Una cuestión de fronteras (II)

Daphne Du Maurier

 

Cuando Shelagh se despertó, el sol penetraba en la habitación. Miró el reloj, que estaba en la mesita de noche. Las nueve y cuarto. Había dormido alrededor de diez horas, profundamente. Se levantó y se asomó a la ventana, descorriendo las cortinas. Su habitación estaba en el extremo del edificio. Desde su ventana, una extensión de césped descendía hacia los árboles, y por entre ellos, un estrecho sendero conducía al lago, y pudo ver que el agua era de un brillante azul. Sobre la superficie, tan calmada la noche anterior, se formaban ahora pequeñas olas, sacudidas por una rápida brisa. Nick le había dicho al mayordomo que ella llamaría cuando quisiera el desayuno, y levantó el teléfono que había junto a la cama. La voz de Bob le llegó inmediatamente.

—Sí, señorita. ¿Jugo de naranja? ¿Café? ¿Panecillos? ¿Miel?

—Por favor…

«Servicio», pensó Shelagh. No tendría esto en el «Kilmore Arms». Bob colocó la bandeja junto a la cama, en menos de cuatro minutos. Sobre ella estaba también el periódico de la mañana, cuidadosamente doblado.

—Con los saludos del comandante, señorita —dijo—. Espera que haya dormido usted bien. Si necesita algo más, sólo tiene que decírmelo.

«Me gustaría saber si fue Mr. Doherty en el “Kilmore Arms”, o Mr. O’Reilly, de la oficina de correos, quien sacó el sobre de la guía turística —pensaba Shelagh—. ¿O quizá fuiste tú, Malvolio? Nadie se hubiera fijado en él, si yo no hubiera escrito sobre el sobre “N. Barry. Fechas posiblemente significativas”».

—Tengo todo lo que necesito. Gracias, Bob —dijo.

Cuando hubo desayunado, se puso un jersey y unos «tejanos», y se maquilló los ojos con bastante más cuidado de lo que lo había hecho el día anterior. Estaba preparada para enfrentarse con cualquier sorpresa que Nick quisiera reservarle. Caminó pasillo adelante, cruzó la puerta batiente y entró en el salón. La puerta estaba abierta pero él no estaba allí. Sin saber por qué, había esperado encontrarle sentado en su escritorio. Se acercó a la mesa, mirando furtivamente tras ella, por encima del hombro, y contempló la fotografía una vez más. «Nick estaba mucho mejor ahora que entonces», pensó. Cuando joven, debía de haber resultado bastante irritante, muy complacido consigo mismo, y tenía la sensación de que su cabello debió de ser rojizo. Suponía que lo que en realidad había pasado era que los dos habían estado enamorados de su madre, y el hecho de que su padre venciera había amargado a Nick. La espina había comenzado a clavarse en el costado. Era raro que su madre no lo hubiera mencionado. Generalmente se jactaba de sus antiguos admiradores. «No era leal», pensó Shelagh, pero ¿qué habían visto en ella aquellos dos hombres, aparte de su linda carita? Demasiada pintura en los labios, como se había llevado en aquéllos tiempos. También era un poco esnob, siempre citando nombres conocidos. Su padre y ella acostumbraban a guiñarse un ojo, cuando había delante otras personas.

Una discreta tos la avisó de que el mayordomo la estaba observando desde el pasillo.

—El comandante está en uno de los claros del bosque, si es que le está usted buscando. Puedo mostrarle el camino.

—Oh, gracias, Bob.

Salieron juntos y él dijo:

—Encontrará usted al comandante trabajando allá abajo. Es un paseo de diez minutos.

Allí abajo… Cortando árboles, seguramente. Empezó a caminar a través del bosque. La vegetación era espesa y verde a ambos lados del sendero, densa como una selva en miniatura, y no permitía ver él lago. «Si alguien se saliera del sendero —pensó ella—, y deambulara entre los árboles, se perdería inmediatamente, dirigiéndose al lago sin poder encontrarle, dando vueltas y vueltas, siempre en círculo». El viento silbaba entre las ramas, sobre su cabeza. No había pájaros ni movimiento alguno, ni se oía el ruido de agua próxima. Una persona podía quedar enterrada entre aquella maleza, sin que se la encontrara jamás. Quizá debería volver atrás, rehacer el camino hacia la casa, decir al mayordomo que prefería esperar allí al comandante Barry. Dudó, pero ya era demasiado tarde. Michael avanzaba hacia ella, por entre los árboles. Llevaba una pala en la mano.

—El comandante la está esperando, señorita. Quiere mostrarle la tumba, acabamos de destaparla.

¡Oh, Dios! ¿La tumba de quién? Sintió que el color desaparecía de sus mejillas. Michael no sonreía. Señaló con la cabeza un pequeño claro que había un poco más adelante. Entonces vio a los otros. Había dos hombres más junto a Nick. Estaban desnudos hasta la cintura, inclinados sobre algo que había en el suelo. Ella sintió que las piernas le fallaban, y el corazón comenzó a golpearle el pecho.

—Miss Blair está aquí, señor —dijo Michael.

Nick se enderezó y volvióse. Iba vestido como los demás, con camiseta y «tejanos». No llevaba una pala, pero tenía un hacha pequeña en la mano.

—Bien —dijo—, ha llegado el momento. Venga aquí y arrodíllese.

Puso una mano en su hombro, y la condujo hacia la amplia zanja que se abría frente a ella. Shelagh se sentía incapaz de hablar. Pudo ver solamente la tierra marrón, apilada a ambos lados de la zanja, las hojas revueltas, las ramas arrancadas instintivamente, al arrodillarse, escondió la cara entre las manos.

—¿Qué está usted haciendo? —sorprendiose Nick—. No podrá ver si se tapa los ojos. Ésta es una gran ocasión. Usted será probablemente la primera mujer inglesa que esté presente en el descubrimiento de una tumba megalítica en Irlanda. Nosotros las llamamos piedras de la corte. Los chicos y yo estamos trabajando en ésta desde hace semanas.

Cuando recobró el conocimiento, se encontró sentada, apoyada en un árbol, con la cabeza entre las piernas. El mundo dejó de dar vueltas, y poco a poco tornóse claro. Estaba empapada en sudor.

—Me parece que voy a marearme —dijo ella.

—Adelante. No se preocupe por mí.

Shelagh abrió los ojos. Todos los demás hombres habían desaparecido, y Nick estaba agachado junto a ella.

—Esto es lo que pasa cuando para desayunar se toma solamente café —dijo Nick—. No hay nada peor que empezar el día con el estómago vacío.

Se levantó y se acercó a la zanja.

—Tenía grandes esperanzas puestas en este descubrimiento. Está en mejor estado de conservación que muchos otros que he visto. Tropezamos con él por casualidad, hace unas pocas semanas. Hemos excavado ya la parte delantera del patio, y parte de lo que creo que es una galería que conduce a la tumba. No ha sido tocado desde mil quinientos años antes de Cristo, aproximadamente. No podemos permitir que la gente se entere o vamos a tener aquí a todos los arqueólogos, intentando tomar fotografías, y esto lo estropearía todo. ¿Se siente mejor?

—No sé —contestó Shelagh débilmente—. Creo que sí.

—Entonces venga y eche un vistazo.

Ella se arrastro hasta la zanja, y miró hacia abajo. Un montón de piedras, una especie de arco redondo, y algo que parecía un muro. No podía mostrarse entusiasmada. Su equivocación y el miedo que había pasado, habían sido demasiado grandes.

—Muy interesante —dijo, y entonces, para mayor vergüenza, hizo algo peor que marearse, rompió a llorar.

Él la miró, momentáneamente atónito, y luego, tomándola de la mano, comenzó a caminar rápidamente a través del bosque, silbando suavemente, hasta que al cabo de pocos minutos, los árboles se aclararon y se encontraron junto al lago.

—Ballyfane queda hacia el Oeste. No lo puede ver desde aquí. El lago se ensancha hacia el Norte por esta parte, y forma un arabesco de entrantes, y salientes en la orilla. En invierno, los gansos se besan y se instalan entre los juncos. Pero yo nunca los cazo. En verano vengo a bañarme aquí antes del desayuno.

Shelagh se había recuperado. Nick le había dado tiempo para recobrarse, que era lo que más le importaba, y se sentía agradecida por ello.

—Lo siento —dijo—, pero, francamente, cuando vi a Michael con la pala, y me dijo algo de una tumba, creí que mi último momento había llegado.

