El tercer hombre [III]

Graham Greene

 

 

10

Yo había vigilado muy de cerca los movimientos de Martins desde que supe que no había tomado el avión para volver a su país. Le habían visto con Kurtz y en el teatro Josefstadt; sabía de su visita al doctor Winkler y al coronel Cooler y de su primer regreso al bloque donde había vivido Harry. Por alguna razón mi hombre le había perdido entre el piso de Cooler y el de Anna Schmidt; me informó que Martins había dado muchas vueltas por la ciudad y nuestra impresión era que había despistado deliberadamente a su perseguidor. Intenté cogerle en el hotel, pero se me escapó por poco.

Los acontecimientos habían dado un giro inquietante y me parecía que había llegado el momento de tener otra entrevista. Tenía que explicar muchas cosas.

Puse un escritorio muy amplio entre los dos y le di un cigarrillo. Le encontré mustio, pero dispuesto a hablar, dentro de unos límites estrictos. Le pregunté por Kurtz, y me pareció que contestaba satisfactoriamente. Le pregunté por Anna Schmidt, y entendí de su respuesta que había estado con ella después de visitar al coronel Cooler; así pude rellenar uno de mis huecos. Le tanteé con el doctor Winkler, y también contestó rápidamente.

«Se ha movido usted mucho», dije. «¿Ha averiguado algo sobre su amigo?».

«Sí», dijo. «Lo tenía usted ante sus narices, pero no lo vio».

«¿Qué?».

«Que le asesinaron».

Aquello me cogió por sorpresa: durante un tiempo había jugado con la idea de que podía ser un suicidio, pero hasta ésa la había descartado.

«Siga», le dije.

Intentó eliminar de su historia toda referencia a Koch al hablar de un informante que había visto el accidente. Eso hizo que su relato fuera bastante confuso y al principio no comprendí por qué daba tanta importancia al tercer hombre.

«No se presentó en la investigación y los otros mintieron para no comprometerle».

«Tampoco se presentó su hombre: no veo qué importancia puede tener eso. Si fue un accidente de verdad tenemos todas las pruebas necesarias. ¿Por qué meter a otro tipo en un lío? Quizá su mujer pensara que estaba de viaje; tal vez fuera un oficial que estaba ausente sin permiso: a veces hay personas que vienen a Viena sin permiso desde sitios como Klagenfurt. Ya sabe lo que atraen los encantos de la gran ciudad».

«Hay algo más que eso. Han asesinado al hombrecillo que me lo contó. Al parecer no sabían qué más había visto».

«Vamos por el buen camino», dije. «Se refiere usted a Koch».

«Sí».

«Que yo sepa, fue usted la última persona que le vio vivo». Como ya he dicho, le interrogué con el fin de averiguar si le había seguido alguien más hábil que mi hombre hasta la casa de Koch sin que él le viera. Le dije:

«La policía austríaca tiene muchas ganas de endosarle a usted eso. Frau Koch les contó cuánto le preocupó a su marido su visita. ¿Quién más sabía de ella?».

«Se lo conté a Cooler», dijo excitado. «Supongamos que inmediatamente después de que yo me fuera llamó para contarle la historia a alguien, al tercer hombre. Tuvieron que cerrarle la boca a Koch».

«Cuando le contó al coronel Cooler lo de Koch, ya estaba muerto. Aquella noche se levantó de la cama al oír a alguien y bajó las escaleras…».

«Bueno, eso me elimina a mí. Yo estaba en el Sacher’s».

«Pero él se fue a la cama muy pronto. Su visita le provocó de nuevo jaqueca. Se levantó poco después de las nueve. Usted volvió al Sacher’s a las nueve y media. ¿Dónde estuvo antes?».

Dijo sombríamente: «Dando vueltas por ahí e intentando ver las cosas claras».

«¿Tiene testigos de sus desplazamientos?».

«No».

