La edad del idiota: 48. Masacre en el colegio

Diego M. Rotondo

 

48

MASACRE EN EL COLEGIO

Al ingresar al aula todos me miran de arriba abajo. Reconozco a un par de los que fumaban en la esquina. Digo «Hola» casi murmurando y nadie contesta, me busco un pupitre vacío, engancho mi mochila en el respaldo de la silla y cuando me siento alguien me toca el hombro: «Esa mesa está ocupada, ché», dice una voz gruesa, me volteo y veo al morocho de pelo largo vestido con equipo de gimnasia Adidas. «Qué bien», le respondo y le doy la espalda. Una chica de rizos negros y cachetes gordos, que se sienta en la fila paralela a la mía, me mira y me dice: «No te está jodiendo, tiene razón, mejor que te sientes en otro lado si querés conservar los dientes». Yo miro a mí alrededor y toda la clase asiente con la mirada, pero no de manera hostil, sino con temor, como si el hecho de que yo me siente aquí también tenga consecuencias para ellos. Me pregunto por qué tanto misterio. «¿Pero de quién es este pupitre?, ¿del Increíble Hulk?», bromeo, pero ellos no se ríen, siguen mirándome serios. Un pibe que está sentado sobre el escritorio del profesor, salta y se acerca a mi pupitre, es de mi estatura, pero más corpulento, tiene un buzo con capucha que dice Harvard y lleva unas zapatillas Reebok relucientes; no parece de este colegio, se nota que es cheto, como los del San Cayetano. Me estrecha la mano amistosamente y cuando yo le doy la mía me tironea hacia delante y me tira de la silla, otro pibe se acerca y lo ayuda a arrastrarme por el aula.

—¡Suéltenme, putos! ¿Qué mierda les pasa? —les grito mientras me llevan a la rastra hasta un pupitre vacío al fondo del aula y me sientan como si fuese una marioneta.

El que me tiró al piso me acomoda la ropa con suavidad, yo le quito la mano, él me susurra:

—Me lo vas a agradecer toda la vida.

Todos regresan a sus pupitres dejando vacío el que yo ocupaba. Dos minutos después atraviesa la puerta un flaquito vestido con pantalones y campera de jeans nevados. Entra a los tropiezos, como si alguien lo hubiese empujado, se cae contra un pupitre y todos empiezan a reírse a carcajadas. Detrás de él ingresa otro, es alto, gordo y cabezón, lleva pantalones de jogging grises y un suéter negro apretado. Levanta al flaquito agarrándolo de la nuca y lo arroja contra otro pupitre como si fuese un trapo viejo. El flaquito se ríe nervioso mientras se acomoda en la silla, tiene la cara roja y la manga de la campera descosida. El grandote camina en medio de las filas de pupitres, saluda a un par con la mano y al llegar al pupitre que yo estaba ocupando, se queda mirándolo preocupado:

—¿Quién estuvo sentado acá? —pregunta mientras acomoda la silla torcida.

Nadie contesta.

El tipo sondea con la mirada a todos. El sol atraviesa el ventanal al fondo del aula y eso hace que tenga que ponerse la mano en la frente para distinguir a cada uno. Una chica de tez pálida, con el pelo negro y lacio como Morticia, le dice:

—Nadie, Gorgo. ¡Si es tu silla!… ¿quién se va a sentar?

El grandote se queda mirándola un instante, ella se sonroja y baja la cabeza.

—No te hagás la pelotuda, Carlita. —le responde fulminándola con sus ojos negros sin iris—. Les vuelvo a preguntar —dice alzando la voz—: ¿Quién carajos se sentó en mi pupitre?

Nadie contesta. Él se queda parado con los brazos regordetes cruzados, los mira a todos como si fuera un sargento frente a su batallón.

—Bueno, esto lo arreglo fácil. —dice y acto seguido agarra de los pelos al flaquito, lo tira al suelo, le pone una rodilla en el pecho y empieza a acogotarlo—. ¿Quién se sentó en mi pupitre? —pregunta mientras asfixia a su marioneta.

—¡Basta, Gorgo! —le suplica una chica rubia sentada justo a su lado.

Yo no estoy seguro de qué hacer. Si al menos tuviese mi revólver…

—¡Fue el Nuevo! —grita una voz femenina—. ¡Fue el Nuevo, Gorgo!

El tipo al que llaman Gorgo se para, vuelve a colocarse la mano a modo de visera, y antes de localizarme justo bajo el ventanal, pregunta: «¿Qué nuevo?»

Fue en la madrugada del lunes cuando tuve esa pesadilla: entraba al aula montado en la moto y les disparaba a todos con mi revólver. Primero mataba a Milanni de un tiro en el ojo, después al profesor, y después disparaba al azar sobre los alumnos que se tiraban al piso y se cubrían las cabezas desesperados. Me sentía extasiado mientras los acribillaba, era como si estuviese eyaculando. Cuando me desperté, la sensación que me invadió fue terrible: una mezcla de tristeza y desesperación tan intensas que por un momento pensé en suicidarme.