Él la miró, asombrado. Luego sonrió.

—No es usted tan dura como pretende. Le gusta fanfarronear.

—Un poco —admitió Shelagh—, pero es que la situación es completamente nueva para mí. Que me lleven a la fuerza a una isla, con una especie de ermitaño… Ahora sé por qué lo hicieron. Usted no quiere que nadie diga nada de su hallazgo megalítico a la Prensa. De acuerdo, no lo haré. Se lo prometo.

Nick no contestó inmediatamente. Permaneció allí, de pie, acariciándose la mandíbula.

—Hum —dijo, después de un momento—. Bien, es muy amable de su parte. Ahora le diré lo que vamos a hacer. Vamos a volver a la casa, y haremos que Bob nos prepare un cesto con el almuerzo. Voy a llevarla a dar una vuelta por él lago. Y le prometo no tirarla por la borda.

«Está loco —pensó Shelagh—, pero solamente en lo que respecta a la fotografía. En todos los demás aspectos está completamente normal». Si no fuera por la fotografía, si no fuera por eso, ella hablaría francamente con él, y le explicaría la verdad sobre sí misma, el motivo que la había traído a Ballyfane. «Pero aún no», pensó.

Unas horas más tarde, Shelagh decidió que Nick era completamente diferente de como le había descrito su padre, con una espina en el costado, resentido contra el mundo, amargado por la desilusión. Aquel hombre estaba haciendo cuanto podía para divertirla, para que disfrutara de cada uno de los momentos que pasaba en su compañía. La lancha bimotora, con un pequeño camarote, tan diferente de la cochambrosa embarcación en que el día anterior la había llevado Michael a la isla, se deslizaba suavemente sobre el lago, serpenteando por entre la accidentada orilla, mientras él, desde el asiento del timón, le señalaba los diversos puntos de interés de la costa. Las distantes colinas del Oeste, un castillo en ruinas, la torre de una antigua abadía. Ni una sola vez hizo él alusión a la razón de su visita, ni la apremió con preguntas sobre su vida privada. Comieron huevos duros y pollo frío, sentados, uno al lado del otro; en el pequeño camarote, y ella pensó que a su padre le habría encantado todo aquello, cuánto le hubiera gustado pasar así aquel día, si hubiese vivido para tomar aquellas vacaciones. Podía imaginarlos juntos, a él y a Nick, bromeando, burlándose el uno del otro, presumiendo a su modo, porque ella estaba delante. Pero no a su madre. Ella lo hubiera estropeado todo.

—¿Sabe usted que el comandante Barry que yo había imaginado no era un tipo como usted? —dijo Shelagh, en un arranque de confianza, producida por la mezcla del whisky y la cerveza.

—¿Cómo me había imaginado? —preguntó Nick.

—Al decirme que vivía usted como un recluso, me imaginé a alguien, viviendo en un castillo, lleno de viejos criados, y mastines que aullaban. Un poco bufón. O bien sombrío y muy rudo, regañando a los criados, o bien terriblemente animado, gastando bromas pesadas. Nick sonrió.

—Puedo ser muy rudo cuando quiero, y muchas veces le grito a Bob. En cuanto a las bromas pesadas he gastado algunas en mis tiempos. Aún lo hago a veces. ¿Quiere otra cerveza?

Ella sacudió la cabeza, y se apoyó contra la mampara.

—El problema era —siguió él—, que la clase de bromas que gastaba, me divertían solamente a mí. Supongo que usted no habrá puesto nunca, por ejemplo, ratones blancos en el escritorio de su editor.

«Sustituyamos el escritorio del editor, por el camerino del primer actor», pensó Shelagh.

—Ratones blancos, no —replicó—, pero una vez puse una bomba fétida bajo la cama de mi jefe. No me importa decirle que saltó de ella muy de prisa.

Había sido en Manchester, y Bruce nunca se lo perdonó. Lo que él había creído que iba a ser un discreto romance entre los dos se desvaneció como el humo.

—Eso es lo que yo quiero decir —dijo Nick—. Las mejores bromas sólo resultan divertidas para uno mismo. Fue un poco aventurado, sin embargo, escoger a su jefe para ello.

—Fue autoprotección —explicó Shelagh—. Me aburría el solo pensamiento de irme a la cama con él…

Él empezó a reír, pero se recobró.

—Perdóneme, me estoy volviendo vulgar. ¿Tiene usted problemas con sus editores?

Shelagh fingió que reflexionaba.

—Depende. Pueden ser muy exigentes. Y si una es ambiciosa, como yo, esto sirve para promocionar. Pero en conjunto es bastante desagradable. En realidad, no soy muy tolerante.

—¿Eso qué significa?

—Bien, no empiezo a desnudarme a la primera inclinación de cabeza. Ha de ser alguien que me guste. ¿Le estoy escandalizando?

—En absoluto. A un viejo gruñón como yo le gusta saber cómo viven los jóvenes.

Ella cogió un cigarrillo. Esta vez, Nick se lo encendió.

—El caso es… —continuó ella, como si hubiera estado hablando con su padre, después de la cena del domingo, mientras su madre permanecía a salvo en otra habitación. Sólo que, en realidad, ahora resultaba más divertido—. El caso es que creo que se le da demasiada importancia al sexo. Los hombres organizan un jaleo tan grande, con tanta lamentación, que resulta decepcionante. Algunos incluso lloran. La única razón para hacerlo es apuntarse una cabellera más, como si se jugara a los pieles rojas. En conjunto, en mi opinión es una pérdida de tiempo. Pero sólo tengo diecinueve años. Me falta mucho todavía para madurar.

—Yo no contaría con ello. A los diecinueve años se vive. Es después cuando se empieza a pensar.

Se levantó del cajón, dirigiose al asiento del timón, y puso en marcha el motor.

—Me produce una enorme satisfacción —continuó—, pensar en todas esas cabelleras que ha arrancado, y en los gemidos que se oyen en Fleet Street. Tendré que avisar a los amigos periodistas que tengo, para que vayan con cuidado.

Le miró, sorprendida.

—¿Qué amigos?

Nick sonrió.

—Tengo mis contactos —dijo.

Volvió la lancha en dirección a Lamb Island. «Es cuestión de tiempo —pensó ella— que compruebe mis credenciales de Prensa, y descubra que no existen». En cuanto a Jennifer Blair, tendrá que hablar con un buen número de empresarios teatrales, antes de que uno le diga «¿Se refiere usted a esa brillante joven actriz, con la que los de Stratford están intentando quedarse para la próxima temporada?».

Demasiado pronto, en opinión de Shelagh, detuvo Nick el bote junto al embarcadero de la casa, astutamente disimulado con árboles plantados muy juntos. Michael estaba allí para recibirles, y ella recordó su terror de aquella mañana, la tumba megalítica, medio descubierta, en mitad de aquella selvática isla.

—Les he estropeado el día —le dijo a Nick—. Estaban todos ustedes trabajando en aquellas excavaciones, y hubieran continuado haciéndolo de no ser por mí.

—No necesariamente. Uno puede relajarse de muchas formas. La excavación puede esperar. ¿Hay algo de nuevo, Michael?

—Hemos recibido unas señales en la casa, señor. Todo está en orden.

Al llegar a la casa, se había producido una metamorfosis total, su compañero, se había vuelto brusco, estaba alerta, pendiente de cosas ajenas a ella. Incluso el perrito, que saltó a sus brazos tan pronto como oyó la voz de su amo, fue dejado en el suelo inmediatamente.

—Dentro de cinco minutos, Bob, todo el mundo en la sala de control, para informar —dijo.

—Señor.

Nick se volvió a Shelagh.

—Tendrá que entretenerse usted misma, si no le importa. En la sala en que estuvimos anoche hay libros, radio, televisión, discos. Voy a estar ocupado durante unas horas.

Unas horas… Acababan de dar las seis. ¿Le absorberían sus negocios, fueran los que fuesen hasta las nueve o las diez? Ella había esperado algo diferente, una larga e íntima velada, cómodamente instalados frente al fuego, y en la que cualquier cosa podía ocurrir.

—De acuerdo —dijo Shelagh, encogiéndose de hombros—, estoy en sus manos. Y a propósito, me gustaría saber cuánto tiempo piensa usted retenerme aquí. Tengo algunos compromisos en Londres.

—Seguro que los tiene. Pero la caza de cabelleras va a tener que esperar. Bob, ocúpate de servir el té a Miss Blair.

