La edad del idiota: 46. Lluvia de Martini

Diego M. Rotondo

 

 

46

LLUVIA DE MARTINI

«Me llamo xxxx xxxx. Tengo 15 años. Mido 1,70 cm. Peso 55 kg… Llevo un revólver descargado en la cintura. Soy virgen…»

Si en este lugar horrible me hiciesen escribir mis datos en un papel, yo escribiría eso; pero claro, omitiría lo del revólver y lo de que soy virgen. Aunque aquí, en este sótano apestoso, ya todos lo saben.

—En realidad nunca vine. —confiesa Pedro mientras nos quedamos parados bajo el marco de la entrada, indecisos entre entrar o volver sobre nuestros pasos.

—¿Me estás jodiendo, no? ¿Cómo que nunca viniste?

—Era la única forma de convencerte de que me acompañaras. —dice.

Por un lado quisiera asesinarlo, pero, por el otro, me siento más tranquilo sabiendo que él también es nuevo en este asunto.

—¿Pero nunca cogiste entonces? —le pregunto.

—No sé… no estoy seguro.

—¿¡Cómo que no estás seguro, pelotudo!? ¡No se puede no estar seguro!

—Bueno, ya te conté que estuve con mi vecina, la del diente; eso es verdad; nos metimos en la cama, me desnudé, ella se quitó el corpiño pero se dejó el short que traía puesto. Empezamos a transar y a meternos mano; le froté la verga entre las piernas, me moví atrás y adelante… pero, ahora que lo pienso —se acaricia la pera—, no sé si llegué a metérsela; porque el short no se lo sacó… O sea que, salvo que tuviese un agujero en el pantalón, o el cierre abierto…

—¡Callate, enfermo! ¡No puedo creer que seas tan versero! —le grito y todos en el antro, incluido el que sirve las bebidas clavan sus ojos en nosotros.

El lugar no es mucho más grande que el living de mi casa. Hay una barra semicircular que emerge de la pared como un arcoiris. El reborde está cercado por unos tubos de neón azules y verdes. Unas lucecitas de árbol de navidad cuelgan y titilan encima de la estantería donde están las botellas. Al costado de la barra hay una entrada con cortinas negras. Ahí es donde lo deben hacer. Sentados sobre los taburetes de la barra tres clientes nos miran, se ríen y conversan sobre el par de payasos que acaba de entrar. Las putas, viejas y arruinadas, están sentadas en unos sillones de cuero repartidos por todo el lugar. Algunas sostienen copas con aceitunas y nos miran con ternura. Otras se frotan con unos clientes. Una de ellas, la que está más cerca de nosotros, nos hace señas con el dedo para que nos acerquemos.

—¿Quién te recomendó este sótano de mierda? —le pregunto a Pedro.

—Mi vecino, Beto, viene siempre. ¿Te acordás de Beto, el que graba las porno?

—¿El gordo pelado que tiene 50 años y vive con la mamá?

—Ése —responde Pedro—. Cada vez que me lo cruzo me dice que tengo que venir acá, que se coge bárbaro, que las minas están buenísimas y que cobran barato…

—Espero que sea barato, porque en lo otro claramente te mintió.

La vieja del sillón se levanta y camina hacia nosotros moviendo las caderas exageradamente; no tiene corpiño, solo lleva una tanga roja con lentejuelas negras y unas medias celestes con tajos en los muslos. Las tetas cuelgan de su pecho como globos desinflados. Todo su cuerpo parece desinflado, como el de esas personas obesas que bajan 100 kilos de golpe y les queda el pellejo colgando. A pesar de que tiene tacos altos, se nota que es enana, de un metro y cuarenta centímetros más o menos. Tiene una peluca color naranja, pestañas postizas y más maquillaje que un payaso.

—¡Hola mis amores! —nos saluda con un beso en la mejilla a cada uno.

Su perfume parece el ambientador que hay en los baños de la estación. Una mezcla de lavanda y pis rancio.

—¿Vienen por primera vez?

—Sí —responde Pedro y me apoya la mano en el hombro—; mi amigo es virgen y yo, la verdad es que no estoy seguro. —explica con tono chistoso.

La vieja suelta una carcajada aguda que me da escalofríos. Pedro también se ríe.

—¿Cómo que no estás seguro, corazón? —le pregunta.

—Es que, yo tengo una vecina y…

Le encajo un codazo.

—Es una historia aburrida, doña, no hace falta que la cuente… —le digo.

—¡Ay mi amor, no me digas doña por dios, me hacés sentir una abuela!

—Disculpe…

—No te preocupes. —me dice con una sonrisa tierna—. Bueno, por qué no vienen a sentarse con las chicas y charlamos un poco…

—En realidad me duele un poco la panza. —le digo y retrocedo un paso.

Ella me mira sin dejar se sonreír y me aferra de la muñeca con su manito de duende.

—Mi vida —dice—. ¿Sabés a todos los chicos que les duele la panza cuando vienen por primera vez? No tengas miedo mi amor. Aquí nadie te va a obligar a hacer nada. Vamos, nos sentamos, tomamos algo fresco y después ustedes deciden.

—Bueno. —le respondo y la seguimos rumbo al sector de los sillones.

Los tipos de la barra no dejan de mirarnos, pasamos detrás de ellos y giran sobre sus taburetes para seguir nuestro recorrido. Ninguno tiene menos de 30 años.

Nos sentamos en un sillón largo, el lugar apesta a tabaco y a sahumerio, pero del barato, ese que se compra en las ferias hippies y huele a rama quemada. Otra jovata se acerca y se sienta con nosotros. Es bastante más alta que la otra, tiene el pelo rizado y es negra como una africana. También va en tetas y su tanga blanca tiene un osito panda en la entrepierna. Aunque es igual de vieja que su colega, no huele a baño público, si no a cuero crudo y coco.

