El juicio a Eichmann. Causa penal 40/61 [Fragmento] (y II)

Harry Mulisch

 

 

Martes 18 de abril. Los soldados que hacen las veces de porteros y acomodadores se han puesto por primera vez sus uniformes color caqui. Hace calor y Eichmann por fin se ha curado del resfriado y hoy no saca el pañuelo blanco del bolsillo izquierdo. «Está curado», nos decimos unos a otros.

Con una disertación sobre los campos de concentración y un esbozo de las heridas culturales infligidas al pueblo judío, Hausner concluye su atroz letanía de judíos gaseados, niños descuartizados, personas quemadas vivas y canibalismo, que ha sido útil a la par que tendenciosa: inevitablemente —al haber pronunciado sus palabras aquí— medio mundo pensará ahora que Eichmann fue responsable de todo. Y eso solo puede generar decepción. Pero si este juicio acaba con una resaca, se desatarán las furias del infierno. Ahora se descarga de forma más o menos consciente la culpa de casi todo sobre la cabeza calva de Eichmann. Por un lado, para satisfacer el enorme fervor de Hausner que en parte se fundamenta en la ignorancia de alguien que en toda su vida no ha visto nunca a un miembro de las SS en acción: en 1927, cuando tenía doce años, Hausner ya estaba en Israel. Por otro, para satisfacer la necesidad de la humanidad de tener una imagen clara, simple y terrible. Ahora que ya no puede creer en Dios, la humanidad quiere creer al menos en el Demonio. Pero, al mismo tiempo, esta manera de proceder exime a los demás nazis de una manera totalmente ilícita. Estoy convencido de que el enfoque de Hausner es recibido con gran satisfacción en Alemania. Hausner ha anunciado que demostrará que Eichmann elaboró el plan para la Endlösung, fue su organizador y perpetrador. Espero ardientemente que lo consiga, pues si no lo consigue —o no del todo— (y Landau es un hombre al que le traen sin cuidado los deseos del mundo: él administra justicia en el caso Eichmann), la culpa no recaerá de nuevo en quienes corresponde, sino que se evaporará y desaparecerá para siempre en la nada. Hausner tendría que haber empezado con algo más pequeño, pues entonces la culpa de Eichmann solo habría podido ser más grande de lo que se pensaba, para alegría de todos. El mecanismo que ha elegido ahora (por consideraciones pedagógicas, y también obligado por las publicaciones previas en la prensa internacional que constituyen un enorme desacato al tribunal) es irreversible.

Cuando por fin se sienta, el fiscal se vuelve y explora la sala con la mirada. Pero por supuesto no busca a nadie: quiere mostrar su cara. Está orgulloso. A mí no me causa una impresión agradable, pese a que, por lo general, suelo deleitarme con la vanidad ajena. La sala no debería estar allí para él. Ninguno de los otros tres fiscales ha mirado la sala, como tampoco lo han hecho Servatius o Wechtenbruch, o el propio Eichmann. Nosotros somos los que miramos. La señora Hausner está sentada en primera fila; todavía no se ha perdido ni una sola sesión.

Después de la suspensión, cuando llegan los primeros testigos de Hausner, con los que se inicia la presentación de las pruebas, la Casa del Pueblo vuelve a estar casi tan llena como el primer día. No permanece así por mucho tiempo. Después de buscar un rato, se levanta de la sala un hombre rubio y alto que se sienta en el banquillo de los testigos, se pone un bonete y jura por Dios que dirá la verdad. Por lo que cuenta a continuación no merece la pena mentir. El comandante de policía, Naftali Bar Shalom es jefe del Departamento de Documentación de la Oficina 06, y habla horas enteras de archivos, documentos, protocolos, copias, fotocopias, microfilms, listas, catálogos, letras y números; se equivoca, Landau lo corrige; Landau se equivoca, lo corrige Bar Shalom, y uno tras otro, los presentes van abandonando la sala. El que no evidencia en ningún momento signos de aburrimiento es Eichmann; tampoco signos de interés, por cierto. Ahora formula las preguntas el fiscal Gabriel Bach, también nacido en Alemania, que se parece a mí, tiene mi misma edad, también vivió en los Países Bajos entre 1938 y 1940 y tiene el mismo tipo de pulgar. Ya me han pedido dos veces una entrevista.

Por la tarde comparece un testigo interesante, aunque por lo pronto con información poco interesante. Se trata del capitán Avner Less, que interrogó a Eichmann durante casi un año. Al igual que Bar Shalom va vestido de paisano; calculo que tendrá cuarenta y pocos, tiene el cráneo moreno casi calvo; la mirada con la que sus ojos azules observan el mundo detrás de unas gafas de gruesos cristales es aterradoramente penetrante. Landau le pregunta si el hombre al que ha interrogado se encuentra en estos momentos en la sala, a lo que Less responde señalando la jaula. Apenas puedo reprimir un ataque de risa. Para más inri, Landau le dice poco después a la estenógrafa que debe anotar que Less ha afirmado que Eichmann se encontraba en la sala, a lo que la joven responde asintiendo algo indignada puesto que Less no ha dicho nada, solo ha señalado con el dedo. «¿Qué será de la estenografía?», debe de estar preguntándose la joven. El resto de la tarde se dedica a constataciones para bibliófilos.

Por la noche, converso en el jardín con Wechtenbruch, el ayudante de Servatius. Le pregunto por qué no estuvo en la sala por la tarde y él me contesta que después del discurso de Hausner no aguantó más. Ya no pudo soportar más el feroz ataque frontal de Hausner sabiendo que estaba junto a un cliente que, como mínimo, es una persona repugnante y que probablemente se merece la pena de muerte, que la defensa tenía detrás a un Gobierno alemán que se distancia descaradamente de ellos, y que solo podían contar «con la simpatía de los más antipáticos». Es evidente que se pregunta si ha hecho lo correcto al participar en este juicio. Pero ¿no se suponía que iba a ser un juicio justo? De lo contrario «mejor habría sido que desnucaran a Eichmann de un garrotazo en Argentina». Le digo que no causa una impresión muy justa verle sentado, solo con Servatius, junto a los cuatro fiscales que cuentan con el respaldo de todo un aparato policial, los medios económicos de todo un Estado y la aprobación del mundo entero; y que además cuentan con cuarenta testigos, mientras que su Estado se niega a conceder un salvoconducto a los testigos de la defensa. Intento tenderle una trampa. Le pregunto sonriendo si la defensa no tiene otras fuentes de financiación aparte del mísero par de miles de dólares de Israel. Sin demasiada convicción niega mi alusión a las organizaciones neonazis; y sin duda no me lo creería si no fuera porque lo he visto tan a menudo preocupado por reducir gastos. Por cierto, a final de semana se va a Alemania, «a la caza de nazis», como dice él: a buscar testigos. Tengo la impresión de que no se trata tanto de traerlos hacia aquí, sino de poner a Hausner ante un dilema. Por lo demás, habla bien de Hausner que lo abordó espontáneamente para decirle que siempre podía acudir a él para documentarse.