Quería asustarle, así que no era cuestión de decirle que le habían seguido durante todo el tiempo. Sabía que no había degollado a Koch, pero no estaba muy seguro de que fuera tan inocente como pretendía. El dueño del cuchillo no siempre es el verdadero asesino.

«¿Puede darme otro cigarrillo?».

«Sí».

Me preguntó: «¿Cómo sabía que fui a la casa de Koch? Por eso me tienen aquí, ¿no es cierto?».

«La Policía austríaca…».

«No me habían identificado».

«Inmediatamente después de que se marchara usted, el coronel Cooler me llamó por teléfono».

«Eso le deja fuera. Si hubiera estado comprometido no le habría interesado que le contara mi historia, la historia de Koch, quiero decir».

«Podía suponer que era usted un hombre sensato y que vendría a verme tan pronto como se enterara de la muerte de Koch. A propósito, ¿cómo se enteró?».

Me lo contó en seguida y le creí. Fue entonces cuando comencé a creerle todo. Dijo: «Todavía no me cabe en la cabeza que Cooler pueda estar mezclado en esto. Apostaría cualquier cosa por su honradez. Es uno de esos norteamericanos con auténtico sentido del deber».

«Sí», dije, «eso me dijo cuando me telefoneó. Se disculpó. Me dijo que eso era lo peor de haber sido educado en el sentido cívico. Que le hacía sentirse como un mojigato. A decir verdad, Cooler me irrita. Por supuesto no tiene ni idea de que sé que hace estraperlo de neumáticos».

«¿O sea, que él también está metido en el tráfico ilegal, no?».

«No es nada grave. Supongo que habrá levantado unos veinticinco mil dólares. Pero yo no soy un buen ciudadano. Que los norteamericanos cuiden de los suyos».

«¡Que me parta un rayo!», dijo reflexivamente. «¿Era eso en lo que estaba metido Harry?».

«No. La cosa no era tan inofensiva».

«¿Sabe?», dijo, «ese asunto, la muerte de Koch, me ha impresionado mucho. Tal vez Harry estuviera metido en algo malo. Quizá intentara dejarlo y por eso le asesinaron».

«O quizá», dije, «quisiera una porción mayor del botín. Los ladrones terminan peleándose».

Esta vez lo aceptó sin ninguna irritación.

«No estamos de acuerdo en lo que se refiere a los motivos», dijo, «pero creo que usted comprueba los hechos concienzudamente. Perdone lo del otro día».

«No se preocupe».

Hay momentos en que uno tiene que tomar una decisión en el acto: aquél era uno de ellos. Le debía algo a cambio de la información que me había proporcionado. Le dije:

«Le voy a enseñar suficientes datos relacionados con el caso de Lime como para que lo entienda. Pero no pierda los estribos. Va a ser un golpe muy duro».

No podía ser de otra manera. La guerra y la paz (si es que podemos llamarla paz) desencadenan una gran cantidad de negocios sucios, pero ninguno tan vil como éste. Al menos los que se dedicaban al mercado negro de alimentos proporcionaban comida, y lo mismo ocurría con los otros estraperlistas que traficaban a precios desmesurados con artículos que escaseaban. Pero el negocio de la penicilina era totalmente diferente. En Austria sólo se proporcionaba penicilina a los hospitales militares; ningún médico civil, ni siquiera los hospitales civiles, podían conseguirla por medios legales. Cuando comenzó ese tráfico, era relativamente inofensivo. Los ordenanzas militares robaban la penicilina y se la vendían a los médicos austríacos a precios muy elevados: se pagaban hasta setenta libras por una ampolla. Se podía decir que ésa era una forma de distribución —una distribución injusta, puesto que únicamente beneficiaba al paciente rico, pero tampoco se podía decir que la distribución original fuera más justa.

