La edad del idiota: 50. Bienvenido a la jungla

Diego M. Rotondo

 

50

BIENVENIDO A LA JUNGLA

 

Me desperté cinco horas después en la cama del hospital. Mis padres me rodeaban y discutían separados por la cama. En medio del letargo alcancé a escuchar a mamá que decía: «estoy harta, te juro, nunca va a sentar cabeza este pibe, ¡nunca!…». Tenía mi cabeza vendada y toda la pierna izquierda cubierta por un yeso. La pierna no dolía, pero la frente me punzaba como si tuviese un cuchillo clavado. Solo me acordaba de la moto subiendo a la vereda y los gritos… los gritos desesperados de los alumnos.

Mi padrino Osvaldo cruzó la puerta de la habitación llevando una carpeta en la mano, les murmuró algo a mis padres y salieron detrás de él. Estaba anocheciendo, por la ventana de la habitación, como un ojo plateado en la noche, me espiaba Venus, el único planeta que reconocía a simple vista en el firmamento. Mi abuelo me lo señaló una vez cuando tenía 6 años y de ahí en más no hubo noche en la que no lo mirara desde la ventana de mi cuarto. Mientras los demás se dejaban hechizar por la Luna, yo miraba a Venus; había leído bastante sobre él, no se podía vivir en su superficie, hacían unos 400 grados centígrados, era una especie de infierno lleno de volcanes, explosiones y lava. Millones de años atrás Venus había sido como la Tierra, había tenido océanos y mares, y probablemente vida. Tal vez habrían existido seres como nosotros, seres idiotas, como Pedro, como Joaquín, como yo… Dicen que la Tierra será inhabitable igual que Venus algún día. Ojala fuese mañana; ojala mañana caiga un asteroide y la humanidad desaparezca de un chispazo.

No maté a nadie por suerte. Malena se fracturó el tobillo en varias partes, de milagro no le amputaron el pie. Varios de los que estaban en la puerta del colegio alcanzaron a esquivar la moto cuando me subí a la vereda gritando: «¡NO FRENA, NO FRENA!». El rector intentó pararla con sus manos y lo pasé por arriba. Él es el que peor acabó, con traumatismo de cráneo y todas las costillas rotas. Malena y yo salimos expulsados hacia adelante, yo golpeé la pierna contra el manubrio y me la rompí; la moto cayó de costado y empezó a dar vueltas como un trompo, golpeando con las ruedas a varios alumnos, hasta que de repente, se apagó sola, se murió.

Todo eso me lo contaron, yo empecé a recordar imágenes con el pasar de lo días, pero eran imágenes que desaparecían cuando intentaba retenerlas, como las de los sueños.

Obviamente me echaron del colegio, eso fue lo de menos, tuve que volver a comparecer ante el juez de menores, que se acordó de mí apenas me vio entrar en su despacho acompañado de mis padres y mi padrino. «¡Mirá que evolucionaste, pibe!», exclamó entre risitas cínicas, «en menos de un año pasaste de quemar a un compañero a mandar a 6 personas al hospital…». Recuerdo su cara de asno, su pelo y su mostacho de ceniza, su sonrisa color madera y sus ojos entornados mirándome con saña. El escritorio estaba regado con fotos de los chicos lastimados, reconocí un primer plano de la pierna de Malena, su pie estaba morado, casi negro, con algunas uñas despegadas. También había fotos de Hormiga, del tanque agrietado emparchado con cinta, del motor chorreando aceite, del manubrio oxidado, etc. Me pregunté si me la devolverían, a lo mejor todavía podría arreglarla.

Osvaldo se las arregló para evitar que el juez me enviase a un correccional, a pesar de que tenía todo en contra: manejaba una moto grande, sin licencia y sin patente, no llevaba casco, arriesgué mi vida y la de los demás. Gracias a Dios descubrieron que a Hormiga se le habían roto los frenos, de lo contrario me hubiesen culpado de homicidio culposo.

Nunca más volví a ver a Malena. El juez me dijo que quedaría renga de por vida, y me lo dijo cargándome la culpa, con esa sonrisa asquerosa e inquisidora. Qué ganas de asesinarlo tuve en ese momento, había un pisapapeles en su escritorio, me mordí la lengua para no agarrarlo y aplastarle el cráneo hasta sacarle los sesos por las orejas.

Dos meses después del accidente encontré el teléfono de Malena en la guía y la llamé; no me importaba que estuviese lisiada, si me perdonaba, intentaría conquistarla de nuevo. Apenas le dije quién era ella colgó. Seguí insistiendo varias veces hasta que atendió su papá y me amenazó con arrancarme los huevos y hacérmelos tragar… estaba bastante enojado. Así terminó nuestra historia, una historia que en realidad nunca había empezado.

Papá le dijo a mamá que no volvería a tirar la plata pagando un colegio privado, que me iba a inscribir en el Nacional 15. Decían que en ese colegio un alumno de Cuarto había tirado a un profesor por la ventana por haberlo reprobado en Física. El tipo había caído desde el tercer piso y se había roto la espalda. También habían incendiado el auto de una profesora de Historia, con ella adentro; la mujer sobrevivió, pero con el 30 % del cuerpo quemado. Cuando un pibe salía del reformatorio, el Estado lo enviaba al Nacional 15 para reinsertarse, por eso estaba lleno de marginales. Ahí mandaban dos pandillas: los Úrus y los Machete, ambos grupos se disputaban los baños y los pasillos para vender droga adulterada. Cada tanto se armaban batallas campales en el patio del recreo, peleaban con palos y navajas. El intendente había puesto policías en los pasillos, pero éstos transaban con las bandas a cambio de guita. A ese colegio iba Joaquín, que ya había repetido Primer año tres veces. Por suerte él era amigo de los Úrus. No sabía si eso era bueno o malo para mí. Pertenecer a una pandilla no estaba en mis planes; aunque no pertenecer a ninguna tal vez sería peor.

