La edad del idiota: 45. El objeto maldito

Diego M. Rotondo

 

 

 

45

EL OBJETO MALDITO

Me levanto del piso sin dejar de apuntarlos. Me tiembla tanto la mano que tengo miedo que se me caiga el revólver. Ellos retroceden y alzan sus manos, se miran entre sí, dudan, se preguntarán si es un revólver de juguete o no; pero no, no es un juguete, es un arma que fue usada por los Villeros amigos de Joaquín, usada para robar y quién sabe, para matar; así que desaparezcan antes de que gatille y sólo escuchen el triste «click» de un arma descargada.

«¡Tranquilo flaco, está todo bien, ya nos vamos…!», dice uno de ellos, que tiene melenita rubia y la cara rociada de granos con pus. Al igual que sus aliados lleva un buzo amarillo con rayas negras atado al cuello. Conozco esos colores, son de Los Lyons, el equipo en el que jugaba Ricardo. Con las manos en alto, lo seis morrudos Rugbiers que pretendían usar mi cabeza de balón, caminan hacia atrás, se dan vuelta y a paso rápido vuelven por donde vinieron. Me siento estúpido y poderoso al mismo tiempo. Antes de que los Rugbiers puedan alejarse unos 20 metros, a mitad de cuadra, empiezan a lloverles cascotes de todos los tamaños;  ellos se cubren las cabezas con las manos y empiezan a correr. Oculto detrás de un volquete en la vereda de enfrente, se asoma Pedro, que sigue tirándoles piedras a pesar de que ya no los alcanza. «¡CAGONES!», grita sabiendo que ya ni lo escuchan. Me enfundo el revólver en la cintura y lo cubro con mi camisa. Pedro cruza la avenida trotando, un auto que pasa lo roza a toda velocidad y le toca bocina, no lo atropella por un milímetro. Pedro llega jadeando hasta mí, tiene toda la barbilla y la parte del bigote embadurnadas en lápiz labial.

—Me avisaron los patovicas… —dice con la voz sofocada— Perdoná boludo… no vi lo que pasó en el boliche… Apenas me dijeron, dejé a Silvina y salí corriendo detrás de esos tipos.

—No te preocupes. —le digo.

Pedro tiene la camisa afuera desabotonada y la cabeza despeinada. Nos apoyamos sobre el capot de un Renault Fuego y esperamos que nos bajen las revoluciones. Cuando Pedro recupera el aire me dice:

—¿De dónde lo sacaste?

—¿Qué cosa?

—No te hagas el boludo, te vi cómo los apuntabas… ¿Te lo dio Joaquín?

—Bueno, no es que me lo dio exactamente —le digo—; digamos que me lo impuso.

—¿Cómo que te lo impuso?

—Nada, no importa…

—Igual —dice golpeándose el pecho con el puño—, si no hubieses tenido el revólver te habría salvado yo con las piedras.

—Sí, claro…

Nos quedamos mirando los pocos autos que surcan la avenida en la madrugada. El cielo está rosado, la luna es una sombra blanca detrás de las nubes; se viene la lluvia, la puedo oler, el pavimento huele diferente cuando está por llover. Pedro saca su paquete arrugado de Marlboros y me convida uno. Baja la voz y me dice:

—Después, cuando volvamos para el barrio, ¿me lo prestás?

—Sí. Igual no tiene balas…

—¿¡No tiene balas!? —vocifera como si quisiera que todo el vecindario lo escuche— ¡Mirá si los tipos se daban cuenta, pelotudo!

—Bueno, pero no se dieron cuenta y eso es lo que importa. —le digo mientras expelo humo tranquilo.

Tengo esa misma sensación que se tiene al bajar de una Montaña Rusa. Es algo parecido a la felicidad, es como haber vaciado todo el cuerpo de miedo.

—Bueno, tenemos que festejar —dice y mira la pantallita de su Casio con calculadora—. Recién son las 3:15 de la mañana, ¿seguimos con el plan que teníamos?

Sé de qué habla, pero me hago el boludo.

—¿Qué plan?

—¡El Sauna! Si tomamos el 28 acá a dos cuadras llegamos en 5 minutos. También podemos ir caminando por la avenida, pero tardaríamos media hora.

—No sé si ir…

—¡Dale pelotudo!, ¿amenazás con un revólver descargado a una patota de Rugbiers y le tenés miedo a unas putas que sólo quieren darte cariño?

—Estoy cansado… Corrí mucho.

—Sos un cagón.

Pedro se refriega el lápiz labial de la cara y le queda la manga de la camisa manchada. Me mira y se levanta el parche.

—Mirá, vamos, y si no tenés ganas no cogés, pero al menos me hacés la gamba a mí. No me gusta ir solo a coger. Dale, ¿sí?

—Bueno.

Caminamos por las veredas vacías rumbo a la parada del 28. Pedro se para frente a la vidriera de una concesionaria, se mira en el reflejo, se escupe las palmas de las manos y alisa el pelo. Justo frente a él hay un Mercedes Benz reluciente color rojo. Pedro no le presta atención. Me pregunto si algún día tendré guita suficiente como para tener un auto así. Si me recibo de político seguro que sí.