Desapareció por el pasillo, con el perro a sus talones. Ella se dejó caer en el canapé, de mal humor. Qué aburrimiento. Especialmente cuando el día había resultado tan agradable. No tenía el menor deseo de leer o de escuchar discos. Los gustos de Nick en literatura debían de ser como los de su padre, el viejo Peter Cheyney y John Buchan; su padre acostumbraba a leerlos una y otra vez. Y música, del tipo más ligero posible, casi con certeza South Pacific.

El mayordomo le trajo el té, y esta vez sí que había mermelada de cerezas, y aún más, pasteles recién hechos. Ella lo devoró todo. Entonces empezó a dar vueltas por la habitación, inspeccionando los estantes. No había nada de Peter Cheyney, ni de John Buchan, sino gran cantidad de libros sobre Irlanda, lo que era de esperar, Yeats, Synge, A. E., un volumen del «Abbey Theatre». Esto podía ser interesante, pero, «no me apetece —pensó ella— no me apetece». Los discos eran casi todos de música clásica, Mozart, Haydn, Bach. Hubiese sido perfecto si él hubiera estado con ella y los hubieran escuchado juntos. Ignoró la fotografía que estaba sobre la mesa. Sólo mirarla le producía una intensa irritación. ¿Cómo había sido capaz de hacerlo? ¿Qué había visto en ella? Y, ¿qué había visto su padre, también? Pero que Nick, que era evidentemente más intelectual que su padre, hubiera perdido alguna vez la cabeza, por alguien como su madre, aun admitiendo que hubiera sido bonita en sus tiempos era algo que escapaba a toda comprensión.

«Ya sé lo que voy a hacer —pensó Shelagh—, me voy a lavar la cabeza».

Siempre resultaba una solución cuando todo lo demás fallaba. Caminó por el corredor, pasando frente a la puerta con él letrero «Cámara de Control». Dentro pudo oír murmullo de voces. Entonces Nick rió, y ella se apresuró a marcharse, por si la puerta se abría, y la sorprendían escuchando. Y la puerta se abrió, pero cuando ella ya estaba lejos, y volviendo la cabeza vio que salía un muchacho, uno de los que habían estado ayudando a descubrir la tumba aquella mañana. Recordaba su cabello rubio. No debía de tener más de dieciocho años. Ahora que lo pensaba, todos eran jóvenes. Todos, excepto el propio Nick y Bob. Cruzó la puerta batiente, hacia su habitación, y se sentó en la cama, estupefacta por una nueva idea que se le había ocurrido.

Nick era homosexual. Todos ellos lo eran. Por esta razón lo habían expulsado de la Marina. Su padre lo había descubierto, y por eso no había podido proponerle para un ascenso, y desde entonces, Nick guardaba aquel resentimiento. Quizá las fechas que ella había copiado de la lista se referían a las veces en que Nick se había metido en líos. La fotografía era una pantalla. Con frecuencia, para disimular mejor, los homosexuales pretenden que están casados. Oh, pero no Nick… Esto sería el final. Ella no podría soportarlo. ¿Por qué el único hombre atractivo que había encontrado en su vida tenía que ser así? El diablo llevara a todos, desnudos hasta la cintura, allá abajo, junto a la tumba megalítica. Y ahora probablemente estarían haciendo lo mismo, en la cámara de control. Ya nada importaba. Su misión no tenía sentido. Cuanto antes abandonara la isla y volviera a casa, mejor.

Abrió los grifos del lavabo, y, furiosa, metió la cabeza en el agua. Incluso el jabón

—«Aegean Blue»—, era demasiado exótico para que un hombre normal lo tuviera en su casa. Se secó la cabeza, y se enrolló la toalla alrededor, como un turbante, se quitó los «tejanos» y se puso otros, No le gustaron. Se los cambió por la falda de viaje «Esto le demostrará que no tengo intención de pasearme por aquí imitando a un chico».

Sonó un golpe en la puerta.

—Pase —dijo, rabiosamente.

Era Bob.

—Perdón, señorita. El comandante quisiera verla en la sala de control.

—Lo siento, pero tendrá que esperar. Acabo de lavarme la cabeza.

El mayordomo tosió.

—Me permitiría aconsejarle, señorita, que no hiciera esperar al comandante.

Había sido perfectamente cortés, y sin embargo…, había algo implacable en su achaparrado y robusto corpachón.

—Muy bien —dijo Shelagh—, en este caso el comandante tendrá que recibirme tal como estoy.

Caminó por el corredor tras él. El turbante le daba la apariencia de un jeque beduino.

—Con su permiso —murmuró el mayordomo, y golpeó la puerta de la sala de control—. Aquí está Miss Blair, señor —anunció.

Entró preparada para todo. Muchachos desnudos, tendidos en literas, varillas de incienso humeando. Nick, como maestro de ceremonias, dirigiendo ritos indescriptibles. En lugar de eso vio a los siete jóvenes sentados a una mesa, en la cabecera de la cual estaba Nick, Un octavo hombre estaba sentado en el rincón, con auriculares puestos. Los siete se quedaron mirándola, luego desviaron la vista. Nick alzó las cejas brevemente, y después tomó un trozo de papel. Ella reconoció la lista de fechas, que había desaparecido de su guía turística.

—Pido disculpas por interrumpir la haute coiffure —dijo él—, pero estos caballeros y yo quisiéramos conocer el significado de estas fechas, que usted llevaba en su guía turística.

Sigamos la conocida máxima. El ataque es la mejor forma de defensa.

—Eso es precisamente lo que me proponía preguntarle, comandante Barry, si me hubiera concedido una entrevista. Pero me atrevería a asegurar que usted habría eludido una respuesta. Obviamente, significan mucho para usted, o de lo contrario, estos caballeros, sus amigos, no la hubieran cogido a las primeras de cambio.

—Muy bien —dijo Nick—. ¿Quién le dio a usted esta lista?

—Estaba con los demás papeles que me dieron en la oficina, cuando me asignaron este trabajo. Formaban parte de la información.

—¿Quiere usted decir la editorial de Searchlight?

—Sí.

—¿Su trabajo consistía en escribir un artículo, sobre un oficial naval retirado, yo mismo, y describir cómo empleaba su tiempo, sus aficiones, etcétera?

—Sí, eso es.

—¿Y otros miembros del personal debían escribir artículos similares sobre otros exoficiales?

—Sí. Parecía una idea brillante. Algo nuevo.

—Bien. Lamento estropearle la historia, pero nos hemos puesto en contacto con el editor de Searchlight, y no solamente no tienen intención de publicar una serie de artículos semejantes, sino que no cuentan con ninguna Miss Jennifer Blair, ni entre los más recientes miembros de su personal.

Debía habérselo figurado. Sus contactos con la prensa. ¡Qué lástima que ella no fuera periodista! De todos modos lo que él intentaba esconder, publicado en un periódico dominical podía valer una fortuna.

—Oiga —dijo Shelagh—. Éste es un asunto muy delicado. ¿No podría hablar con usted a solas?

—De acuerdo —contestó Nick—, si usted lo prefiere así.

Los siete jóvenes se levantaron. Formaban un grupo de aspecto bastante rudo. A él debían de gustarle así.

—Si no le importa —dijo Nick—, el radiotelegrafista continuará donde está. Están llegando mensajes continuamente. No podrá oír nada de lo que usted diga.

—De acuerdo —respondió ella.

Los siete jóvenes salieron de la habitación, y Nick se retrepó en su silla. Su brillante ojo azul no se desvió ni por un momento de la cara de ella.

—Siéntese, y comience —dijo. Shelagh se sentó en una de las sillas que habían quedado vacías, consciente, de pronto, de que la toalla enrollada a su cabeza no le daba un aspecto muy digno, precisamente. No importaba. Era la dignidad de él la que iba a sufrir. Iba a explicar la verdad, sólo hasta cierto punto, luego a improvisar, esperando la reacción de él.

—El editor de Searchlight tiene toda la razón —empezó, aspirando profundamente—. Nunca he trabajado para ellos, ni para ninguna otra publicación. No soy periodista, soy una actriz, y tampoco hay mucha gente del mundillo escénico que haya oído hablar de mí, por ahora. Soy miembro de un joven grupo teatral. Viajamos bastante, y por fin hemos conseguido tener nuestro propio teatro en Londres. Si desea usted comprobarlo, puede hacerlo. Es el «New World Theatre», Victoria, y todo el mundo allí conoce a Jennifer Blair. Estoy contratada para los primeros papeles de la próxima serie de comedias shakespearianas.