El juez concluyó en que debía retomar el tratamiento psiquiátrico. Así que volví con la doctora Eva. Mi padrino me salvó el pescuezo, ya que el juez insistía con enviarme a un reformatorio durante 6 meses. Comparado con eso, volver al horrible departamento de Eva con olor a grasa quemada y a tabaco rancio, era lo más parecido a un paraíso.

Tras el accidente caí en una depresión espantosa, todo el resto de ese año me lo pasé encerrado, tirado en la cama; ni siquiera tenía ganas de jugar a los videojuegos. Sólo iba a las sesiones, papá me llevaba y me iba a buscar; durante el viaje no me dirigía la palabra; a diferencia de mamá, que prefería los golpes, papá me lastimaba con el silencio. Quería morirme, no me preocupaba conocer a una chica, ni perder mi virginidad, ni usar el revólver, ni nada… Eva me cambiaba la medicación cada dos semanas; yo la tomaba, pero solo me embotaba, no me hacía sentir mejor.

El 24 de diciembre, cerca de la medianoche, yo estaba comiendo fideos con manteca en la cocina de casa mientras miraba la tele. Mamá se había tomado un valium y se había acostado. No teníamos interés en festejar. Se podía ver el espectáculo de fuegos artificiales desde la ventana de la cocina, pero yo lo ignoraba, miraba la tele mientras el cielo se llenaba de explosiones coloridas. En el noticiero informaban de un choque en cadena en la autopista de mi barrio. Alguien había tirado un muñeco de trapo desde el puente, había caído sobre un auto, que frenó abruptamente y fue chocado por el de atrás, que a su vez fue chocado por otro y así… 30 autos destrozados en menos de un minuto, varias personas hospitalizadas. El Cámara del noticiero enfocaba a un bombero que subía por la cuesta de la autopista sosteniendo el muñeco vestido con el suéter azul de franjas rojas y los pantalones de corderoy verdes de Pedro. Empecé a gritar y a reír frente al televisor: «¡Hijo de puta! ¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste!». De repente me sentí mejor, estuve apunto de llamarlo, pero desistí. Hacía meses que no veía a Pedro; intentó visitarme varias veces, pero yo le decía a mamá que le dijera que estaba enfermo, que no podía ver a nadie. Al final se cansó y no vino más. Mi amigo, el terrorista tuerto.

Y ahora estoy aquí, en el Nacional 15, sentado en este pupitre viendo como ese matón se me acerca preparando los puños. Y yo sonrío, ni siquiera me preparo para pelear, cruzo las manos sobre la mesa y espero calmado que ese tal Gorgo me destroce la cara por haberme sentado en su lugar. Se para justo frente a mí, yo frunzo la mejilla por instinto y me preparo para el golpe; él sonríe y me estrecha su mano grande y gorda: «¡Bienvenido a la jungla!», me dice, «¿Conocés ese tema? ¡Es buenísimo!». Claro que lo conozco, lo escucho a diario, después de Metallica, los Guns n´ Roses son mi grupo favorito. Todos en el aula se levantan, se me acercan y me saludan amistosamente; me explican que lo del pupitre es un teatro que hacen con todos los nuevos.

Ingresa un profesor al aula, es un gordo barbudo vestido con una camisa hawaiana desabotonada que deja de ver la maleza negra y ensortijada de su pecho. «Buenas tardes, inútiles», saluda, arroja su portafolio en el escritorio y se prepara para dar la clase. Todos se acomodan en sus asientos y abren sus carpetas. Una cabeza se asoma por la ventana de la puerta del salón. Conozco esa cabeza, conozco esa cresta castaña. Joaquín me descubre en el fondo del aula y empieza a hacerme muecas, aplasta su boca y su nariz contra la ventanita, escupe y su saliva desciende lentamente por el vidrio formando una grieta espumosa. Algunos lo ven y empiezan a reírse. Yo no me río. Lo miro con asco. Es la primera vez que lo veo desde que me dejó la moto. Tras enterarse del accidente ni se le ocurrió venir a verme, a pedirme perdón o a preguntarme si necesitaba algo; así era él. Ni siquiera vino a buscar su revólver. Joaquín no es alguien en quien se pueda confiar, no es un tipo malo, pero la droga lo vuelve traicionero. Estoy tan furioso, quisiera levantarme, salir y pegarle, lograr, aunque sea, conectarle dos o tres golpes, ya que después él me mataría; lo único que hizo bien toda su vida fue pelear. Estoy en este antro por su culpa, por ese revólver, por esa moto, por todos los objetos malditos que puso en mi camino. Él limpia la saliva del vidrio con su lengua. Supongo que se cree gracioso. Yo lo ignoro, abro mi carpeta, las hojas están vacías y limpias, huelen a papel nuevo; le quito la tapa al bolígrafo y empiezo a escribir:

1. “El castillo del Miedo”

 

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