Mientras saboreamos el whisky, me habla de la increíble memoria de Eichmann para la comida. Recuerda exactamente qué sopa tomó o qué carne comió y es capaz de explicar si el postre era de frutas o bizcocho, y eso refiriéndose a cenas a las que asistió en sus primeros tiempos en las SS, en 1934 o 1935. En cambio, cuando se le pregunta sobre los judíos deportados, contesta: «ciento cincuenta mil o doscientos cincuenta mil, no logro recordarlo con precisión. Hace demasiado tiempo de eso».

Después entramos. El frío cae pronto en las noches de Jerusalén.

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Miércoles 19 de abril. Al parecer, a Avner Less le han dado un toque de atención: hoy aparece en el banquillo de los testigos vestido de uniforme y arremangado, como manda el reglamento. También el viejo y gordo guardia del juzgado ha cambiado su uniforme de combate azul por un uniforme de verano color caqui. Cada día, cinco minutos antes del final oficial de la sesión, se coloca delante de la puerta a la espera de que Landau le dé la señal para soltar el grito salvaje de «Beit Mishpat», que según me han dicho significa «el tribunal». Si se sobrepasa el límite de tiempo, su rostro de mirada bizca ensombrece a ojos vistas. Por lo demás, es evidente que no tiene ningún contacto con lo que se habla aquí y solo atiende al zumbador que se encuentra detrás de su cabeza. Cuando este emite un zumbido, él salta de la silla y se precipita dando tumbos hasta Landau, para lo cual debe subir dos escalones. Ya corren apuestas sobre cuándo tropezará por primera vez.

Hoy, por fin hemos oído extensamente la voz de Eichmann, aunque no sea de su propia boca. Su presentación tiene lugar por etapas. Durante toda la mañana, Hausner ha puesto fragmentos del interrogatorio de Eichmann a cargo de Less. Cuando la sesión se suspende hasta el viernes, la sala está dividida en tres grupos: los que han empezado a dudar de la culpabilidad a lo Gengis Kan de Eichmann, los que creen que miente y los que no creen ni dejan de creer, sino que se limitan a informar sobre lo que oyen.

El sonido de las grabaciones es malo y de vez en cuando resulta incluso imposible comprender lo que dicen. El militar que manipula los botones con ademán de experto lleva un número azul de Auschwitz tatuado en la piel del brazo. En las grabaciones llama la atención el marcado acento austríaco de Eichmann, aunque cierta brusquedad prusiana haya borrado parte de su musicalidad. La erre es sonora, igual que la del austríaco Hitler y el alemán del sur Himmler. Nunca levanta la voz: avanza a tientas, vacilando, buscando, y a menudo vuelve a empezar una frase. Con frecuencia, su voz se reduce hasta un susurro apenas audible que, a veces, se convierte en largos silencios. En esos momentos estamos extrañamente juntos: los jueces, los periodistas, los abogados defensores, los fiscales y Eichmann. Entonces nos miramos unos a otros y en la sala solo puede oírse el gorjeo de los pájaros grabados hace un año en el antiguo fuerte policial británico de Haifa. En un momento dado se oye acercarse a alguien silbando indiferente y luego una puerta que se cierra de golpe. Moshé Landau mira a la sala, malhumorado, pero de repente sonríe y asiente: eso fue hace un año.

Intercalando amables «Jawohl, Herr Hauptmann» y «Bitte, Herr Hauptmann» — Sí, señor capitán. Por favor, señor capitán—, Eichmann explica que, poco después de declararse la guerra con Rusia, Heydrich le comunicó que: «El Führer ha ordenado el exterminio físico de los judíos». (Hitler nunca consignó por escrito la orden de exterminar a los judíos: la orden llegó inexplicablemente de la nada hasta Goering; en cualquier caso, Goering se la transmitió a Heydrich diciendo que era una «orden del Führer», y claro que lo era.) Eichmann dice que en un principio apenas podía comprenderlo y que perdió todo interés por su trabajo.

Poco después, en la Conferencia de Wannsee, se debatió y se acabó de orquestar la cuestión. Hausner, quien hoy ha ido a la peluquería, dice que demostrará que Eichmann era el pez gordo de aquel infame 20 de enero de 1942. Eichmann afirma que tuvo que estar presente como experto en transportes. Pero afirma que con las indicaciones sobre quién debía ser gaseado, si había que gasear a alguien, si se debía y podía detener o si se debía incrementar… con todo eso, él no había estado implicado —(rápido y en voz baja) «nie, nie, nie, nie» (Nunca, nunca, nunca, nunca) — por mucho que dijera la prensa. Sobre esa conferencia que tuvo como consecuencia millones de muertos, Eichmann ofrece la siguiente descripción auténtica: «Puedo recordar que en algún momento, uno u otro de los presentes tomó la palabra, como era habitual —era la primera vez en mi vida que participaba en una conferencia de este tipo, a las que solo acuden altos funcionarios como Staatssekretäre—, todo transcurrió de una manera muy tranquila, muy amable, muy cortés y en un ambiente agradable y educado, y no se habló mucho, tampoco duró mucho. Los ordenanzas nos sirvieron coñac y eso fue todo».

Cuando Eichmann afirma que él nunca se atrevió a mirar cómo los gaseaban, seguramente dice la verdad. Lo que sí vio es todo lo que venía antes y después: cómo los desnudaban, les cortaban el pelo y después les arrancaban las muelas de oro y les sacaban las piedras preciosas del ano y de los genitales, y finalmente cómo los quemaban. Mientras su voz lo cuenta, Eichmann juega con los cascos entre sus manos y sin alzar la vista. Estas experiencias lo dejaban aturdido durante horas. Eso no tiene por qué denotar un gran corazón, sobre todo porque menciona que tenía miedo de desmayarse al ver a los moribundos, como —según dice— le sucedió en una ocasión a Himmler. «Cuando veo a alguien con una herida abierta, soy incapaz de mirar; pertenezco a esa categoría de personas, y a menudo me dicen que no podría haber sido médico. Todavía recuerdo cómo me imaginaba vivamente las cosas y que de alguna manera me sentía inseguro en mi proceder. Como si algo excitante… como si me hubiera sucedido algo excitante, como pasa a menudo, que uno luego siente un estremecimiento interior, o algo parecido».

Menos creíble es la manera en que repetidas veces no logra recordar el nombre del gas tóxico.

Eichmann: Con eh… (silencio prolongado; sonido de pájaros) eh… con eh… ¿cómo se llama ese… cian…?
Less: ¿Cianuro?
Eichmann: Cianuro.
Less: Cianuro.
Eichmann: Cianuro… o ácido, cómo se llama un ácido, cómo se llama ese ácido… eh… ácido cianúrico…

Puede que en este caso se trate de otro mecanismo de «represión»; pero por fortuna no hay psicólogos en este proceso.

Así transcurre toda la mañana con el relato de sucesos terribles, que le parecieron muy atroces a Eichmann —de acuerdo—, pero que él presenció como testigo, y no como una víctima. A veces narra los relatos de una forma terrible, como cuando habla de esa fosa común en Rusia de la que surgió un chorro de sangre.