Nick sonrió.

—Esto ya es más verosímil. Enhorabuena.

—Puede guardarla para la noche del estreno —replicó Shelagh—, que será, aproximadamente, dentro de tres semanas. El director y el resto del grupo no saben nada de todo esto, ni tan siquiera saben que me encuentro en Irlanda. Estoy aquí por una apuesta.

Hizo una pausa. Ésta era la parte difícil.

—Un buen amigo mío, que no tiene nada que ver con el teatro, posee amigos en la Marina. Esta lista de fechas llegó a sus manos, con el nombre de usted. Él sabía que debía significar algo, pero no podía adivinar qué. Una noche que estábamos algo «animados», después de cenar, apostó veinticinco libras, más gastos, a que yo no era lo bastante buena actriz, como para hacerme pasar por periodista y conseguir que usted me concediera una entrevista. «Hecho», le dije. Y por eso estoy aquí. Tengo que admitir que no esperaba que me raptaran y me llevaran a una isla, como parte de la experiencia. Me sobresalté un poco, anoche, cuando descubrí que la lista había desaparecido. Entonces, me dije que las fechas significan algo que no debe ser publicado. Todas son de los años cincuenta, aproximadamente de cuando usted se retiró de la Marina, de acuerdo con una lista naval que me repasé en una biblioteca pública. Ahora, sinceramente, me importa un ardite lo que signifiquen las fechas, pero, como dije antes, es obvio que representan mucho para usted, y me atrevería apostar que es algo no muy claro, por no decir ilegal.

Nick inclinó su silla, balanceándola suavemente de delante atrás. Su ojo miraba el techo. Evidentemente, buscaba una respuesta lo que significaba que la flecha había dado en el blanco.

—Depende —dijo suavemente—, de lo que usted considere sospechoso. O ilegal. Las opiniones varían. Usted podría sentirse muy escandalizada por acciones que mis jóvenes amigos y yo consideramos perfectamente justificables.

—No me escandalizo fácilmente —respondió Shelagh.

—No, ya me había dado cuenta. El problema consiste en que tengo que convencer a mis asociados de que es así. Lo que ocurrió en los años cincuenta, no les concierne. Eran unos niños entonces. Pero lo que ahora estamos haciendo juntos, nos concierne a todos, y mucho. Si algún rumor sobre nuestras acciones llegara al exterior, resultaría como usted muy bien supone, que estamos actuando fuera de la ley.

Se levantó, y comenzó a ordenar los papeles que había sobre la mesa. «Luego — pensó Shelagh—, fueran cuales fuesen las acciones ilegales que su padre había sospechado de Nick, éste continuaba cometiéndolas, aquí, en Irlanda». ¿Hacía contrabando de hallazgos arqueológicos, enviándolos a los Estados Unidos? ¿O era correcta su anterior suposición? ¿Serían Nick y sus amigos homosexuales? En Irlanda eran tan estrictos en cuestiones de moralidad, que algo así podría muy bien estar castigado por la ley. Era evidente que él no pensaba darle más explicaciones.

Nick se acercó al hombre de los auriculares, que estaba escribiendo algo en un bloc. Nick lo leyó, y escribió, él también, algo en respuesta. Entonces se volvió a Shelagh.

—¿Le gustaría vernos en acción? —preguntó. Se quedó atónita. Había entrado en la «Sala de Control» dispuesta a no asustarse de nada, pero que le pidieran a quemarropa…

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó, a la defensiva.

El turbante se había caído al suelo. Él lo cogió y se lo dio.

—Será una experiencia que, probablemente, nunca volverá a vivir. Usted no tiene por qué tomar parte. Todo se desarrollará a distancia. Muy estimulante. Muy discreto.

Estaba sonriendo, pero había algo desconcertante en su sonrisa. Shelagh se apartó de él, acercándose a la puerta. Tuvo una visión momentánea de ella misma, sentada en algún rincón de aquellos bosques, cerca de la tumba prehistórica, quizá, sin poder huir, mientras Nick y los jóvenes llevaban a cabo algún rito antiguo e inenarrable.

—Con toda franqueza… —empezó, pero Nick la interrumpió sin dejar de sonreír.

—Con toda franqueza, insisto. La exhibición será muy educativa. Haremos parte del camino en bote, y después por la carretera.

Abrió la puerta. Los hombres estaban alineados en el corredor; Bob se hallaba entre ellos.

—Todo resuelto —dijo—. Miss Blair no causará ningún problema. Pongámonos en acción.

Empezaron a desfilar por el corredor. Nick tomó a Shelagh por el brazo y la condujo a sus habitaciones.

—Tome su abrigo y un chal, si tiene alguno. Parece que va a hacer frío.

Se metió en su propia habitación. Cuando ella salió de nuevo al corredor, él la estaba esperando, vistiendo un jersey de cuello alto y un pasamontañas. Miró su reloj.

—Vamos —dijo.

Todos los hombres habían desaparecido, menos el mayordomo. Éste estaba junto a la puerta, con el perrito en brazos.

—Buena suerte, señor —exclamó.

—Gracias, Bob. Dos terrones de azúcar para Skip, ni uno más.

La llevó por el estrecho sendero del bosque, hasta el embarcadero. El motor de la lancha ronroneaba suavemente. Había sólo dos hombres a; bordo, Michael y el joven de la cabellera rubia.

—Siéntese en el camarote, y permanezca allí —le dijo Nick a Shelagh.

Él se fue hacia los controles. La lancha empezó a cruzar el lago, y la isla despareció por la parte de popa. Shelagh perdió pronto la orientación, sentada dentro de la cabina. La orilla era una mancha distante, que a veces se acercaba, y a veces retrocedía, pero sin que nada, bajo el oscuro cielo, llegara a tomar forma. A veces, cuando miraba por la pequeña ventanilla, pasaban tan cerca de la orilla que la lancha rozaba los juncos, y un momento después solamente se veía el agua, negra y quieta, sólo turbada por la blanca espuma causada por la proa al hendida. Casi no se oía el motor. Nadie hablaba. Entonces, se paró el suave latido del motor. Nick debía haber hecho entrar su embarcación en aguas poco profundas, junto a la orilla. Introdujo la cabeza en la cabina, y le tendió la mano.

—Por aquí. Va a mojarse los pies, pero no se puede evitar.

Shelagh sólo vio a su alrededor agua, juncos y cielo. Chapoteó tras él en la tierra húmeda, agarrándose fuertemente a su mano. El muchacho rubio iba delante, y Shelagh sintió que el fango le empapaba los zapatos. La conducían por una especie de sendero. Una forma emergió de las sombras. Parecía una camioneta, y un hombre que no conocía estaba junto a ella. El hombre abrió la puerta, y Nick subió primero, izando después a Shelagh. El muchacho rubio se sentó delante, junto al conductor, y la camioneta se tambaleó y subió pesadamente por el sendero, hasta el final de la cuesta, donde salieron a una superficie lisa que debía ser la carretera. Shelagh intentó enderezarse, y se golpeó la cabeza con un estante que había encima de ella. Algo sonó y se bamboleó.

—Estese quieta —dijo Nick—. No queremos que se nos caiga todo el pan encima de la cabeza.

—¿Pan?

Era la primera palabra que decía desde que abandonaron la isla. Nick encendió un mechero y Shelagh vio que la separación entre el chófer y ellos estaba cerrada. A su alrededor todo estaba lleno de panecillos, cuidadosamente colocados sobre estantes, tortas, pasteles, dulces, y también latas de conservas.

—Sírvase usted misma —dijo él—. Es lo único que va a comer esta noche.

Nick alargó el brazo y cogió un panecillo, partiéndolo en dos trozos. Entonces apagó el encendedor quedando todo otra vez en la oscuridad. «No me sentiría más indefensa —pensó Shelagh—, si fuera en un coche fúnebre».

—¿Ha robado la camioneta? —preguntó Shelagh.

—¿Robado la camioneta? ¿Por qué diablos iba yo a robar una camioneta? Nos la ha prestado el dueño de la tienda de ultramarinos de Mulldonagh. Él es quien conduce. Tenga un poco de queso, y un trago de esto.

Le puso un frasco en los labios. El alcohol puro casi hizo que se ahogara, pero le dio calor y ánimo, al mismo tiempo.