En el sueño también le disparaba a Malena; especialmente a Malena. Ella había hecho un globo gigante de chicle, tan grande que le cubría toda la cabeza y parte del torso; formaba ese globo para mofarse de mí, cuanto más grande lo inflaba, más me humillaba. Yo me paraba frente a su pupitre, recargaba el revólver y le disparaba, justo en el medio del globo, que estalló haciendo más ruido que el disparo, desparramando trozos de chicle por toda el aula. Toda la cara de Malena se había convertido en un orificio negro rodeado de pelos que emanaba sangre y fuego. Fue en ese instante cuando me desperté. El radioreloj marcaba las 6 de la mañana con letras rojas, faltaba media hora para que sonara la alarma. Me levanté con una erección, fui al baño y me enjuagué la cara con agua fría, tratando de que esas imágenes se fueran de mi cabeza. Antes de ponerme el uniforme busqué mi mochila, saqué el revólver cargado que pensaba llevar al colegio, y lo escondí bajo el colchón. Mamá aún dormía.

Desayunamos en silencio, yo seguía viendo ese hoyo de fuego y sangre, pensé que nunca se iría de mi cabeza, que la cara destrozada de Malena me perseguiría toda la vida. Mamá rompió el silencio tras darle el primer sorbo a su Mate.

—¡Qué carucha tenés hoy! ¿Dormiste mal?

—Si, tuve pesadillas… —le respondí con desgano, sin ganas de contarle.

—¿Qué soñaste? —preguntó y acto seguido se cubrió la boca con la mano—. ¡No, mejor no me cuentes, primero comé una tostada! Dicen que si contás una pesadilla con el estómago vacío, se hace realidad.

—Qué boludez… —murmuré y me apuré a darle un gran mordisco a mi tostada.

Seguimos desayunando, escuchando la radio mal sintonizada de fondo.

—No le voy a decir nada a tu padre del pésimo negocio que te mandaste con la moto y la computadora… —dijo y me guiñó el ojo—. Le podemos inventar que se rompió o algo así, para que te compre otra y listo.

Mamá tenía un buen día. Hacía tiempo que no sentía esa conexión entre nosotros.

—Bueno —le respondí—. De paso le puedo pedir la Commodore 128, que es más rápida y trae mejores juegos.

—Todo lo que quieras, mi amor… Pero antes —se puso seria de repente, tomó aire y gritó—: ¡DESHACETE DE ESA MOTO DE MIERDA! ¡ME MENTISTE, ME DIJISTE QUE LA IBAS A TIRAR A LA CALLE! ¡AYER A LA NOCHE SENTÍ OLOR A NAFTA, BAJÉ AL GARAJE Y LA ENCONTRÉ AHÍ!

Me levanté de la mesa tirando la silla.

—¡Ya me parecía raro que estuvieras tan cariñosa, pelotuda!

—¡Dejá de faltarme el respeto, pendejo! Hoy cuando vuelvas del colegio la moto no va a estar. Voy a llamar a un chatarrero para que se la lleve.

—¡Andá a la mierda! —le grité, agarré la mochila y me fui.

—¡Le voy a contar a la psiquiatra cómo me insultás, pelotudo, ya vas a ver: vas a tener que volver a verla todas las semanas!

—¡Antes muerto! —le grité.

Su voz histérica se fue alejando a medida que bajaba los escalones. Entré al garaje y saqué a Hormiga a la calle. Empecé a darle al pedal pero no arrancaba, estaba como ahogada. Mamá se asomó por la ventana.

—¿Pero vos estás loco? ¡Ni se te ocurra ir al colegio en esa porquería!

Fingí no escucharla, seguí insistiendo con el pedal, una y otra vez. Joaquín me había dicho tenía que darle al acelerador para que bombee combustible, lo hice y la moto arrancó. Las tremendas explosiones del motor taparon los chillidos histéricos de mi madre. Me monté en la moto, alcé la cabeza, le hice Fuck you con el dedo y me fui zigzagueando por la vereda.

Me sentía libre sobre la moto, imaginé que iba a 200 kilómetros por hora. Quedaban 20 minutos para que empiece la clase, tenía tiempo. Manejé hasta llegar a la parada del colectivo. Apagué la moto y me quedé esperando a Malena. Cinco minutos después apareció doblando la esquina, me miró sorprendida, alzó las manos y me dijo:

—¿Es tuya?

—Sí, la compré ayer. Es de colección. —le dije—. Hay que hacerle refacciones y comprar algunas piezas, pero anda bien.

—¡Guau! —exclamó ella mientras miraba la cinta adhesiva negra cruzada sobre el tanque celeste.

—¿Vamos? —le pregunté.

Ella sonrió tímida, miró hacia ambos lados de la calle como para asegurarse de que no hubiese nadie conocido a la vista.

—¿Te parece? —me preguntó torciendo su boca divinamente.

—¡Claro! ¡Subite! —le dije.

Ella se acomodó la mochila, se subió y se abrazó fuerte a mi cintura. El corazón se me saltaba del pecho.

—Pero no vayas rápido, eh —me susurró con su aliento a chicle de menta.

—No te preocupes —le dije y le di al pedal de arranque rogando que no me hiciera pasar papelones. El motor arrancó al primer intento y nos fuimos.

 

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