Poco antes del hundimiento de Alemania, según explica Eichmann, sus compañeros de la Gestapo encargaron documentos de identidad falsos, según los cuales durante la guerra habrían sido agentes de seguros. Pero él se negó. Él prefería pegarse un tiro antes que utilizar documentos falsos. Por lo visto, eso no incluía el documento falso a nombre de Ricardo Klement, con el que emigró a Argentina. No obstante, no quisiera sacar la conclusión de que «por consiguiente» Eichmann es un patético mentiroso. Si el ser humano fuera tan sencillo, acabaríamos pronto con él. Aun así, poco a poco empiezo a mirar con otros ojos la tristemente famosa observación que hizo a su colaborador Wisliceny: que saltaría riendo dentro de su tumba sabiéndose responsable de la muerte de cinco millones de judíos. La comparación de Eichmann con Satanás se ha basado sobre todo en esta frase, sin duda auténtica. Pero por supuesto también se trataba de fanfarronadas entre amigos. La humanidad palidecería si alguna vez la prensa internacional publicara las cosas que he llegado a decirles a mis amigos, y especialmente, aquello de lo que nos hemos reído.

Esa misma humanidad múltiple, que tiene tanto de mentira como de sinceridad, ha de tenerse en cuenta en la declaración que Eichmann hizo el año pasado ante Less:

En mi fuero interno hace tiempo que estoy preparado para esta declaración, solo que no sabía adónde me llevaría el destino en esta declaración. Ya en enero de este año (1960; es decir, antes de su arresto) me dijeron que sería juzgado este año. Justo del mismo modo en que me dijeron que no sobreviviría a mis cincuenta y seis años. Lo uno ya ha sucedido y lo otro es —creo— ineludible. Saber eso me da una disposición interna para explicar voluntariamente todo lo que sé de mí, sin consideración alguna hacia mi persona, que ya no me importa. Durante toda mi vida he estado acostumbrado a la obediencia, desde la guardería hasta el 8 de mayo de 1945, una obediencia que, en los años de pertenencia a las SS, se convirtió en una obediencia de cadáver, en una obediencia incondicional. ¿Qué me habría aportado la desobediencia? ¿Y a quién habría beneficiado? En ningún momento entre 1935 y 1945 me estuvo permitido implicarme en la planificación, la definición de principios o la toma de decisiones en relación con los sucesos que tuvieron lugar durante esos diez años. Mi rango y mi servicio eran demasiado modestos para ello. A pesar de todo, por supuesto sé que no puedo lavarme las manos, porque el hecho de que fuera un absoluto receptor de órdenes, sin duda, ya no significa nada hoy en día. Los que planearon, tomaron decisiones, resolvieron y dieron órdenes han eludido fácilmente su responsabilidad a través del suicidio. Otros, que pertenecían a ese círculo, han muerto o no están presentes. Aunque no tengo sangre en las manos, sin duda me declararán culpable de complicidad en asesinato. Pero sea como sea, en mi fuero interno estoy dispuesto a pagar personalmente por los terribles sucesos, y sé que me espera la pena de muerte. No pido clemencia, porque no me corresponde. De hecho, si significara un mayor acto de expiación, estoy dispuesto a ahorcarme en público, para dar ejemplo a todos los antisemitas de las naciones de este mundo, como han demostrado los acontecimientos recientes. Antes de que eso suceda, déjeme escribir un libro sobre el horror como advertencia y disuasión para la juventud de hoy y de mañana, y entonces acabará mi vida en la tierra.

Se puede alegar de todo contra esta declaración. Que por un lado rehúye su responsabilidad y por otro se las da de mártir.

Que está dispuesto a hablar voluntariamente —eso sí, después de su arresto—. Que desvaría sobre el destino y al parecer consulta a videntes. Que establece una distinción entre los que daban órdenes y los que recibían órdenes, cuando ambos forman un matrimonio y son «uña y carne». También cabe preguntarse qué habría dicho Eichmann si Alemania hubiese ganado la guerra. ¿Se habría metido en un monasterio, como el piloto del avión de Hiroshima (quien, al igual que él, se limitó a cumplir órdenes), o lo habrían ascendido ya a Obergruppenjuhrei (Teniente general) y estaría ocupado con la deportación del pueblo holandés a Rusia, tal como pretendía Hitler?

Sin embargo, no tiene sentido abordar la realidad a base de posibilidades. En la calle Kurfürstenstrasse de Berlín no hay ningún general de las SS ni tampoco se está juzgando a los millones de personas que según Wechtenbruch habrían hecho lo mismo que Eichmann. Alemania perdió la guerra y el que está siendo juzgado es Eichmann: esto sí que es definitivo e irrevocable. Pero igual de irrevocable es su tono, que parece escucharse a través de todas las vaguedades. El general mariscal de campo Keitel pidió en Núremberg una bala honrosa en lugar de la humillante horca. Esas eran palabras de militar, esas eran falsedades. Pero el que pide poder ahorcarse en público, ese se encuentra en el pozo más profundo de la realidad.

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Jueves 20 de abril. Anoche empezó el Día de la Independencia. Subí a la azotea para contemplar los fuegos artificiales sobre Jerusalén. Servatius también estaba en la azotea con su guardaespaldas. En la otra parte de la ciudad, en Jordania, a los árabes seguramente les crujían los dientes.

Hoy se celebra un gran desfile contra el cual han protestado los jordanos en la ONU. Somos unos diez mil los que llenamos las tribunas en las afueras de la ciudad bajo un sol de justicia. El mejor momento fue cuando, en presencia del presidente Ben Zvi, vimos desfilar su coche vacío, escoltado por militares con banderas desplegadas a lomos de caballos blancos al galope. El presidente es un símbolo y por ello su coche vacío es un símbolo aún más fuerte —y los caballos blancos resoplaban bajo el sol de Jerusalén, y esos resoplidos silenciaban el traqueteo de los trenes de la muerte y el bramar de los crematorios—, mis ojos se llenaron de lágrimas. ¡Qué pueblo! ¡Qué historia!

Pero no, sin duda el mejor momento de todos fue cuando llegó el primer ministro Ben Gurión escoltado por motoristas y resultó que el último coche del séquito era un taxi en el que iba una familia que, por algún error técnico relacionado con el tráfico, acabó en el desfile sin poder encontrar una salida de entre las hileras de gente. La ovación que el público dedicó a la temblorosa familia y al lívido taxista ahogó los aplausos dirigidos al fundador del Estado.

¡Al fin y al cabo, todo esto se ha organizado para esa familia! Allí llega el ejército, adiestrado por los británicos, saludando con los brazos extendidos, las chicas con pistolas automáticas, las boinas sobre los ojos; allí se acercan sus tanques tableteando… ¿Puede tener esa familia por fin un ejército? Y casi ningún soldado tiene aspecto «de judío». Bien podría tratarse del ejército egipcio, francés o polaco. Aquí no quedará ni rastro de las características de la Diáspora —como tampoco quedó rastro del proletario en la época del socialismo—. Incluso llegará el día en que podremos decir de nuevo que los judíos cometieron una vileza, por ejemplo masacrar e incendiar a un pueblo árabe, por ejemplo Kafr Qasim (Pueblo árabe-israelí a veinte kilómetros de Tel Aviv, donde la policía de fronteras israelí asesinó a 48 civiles en 1956). Solo cuando llegue ese día, podremos decir de los judíos lo que decimos de las demás personas: que son buenas y malas, y no una de las dos cosas. En definitiva, hablaremos de ellos como hablamos de los demás. Y solo entonces dejaremos de ser antisemitas o filosemitas, y seremos también como las demás personas.