—La gallega no me llamó al final —dice Pedro sin dejar de arreglarse—. Y mirá que estuve pendiente del teléfono.

—A lo mejor se olvidó.

Pedro se mete la camisa en el pantalón, se sacude las rodillas y se ajusta los cordones de los zapatos, todo lo hace con el cigarro colgando de la boca.

—Yo estuve pensando, y creo que sólo te lo dijo para asustarte; en realidad no iba a perder el tiempo comprobando si ibas o no a trabajar de verdulero. Si la gallega te conoce tan bien, seguro sabe que antes de hacer eso preferirías suicidarte.

—Eso es cierto.

—Pero te lo dijo para que sepas que ella tiene el control y que te portes bien…

Pedro es un charlatán, pero creo que tiene razón.

—¡Y mirá lo bien que me estoy portando! —le digo y me levanto la camisa para que pueda ver el mango del revólver.

Vamos solos en el Bondi, recostados en los asientos del fondo. El chofer es un muerto viviente que no supera los 30 kilómetros por hora, lo paran todos los semáforos. Me acuerdo de una vez, cuando tenía 10 años, mamá casi le rompe la cara a un colectivero que iba lento a propósito, porque se había adelantado a su horario. Ningún pasajero se quejaba, no se atrevían a exigirle al chofer que se apurara. Mamá fue la única que se levantó y fue a preguntarle por qué iba tan despacio, que estábamos llegando tarde, etc.; el tipo la miró con asco por el retrovisor y no recuerdo bien qué le dijo, pero la hizo estallar, lo agarró de los pelos y empezó a darle cachetazos en la cabeza, el tipo soltó el volante para cubrirse y casi chocamos contra un auto estacionado; unos pasajeros tuvieron que sostenerla de los brazos, ella puteaba enloquecida, se le escapaban la baba y los mocos. El chofer nos obligó a bajar y la amenazó con llamar a la policía. Mamá buscó una piedra para tirarle al colectivo mientras se iba, pero alcancé a pararla. A mamá siempre le molestó la gente que se caga en los demás; a mí también me molesta.

—¿Y a este gordo de mierda qué le pasa que va tan despacio? —dice Pedro con la voz demasiado alta.

El chofer alza la cabeza y nos mira por el espejo retrovisor.

—¿Qué dijiste, flaco? —pregunta el tipo con tono hostil.

—¡Que sos un gordo forro! —grita Pedro y se ríe.

El chofer clava los frenos y salimos expulsados hacia adelante. El tipo se levanta, es morocho, obeso, y más feo que una oruga aplastada; agarra una especie de bate que tiene debajo de su butaca y camina hacia nosotros por el pasillo.

—¡Dame el chumbo! —me grita Pedro y me mete la mano en la cintura.

—¡No boludo! —le contesto y le saco la mano.

Forcejeamos, el tipo se acerca con el palo apoyado en el hombro. El revólver se cae al suelo y Pedro lo agarra rápidamente. El chofer se para de repente y retrocede. Pedro tiene el arma pero no lo apunta. Solo se queda mirándolo. El tipo sigue retrocediendo hasta volver a su asiento, gira una palanca y se abren las puertas traseras.

—Bájense… —dice con la voz temblorosa—. No quiero problemas.

Pedro está como hipnotizado, sostiene el revólver y no deja de mirar al chofer, que en cualquier momento se va a cagar encima. Lo tironeo del brazo y bajamos rápido del colectivo. En la calle nos largamos a correr. Al llegar a una calle oscura, le quito el revólver a Pedro.

—¿Qué mierda nos está pasando hoy, boludo? —le pregunto—. Es como si buscásemos que nos maten o nos metan en cana.

—Es el revólver… —dice Pedro señalando el revólver.

—¿El revólver?

—Sí boludo, debe traer mala suerte o algo así. Por eso te lo dejó Joaquín, para quitárselo de encima.

—¿Estás drogado, pelotudo?

—Diego —dice—, pensá en todo lo que pasó desde que lo trajiste: Silvina se desmayó, te peleaste con esas dos minas, los Rugbiers casi te matan, el chofer casi nos mata… ¡Ese revólver atrae la muerte, boludo!

Me quedo mirándolo sin poder decir nada. Barajo el revólver en la mano, está frío, pero es un frío que quema, como el del hielo seco. En realidad Pedro tiene razón, he leído sobre objetos que atraen la desgracia, pero nunca me creí esas historias. Aunque es verdad que desde que lo llevo encima pasan cosas malas. Entonces Joaquín me pasó el revólver para quitárselo de encima… Qué hijo de puta traidor. Ahora yo debería hacer lo mismo, o tirarlo por el desagüe, o no sé…

De repente, risas, risotadas enloquecidas. Pedro se sienta en el cordón de la vereda y empieza a reírse como un desquiciado, se mece hacia delante y hacia atrás, de a ratos se atraganta de tanta risa.

—¡Caíste como un chorlito, pelotudo! —me dice.

—¡Qué forro sos! —le digo y empiezo a reírme yo también.

Cuando por fin nos calmamos Pedro se levanta, se sacude el polvo del culo y dice:

—Vamos, estamos a dos cuadras del Sauna. Ya tengo la verga dura. Llegó el gran momento.

 

 

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