El negocio siguió viento en popa durante cierto tiempo. De vez en cuando cogían a un ordenanza y le castigaban, pero ese peligro lo único que hacía era aumentar el precio de la penicilina. Luego, el tráfico ilegal comenzó a organizarse: los tipos importantes se dieron cuenta de que allí había mucho dinero, y aunque el ladrón original sacaba un botín menor, a cambio recibía una cierta seguridad. Si le ocurría algo le cubrían. La naturaleza humana tiene también retorcidas razones que el corazón ignora. Los tipos sin importancia tenían la conciencia más tranquila porque trabajaban para un empresario; a sus propios ojos eran casi respetables como cualquier asalariado; formaban parte de un grupo y si alguien era culpable lo eran sus jefes. Una banda de delincuentes funciona como un partido totalitario.

A esto le he llamado yo a veces la etapa número dos. La etapa número tres empezó cuando los organizadores decidieron que los beneficios no eran lo bastante grandes. No iba a ser siempre imposible conseguir legalmente la penicilina; querían más dinero y con más rapidez mientras la cosa iba bien. Empezaron a diluir la penicilina con agua coloreada y en el caso del polvo de penicilina lo mezclaban con arena. Guardo un pequeño museo en un cajón de mi escritorio y le enseñé varias muestras a Martins. No le agradaba mucho la conversación, pero todavía no había comprendido lo que yo quería que entendiera. Dijo:

«Supongo que eso echa a perder el producto».

«No nos habría preocupado mucho si eso hubiera sido todo», le dije, «pero escuche lo que voy a decirle. Le puede inmunizar contra los efectos de la penicilina. En el mejor de los casos convierte en ineficaz para el paciente un tratamiento futuro a base de penicilina. No tiene nada de divertido, desde luego, si él sufre de una enfermedad venérea. Aplicar arena a una herida que requiere penicilina no tiene nada de sano en absoluto. Ha habido nombres que han perdido así brazos y piernas y a veces la vida. Tal vez lo que más me horrorizó fue la visita que hice al hospital infantil. Habían comprado la penicilina para emplearla contra la meningitis. Varios niños simplemente se murieron, pero otros se volvieron locos. Puede verlos ahora en las salas de enfermos mentales».

Estaba sentado al otro lado del escritorio mirando ceñudamente sus manos. Le dije:

«¿Se pone uno enfermo al pensarlo, no?».

«No me ha enseñado ninguna prueba de que Harry…».

«Ahora llegaremos a eso», le dije. «Tranquilícese y escuche».

Abrí el fichero de Lime y comencé a leer. Al principio las pruebas se basaban únicamente en indicios y Martins comenzó a ponerse nervioso. Muchas eran coincidencias: informes de agentes acerca de que Lime había estado a determinada hora en determinado lugar; acumulación de oportunidades, su trato con ciertas personas.

«Pero es que esas mismas pruebas podría emplearlas contra mí», protestó una vez.

«Espere un momento», dije.

Por alguna razón, Harry Lime se había vuelto descuidado: posiblemente se dio cuenta de que sospechábamos de él y se inquietó. Tenía un cargo muy importante en la Organización de Ayuda y un hombre así se inquieta con mayor facilidad. Metimos a uno de nuestros agentes en el Hospital Militar Británico: para entonces sabíamos el nombre del intermediario, pero nunca habíamos podido remontar la línea hasta el origen. En todo caso no quiero cansar al lector, como cansé a Martins entonces, con todas las etapas: el largo forcejeo hasta ganar la confianza del intermediario, un hombre llamado Harbin. Al final le apretamos las tuercas a Harbin y seguimos apretándolas hasta que cantó. Ese tipo de trabajo policiaco es muy parecido al del servicio secreto: buscas a un agente doble al que puedas controlar realmente y Harbin era nuestro hombre. Pero ni siquiera él nos pudo llevar más allá de Kurtz.

«¡Kurtz!» exclamó Martins. «¿Por qué no le han echado el guante?».

«Nos estamos acercando a la hora cero», dije.

Kurtz supuso un gran paso adelante, porque tenía comunicación directa con Lime: tenía un pequeño trabajo en el exterior relacionado con la ayuda internacional. Con Kurtz, Lime, a veces, ponía las cosas en blanco y negro, si no tenía más remedio. Le enseñé a Martins la fotocopia de una nota:

«¿Puede identificarla?».