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Viernes 21 de abril. No sé si alguien habrá contemplado alguna vez un juicio como si fuera una creación artística. Como una cosa a la vez invisible e irrevocable, que el juez va construyendo pieza por pieza a partir del material que aportan el fiscal y el abogado defensor. A veces rechaza algo, otras veces pide algo diferente, comprueba, investiga, se pasa una mano blanca sobre la boca, reflexiona, examina reglas, aplica leyes, se acuerda de sentencias, y la cosa empieza a crecer lentamente. Mientras tanto, en un cubo de cristal hay una persona a la que apenas mira, en la que apenas piensa —pues él examina documentos, se queda mirando el cielo raso, compara criterios, proporciona cifras—. Así va creciendo la cosa. Una vez que se ha completado, el hombre del cubo caerá o se mantendrá en pie. Incluso durante las sesiones más aburridas, siento que se desarrolla este proceso fantástico y despiadado.

La mañana entera se ha dedicado de nuevo a las conversaciones de Eichmann con Less. Yo ya no las escucho, un precioso regalo de la policía israelí hace que sea innecesario. Seis infolios azules, compuestos de cuatro mil fotocopias de páginas mecanografiadas: los interrogatorios completos del 29 de mayo al 29 de diciembre de 1960. Cada cambio en la trascripción textual ha sido confirmado por Eichmann, todas las páginas llevan su rúbrica: los primeros días una ei o eic más o menos claras, que gradualmente se transforman en un signo ponzoñoso, algo parecido a una D puntiaguda. Además, todas las páginas llevan también la rúbrica de Less, mientras que, después de cada cinta del magnetófono, Eichmann ratifica con su firma completa que ha revisado personalmente el texto. Volveré a hablar a menudo de este texto, pues contiene el material que me interesa. El resto del juicio probablemente aporte pocas cosas nuevas.

Ahora prefiero limitarme a observar a Less y a Eichmann. Gente cercana a la fiscalía me cuenta que Eichmann enfermó físicamente un día que Less no acudió a interrogarlo. Aunque uno no sea católico ni freudiano sentirá el vínculo entre ambos hombres: Eichmann a la izquierda del escenario, Less a la derecha. El escenario… En efecto no podría imaginarme una situación más trágica. Dos hombres: uno ha capturado al otro; el azar quiso que el primero no fuera llevado antes al matadero por el segundo. Con este contacto excepcionalmente íntimo como premisa, hablan día tras día durante horas a lo largo de nueve meses. Entonces nace algo, que por supuesto nunca se expresará con palabras —pero sueñan el uno con el otro, igual que los que estamos aquí soñamos solo con Eichmann—. De día intentan atraparse, engañar al otro, conmoverle, ser duro con él, pero nunca más serán uno sin otro.

Y ahora se reencuentran sobre el escenario. Entre ellos el fiscal y un juez. Sabían que sucedería algún día, pero solo ahora ha llegado este momento. En Less hay vergüenza, en Eichmann reproche. No, ni vergüenza ni reproche: de vez en cuando se miran. Es terrible.

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Sábado 22 de abril. La carretera nos lleva primero en dirección a Tel Aviv. En una colina a lo lejos está la tumba de Samuel; los cruzados la llamaban Monjoye, el monte de la alegría, porque desde su cumbre divisaron por primera vez la Ciudad Santa. En seguida, la vista cambia y a ambos lados de la carretera vemos escarpadas laderas de bosques. En 1948, los árabes ocupaban ambos lados: el arcén está cubierto de restos de camiones de aprovisionamiento destrozados por los disparos. Anteayer, la gente colgó coronas de flores en muchos de ellos; los protegen del óxido con minio, porque son monumentos para la generación joven, para recordarle que la guerra de la independencia no solo estuvo marcada por las victorias.

Cerca del aeropuerto de Lod (la bíblica Lida) la carretera gira hacia el norte, pasamos por el pueblo natal de Jonás y poco después atravesamos los huertos de naranjos de Samaria. Tan árida como es la tierra en el sur, tan compasiva es aquí, apenas cien kilómetros más al norte. Descendiendo por las colinas de Samaria, el valle de Jezreel nos acoge como una mano abierta. La mano se abre hasta el horizonte, donde empiezan las montañas de Galilea; en el pulgar (si es la mano izquierda) se transforma en la llanura de Megido: Armagedón, donde se librará la última batalla entre los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas, puesto que aquí siempre se ha combatido, contra los madianitas, los filisteos, los faraones, contra Vespasiano y Saladino. Al atravesar el mar de trigo hacia el noroeste pasamos delante de una extraña topera, que sin motivo alguno se levanta unos cientos de metros sobre el prado: el monte Tabor, donde tuvo lugar la Transfiguración de Jesucristo ante tres de sus discípulos. Seguimos ascendiendo por el monte, cerca del peñasco desde donde los primeros cristianos se precipitaban al vacío para escapar de los perseguidores romanos, y poco después nos encontramos en Nazaret. Lo que vemos es una ciudad de callejuelas estrechas construida en la ladera, repleta de árabes y turistas estadounidenses. Solo por un instante —mientras salto sobre las cloacas al aire libre—, tengo la sensación de estar en Oriente Próximo, durante el resto del tiempo estamos en Volendam (Pequeña ciudad portuaria y muy turística de los Países Bajos). Los lugares sagrados están sepultados bajo la multitud de peregrinos con Leicas y yo los dejo estar por lo que son (sagrados); por cierto, la población árabe es católica, pero vota comunista para fastidiar a los israelíes, y debido a ello, la ciudad de Dios es la única de Israel con una mayoría comunista en el ayuntamiento.

Después cruzamos el pueblo de Kfar Kana, donde el agua se convirtió en vino, y más tarde atravesamos el valle de Hittin, donde, en el siglo XII, Saladino y sus sarracenos pusieron fin a las cruzadas: veinte mil caballeros de Malta y templarios muertos y un sueño sacrosangriento.

El mar de Galilea que surge poco después resulta indescriptiblemente encantador. Se extiende cálido y sereno hasta las áridas montañas de Siria al otro lado. Sobre estas aguas quietas caminó Dios, y lo primero que veo cuando llegamos abajo es a un hombre haciendo esquí acuático detrás de una lancha. Por supuesto, vuelvo a ser el único que se echa a reír. En Tiberíades almuerzo pescado frito junto al agua, semidesnudo y con la cabeza cubierta por una auténtica kefia, que me ha encajado un árabe en Nazaret, y me figuro que el pescado es una persona, como dicen las Sagradas Escrituras, y bebo vino de los carmelitas.

Por la tarde subimos ladera arriba bordeando el lago, pasamos por un pueblo.

¿Qué sucedió aquí? Es el lugar donde nació María Magdalena. Atravesamos una colina suavemente ondulada con una iglesia en la cima. Y aquí, ¿qué sucedió? Es el monte de las bienaventuranzas. Llegamos al pueblo de Kfar Nahum o sea, «Pueblo de Nahum», es decir: Cafarnaúm, también escrito Capernaúm, y no necesito explicarle nada más al lector devoto. Con los prismáticos veo en Siria fortificaciones árabes y una bandera blanca de la ONU.

