La edad del idiota: 43. A brillar

Diego M. Rotondo

 

 

43

A BRILLAR

Son las 9 de la noche, ya estoy vestido y perfumado. Me puse la camisa blanca, los pantalones de vestir y los zapatos; los del colegio, porque son los únicos que tengo. Pedro me dijo que en los boliches solo te dejan entrar con camisa y zapatos. Quedamos en que pasaría a buscarme a las 11 y de ahí iríamos a encontrarnos con las chicas en la Shell de avenida Libertador; y de ahí a Tubs. Pedro habló por teléfono con la pelirroja, que se llama Vanina; la otra, la morocha, se llama Silvina. Vanina y Silvina son amigas de toda la vida, van a Primer año y tienen 13 años…

—¿¡13 años!? —exclamé cuando me lo contó por teléfono.

—Sí, pero ya viste que no se les nota, ¡tienen las tetas grandes! —dijo.

—Igual son muy chicas… —le dije.

—No importa, nosotros las llevamos a bailar, transamos con ellas y después nos vamos al Sauna —dijo.

—¿Al Sauna?

—Sí, boludo. Al puterío.

—No me dijiste que íbamos a ir al puterío.

—¿Te da miedo?…

—No.

—Sí, ¡te da miedo porque sos virgen, maricón! ¡Ja, ja, ja!

—No soy virgen…

—Sí sos. A Chino podés mentirle, a mí no…

—Bueno, igual no tengo un mango. Mejor otro día…

—Yo te presto plata, no es cara La Participación.

—¿Participación?

—En los puteríos le dicen así al Polvo.

—Ah.

—Pero solo te voy a pagar la tradicional, sin mamada, porque si no no me queda para mí…

—¿Y cómo es la Tradicional?

—La mina se abre de piernas, se la metés y tenés 5 minutos para acabar.

—¿Vos fuiste muchas veces a ese lugar?

—4 o 5… bueno, a lo mejor 6 o 7… Ya vas a ver, se te vuelve un vicio…

Pedro es un experto en coger, me da vergüenza ir con él, preferiría ir con otro virgen como yo. Pero ya que me presta plata debería aprovechar la oportunidad y sacarme esta virginidad de encima.

Mamá prepara la cena en la cocina, huele a azafrán, todos los sábados a la noche cocina arroz con azafrán. A veces le sale rico y otras veces asqueroso, depende de si está de buen o mal humor. Y hoy estuvo peleando con papá por teléfono, así que el estómago ya se me empieza a revolver. «Me duele la panza, Ma… No voy a comer», le grito desde mi cuarto. Ella no contesta, sigue haciendo ruido de platos, cucharas y cacerolas. «¿Me oíste?», le pregunto. Ella no responde. Salgo del cuarto y voy hasta la cocina, mamá está de espaldas, revuelve el contenido de la olla con un cucharón de madera y tararea una canción. Tiene los radioauriculares puestos; al notar la antenita extendida sobre el costado de su cabeza pienso en un extraterrestre. Mamá baila, mueve las caderas y se desliza de un extremo a otro de la mesada de mármol sin despegar los pies del piso; baraja condimentos, platos, cucharas, etc. Me provoca vergüenza ajena, me acerco por detrás y le pellizco el culo, ella pega un chillido histérico, se da vuelta bruscamente y me pega un codazo en la nariz.

—¡La puta madre! —le grito mientras me agarro la nariz con las dos manos.

Mamá se quita los radioauriculares y me agarra de las muñecas.

—¡Pero sos boludo, cómo me vas a dar semejante susto! A ver, dejame que te vea.

Me sale sangre a chorros, corro al baño y ella me sigue. Me dice que mire hacia el techo mientras saca un rollo de algodón del placard. Hace dos bolitas pequeñas y me las mete en los agujeros de la nariz.

—Listo, ahora esperá a que te pare la hemorragia. —dice.

Con dos bollos de algodón brotando de mi nariz, me quedo mirándola:

—¡Tengo que salir ahora, boluda! —le grito con voz de payaso—. ¡Mirá cómo me dejaste!…

—¿Adónde vas a salir a esta hora? ¿Y por qué te vestiste tan formal?

Casi se me escapa decirle la verdad.

—Voy a un cumpleaños, con Pedro.

—¿En camisa y zapatos? ¿Es una fiesta de Quince o algo así?

—¡No!… bueno, no sé… ¿¡Qué mierda importa eso!? ¡Ahora tengo toda la nariz inflamada!

—No es para tanto, ché. En un rato no se va a notar. Andá a la cama, recostate un rato boca arriba mientras yo termino el arroz.

—No voy a comer, se me fue el hambre…

Ella no contesta, solo resopla; sale del baño y se dirige a la cocina.

Esto es increíble, y justo hoy, el día en que puedo dejar de ser virgen. Voy a la habitación y me echo de espaldas en la cama, siento gusto a sangre en la garganta y me lloran los ojos. ¿Por qué mi madre es tan bruta?…

Pedro está en mi habitación haciendo jueguitos con su ojo de plástico como si fuese una pelota; lo pasa una rodilla a otra, lo cabecea y lo baja a la punta de sus pies. El ojo traslúcido gira en el aire y nunca toca el suelo. Ni Maradona podría hacerlo tan bien. Pedro le da con un hombro y luego con el otro, lo lanza bien arriba y lo ataja justo con la cuenca vacía, el ojo se encaja justo en su sitio.

