraríamos a nadie en la ciudad? Hasta que la voz de una mujer, aguda y violenta como un disparo, nos produjo un escalofrío. «¡Socorro! ¡Socorro!», chillaba, y su grito resonó bajo las bóvedas de cristal con la vacua sonoridad de los lugares abandonados para siempre.

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