Regresamos a Tiberíades y ponemos rumbo hacia el sur bordeando el lago. Cruzamos un río de unos veinte metros de ancho a la sombra de los álamos, las adelfas y los sauces, cuyas puntas casi se tocan: es el río Jordán que une el lago de Tiberíades con su opuesto infernal: el mar Muerto. Este país es como un alma y si hay una tierra que merece el calificativo de santa, es esta. ¿Por qué razón han tenido lugar sucesos fantásticos e inconmensurables, siglo tras siglo, en este lugar? Por supuesto, uno puede negarse a creer en ellos, pero no podrá negarse a creer en sus consecuencias. Delante de mi casa en Ámsterdam hay una iglesia. Los veinte mil caballeros murieron en el valle de Hittin. Y yo sé por qué razón sucedió todo aquí y no en otro lugar del mundo: Israel es en sí misma un ser humano. El lago más encantador de la tierra vinculado con el más espantoso por un río en el que fue bautizado Dios: eso es un ser humano. Esto ya no es geografía, es teografía. Y no soy el único que piensa así. Por poner un ejemplo cercano: para el gnóstico samaritano Simón el Mago (mencionado también en los Hechos de san Lucas y refutado por los padres de la Iglesia griegos), el paraíso es un símbolo del útero —un criterio que, dos mil años antes de Freud, no deja de ser curioso—. El río, que viene del Edén para irrigar el Jardín, es el cordón umbilical; según Galeno, está formado por cuatro canales: dos para el aire y dos para la sangre; son los sentidos del niño que se está gestando. Al mismo tiempo, este río es la Ley, que entregó Moisés. El libro del Génesis es el rostro, el libro del Éxodo el sabor, pues, según Simón —y ahora viene el giro geográfico—, cuando nace el niño, tiene que atravesar la sangre: el mar Rojo.

Lo que recupero aquí son ideas que tengo desde hace mucho tiempo. Unos conceptos confusos de una «geografía psíquica», intentos —al estilo de Simón el Mago— de diseñar un globo terrestre del «alma», que sucumbió en un diluvio. En cualquier caso, si llego a escribir una historia sobre un hombre que se queda petrificado, sé que solo podrá desarrollarse en Nueva Guinea y si escribo un relato sobre un joven que no para de crecer, solo será posible en México. Para eso no hace falta que reflexione. Si un escritor dejara que un hombre se petrificara en México o que un chico creciera en Nueva Guinea, me reiría en sus narices, menudo escritorzuelo estúpido y sin talento.

A todo esto, nosotros seguimos bordeando el lago, ahora en la otra orilla del Tiberíades, sobre una estrecha franja israelí junto al agua. Casamatas arrasadas, árboles fusilados. En Ein Gevel, un kibutz de combatientes, con los sirios a cien metros de nuestras espaldas, no lejos del lugar donde Jacob luchó con el ángel, contemplamos la puesta de sol. No se diferencia en absoluto de la imagen del libro de catecismo. ¡Ay, ojalá no hubiera cristianos en ella!

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Domingo 23 de abril. Puesto que Eichmann empieza a acercarse mucho a mí (también él es dos mares unidos por un río en el que se bautiza al dios), decido citar al SS-Obersturmbannführer Rudolf Höss, bajo cuyo mando fueron gaseados dos millones de judíos entre 1941 y 1943 en Auschwitz. Incluso este increíble verdugo y devoto padre de familia, sobre quien informaré más adelante, sentía escalofríos cuando hablaba con Eichmann. En 1947 escribe en su celda polaca, mientras espera la horca:

«He intentado por todos los medios posibles descubrir cuáles son las verdaderas e íntimas convicciones de Eichmann sobre la Endlösung. Sin embargo, incluso cuando nos encontrábamos a solas y el alcohol le había reblandecido, demostraba estar totalmente obsesionado con la idea de acabar con cualquier judío que cayese en sus manos. Debíamos llevar a cabo el exterminio sin compasión, a sangre fría y con la mayor presteza posible. Y pagaríamos muy cara la más mínima consideración. Frente tal firmeza tuve que enterrar profundamente mis “reticencias” humanas. Y sí, he de admitir que, después de una de aquellas conversaciones con Eichmann, esos sentimientos humanos se me antojaban casi como una traición al Führer. Para mí no había escapatoria alguna de este conflicto. Tenía que seguir ejecutando la operación de exterminio, las matanzas, y mirarlas fríamente sin tener en cuenta las dudas más profundas que sentía en mi interior…».

Me rindo, no quiero seguir copiando su alemán de sinvergüenza. Pero es suficiente. Necesitaba una dosis de antídoto.

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Lunes 24 de abril. El testigo Salo Wittmayer Baron, catedrático de la Universidad de Columbia y una autoridad mundial en el ámbito de la historia judía, imparte, bajo juramento, una clase magistral sobre el judaísmo. Con un lenguaje muy erudito y prolijo, y ademanes de profesor, nos ofrece todo tipo de datos interesantes cuya relación con Eichmann se me escapa. Si los judíos hubiesen sido una tribu sin cultura —por ejemplo, algo así como los gitanos que también fueron masacrados—, ¿habría sido su muerte menos grave? ¿Se procesa a Eichmann por ser un asesino de personas o el destructor de una cultura? ¿Significa eso que un asesino de seres humanos es más culpable si encima se pierde también una cultura?

Al mediodía se lo pregunto al fiscal Hausner, con quien almuerzo junto con un pequeño grupo de personas. Él considera que sí; yo, que no. No me atrevo a explicar que me parece tan comprensible como poco realista e injusto hacer historia utilizando a un único hombre que debe ser juzgado y que morirá sin lugar a dudas. Esto es a su vez inhumano, pero de otra manera. Sin embargo, no quiero aguar la fiesta. Los demás cuentan chistes y hablan de Atila y Gengis Kan. Le digo a Hausner que quizá Eichmann se sintió orgulloso cuando lo comparó con Gengis Kan.

Proud? —repite Hausner con su voz aguda juvenil.

Se queda mirando al frente, absorto. Luego propone el tema de qué habría pasado si Napoleón hubiese estado poseído por el antisemitismo de Hitler. Puesto que todavía no había tenido lugar ninguna emigración a Gran Bretaña y América, no habría sobrevivido ningún judío.

—Pero —advierte un sueco— Napoleón no disponía de las posibilidades técnicas para llevar a cabo el exterminio.

—Claro, claro —le responde un funcionario del Departamento de Asuntos Exteriores—, pero también había menos judíos.

Finalmente, mientras saboreamos nuestro Wiener Schnitzel, todos coincidimos en que Napoleón habría podido acabar sin duda alguna con todos los judíos. Acto seguido pasamos a conjeturar qué habría pasado si Rommel hubiera logrado atravesar el Norte de África hasta Palestina: Eichmann lo habría seguido un día más tarde y no quedaría ni un solo sionista vivo.