«Es la letra de Harry». La leyó entera. «No encuentro nada malo aquí».

«No, pero ahora lea esta nota de Harbin, dirigida a Kurtz, que nosotros le dictamos. Mire la fecha. Este es el resultado».

Leyó ambas dos veces.

«¿Entiende lo que quiero decir?».

Cuando uno ve un mundo que camina hacia su fin, un avión que se desvía de su curso, supongo que no tiene ganas de charlar, y desde luego para Martins un mundo había llegado a su fin, un mundo de amistad fácil, de veneración a un héroe, de confianza, que había comenzado veinte años antes en el pasillo de un colegio. Cada recuerdo —las tardes entre las altas hierbas, la caza ilegal en Brickworth Common, los sueños, los paseos, cada experiencia compartida— comenzó a contaminarse al mismo tiempo, como la tierra de una ciudad afectada por la radiactividad. Durante mucho tiempo no se podría caminar con seguridad por allí. Mientras estaba sentado, sin decir nada, saqué una preciada botella de whisky del armario y serví dos dobles largos.

«Venga», le dije, «bébalo».

Y él me obedeció como si yo fuera su médico. Le serví otro.

«¿Está seguro de que era el verdadero jefe?», dijo lentamente.

«Es hasta donde hemos podido llegar por ahora».

«¿Sabe? Él siempre estaba dispuesto a saltar antes de mirar».

No le contradije, pero no era ésa la impresión que me había dado Lime. Buscaba algo para consolarse.

«Supongamos», dijo, «que alguien supiera algo comprometedor de su pasado, que le obligaron a entrar en el tráfico ilegal, como usted obligó a Harbin a hacer un doble juego…».

«Es posible».

«Y le asesinaron por si hablaba cuando le detuvieran».

«No es imposible».

«Me alegro de que lo hicieran», dijo. «No me hubiera gustado oír cantar a Harry».

Hizo un curioso movimiento con la mano para quitarse el polvo de la rodilla como si dijera, «se acabó».

«Voy a volver a Inglaterra», me dijo.

«Preferiría que no lo hiciera todavía. La policía austríaca crearía un conflicto si intentara irse de Viena ahora. ¿Me entiende? El sentido del deber de Cooler le impulsó a llamarles también a ellos».

«Ya entiendo», dijo con desesperanza. «Cuando hayamos encontrado al tercer hombre…».

«A él sí que quiero oírle cantar», dijo. «El hijo de puta. El hijo de la grandísima puta».

 

11

Cuando me dejó. Martins se fue a coger una borrachera impresionante. Escogió para hacerlo el Oriental, aquel cabaret pequeño, deprimente y lleno de humo, con fachada de imitación oriental. Las mismas fotografías con semidesnudos en la escalera, los mismos norteamericanos medio borrachos en el mostrador, el mismo vino malo y las mismas extraordinarias ginebras: podía estar en cualquier tugurio nocturno de tercera categoría en cualquier otra capital harapienta de una harapienta Europa. En determinado momento de la desesperada madrugada apareció la Patrulla Internacional a echar un vistazo, y un soldado ruso, al verla, se dirigió como una flecha hacia las escaleras con la cabeza agachada y ladeada como una alimaña de los campos. Los norteamericanos ni siquiera se movieron y nadie se metió con ellos. Martins tomó copa tras copa; probablemente hubiera tomado también a una mujer, pero todas las chicas del cabaret se habían ido a casa y no había más mujeres que una hermosa periodista francesa de rostro sagaz, que le hizo un comentario a su acompañante y se quedó desdeñosamente dormida.

