La edad del idiota: 49. Algo blando

Diego M. Rotondo

 

49

ALGO BLANDO

Ese día dí muchas vueltas antes de llegar al colegio. Y es que después de recorrer unas cuadras, noté que la moto no frenaba… ¡No frenaba, la puta madre! Algo se había roto y cada vez que pisaba el pedal no pasaba nada. Aunque íbamos despacio, más o menos a 40 km/h, si no lograba frenar la moto era probable que nos diésemos un buen golpe, encima ni llevábamos casco. Así que intenté serenarme y me dediqué a pasear por las calles más despejadas del barrio, rogando que no se nos cruzara ningún auto en una esquina.

Malena estaba contenta, se abrazaba fuerte a mi panza y aullaba como si estuviera en la Montaña Rusa. Se notaba que era la primera vez que se subía a una moto. Podía sentir el bulto de sus pechos haciendo presión en mi espalda, no pude disfrutarlo, mi mente estaba concentrada en los putos frenos. El freno del manubrio estaba suelto, oxidado, sin ningún cable conectado. Y como si eso fuera poco, el acelerador se había clavado, aunque yo lo bajaba no desaceleraba. Con la bicicleta varias veces me había quedado sin frenos, pero siempre la frenaba colocando el pie entre la horquilla y la rueda; con una moto no podía hacer eso, me arrancaría el pie. Empecé a resignarme a la idea de chocar, a lo sumo nos rasparíamos un poco y pasaría vergüenza con Malena; eso no era tan grave, ella seguro le encontraría el lado gracioso al accidente, tendría algo que contarles a sus amigas. Busqué con la mirada algo blando contra lo que estrellarnos, algo que nos amortiguara: un arbusto, una carpa, una señora obesa… lo que fuera. Si eso salía bien, si Malena no se lastimaba, quizá podría ser el comienzo de nuestro noviazgo. Pensaba todas estas cosas mientras iba prendido del manubrio y seguía girando el acelerador, rogando que se arreglara de golpe. «¡Vamos a llegar tarde!», me gritó Malena al oído; el motor estridente de Hormiga apenas nos permitía escucharnos; «ya faltan 5 minutos para las 8…». En ese instante un auto clavó los frenos en un cruce y lo esquivé por unos centímetros. No quería decirle a Malena lo que pasaba, si se lo decía se iba a asustar, iba a tratar de bajarse y todo sería peor. Qué bueno si se acabase la nafta, pensé. Pero Joaquín me había entregado la moto con el tanque lleno; habíamos ido juntos a cargarlo y él se encargó de pagarle al playero; como si ese acto le quitase algo de culpa por estafar a su amigo de toda la vida.

Seguimos un trecho más y de repente aparecimos en la cuadra del colegio, a unos 50 metros de la entrada. «¡Llegamos, iujuuuu!», exclamó Malena. La moto seguía a la misma velocidad, habíamos cruzado dos semáforos en rojo y Malena ni se había dado cuenta; no se percataba de que los demás vehículos clavaban sus frenos en cada cruce y nos tocaban bocina; estaba eufórica, de a ratos levantaba y agitaba sus brazos. Le di unos pisotones al pedal de velocidades, pasé a Tercera por primera vez desde que tenía la moto, el motor pareció relajarse, el sonido se hizo más grave, pero la velocidad no se redujo.

Nos acercábamos a la puerta del colegio, había muchos alumnos pululando por ahí todavía, alcancé a distinguir al rector, al preceptor y a un par profesoras, quienes al oír el «brapapapa» escandaloso se voltearon hacia nosotros. No supe qué hacer, mi mente se nubló. Volví a pensar en algo blando con lo que parar la carrera, ellos eran algo blando, todos los que estaban ahí, eran algo blando…

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