Por la tarde, el abogado Servatius formula una pregunta al testigo Baron quien —después de haberse ido por las ramas como buen catedrático que es y de haber sido llamado al orden por Landau— contesta que el antisemitismo proviene del «odio hacia los que son diferentes». ¡Es eso! ¡Genial! «El odio hacia los que son diferentes», ¡y pensar que a Sartre no se le ocurrió eso! Servatius no está satisfecho y lleva a los intérpretes al borde de la desesperación con una pregunta en alemán sobre «Fundamentos irracionales» y «Sucesos suprapersonales, que superan la comprensión humana», y luego habla de Hegel y Spengler y «el espíritu en la historia, que avanza impulsado por la necesidad y sin intervención humana», de lo que se deduce dialécticamente que los nazis querían exterminar al pueblo judío y que el resultado es un floreciente Estado de Israel. Servatius quiere saber qué opina el testigo Baron de esta doctrina, es decir, la doctrina conforme a la cual Eichmann aparece como el auténtico fundador del Estado de Israel. En la sala se oyen risas ahogadas y un murmullo de indignación, pero tengo la sensación de que es una excelente jugada. Con esa pregunta se abre el Gran Pozo Negro: la fangosidad en que pensaban Eichmann y Rosenberg y todos ellos. Pero por desgracia, Baron se pierde de inmediato en su palabrería autoritaria: empieza diciendo que ese no es un razonamiento lúcido (cosa que nadie ha afirmado, más bien al contrario) y acaba citando de un libro escrito por él mismo y señalando que también ha sido traducido al italiano… No tengo la sensación de que deba quedarme mucho tiempo en este Beit Ha’am.

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Martes 25 de abril. Imaginemos que alguien se convierte, más o menos en contra de su voluntad, en el protagonista del programa de televisión Esta es su vida. Allí está en el escenario, en la sala hay un lleno absoluto y el mundo entero lo ve. En escena van apareciendo una tras otras las personas con las que tuvo algo que ver en el pasado. Pero ¿qué cuentan en realidad esas personas del héroe del programa? Primero admiten que no, nunca se encontraron con él, eso no. Y acto seguido pasan a narrar sus experiencias personales con otros compañeros del protagonista, o con subordinados de los antiguos compañeros.

El testigo Grynszpan explica que le dieron patadas y lo ahuyentaron. Pero ¿fue el propio Eichmann quien le dio patadas y lo ahuyentó? Formaba parte de la organización que golpeó y ahuyentó a Grynszpan, pero ¿se puede sugerir sin más, al menos, ante un tribunal, que lo hizo él mismo? Y ¿qué hace aquí el testigo Benno Cohen quien en una época fue líder de los sionistas alemanes? Cohen habla de la lenta desintegración de la comunidad judía de Berlín, los boicots, los pogromos, las humillaciones —sin embargo, a la sazón, Eichmann era empleado en la biblioteca del SD.

Y poco a poco empiezo a preguntarme si quizá no habrán capturado al hombre equivocado. En la jerarquía de las SS, Eichmann se encontraba en un misterioso punto muerto en equilibrio flotante: justo a medio camino entre quienes daban las órdenes (Hitler, Himmler, Heydrich) y los Unterscharführers, los sargentos segundos que en efecto mataban con sus propias manos. Su culpa es grande, pero la dificultad radica en que un juicio se lleva a cabo para demostrar la culpa y no para poner verde al sospechoso. La estructura pedagógica, y especialmente discutible, que adquiere cada vez más este juicio es directamente detestable cuando se vislumbran las intenciones tácticas de Hausner quien, a falta de pruebas concretas, intenta desacreditar a Eichmann enumerando, ya que está presente, todos los crímenes cometidos por los nazis. Sería lo mismo que si en el juicio contra Westerling (Raymond Pierre Paul Westerling (1919-1987) comandante del ejército holandés en Indonesia que dirigió una operación contra la insurgencia y más tarde perpetró un golpe de Estado contra el Gobierno de Sukarno, por lo que fue acusado de crímenes de guerra por las autoridades indonesias) (que nunca se ha llevado a cabo en los Países Bajos, aunque podría ser que un día de estos Sukarno ordenara su secuestro, autorizado por el precedente Eichmann), si, como digo, en el juicio contra Westerling se sumaran los beneficios obtenidos por los propietarios holandeses de las plantaciones de café.

El curso del juicio deberá demostrar qué sucede con todo esto. Sea como fuere, me sorprende que el juez Landau no haya puesto fin a todas estas cuestiones irrelevantes. Al final resultará que solo pueden condenar a Eichmann por el asesinato de un joven judío que robó melocotones de su jardín. Ayer le pregunté a Hausner qué había de cierto en esa historia. Me contestó que la demostraría «con la ayuda de Dios». Aun así, en Israel el asesinato no se castiga con la pena de muerte.

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Miércoles 26 de abril. Una cuarta parte de los periodistas ya se ha marchado; la mitad de los que se han quedado se marcha esta semana. Desde hace unos cuantos días, la prensa tiene prohibido tomar asiento en las primeras filas de la sala: allí se sientan ahora damas elegantes de Tel Aviv, que devoran a Eichmann con la mirada, se susurran cosas al oído, inspeccionan sonrientes la sala y saludan a sus conocidos que están en el palco. Eichmann se está convirtiendo en un evento de sociedad para las clases altas de Israel. Abandono la sala, no porque me sienta indignado, sino porque comprendo que todo ha acabado. Devuelvo mis cascos e intento conseguir un asiento en el primer vuelo de regreso a Ámsterdam. En vista de que los periodistas han agotado todos los billetes hasta el lunes, recojo mis cosas, tomo un taxi sherut hasta Beerseba y sin pesadumbre dejo Jerusalén tras de mí.

El sherut es una organización que agrupa a pasajeros para que los taxis vayan llenos. Gracias a ello, el trayecto de más de cien kilómetros cuesta tres libras (cinco florines). Durante dos horas traqueteamos en el enorme y viejo Dodge bajando desde las montañas hasta la ciudad bíblica en el desierto. El calor aumenta gradualmente y ya no pienso en la Biblia, como hace tres semanas cuando iba de camino a Sodoma. Una vez llegados a destino, todo el mundo baja del taxi, pero yo lo utilizo para buscar un hotel. Resulta que esa media hora de trayecto me cuesta ocho libras, y me sirve de poco, puesto que todos los hoteles están llenos, y finalmente voy a parar a una especie de asilo para vagabundos en un callejón apartado y sin alumbrado. No está nada mal para alguien tan empeñado en observar beduinos. En una sala de piedra hay siete catres separados entre sí por apenas medio metro. Sobre uno de ellos hay una cazadora de soldado desgarrada, que seguro que no pertenece a un soldado; sobre otro, un trapo rojo con un nudo que encierra algunas pertenencias; sobre un tercer catre, veo un palo o bastón como señal de que está ocupado. Dejo mi equipaje sobre mi catre, envío una jaculatoria a todos los dioses de este país y me apresuro hacia la ciudad.

El pavimento de las calles es arena amarilla del desierto que se levanta al pisarla; las casas bajas a derecha e izquierda han sido construidas con barro seco y se alternan con las ruinas de casas árabes y descampados donde se apilan los barriles o donde hay aparcados camiones gigantescos. Sin embargo, en la calle hay gente sentada por todas partes y la carretera principal incluso está asfaltada. Junto al cine hay un agolpamiento: esta semana proyectan Los diez mandamientos. Lugar de la acción: aquí mismo, a la vuelta de la esquina.