Martins siguió la ronda: en Maxim’s había unas cuantas parejas que bailaban sombríamente, y en un lugar llamado Chez Víctor la calefacción estaba averiada y la gente bebía sus cócteles con los gabanes puestos. Para entonces bailaban manchas ante los ojos de Martins y se sentía oprimido por la soledad. Volvió a pensar en la chica de Dublín y en la de Ámsterdam. Eso era algo que no le fallaba nunca: la copa a secas, el simple acto físico: no hay que esperar fidelidad de las mujeres. Su mente daba vueltas en círculos: del sentimiento a la lujuria, para volver de nuevo de la creencia al cinismo.

Ya no había tranvías y se puso tercamente a caminar para ir a ver a la chica de Harry. Quería hacer el amor con ella, nada más que eso: sin tonterías, sin sentimentalismos. Su humor se había tornado violento, el camino cubierto de nieve ondeaba como un lago y dirigió sus pensamientos por nuevas sendas de pena, amor eterno y renuncia. Al abrigo de la esquina de un muro se puso a vomitar en la nieve.

Debían de ser las tres de la mañana cuando subió las escaleras hacia la habitación de Anna. Casi estaba sobrio ya y sólo tenía una idea en la cabeza: que ella debía enterarse de lo de Harry. Pensó que de algún modo ese conocimiento liberaría del peso muerto que dejan los recuerdos en los seres humanos y quizá así tendría una oportunidad con ella. Si uno está enamorado, no piensa jamás que la chica no lo sabe: cree que lo ha dicho claramente con el tono de su voz, con el roce de una mano. Cuando Anna le abrió la puerta, asombrada del aspecto desgreñado que él tenía en el umbral, ni siquiera se imaginó que ella se enfrentaba con un extraño.

«Anna, lo he descubierto todo», le dijo.

«Entra», dijo ella. «No querrás despertar a toda la casa».

Llevaba una bata; el diván se había convertido en una cama, esa clase de cama toda revuelta que muestra lo poco que ha dormido su ocupante.

«Bueno», dijo mientras él estaba allí de pie, buscando torpemente las palabras, «¿qué pasa? Creía que no ibas a aparecer por aquí. ¿Te busca la policía?».

«No».

«Tú no mataste a ese hombre, ¿verdad?».

«Por supuesto que no».

«Está borracho, ¿no?».

«Un poquito», dijo de mal humor.

Las cosas no iban como él había pensado.

«Lo siento», dijo irritado.

«¿Por qué? A mí también me gustaría tomar una copa».

Él dijo:

«He estado con la policía británica. Se han convencido de que feo no fui. Pero me lo han contado todo. Harry estaba metido en asuntos ilegales muy graves», dijo con tono desesperado. «Era capaz de cualquier cosa. Los dos nos equivocamos».

«Será mejor que me lo cuentes», dijo Anna.

Se sentó en la cama y él se lo contó, tambaleándose junto a la mesa donde el guión de ella seguía abierto por la primera página. Impongo que se lo contó confusamente, recalcando lo que más le había impresionado, los niños muertos de meningitis y los que estaban en la sala de enfermos mentales. Se detuvo y se quedaron en silencio.

Ella dijo:

«¿Ya has terminado?».

«Sí».

«¿Estabas sobrio cuando te lo contaron? ¿Te dieron pruebas?».

«Sí». Añadió con hastío. «Así que ya sabes cómo era Harry».

«Me alegro que se haya muerto», dijo ella. «No me hubiera gustado verle pudrirse durante años en la cárcel».

«¿Pero a ti te cabe en la cabeza que Harry —tu Harry y el mío— pudiera estar mezclado en…?». Dijo con desesperación: «Me parece como si nunca hubiera existido, como si lo hubiera estado soñado. ¿O estuvo siempre riéndose de tontos como nosotros?».

«Tal vez. ¿Qué más da?», dijo ella.

«Siéntate. No te preocupes».

Había previsto que sería él quien la consolara a ella, no al revés. Ella dijo:

«Si aún estuviera vivo quizá pudiera explicárnoslo, pero deberlos recordarle tal como era con nosotros. Hay tantas cosas que se desconocen de las personas, hasta de las personas que uno quiere: cosas buenas, cosas malas. Hay que aceptarlas todas».