Quedamos Pedro y yo con las rodillas pegadas en el medio de ambas putas. En otro sillón un tipo parecido a mi papá le mete la lengua en la boca a una abuela pelirroja y le pellizca los pezones. Los chismosos de la barra se olvidan de nosotros y vuelven a sus tragos. Se corre la cortina negra y sale un señor alto y desgarbado parecido a Menotti; tiene pulseras y anillos de oro, camina subiéndose el cierre del pantalón. Saluda al barman y se retira del lugar.

—Chicos, ¿por qué no nos invitan un Martini? —dice la pigmea.

—Bueno. —dice Pedro.

Ella le hace señas al barman, que asiente levantando el pulgar.

—Yo me llamo Olga —dice.

—Yo soy Luana —dice la negra con acento carioca.

Luana baja su mano por mi abdomen y siente el mango del revólver. Tiene las uñas pintadas de blanco aperlado, son casi tan largas como sus dedos. Le aparto la mano con suavidad.

—¡Escondes algo grande y duro ahí, eh! —me dice intentando tocarme de nuevo—. ¡Anda, deja que lo sienta!

—No… después. —le digo sin soltarle la mano.

—¡Yo soy Pedro! —dice Pedro alzando la voz para distraerlas—. Pero pueden llamarme «Pirata» —indica señalándose en parche.

—¿Qué te pasó en ese ojito, corazón? —le pregunta Olga y le da un besito en el parche.

—Una pelea. Un tipo me pegó hasta desprenderme la retina… —explica emocionado, como quien habla de una película que le encantó.

—¡Pero, cómo se puede ser tan animal! —exclama Luana que ya se olvidó de mi bulto—. Supongo que le habrán metido a la cárcel, ¿verdad?

—No, porque lo asesiné. —le responde Pedro.

Las dos putas se quedan mirándose mudas. Durante unos segundos solo se escucha la melodía repugnante que expelen los altavoces empotrados en los vértices del techo. Llega el mesero con cuatro Martinis en una bandeja y los va colocando sobre un dado negro con puntos blancos que hace de mesa ratona.

—¿Es un chiste? —pregunta Olga una vez que el mesero se retira.

Pedro niega con la cabeza, se pone las manos en la nuca y estira sus largas piernas.

—No, pero no te asustes, fue en defensa propia. Y no quería matarlo, le clavé mi navaja en la pierna para defenderlo a él —dice señalándome—; pero le pinché la femoral y se desangró enseguida. ¡Ja, ja, ja!

No sé por qué Pedro se ríe de esa forma, es como si quisiera asustarlas. Las dos jovatas se miran entre sí estremecidas; claro, como si todos los que vienen a este sucucho fueran nenes de pecho…

—Bueno, cambiando de tema, ¿cómo es el asunto de la Participación? —pregunta Pedro mientras se enciende un cigarrillo con estilo, imitando al tipo de la propaganda de Camel.

—Ay corazón, no hay apuro para eso —le dice Olga—. Pidamos otro trago, ¿sí?

—Pero si esos están llenos todavía. —dice Pedro señalando las copas con aceitunas.

Luana se inclina hacia mi amigo apoyando sus tetas en mis piernas. Le acaricia los huevos y le dice:

—Mejor tener varios que ninguno, ¿no te parece, mi amor? Además, en este lugar los martinis se acaban rápido, es mejor tenerlos aquí, reservados… —le dice guiñándole el ojo.

Pedro suelta una risita irónica y me mira.

—Estas dos viejas zorras se piensan que somos idiotas, ¿viste?

—¿Pero qué decís, nene? —exclama Olga abochornada.

—Lo que digo es que puede que yo sea virgen, pero no idiota. Ustedes piden un trago atrás del otro y después tenemos que poner la tarasca nosotros…

—¡Bueno! Es lo natural, ¡que los tragos los pague el hombre! —dice Luana.

—Ya me habían contado de lugares como este —dice Pedro—. Echar un polvo te termina costando una fortuna. Si al menos ustedes fuesen jóvenes y estuviesen buenas… pero son unas viejas chotas y arrugadas.

Me pregunto qué político conocido será dueño de este antro. Pedro debe saberlo, debe haberlo leído en el diario, sino no estaría suicidándonos de nuevo.

Olga le da una bofetada a Pedro y le vuela el cigarrillo de los labios. Se para y aplaude tres veces, como haciendo una especie de señal.

—¡Vieja de mierda! —le dice Pedro acariciándose la mejilla colorada.

Nos levantamos del sillón.

—Vos sos un pendejo maleducado, ahora vas a ver… —lo amenaza Olga señalándolo con el dedo.

Los clientes de la barra vuelven a girar hacia nosotros. Un tipo enorme de pelo largo y rojo sale detrás de la cortina negra. Lleva puesta una camisa escocesa arremangada hasta los codos, jeans y botas tejanas, se parece a Axl Rose, pero en versión titánica; debe medir por lo menos 2 metros. Pedro empuja a Olga, que cae de culo al piso y chilla como una muñequita de feria. Luana me agarra del brazo con sus tenazas negras y me putea en portugués; me la quito de encima y cae sobre el sillón despatarrada. «¡Rajemos boludo!», me grita Pedro mientras salta encima del dado negro y corre hacia la puerta. Yo lo sigo pero me tropiezo con el dado y casi me rompo la cabeza, las copas de Martini vuelan y estallan contra el piso, el vikingo me lanza un manotazo y casi me atrapa, cruzo la puerta y subo los escalones desesperado. Pedro se ríe al verme salir detrás de él, no sé de qué, pero se ríe. Y otra vez a correr, a escapar de nuestra propia estupidez.

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