Me siento a una mesa en la calle a comer humus (se pronuncia: gumus), una papilla árabe picante, seguida de una enorme parrillada mixta en un plato de cuarenta centímetros y poco a poco vuelvo a reconciliarme con el mundo. Sentados a mi alrededor hay soldados polvorientos y tostados por el sol que acaban de llegar del desierto, sus fusiles automáticos cuelgan del respaldo de sus sillas. Eichmann se desvanece, y se desvanece Jerusalén con sus judíos ortodoxos, sus monjes cristianos y su pollo hervido. Me encanta comer así, al borde de la barbarie. Recuerdo una comida de hace años, en los Alpes, donde las vacas pastaban en las nubes; yo acompañaba a un amigo que tuvo que ir allí por un caso de secuestro —un niño pequeño había desaparecido, y su esqueleto roído fue encontrado al otro lado del barranco; solo podía haber sido un águila—, entonces comimos pan negro con embutido negro en la casa de los padres del niño, una cabaña ennegrecida a causa de la altitud.

La gente de aquí también es más guapa. En cualquier caso, lo son los obreros mugrientos que pasan de largo y parecen salidos de un cuento: heroicos proletarios del desierto —y nunca son europeos, siempre inmigrantes del norte de África—. Estos son los judíos de Israel; en el ejército son los soldados, puesto que los oficiales son europeos; en los bares son los camareros, puesto que los propietarios son europeos. Y más tarde, en un bar artístico, la gente es aún más guapa, y ahora empiezo a comprender por qué están llenos todos los hoteles. En el taburete junto al mío está sentado el actor David Niven. Se trata de una u otra supercoproducción cinematográfica italoamericana que se está rodando en el desierto del Negev. A medida que avanza la noche, las calles se llenan de los hombres más guapos que he visto en mi vida, de día, les pagan a todos ellos para dejarse caer gimiendo del caballo a galope.

Sin embargo, la preocupación por mi maleta me atormenta, y cuando entro en el dormitorio me reciben los ronquidos, la agitación, los gemidos y el rechinar de dientes de seis desconocidos. Cuando por fin me quedo dormido tiritando, sueño que todos están leyendo Mein Kampf, y luego le enseño el juicio a mi novia y estamos solos con Landau, Hausner y Servatius, y en la sala vemos a Eichmann en televisión, pues está sentado en su jaula de cristal entre el público…

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Jueves 27 de abril. Los beduinos están en la ciudad. Hoy es su día de mercado y están por todas partes, en todas las calles, en todas las tiendas. Me siento a desayunar en una terraza y mientras tanto intento descubrir por qué la presencia de los beduinos en la ciudad resulta tan ligera. No puede ser por sus ropas. Además de pañuelos alrededor de la cabeza, que a menudo les tapan la barbilla, llevan pantalones blancos anchos, cubiertos por gruesas túnicas cerradas hasta arriba que les llegan hasta los tobillos y, encima de todo eso, unos abrigos de tres cuartos tipo chaqueta, que a su vez cubren con una ancha tela sobre los hombros. Entre todas esas prendas llevan cinturones, cartucheras en bandolera con dagas de plata. A veces son ropajes nuevos y de un tejido precioso, pero más a menudo cuelgan como harapos indescriptibles. Algún que otro jeque de segunda lleva solo una túnica azul que le llega hasta los tobillos con un cinturón alrededor de la cintura.

Pese a que me distrae la conversación de dos holandesas sentadas detrás de mí — una le cuenta a la otra que en Ermelo, en Holanda, hay una casa con la calefacción a lo largo de los rodapiés—, descubro a qué se debe la ligereza de los beduinos. Nunca se les ve en grupos. Nunca son más de dos juntos. Casi siempre caminan solos, con unos andares curiosamente rápidos y ondulantes; a cada paso levantan los pies más que nosotros, como si caminaran sobre piedras: quizá se trate de una costumbre del desierto, quizá se deba a sus enormes zapatos. Los veo sentados en las plataformas de los limpiabotas que, con unos cuchillos, les quitan la peor suciedad de los zapatos. Cuando dos conocidos se encuentran, se dan la mano (sin sacudirla), formulan tres palabras como mucho y se separan. También la colocación de sus tiendas de campaña, anchas y bajas, en el desierto evidencia esta aversión hacia el agrupamiento: nunca hay más de cinco juntas y además están separadas entre sí por una distancia de cien metros, y sus entradas se dan la espalda. ¡Qué diferencia con Ermelo!

En los alrededores del mercado de los beduinos, las primeras mujeres están sentadas en el polvo debajo de los matorrales o compran un tubo de caramelos. Cuando se meten uno en la boca, veo que llevan la barbilla y las mejillas tatuadas. Aparte de eso, la boca permanece invisible y delante de la cara cuelgan tintineantes cadenas de monedas. Las jóvenes casaderas llevan los pañuelos doblados de tal manera alrededor del rostro, que solo queda un agujero minúsculo a través del cual miran con un solo ojo. Avanzan en fila india por la arena, como postes vivientes de los que solo se vislumbra una mano morena. En una ocasión veo a una joven beduina de unos diecinueve años con la cabeza y la cara destapadas. Cuando me acerco me doy cuenta de que está loca. Se ríe y mendiga. Los chicos del lugar le toman el pelo, pero a mí me horroriza que no lleve velo.

El mercado recuerda a tiempos bíblicos. El griterío de la gente apenas puede distinguirse de los balidos y rebuznos de los asnos, los camellos y las cabras negras. Los vendedores toquetean las patas de los animales, luego dan palmas, mueven las manadas de un lado a otro a bastonazos. La temperatura es de treinta y cinco grados, me he quitado la chaqueta y la llevo sobre el brazo. Un beduino se acerca a mí y quiere cambiármela por un cordero.

También en las colinas circundantes se ven beduinos por todas partes. Aquí hay uno, allí hay dos sentados, un poco más allá otro de pie y otro a lomos de un burro. Es como si un director de cine con un gran sentido de la armonía los hubiese repartido por el paisaje; sin embargo, es el propio instinto del espacio de los beduinos lo que les impulsa a tomar posesión de forma tan ligera del paisaje, sin conquistarlo, sin destruirlo, y despreciados por un pueblo que debería recordar que no hay que despreciar a las minorías pacíficas. A lo largo de la carretera se ven ruinas de casas árabes, destruidas en la guerra de 1948; más allá, donde empiezan las colinas marrón claro del Negev, se alza una instalación de alta tensión como si se tratase del sueño surrealista de un camello. Sobre la carretera a lo largo del mercado, los camiones de gasóleo pasan retumbando como fábricas itinerantes de humeantes chimeneas para meterse en el desierto dejando tras de sí gruesas nubes de polvo.

Eso me da una idea. Dispongo de tres días y, puesto que no siento mucho apego por mi cama, una hora más tarde me subo a un sherut y yo también desaparezco en el desierto.