«Esos niños…».

Ella dijo colérica:

«Por el amor de Dios, deja de fabricar a la gente a tu imagen. Harry era de verdad. No era solamente tu héroe y mi amante. Era Harry. Se dedicaba al tráfico ilegal. Hacía fechorías. ¿Y qué? Era el hombre que conocimos».

Martins le dijo:

«Déjate de estúpidas sabidurías. ¿No te das cuenta de que te quiero?».

Ella le miró atónita:

«¿Tú?».

«Sí, yo. No mato a la gente con medicamentos falsificados. No soy un hipócrita que convence a la gente de que es el más grande. Soy un mal escritor que bebe demasiado y se enamora de las chicas…».

«Pero si ni siquiera sé de qué color son tus ojos», dijo ella. «Si me hubieras llamado ahora mismo para preguntarme si eras moreno o rubio o tenías bigote, no hubiera podido contestarte».

«¿No puedes olvidarle?».

«No».

Martins le dijo:

«Tan pronto como hayan aclarado el asesinato de Koch, me iré de Viena. Ya no me interesa si Kurtz mató a Harry o si fue el tercer hombre. Quien quiera que fuera hizo justicia a su manera. Tal vez yo mismo le hubiera matado en esas circunstancias. Pero tú sigues queriéndole. Quieres a un tramposo, a un asesino».

«Quería a un hombre», dijo. «Ya te lo he dicho, un hombre no cambia porque tú descubras más cosas sobre él. Sigue siendo el mismo».

«Odio tu manera de hablar. Tengo un dolor de cabeza espantoso y tú no dejas de hablar y hablar…».

«Yo no te pedí que vinieras».

«Me irritas».

De pronto ella se echó a reír. Le dijo:

«Eres de lo más cómico. Apareces aquí a las tres de la mañana —un extraño— y me dices que me quieres. Luego te enfadas y buscas pelea. ¿Qué esperas que haga o que diga?».

«No te había visto reír hasta ahora. Hazlo otra vez. Me gusta».

«No tengo fuerzas para reír dos veces».

La tomó por los hombros y la sacudió suavemente.

«Me dedicaría a poner caras cómicas todo el día», le dijo, «Me pondría cabeza abajo y te sonreiría entre las piernas. Aprendería un montón de chistes en los libros de discursos de sobremesa».

«Quítate de la ventana. No hay cortinas».

«Nadie está mirando».

Pero al volver automáticamente sobre lo que había dicho, ya no estuvo tan seguro: una larga sombra, que se había proyectado quizá por el movimiento de las nubes sobre la luna, se inmovilizó otra vez. Dijo:

«Sigues queriendo a Harry, ¿no es así?».

«Sí».

«Quizá yo también. No estoy seguro». Dejó caer las manos y añadió: «Me voy». Se alejó rápidamente. No se molestó en mirar si le estaban siguiendo, en ver qué era esa sombra. Pero al pasar al final de una calle se volvió casualmente, y al otro lado de la esquina, pegada contra la pared para que no la advirtieran, había una figura gruesa y robusta. Martins se detuvo y se quedó mirando. Aquella figura tenía algo de familiar. Quizá, pensó, me haya acostumbrado a él inconscientemente durante las últimas veinticuatro horas; quizá sea uno de esos que con tanta asiduidad se dedica a vigilar mis movimientos. Martins permaneció allí, a veinte yardas de distancia, mirando fijamente a la figura silenciosa e inmóvil del oscuro callejón que también le miraba a él. Un agente de la policía, quizá, o si no, un agente de aquellos otros hombres, esos que primero habían corrompido a Harry y luego le habían asesinado: ¿y no podía ser el tercer hombre?

No era el rostro lo que le resultaba familiar, porque ni siquiera podía ver el ángulo de su mandíbula; ni tampoco era capaz de percibir un movimiento, porque el cuerpo estaba tan inmóvil que comenzó a pensar que todo era una ilusión provocada por la oscuridad. Dijo bruscamente:

«¿Quiere usted algo?», y no hubo respuesta.