—¡Despertate, forro!

Abro los ojos, Pedro me está mirando, tiene puesta una camisa blanca abotonada hasta el cuello. Lleva puesto su parche de gamuza.

—¿Qué pasó? —le pregunto.

—Dormiste una buena siesta dijo tu vieja. Sacate esos algodones y salgamos que llegamos tarde.

—¿Cómo tengo la nariz?

Pedro me agarra de las mandíbulas con ambas manos, me mueve la cabeza arriba y abajo como si fuera un doctor.

—Está bien… —dice.

Voy al baño, me quitó los algodones y me miro al espejo.

—¡NOOOOO! ¡Está toda hinchada!

Pedro entra en el baño y se para al lado mío frente al espejo.

—Pero boludo, acá hay mucha luz, en la calle nadie se va a dar cuenta, y adentro del boliche menos… —dice.

Me enjuago la nariz con agua y me seco con la toalla de mamá.

—¿Mi vieja te abrió? —le pregunto.

—Sí, y me contó lo del accidente a carcajadas…

—Es una boluda. ¿Adónde está ahora?

—Me dijo que se iba a dormir y que no hiciéramos ruido.

—Bueno, al menos me salvé del arroz con azafrán…

Llegamos a la Estación de servicio a las 11:45; 20 minutos después del horario acordado con las chicas. El lugar está atiborrado de gente, la mayoría se reúnen ahí para después entrar a los boliches del puerto. Algunos pibes pasan sus autos haciendo rugir los motores, cuando el semáforo da luz verde salen arando, a toda velocidad.

—¿No podías elegir un lugar más lleno de gente, pelotudo? —le digo a Pedro, que busca a las chicas alzando su cuello de jirafa por entre la gente.

—¡Ahí están! —dice y señala a un grupo de pibas sentadas sobre un cantero que nos saludan con las manos.

Caminamos hacia ellas, me da vergüenza la ropa que llevo, si Joaquín me viera…

—Qué garrón, vinieron con amigas… —le digo a Pedro.

—Mejor, más para elegir. Si se hacen las estrechas atacamos a las otras…

Pedro es tan optimista que me provoca naúseas. Yo creo que si están con sus amigas va a ser bastante difícil que nos presten atención.

Silvina y Vanina vienen a saludarnos. Llevan shorts de cuero, medias de red y botas blancas hasta las rodillas. Se me seca la garganta al verlas. Cuando las conocimos estaban sin maquillaje y vestidas con jean y remera. Ahora están para el crimen, llevan toneladas de maquillaje, pestañas postizas, uñas pintadas. Parecen otras.

—¡Ya estábamos pensando que nos iban a dejar plantadas! —clama Silvina mientras nos saluda y nos envuelve con la fragancia dulzona de su perfume francés.

—Tuvimos un pequeño percance —dice Pedro—: nos quisieron robar y mi amigo tuvo que pelear con el ladrón; miren cómo le dejó la nariz…

Las dos chicas se me acercan y me miran la nariz inflamada. Puedo oler los perfumes de ambas mezclándose en el aire. Se acercan tanto que siento que van a acariciarme con las pestañas. Pienso en diferentes maneras de asesinar a Pedro.

—¡Oh, pobrecitooo! —dice Silvina con voz mimosa al mismo tiempo que pasa su dedo índice por la punta de mi nariz— ¿Te duele mucho?

Se me endurece un poco el pito.

—Casi nada.

—Pero el ladrón quedó peor —dice mi amigo—; Diego sabe Karate y lo desmayó de una patada voladora.

Yo lo miro y cierro los puños conteniendo las ganas de estrujarle el cuello hasta que se le salga el ojo bueno.

—¿En serio? —pregunta Vanina—. Mi hermano también hace Karate. ¿Qué cinturón sos?

Yo le clavo una mirada rabiosa a Pedro.

—Es cinturón Rojo —dice él sin dudar.

—¡Guau! —exclaman las chicas sin dejar de mirarme; la cara me hierve de vergüenza.

Nos presentan a sus amigas y nos sentamos con ellas sobre el cantero. En total son seis y todas están vestidas con shorts de cuero y botas y medias negras de red. Observo a los grupitos que pululan por la Shell, veo más shorts, más medias de red, más botas largas, más camisitas blancas, más zapatitos lustrados, más poses idiotas. Me imagino a Joaquín caminando entre esta gente, la mayoría se daría vuelta para mirarlo con asco, algunos se asustarían de su cresta, de su remera con calaveras y de su Sex tatuado con punzón. Se apartarían de él como si fuese un perro rabioso, un mendigo o algo parecido. Estiro ambos brazos y miro las mangas de mi camisa, los botones aperlados perfectamente abrochados y los zapatos espejados que lustré durante toda la tarde… Quisiera quitarme todo y quedarme en pelotas. Me siento como alguien que debe encajar y eso no me gusta. De repente me vienen unas ganas locas de hacer fuego.

 

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