Después de unos cincuenta kilómetros, el desierto resulta demasiado inhóspito, incluso para los beduinos. No es más que un desierto amarillo y ondulante sobre el que golpea el sol y donde las piedras saltan de miedo en montoncitos. Una hora tras otra avanzamos dando tumbos en nuestro taxi en dirección sur, hacia el final de Israel. Por lo que se ve, nada es demasiado árido para los judíos; cada hora aparece un kibutz: unas cuantas casas blancas, un depósito de agua sobre una colina, dos tristes arbustos y una gasolinera. La idea consiste en roturar todo el desierto del Negev. Ya solo la carretera de asfalto de un solo carril es en sí misma toda una proeza; aunque el terreno no dé motivos para hacerlo, la carretera serpentea: es para dificultar los ataques aéreos. Por otra parte, el terreno suele dar motivos. Un desierto no es como una playa interminable del mar del Norte, como creía yo de niño, sino un terreno accidentado. Cuando creo haber captado la idea, el taxi alcanza la cresta del Maktesh Ramon y durante unos segundos me quedo sin respiración. De un horizonte al siguiente se extiende a nuestros pies una inmensa bandeja de trescientos cincuenta metros cuadrados: un panorama de piedra extraordinario e inmóvil que se nos acerca en silencio. La carretera baja haciendo curvas en herradura hasta el cráter que atraviesa perpendicularmente, como si el arquitecto hubiese olvidado aquí toda estrategia y quisiera largarse cuanto antes. Y de repente, el desierto se vuelve negro, y un poco más tarde rosa, y también verde mar. Desde la lejanía, los tortuosos wadis dan una impresión de fertilidad; pero cuando los atravesamos, los arroyos resultan estar separados entre sí a metros de distancia y el suelo es más seco que en cualquier lugar de Holanda. Mientras tanto, tengo problemas con un idiota suizo sentado a mi lado que apunta a todo lo que ve. Si ve un buitre, señala con el dedo y dice: «Pájaro». Si ve un antílope, dice: «Animal». Si ve un chacal, dice: «Un perro».

Después de cuatro horas de trayecto llegamos a un oasis lleno de palmeras llamado Yotvata y, tras otra hora de desierto, sentado en el taxi, enderezo la espalda, después de tanta piedra, ante nosotros se extiende, tan azul y tan acuoso, el mar Rojo. El sol acaba de ponerse y el paisaje cambia segundo a segundo. Las montañas doradas a la izquierda de la bahía: Cisjordania. Las colosales montañas color violeta detrás: Arabia Saudí. Las montañas negras que surcan el cielo resplandeciente a la derecha de la bahía: Egipto.

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Viernes 28 de abril. En la frontera entre Asia y África se encuentra el pequeño puerto de Eilath: un asentamiento de seis mil personas en una franja costera de once kilómetros, tan imprescindible como vulnerable desde el punto de vista estratégico. En 1948, la franja de desierto fue conquistada, sin reparar en las pérdidas, por una división de caballería en jeep; el agua (aquí llueve una o dos veces al año durante un par de minutos) es transportada a través de conductos desde las fuentes de Yotvata. A la inversa, el petróleo de los petroleros persas se bombea a través de todo el Negev hasta Haifa en el norte. El suelo está salificado y totalmente muerto; hay un «jardín» donde, con infinita paciencia, la gente mantiene a duras penas con vida algunas decenas de árboles y arbustos medio secos. Al cabo de media hora de que los hayan regado, el suelo vuelve a llenarse de grietas tan grandes que se podría aparcar una bicicleta en ellas.

Pero lo que se ve ahora en abril, es una bahía de Las mil y una noches. Diez kilómetros más lejos se encuentran las casitas blancas de la Akaba jordana a los pies de las montañas; y entre Arabia y Egipto soy el único en bañarme en la playa abandonada. A unos diez metros de mí, siempre en el mismo lugar, un delfín tan grande como yo lleva todo el día dando volteretas. En lo alto del cielo, una bandada de cigüeñas parece haberse desorientado. Intentan atravesar el desierto, pero regresan; después desaparecen detrás de los picos del monte Sinaí, pero al cabo de una hora vuelven a sobrevolar el agua.

Y luego navego hacia los arrecifes de coral en un pequeño barco con fondo de cristal. Todo puede verse nítidamente hasta una profundidad turquesa de diez metros. Los arrecifes son coliflores, cerebros e hígados del tamaño de una habitación, llenos de grutas y cuevas rojas y verdes; en ellos nadan peces de colores que no son de este mundo: peces con ojos en la espalda, peces con dos colas, peces con antenas y peces con patas, peces con bigotes, peces con bastones y peces con sombreros.

También hay peces como serpientes con morros de cocodrilos, peces como cinta adhesiva y peces como nada más.

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Sábado 29 de abril. Dado que es sabbat, y está terminantemente prohibida cualquier acción, dejo que los paganos trabajen por mí y copio algunas opiniones de los enemigos de Israel sobre el juicio contra Eichmann.

En Jordania, K.S. Khatchadourian se pregunta cómo pueden administrar justicia los asesinos del conde Bernadotte y de innumerables mujeres y niños árabes en Kafr Qasim, Deir Yassin y Kibia. Los reporteros tampoco podrán ser nunca objetivos, pues a fin de cuentas, ¿cuántos de ellos pueden arriesgarse a perder la publicidad de las industrias judías o sionistas? «El mundo ha ignorado los crímenes de los sionistas. Nosotros le pedimos que se levante como un solo hombre y ponga fin a esta farsa, y que obligue a los sionistas a acatar las resoluciones de las Naciones Unidas y a permitir que los árabes regresen a sus tierras, sus casas y sus propiedades». Y en otro artículo dice: «Los propios sionistas están siendo juzgados. ¿Dejarán tranquilo a este hombre y le permitirán regresar a su país con su familia, como señal de respeto y agradecimiento por lo que las Naciones Unidas han hecho por ellos, y por el dinero que les han dado los alemanes, o lo ahorcarán?».

En el semanario egipcio Akher Sa’a, Mohamed al-Tabi’i habla de «la repugnante mentira histórica, difundida por la prensa estadounidense de que los nazis mataron a seis millones de judíos europeos. En esa mentira se basa el juicio contra el oficial nazi Adolf Eichmann».

El diario Al-Difaa explica por qué Eichmann está dentro de una jaula de cristal. No es tanto para protegerle contra las balas, sino para poder apagar los micrófonos si llega a decir cosas que no son del agrado de los sionistas. Es un poco torpe por parte de los sionistas haber dejado abierta la jaula del lado opuesto a la sala.

Mientras escribo esto en mi balcón privado, diviso a lo lejos Akaba yaciendo al borde del mar como un trocito de cielo estrellado caído. En medio de la bahía oscura y quieta, un buque iluminado echa anclas. La luna está encima de Arabia. En la oscuridad del jardín, veo al gerente del hotel sentado en un banco. Me imagino que la mujer a la que amo ha sido asesinada en Europa, y también mis amigos, y que no regresaré nunca. Esta es la situación del hombre allí sentado en la oscuridad. En ese mismo instante, la belleza que me rodea se transforma en la máscara desencajada de la realidad inhumana, una a la que no se puede acceder, salvo a través de la muerte.

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