Volvió a decirlo de nuevo, con la irascibilidad de la bebida: «Contésteme, ¿no puede?», y hubo una respuesta, porque alguien a quien había despertado corrió malhumoradamente una cortina y la luz fue a caer directamente hacia el otro lado del angosto callejón e iluminó los rasgos de Harry Lime.

 

12

«¿Cree usted en fantasmas?», me preguntó Martins.

«¿Y usted?».

«Ahora sí».

«También creo que los borrachos ven cosas: unas veces ratas, otras algo aún peor».

No había venido en seguida a contarme la historia: sólo el peligro que pudiera correr Anna Schmidt le trajo de rebote a mi despacho, como algo que hubiera arrastrado la marea, desgreñado, sin afeitar, obsesionado por una experiencia que no podía comprender. Dijo:

«Si sólo hubiera sido la cara no me habría preocupado. Había estado pensando en Harry y era fácil que le hubiera confundido con un extraño. La luz se apagó en seguida, ¿entiende? Sólo le vi un segundo y el hombre echó a correr calle abajo, si es que era un hombre. No tenía por donde desviarse, pero yo estaba tan estupefacto que le di otras treinta yardas de ventaja. Llegó a uno de esos quioscos de anuncios y en un momento desapareció. Corrí tras él. Tardé solamente diez segundos en llegar al quiosco y él debió de oírme correr, pero lo raro es que no apareció más. Llegué al quiosco. Allí no había nadie. La calle estaba vacía. No podía haberse metido en ningún portal sin que yo le viera. Sencillamente se esfumó».

«Eso es algo que suele ocurrir con los fantasmas o con las apariciones».

«¡Pero no creo que estuviera tan borracho!».

«¿Entonces, qué hizo usted?».

«Tuve que tomar otra copa. Tenía los nervios hechos trizas».

«¿Y eso no lo volvió a hacer aparecer?».

«No, pero me hizo volver a casa de Anna».

Creo que se habría avergonzado de venir a mí con su absurda historia si no hubiera sido por el atentado de que fue objeto Anna Schmidt. Mi teoría, cuando me contó la historia, fue que sí había habido alguien vigilándole, aunque fueron la bebida y la histeria las que le hicieron imprimir sobre el rostro de aquel hombre los rasgos de Harry Lime. El que le vigilaba había tomado nota de su visita a Anna y el miembro del círculo —el círculo de la penicilina— fue advertido telefónicamente. Aquella noche se precipitaron los acontecimientos. Recuerden que Kurtz vivía en la zona rusa: para ser exacto en el Segundo Bezirk, en una calle ancha, vacía y desolada que desemboca en la Prater Platz. Un hombre de esa especie probablemente había conseguido contactos influyentes. Para un ruso era la ruina que le vieran tratándose muy amistosamente con un norteamericano o con un inglés, pero el austríaco era un aliado en potencia, además, en cualquier caso, nadie teme la influencia de los arruinados y derrotados.