—Debe de tener los pies mojados. Quítese los zapatos. Y doble la chaqueta y póngasela de almohada. Entonces podremos dedicarnos realmente a eso.

—¿A qué?

—Bueno, tenemos aproximadamente treinta y seis millas de camino antes de llegar a la frontera. Y todo por una carretera muy lisa. Me propongo arrancarle la cabellera.

Shelagh estaba en el tren, de vuelta al pensionado, en el Norte de Inglaterra. Su padre agitaba la mano despidiéndola desde el andén. «No te vayas —gritó ella—. No me dejes nunca». El coche-cama del tren se desvaneció, y se convirtió en el camerino de un teatro, y ella estaba delante del espejo, vestida como Cesario en Twelfth Night. El coche-cama y el camerino se hicieron pedazos…

Se sentó, volvió a golpearse la cabeza con el estante de los panes. Nick ya no se encontraba con ella. La camioneta estaba parada. Pero algo la había sacado de su inconsciencia total, debían de haber pinchado un neumático. En el interior de la camioneta reinaba tal oscuridad que no podía ver ni siquiera la esfera de su reloj. El tiempo no existía. «Es la química de los cuerpos —se dijo Shelagh—. La piel de las personas. O es compatible con la otra o no. O bien se fusionan y se funden en una misma textura, se disuelven y se renuevan al mismo tiempo, o no pasa nada, como si fuera un enchufe defectuoso, o un fusible fundido, o un interruptor que no funciona. Cuando todo resulta perfecto, como lo ha sido para mí esta noche, entonces es como flechas cruzando el cielo, como bosques en llamas, como Agincourt. Podré vivir hasta que tenga noventa y cinco años, casarme con un buen hombre, tener quince hijos, ganar premios teatrales y “Oscars”, pero nunca más se romperá el mundo en fragmentos, arderá frente a mis ojos, Pero lo he vivido…».

La puerta de la camioneta se abrió, y le llegó un soplo de aire frío. El muchacho de la cabellera rubia le sonreía.

—El comandante dice que si le gustan los fuegos artificiales puede salir. Es un espectáculo maravilloso.

Salió de la camioneta tambaleándose, frotándose los ojos. Habían aparcado junto a una zanja; más allá había un campo, por el que debía correr un río, pero la oscuridad lo confundía todo. Shelagh pudo distinguir muy pocas cosas, excepto lo que parecían ser los edificios de una granja, tras una revuelta de la carretera. El cielo, en la lejanía, tenía un color anaranjado, como si el sol, en lugar de haberse puesto hacía horas, saliera por el Norte, alterándolo todo. De cuando en cuando brotaban lenguas de fuego, mezcladas con columnas de humo negro. Nick estaba de pie junto al asiento del conductor, que también estaba a su lado, contemplando ambos el cielo. Una voz ahogada salía de una radio fijada junto a la parte delantera de la camioneta.

—¿Qué es esto? —preguntó Shelagh—. ¿Qué ocurre?

El conductor, un hombre de mediana edad, con una cara llena de surcos, se volvió hacia ella, sonriendo.

—Esto es que Armagh se está quemando, o la mayor parte de ella. Pero la catedral no sufrirá ningún daño. St. Patrick resistirá mientras el resto de la ciudad quedará hecha cenizas.

El joven de la cabellera rubia aproximó la oreja a la radio. Se enderezó y tocó a Nick en el brazo.

—Se ha producido la primera explosión en Omagh, señor —dijo—. Tendremos el informe de Strabane dentro de tres minutos, y el de Enniskillen, de cinco.

—No está mal —respondió Nick—. Vamos.

Hizo subir a Shelagh a la camioneta, y trepó tras ella. La camioneta se puso en movimiento, dio una vuelta en forma de U, y volvió a correr por la carretera.

—Debía de haberlo sabido —dijo ella—. Debí de haberlo adivinado, pero me engañaron las tumbas en los bosques y todo ese camuflaje.

—No es sólo eso. Tengo pasión por las excavaciones. Pero también me gustan las explosiones.

Le ofreció un trago del frasco, pero Shelagh negó con la cabeza.

—Eres un criminal. Esa pobre gente indefensa ardiendo en sus camas, mujeres y niños muriendo quizás a centenares.

—Nadie está muriendo —replicó Nick—. Estarán en las calles aplaudiendo. No debes hacer caso a Murphy. Vive en un mundo de sueños. La ciudad de Armagh no sufrirá ningún daño. Arderán un almacén o dos. Quizá, con un poco de suerte, también las barracas.

—¿Y los otros lugares que mencionó el muchacho?

—Un despliegue de fuegos artificiales. Muy efectivo.

Ahora, recordando la última conversación con su padre resultaba todo tan evidente… Él lo había sabido. El deber antes que la amistad. Antepuso la lealtad a su país. No era extraño que hubieran dejado de enviarse felicitaciones de Navidad.

Nick cogió una manzana del estante de encima y empezó a comerla.

—Entonces… —dijo— eres actriz en germen.

—En germen es la palabra exacta.

—Vamos, no seas modesta. Llegarás lejos. Me engañaste casi tanto como yo a ti. De todos modos, no estoy seguro de haber creído completamente aquello del amigo con relaciones en la Marina, Dime su nombre.

—No quiero. Puedes matarme si quieres.

Bien por Jennifer Blair. Como Shelagh Money no hubiera tenido ninguna oportunidad.

—Bueno —dijo Nick—, no importa. Todo eso es ya agua pasada.

—¿Tenían las fechas un significado para ti?

—Mucho significado, pero entonces, éramos solamente aficionados. El cinco de junio de 1951, inclusión en Ebrington Barracks, Derry. Todo un éxito. Veinticinco de junio de 1953, la «Escuela de Oficiales» de Felstead, Essex. Un poco de confusión. Doce de junio de 1954, Gough Barracks, Armagh. No se consiguió gran cosa, pero fue bueno para la moral. Diecisiete de octubre de 1954, Omagh Barrack. Nos proporcionó nuevos reclutas. Veinticuatro de abril de 1955, la base Aeronaval de Eglington, en Derry. Hum…, sin comentarios. Trece de agosto de 1955, Arborfield Depot, en Berkshire. Comenzó siendo un éxito, pero terminó en un completo lío. Después de eso, todo el mundo, tuvo mucho trabajo en casa.

Una ópera de Puccini tenía esta canción: Oh, amado padre mió. Siempre la había hecho llorar. «De todos modos, esté donde esté tu cuerpo astral, papá querido —pensó Shelagh—, no me condenes por lo que he hecho, y puede muy bien que vuelva a hacer antes de que se termine la noche. En cierto modo fue una manera de cumplir tu última petición, aunque tú no hubieras aprobado el sistema. Pero es que tú tenías muchos ideales, y yo no tengo ninguno. Y lo que pasó en aquellos días no es problema mío. Mi problema es mucho más básico, más elemental. Tu amigo de otros tiempos me ha pescado, y me he tragado la caña, el sedal y hasta el anzuelo».

—La política no me interesa —dijo Shelagh—. ¿Qué se gana tirando bombas, y alterando la vida de los demás? ¿Esperas conseguir una Irlanda unida?

—Sí —contestó Nick—, todos lo esperamos. Es posible que lo consigamos, pero entonces puede resultar aburrido para algunos de nosotros. Para Murphy, por ejemplo. No habrá nada excitante en conducir por la comarca una camioneta de tendero, y meterse en la cama a las nueve. Lo de ahora le mantiene joven. Si ése ha de ser su futuro en una Irlanda unida, se morirá antes de los setenta años. La semana pasada, cuando vino a la isla para informar, le dije: «Johnnie es demasiado joven —Johnnie es su hijo, el chico que está sentado con él—. Johnnie es muy joven, quizá no deberíamos dejar que arriesgara su vida todavía». «Al diablo con el riesgo —contestó —. Es la única forma de conseguir que un chico no se meta en problemas, tal como está el mundo».

—Están todos locos de atar —dijo Shelagh—. Me voy a sentir a salvo cuando volvamos a estar de tu lado de la frontera.

—¿Mi lado de la frontera? —repitió él—. Si no la hemos cruzado. ¿Por quién me tomas? He hecho algunas locuras en mis tiempos, pero nunca me he paseado por territorio hostil, en la camioneta de un tendero. Quería que vieras el espectáculo, eso es todo. En realidad, ahora ya sólo sirvo de consejero. Pregunta al comandante Barry—sugiere siempre alguien—. Él te podrá dar un par de ideas. Y yo dejo de excavar tumbas, y escribir historia, y empiezo a manipular en la onda corta. En realidad me conserva joven de corazón, como a Murphy.

Empezó a tirar al suelo algunos de los panecillos del estante, y a colocárselos debajo de la cabeza.

—Así está mejor. Puedo apoyar la cabeza. Una vez le hice el amor a una muchacha, con la espalda apoyada en un montón de granadas de mano. Pero entonces era más joven. La chica no dijo nada. Creyó que eran nabos.

«Oh, no por favor. Otra vez no. No podría soportarlo ahora. La batalla ha terminado, has vencido, voy a pedir la paz. Todo lo que deseo ahora es estar así, con mis piernas sobre sus rodillas, y mi cabeza en su hombro. Me siento a salvo».

—No, por favor —exclamó Shelagh.

—¿Realmente? ¿Te falta vitalidad?

—No es cuestión de vitalidad, todavía no me he recuperado de la impresión. Voy a seguir ardiendo durante días, como las barracas de Armagh. Por cierto, que de hecho, pertenezco a los protestantes del Norte. Mi abuelo nació allí.

—¿De verdad? Eso lo explica todo. Entre tú y yo hay una relación mezcla de odio y amor. Siempre ocurre lo mismo con la gente que tiene una frontera común. Se mezclan la atracción y el antagonismo. Es muy curioso.

—Creo que tienes razón.

—Desde luego que la tengo. Cuando perdí mi ojo en él accidente de automóvil, recibí cartas de simpatía de docenas de personas del otro lado de la frontera, que hubieran recibido encantados la noticia de que había muerto.

—¿Cuánto tiempo estuviste en el hospital?

—Seis semanas. Es mucho tiempo para poder pensar. Y hacer planes.

«Ahora —pensó ella—. Éste es el momento. Con cuidado, procede cautelosamente».

—Esa fotografía, esa fotografía de tu escritorio es falsa, ¿verdad?

Nick rió.

—Bueno, una actriz descubre en seguida el fraude. Es un retorno a los días de las bromas pesadas. Me hace sonreír cada vez que la miro; por eso la conservo sobre mi escritorio. Nunca he estado casado. Inventé este cuento, para ti, sobre la marcha.

—Explícame eso.

Nick cambió de postura, para que los dos se sintieran más cómodos.

—El verdadero novio fue Jack Money, un íntimo amigo mío. Hace poco me enteré de que había muerto; lo sentí. No nos habíamos visto desde hacía años. De todos modos, fui su padrino de boda. Cuando me enviaron la foto del grupo de la boda, cambié las cabezas y envié una copia a Jack. Éste se rió de todo corazón, pero a Pam, su mujer no le gustó. En realidad, se sintió ultrajada. Él me contó que rasgó la foto y tiró los trozos a la papelera.

«Seguro que lo hizo —pensó Shelagh—. Estoy segura de que ni tan siquiera sonrió».

—De todas formas, me vengué —continuó Nick, colocando mejor uno de los panecillos puestos bajo su cabeza—. Me dejé caer en su casa una noche, sin avisar. Jack había salido a una cena oficial. Pam me recibió muy poco amistosamente; entonces yo preparé unos martinis superfuertes, y tuve una especie de lucha libre con ella en el sofá. Empezó a reír tontamente, y de pronto se desmayó, tiesa como un palo. Puse todos los muebles patas arriba, para que pareciera que un ciclón había pasado por la casa, la llevé a su cama, y la coloqué allí. Para ser sincero, tengo que añadir, que la dejé allí sola. Por la mañana, no se acordaba de nada.

Shelagh se recostó contra el hombro de Nick, y miró hacia el techo de la camioneta.

—Ya lo sabía —dijo.

—¿Qué es lo que sabías?

—Que tu generación hacía cosas terribles. Mucho peores que las que hacemos nosotros. En casa de tu mejor amigo. Me pone enferma pensar en ello.

—¡Qué cosa más rara! —exclamó Nick atónito—. Nadie hubiera podido ser más prudente. Entonces, ¿de qué diablos hablas? Yo estimaba mucho a Jack Money, aunque saboteó mis probabilidades de ascenso muy poco después de eso, pero por otras razones. Actuó de acuerdo con lo que él creía correcto. Creyó que podía ser un obstáculo en el lento engranaje de la inteligencia naval, supongo, y creo que tenía razón.

«Ahora, no puedo explicárselo. Ya no puedo. O bien vuelvo a Inglaterra, maltrecha y vencida, o no vuelvo más. Engañó a mi padre, engañó a mi madre (que se lo merecía), engañó a Inglaterra, por la que luchó durante tantos años, manchó el uniforme que vestía, degradó su rango, y ahora pasa el tiempo, como lo viene haciendo desde hace veinte años, haciendo que su país esté más separado que nunca, y la verdad es que no me importa. Pues bien, que se peleen, que vuelen en mil pedazos, que el mundo entero se convierta en humo. Le escribiré una carta muy amable desde Londres diciendo: “Gracias por el paseo”, y firmaré Shelagh Money. O bien…, o bien me rebajaré a ser como el perrito que le sigue a todas partes, dispuesto a saltar a sus rodillas a la primera señal, y le rogaré que me deje quedarme con él para siempre».

—Voy a empezar a ensayar Viola dentro de pocos días —dijo Shelagh—. «Mi padre tenía una hija que amaba a un hombre…».

—Lo harás muy bien. Especialmente Cesario. El disimulo hallará en ti terreno apropiado, como un gusano en un capullo. Puedes languidecer mentalmente, pero dudo que puedas sentir una verdadera melancolía.

Murphy volvió a tomar otra curva cerrada, y los panecillos entrechocaron. ¿Cuántas millas faltaban para Lough Torrah? No quería que aquel viaje terminara.

—El caso es —dijo Shelagh—, que no quiero volver a mi casa. Ya no es mi hogar. Y tampoco me importa lo más mínimo el «Theatre Group», Twelfth Night, o cualquier otra cosa. Puedes tener a Cesario, si quieres.

—Desde luego que puedo.

—No… Quiero decir que estoy dispuesta a abandonar la escena, mi condición de inglesa, quemar todos mis malditos botes, y quedarme aquí a tirar bombas contigo.

—¡Vaya! ¿Y convertirte en una reclusa?

—Sí, por favor.

—Es absurdo. Te aburrirías mortalmente al cabo de cinco días.

—No…, seguro que no.

—Acuérdate de los aplausos que vas a cosechar pronto. Viola-Cesario es una verdadera oportunidad. Te diré lo que vamos a hacer. Te mandaré flores la noche del estreno, te enviaré el parche de mi ojo. Lo colgarás en tu camerino y te dará suerte.

«Pido demasiado —pensó Shelagh—. Lo quiero todo. Quiero el día y la noche, las flechas y Agincourt, dormir y despertarme, un mundo sin fin, amén». Alguien le dijo alguna vez que era fatal decir a un hombre que se le quería. Te echaba de su lado sin pensarlo dos veces. Quizá Nick iba a echarla de la camioneta de Murphy.

—Lo que en realidad quiero —dijo Shelagh—, en el fondo, es paz y tranquilidad. Saber que estarás siempre junto a mí. Te quiero. Creo que, sin saberlo, toda mi vida te he querido.

—Vaya —contestó Nick—. ¿Quién es el que se queja lastimeramente ahora?

La camioneta subió una cuesta, y se paró. Nick avanzando a gatas, abrió la puerta. Murphy apareció junto a la entrada, con su arrugada cara, llena de sonrisas.

—Espero no haberles sacudido demasiado —dijo—. Las carreteras secundarias no son todo lo buenas que deberían ser. El comandante ya lo sabe. Lo importante es que la señorita haya disfrutado de la excursión.

Nick saltó a tierra. Murphy extendió su mano y ayudó a Shelagh a descender.

—Está usted invitada a volver siempre que quiera, querida amiga. Es lo que yo digo a los turistas cuando nos visitan. Las cosas son más animadas aquí que del otro lado del agua.

Shelagh miró a su alrededor, esperando ver el lago y el accidentado sendero, juntó a los juncos, donde habían dejado a Michael con el bote. En lugar de eso, se hallaban en la calle principal de Ballyfane. La camioneta estaba parada frente al «Kilmore Arms». Se volvió a Nick, en muda interrogación. Murphy estaba llamando a la puerta del hotel.

—Hemos tardado veinte minutos más que de costumbre —dijo Nick—, pero para mí ha válido la pena. Espero que para ti también. El adiós debe ser rápido y dulce, ¿no crees? Doherty está en la puerta, vamos, entra. Tengo que volver a la base.

La desolación la invadió; No era posible que hablara en serio. No querría que se despidieran allí, en medio de la calle, con Murphy y su hijo observando y el posadero esperando en la puerta del hotel.

—Pero todas mis cosas —exclamó Shelagh—, mi maleta. Están en la isla, en el dormitorio.

—No es así —respondió Nick—, llegaron aquí por la «Operación C», mientras nosotros estábamos de francachela junto a la frontera.

Desesperadamente, ella luchó para ganar tiempo, olvidado todo su orgullo.

—¿Por qué? —preguntó Shelagh—. ¿Por qué?

—Porque debe de ser así, Cesario. Sacrifico el cordero que amo, para escupir mi negro corazón, lo que altera un poco el texto original.

La empujó hacia la puerta del hotel.

—Cuida de Miss Blair, Tim. La incursión resultó un éxito, desde todos los puntos de vista. Lo único que no estaba previsto era Miss Blair.

Se fue, y la puerta se había cerrado tras él. Mr. Doherty la miró con simpatía.

—El comandante es único para estas cosas. Siempre ocurre lo mismo. Sé lo que es estar con él, siempre gana. Le he puesto un termo con leche caliente junto a la cama.

Cojeó escaleras arriba, delante de ella, y abrió la puerta de la habitación de la que Shelagh había salido dos noches antes. Su maleta estaba sobre la silla. El bolso y los mapas, sobre el tocador. Parecía que no hubiera salido nunca de allí.

—Le han lavado el coche, y han puesto gasolina —continuó Tim—. Está en el garaje de un amigo mío. Se lo traerá aquí mañana por la mañana. Además, la estancia aquí es gratis. El comandante paga todo. Váyase a dormir ahora, y descanse bien esta noche.

Descansar bien aquella noche… Una larga y melancólica noche. «Ven muerte, ven, y haz que descanse bajo un triste ciprés». Abrió la ventana de par en par, y miró a la calle. Todo eran cortinas cerradas, y persianas, ventanas cerradas. Aquel gato blanco y negro maullaba desde la cornisa de enfrente. No había ningún lago, ni claro de luna.

—Tu problema, Jinnie, es que no has madurado. Vives en un mundo de sueños, que no existe. Por eso te atrae el teatro. —Le parecía oír la voz de su padre, indulgente pero firme—. Un día de éstos —añadió—, vas a sufrir una grave desilusión.

El día siguiente amaneció lluvioso, nublado, gris. «Valía más que fuera así —pensó ella—, y no como el brillante día anterior». Valía más partir en aquel «Austin» alquilado, con los limpia-parabrisas funcionando, y a lo mejor, con un poco de suerte, patinar y caer en una zanja, que la llevaran al hospital, y allí, delirante, rogar que él fuera a verla. Nick se arrodillaría a su lado, cogiendo su mano y diciendo: «Ha sido todo culpa mía. Nunca debí permitir que te fueras».

La camarera la estaba esperando en el comedor. Huevos fritos con tocino. Una tetera. El gato, que había abandonado la cornisa, ronroneó a sus pies. Quizás el teléfono sonase, y llegara un mensaje de la isla. «“Operación D” en marcha. El bote te está esperando». Seguramente, si se entretuviera por el vestíbulo, algo ocurriría. Llegaría Murphy con su camioneta, o quizás O’Reilly, con unas palabras escritas en un trozo de papel. Ya habían bajado su equipaje, y el «Austin» estaba esperando en la calle. Mr. Doherty aguardaba para despedirse.

—Espero que tendremos el placer de volver a verla por Ballyfane —dijo—. Disfrutaría usted mucho pescando.

Cuando llegó al poste indicador de Lake Torrah, paró el coche y caminó, bajo el aguacero, por el embarrado sendero. Nunca se sabe, el bote podía estar allí. Llegó al final del sendero, y permaneció, por un momento, mirando hacia la otra orilla del lago. Había mucha niebla. Apenas podía distinguir el contorno de la isla. Una grulla salió de entre los juncos, y voló sobre el lago. «Podría desnudarme y nadar —pensó—. Podría llegar rendida, exhausta, medio ahogada, y arrastrarme por entre los bosques hasta la casa, y caer a sus pies, en la veranda. “¡Bob, ven, corre! Es Miss Blair. Creo que se está muriendo”».

Volvió sobre sus pasos, y entró en el coche. Puso en marcha el motor, y los limpiaparabrisas empezaron a oscilar de un lado a otro.

Cuando era solamente un chiquillo.
El viento, la lluvia.
Todo era un juguete.
Y la lluvia caía cada día.

Aún llovía cuando llegó al aeropuerto de Dublín. Primero tuvo que devolver él coche, después reservar una plaza en el primer avión que saliera para Londres. No tuvo que esperar mucho. Había un vuelo al cabo de media hora. Se sentó en la sala de espera, con los ojos fijos en la puerta que conducía al vestíbulo, porque incluso entonces podía producirse un milagro. La puerta podía abrirse y aparecer en ella una desgarbada silueta, sin sombrero, con un parche negro sobre su ojo izquierdo. Apartaría a los empleados, y se dirigiría directamente hacia ella. «Se acabaron las bromas pesadas. Ésta ha sido la última. Ven inmediata, mente conmigo a Lamb Island».

Llamaron a los pasajeros de su vuelo, y Shelagh se mezcló con los otros, mientras sus ojos recorrían a sus compañeros de viaje. Al dirigirse al avión, se volvió a mirar a la gente que decía adiós agitando la mano. Un hombre alto, con un impermeable, tenía un pañuelo en la mano. No era él, se inclinó para tomar en brazos a un niño… Hombres con abrigo, que se quitaban el sombrero, que colocaban las carteras en la red, sobre sus cabezas, cualquiera de ellos podía haber sido Nick, pero no lo era. Supongamos pensó, mientras se abrochaba el cinturón, que viera surgir una mano del asiento del otro lado del pasillo, y ella reconociera el anillo de sello, que llevaba en el meñique. ¿Y si el hombre que estaba sentado en el asiento de delante, y del cual sólo podía ver un trozo de cabeza, que representaba síntomas de calvicie, se volviera de pronto, con aquel negro parche en el ojo, y la mirara, y luego comenzara a sonreír?

—Perdón.

Un pasajero retrasado la empujó, al sentarse al lado pisándola. Shelagh le miró. Un sombrero negro abollado, una cara pecosa, pálida, la colilla de un cigarrillo entre los labios. Alguna mujer, en algún sitio, amaría a aquel poco saludable bruto. El estómago le dio un vuelco. Él desplegó un periódico, dándole en el codo. Los titulares eran bien visibles.

«Explosiones del otro lado de la frontera. ¿Habrán más?».

Una oleada de satisfacción la invadió. «Muchas más, y que tengan mucha suerte. Yo lo presencié, estaba allí, fui parte de la acción. Este idiota que está sentado a mi lado no lo sabe».

El aeropuerto de Londres, las aduanas. ¿Ha estado usted de vacaciones? ¿Por cuánto tiempo? ¿Era imaginación suya, o el oficial de aduanas le dedicó una mirada particularmente inquisitiva?; Hizo una señal con yeso en su maleta, y se dirigió al siguiente pasajero de la cola.

Los automóviles pasaban rápidos junto al autobús, mientras éste se dirigía lentamente hacía la terminal. Los aviones rugían sobre sus cabezas, llevando y trayendo nuevos pasajeros. Hombres y mujeres, de caras cansadas, sin expresión, esperaban en las calles que el rojo cambiase a Verde. Shelagh volvía a la escuela, esta vez con una venganza. No miraría en el tablero de anuncios del vestíbulo, lleno de corrientes de aire, hombro con hombro con otras compañeras, que reían tontamente, sino que examinaría un tablero muy similar, colgado en la pared, junto a la puerta del escenario. Esta vez no diría: «¿Tengo realmente que compartir una habitación con Katie Matthews, todo el curso? Es demasiado terrible para poder expresarlo», y después sonriendo falsamente, «Hola Katie, sí, unas vacaciones super», sino que, en lugar de eso, entraría en aquel miserable agujero que llamaban camerino, al final de la escalera, y encontraría a aquella irritante Olga Brett, acaparando el espejo, usando el lápiz de labios de Shelagh, o el de otra chica, en lugar del suyo propio, y balbuciendo, «Hola, querida, llegas tarde para el ensayo. Adam se está arrancando los cabellos a puñados. Literalmente…».

No tenía caso llamar a casa desde la terminal, y pedir a Mrs. Warren, la esposa del jardinero, que le preparara la cama. La casa, sin su padre, estaba vacía, árida. Y encantada, también, con las cosas de él, que no habían sido tocadas, sus libros sobre la mesita de noche. Un recuerdo, una sombra, pero no la presencia viva. Era mejor ir directamente a su apartamento, como un perro va a su propio cuchitril, que sólo guarda su olor, sin haber sido tocado por las manos de su amo.

Shelagh no llegó tarde al primer ensayo, el lunes por la mañana. Al contrario, demasiado pronto.

—¿Alguna carta para mí?

—Sí, Miss Blair, una postal.

¿Sólo una postal? Se la arrebató de las manos. Era de su madre, en Cap d’Ail. «El tiempo es maravilloso. Me siento mucho mejor, muy descansada. Espero que tú también lo estés, querida, y que hayas tenido una linda excursión en coche, donde quiera que hayas ido. No te agotes ensayando. Tía Bella te manda besos, también Reggie y May Hillsborough, que están aquí, en Montecarlo, con su yate. Tu madre que te quiere». (Reggie era el quinto vizconde de Hillsborough).

Shelagh tiró la postal a la papelera, y se encaminó al escenario para encontrarse con el grupo. Una semana, diez días, quince, nada había ocurrido. Abandonó toda esperanza. Nunca más volvería a saber de él. El teatro debía remplazarle, llenar toda su vida, convertirse en su amor y su sustento. No era ni Shelagh, ni Jinnie, era Viola-Cesario, y debía moverse, pensar y soñar con esa personalidad. Ésa era su sola y posible curación, borrar todo lo demás. Intentó captar Radio Eire con su transistor, pero no lo consiguió. La voz del locutor hubiera sonado como la de Michael, o la de Murphy, y hacer que surgiera algún sentimiento del vacío que sentía. Adelante pues, con la payasada, y ahoguemos la desesperación.

Olivia —¿A dónde vas Cesario?

Viola —Tras quien amo, más que a mis ojos, más que a mi vida…

Adam Vane, agazapado como un gato negro, en un extremo del escenario, con sus lentes de concha sobre su desordenado cabello. «No te pares, querida, sigue así, vas verdaderamente bien».

El día del ensayo con vestuario, salió de su casa con tiempo suficiente. Tomó un taxi de camino hacia el teatro. Había un embotellamiento en la esquina de Belgrave Square, coches que hacían sonar las bocinas, gente parada en la calle, policías a caballo. Shelagh corrió el vidrio que la separaba del chófer.

—¿Qué pasa? —preguntó—. Tengo prisa, no puedo llegar tarde.

El chófer se volvió hacia ella y sonrió.

—Una manifestación —dijo—, frente a la Embajada irlandesa. ¿No ha oído usted las noticias de la una? Han habido más explosiones en la frontera. Parece como si eso hubiera dado ánimos a los irlandeses. Deben de haber estado tirando piedras a las ventanas de la Embajada.

Locos, pensó ella. Pierden el tiempo. La Policía montada haría bien en dispersarlos. Nunca escuchaba las noticias de la una, y ni tan siquiera había dado una ojeada al periódico de la mañana. Explosiones en la frontera, Nick en la cámara de control, el joven con los auriculares, Murphy en la camioneta, y aquí estoy yo, dirigiéndome en un taxi a mi propio escenario, a mis propios fuegos de artificio, cuando todo haya terminado, mis amigos me rodearán diciendo: «¡Maravilloso, querida, maravilloso!».

La parada la había retrasado. Llegó al teatro y encontró una atmósfera, mezcla de excitación, confusión, y pánico de último momento. No importaba, podía superarlo. Una vez terminada su primera escena como Viola, corrió hacia el camerino, para vestirse de Cesario. «¡Oh, sal de aquí! Necesito el cuarto para mí sola». «Esto va mejor —pensó—, ahora que puedo controlarlo. Soy quien manda aquí, o lo voy a ser muy pronto». Se quitó la peluca de Viola, se cepilló sus cabellos cortos. Se puso los calzones, las medias. Se colocó la capa sobre los hombros, la daga en el cinto. Entonces llamaron a la puerta. ¿Qué diablos pasa ahora?

—¿Quién es? —preguntó Shelagh.

—Un paquete para usted, Miss Blair. Está certificado.

—Échelo ahí.

Un retoque de último momento a sus ojos, entonces, apartándose del espejo, una ojeada general. No está mal, no está mal. Se van a partir las manos aplaudiendo, mañana por la noche. Dejó de mirarse en el espejo, y se fijó en el paquete que había sobre la mesa. Era un sobre cuadrado. Llevaba el matasellos de Irlanda. El corazón le dio un vuelco. Permaneció un momento sin abrirlo con el sobre en la mano. Luego lo rasgó, y cayó una carta del interior. Había algo más, algo duro, puesto entre cartones. Leyó primero la carta.

Querida Jinnie.

Salgo hoy por la mañana hacia los Estados Unidos, para entrevistarme con un editor, que finalmente se ha interesado en mis trabajos literarios, círculos de piedras, fortificaciones, la primitiva Edad del Bronce irlandesa, etc., te ahorro él resto. Seguramente estaré fuera algunos meses. Podrás leer en tus revistas de actualidad sobre el exrecluso que está soltando discursos a los jóvenes de las universidades americanas. En realidad, entre unas cosas y otras, me conviene estar fuera de mi país por algún tiempo.

Estuve quemando algunos de mis papeles antes de marchar, y en el último cajón de mi escritorio, encontré esta fotografía, que te envió. Creí que podría divertirte. ¿Te acuerdas de que la primera noche que estuviste aquí te dije que me recordabas a alguien? Me doy cuenta de que era a mí mismo. Twelfth Night era él lazo de unión. Buena suerte, Cesario, y feliz caza de cabelleras.

Besos, Nick.

América… Desde el punto de vista de Shelagh, lo mismo podía ser Marte. Sacó la fotografía de la cubierta de cartón, y la miró con el ceño fruncido. ¿Otra broma pesada? Pero nunca le habían hecho una fotografía vestida de Viola-Cesario, luego ¿cómo pudo él haberla trucado? ¿La habría tomado mientras ella no se daba cuenta, y luego colocó su cabeza sobre otros hombros? Imposible. Le dio la vuelta. Al dorso, Nick había escrito, «Nick Barry en el papel de Cesario en Twelfth Night. Dartmouth, 1929».

Volvió a mirar la fotografía. Su nariz, su barbilla, su propia expresión picaresca, la cabeza ligeramente levantada como ella acostumbraba a ponerla. Incluso la postura, la mano en la cadera El espeso cabello. De pronto, el camerino se desvaneció, y se vio en la habitación de su padre, junto a la ventana, le ovó moverse y se volvió a mirarle. Él la miraba fijamente, y su rostro tenía una expresión de horror e incredulidad. No era acusación lo que había leído en sus ojos, sino reconocimiento. Él no se había despertado de una pesadilla, sino de un sueño que había durado veinte años. Al morir, había descubierto la verdad.

Volvieron a llamar a la puerta.

—La escena tercera se termina dentro de cuatro minutos, Miss Blair.

Estaba tendida en la camioneta, los brazos de él la rodeaban. «Pam se rió un poco, luego se desmayó, tiesa como un palo. A la mañana siguiente lo había olvidado todo».

Shelagh dejó de mirar la fotografía que tenía en la mano, y se contempló en el espejo.

—¡Oh, no…! —dijo—. ¡Oh, Nick… Oh, Dios mío!

Entonces sacó la daga del cinto, y acuchilló la cara del muchacho de la fotografía, haciéndola pedazos y tirándolos a la papelera. Y cuando volvió al escenario, no se sintió en el palacio del Duque de Illyria, con telones de fondo, y tablas pintadas bajo sus pies, sino en una calle, cualquier calle, donde hubiera ventanas que apedrear, y casas que quemar, y piedras, y ladrillos, y gasolina a mano, en la que hubiera cosas que despreciar, y hombres a quienes odiar, pues sólo por el odio puede uno librarse del amor, solamente con fuego y espada.

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