Deben comprender que en aquel período la cooperación entre los aliados occidentales y los rusos prácticamente se había roto, aunque todavía no del todo. El primitivo acuerdo policial hecho en Viena entre los aliados reducía a la policía militar (que se ocupaba de los delitos cometidos por el personal aliado) a sus zonas particulares, al menos que recibieran permiso para penetrar en la zona de otra potencia. Este acuerdo funcionaba bastante bien entre las tres potencias occidentales. Lo único que tenía que hacer era llamar por teléfono a mi colega en las zonas norteamericana o francesa antes de enviar a mis hombres para realizar una detención y proseguir con una investigación. Durante los seis primeros meses de la ocupación había funcionado razonablemente bien con los rusos: a veces pasaban cuarenta y ocho horas antes de que recibiera el permiso, pero en la práctica hay pocas ocasiones en que sea necesario trabajar con más rapidez. Hasta en nuestro país no siempre es posible conseguir una orden de registro o un permiso de los superiores para detener a un sospechoso en menos tiempo. Luego, las cuarenta y ocho horas se convirtieron en una semana o en quince días, y recuerdo a mi colega norteamericano echando repentinamente una ojeada a sus archivos y encontrándose que había cuarenta casos que se remontaban a hacía más de tres meses en los que ni siquiera sus peticiones habían encontrado una respuesta. Luego comenzaron los problemas. Nosotros empezamos a rechazar o a no contestar a las peticiones rusas, ellos enviaban a veces a su policía sin permiso, se produjeron choques… En el momento en que tuvo lugar esta historia, las potencias occidentales habían dejado más o menos de presentar peticiones o de contestar a las rusas. Eso significaba que si yo quería detener a Kurtz, lo mejor sería pillarle fuera de la zona rusa, aunque, por supuesto, siempre era posible que sus actividades irritaran a los rusos y su castigo fuera más rápido y severo que el que le pudiéramos infligir nosotros. Bueno, el caso de Anna Schmidt resultó uno de esos choques: cuando Rollo Martins volvió borracho a las cuatro de la madrugada para decirle a Arma que había visto el fantasma de Harry, un portero asustado, que aún no había podido volver a dormirse, le dijo que se la había llevado la Patrulla Internacional.

Lo que ocurrió fue lo siguiente. Como recordarán le tocaba a Rusia el control de la Innere Stadt y cuando era así se podían esperar ciertas irregularidades. En esta ocasión, cuando estaban haciendo la patrulla, el ruso despistó a sus colegas y dirigió el automóvil hacia la calle donde vivía Amia Schmidt. Él policía militar británico de esa noche era un novato: no se dio cuenta, hasta que se lo dijeron sus colegas, de que habían entrado en la zona británica. Hablaba un poco de alemán y nada de francés, y el policía francés, un parisiense cínico y despreocupado, renunció al intento de explicárselo. El que lo hizo fue el norteamericano.

«A mí me da igual», le dijo, «¿pero, a ti también?».

El P.M. británico tocó el hombro del ruso, que volvió su rostro de mongol y le lanzó un torrente de eslavo incomprensible. El automóvil siguió adelante.

Frente al bloque de Anna Schmidt el norteamericano decidió tomar cartas en el asunto y exigió en alemán que le explicaran qué estaba pasando. El francés se inclinó sobre la capota y encendió un apestoso Caporal. Francia no tenía nada que ver en eso y lo que no concerniera a Francia no tenía para él la menor importancia. El ruso exhibió unas cuantas palabras en alemán y blandió unos papeles. Por lo que pudieron entender, una persona de nacionalidad rusa, buscada por la policía rusa, vivía allí sin tener la documentación en regla. Subieron y el ruso intentó abrir la puerta de Arma. El cerrojo estaba pasado, pero el ruso arrimó el hombro y arrancó el cerrojo sin dar al ocupante la oportunidad de dejarle entrar. Anna estaba en la cama, aunque no creo que después de la visita de Martins estuviera dormida.

En estas situaciones, si no te conciernen directamente, hay mucho de comedia. Hace falta un trasfondo de terror centroeuropeo, un padre perteneciente al bando perdedor, registros domiciliarios y desapariciones, para que el miedo rebase a la comedia. El ruso, ¿saben?, se negó a abandonar la habitación mientras se vestía Anna; el inglés se negó a quedarse allí; el norteamericano se negó a dejar a una muchacha desprotegida ante un soldado ruso, y en cuanto el francés, bueno, yo creo que el francés pensó que aquello era muy divertido. ¿Se imaginan la escena? El ruso no hacía más que cumplir con su deber y miraba a la chica durante todo el tiempo, sin el menor asomo de interés sexual; el norteamericano permaneció caballerosamente de espaldas, pero consciente, estoy seguro, de cualquier movimiento: el francés fumaba su cigarrillo y miraba con divertida despreocupación la imagen de la chica vistiéndose reflejada en el espejo del armario, y el inglés se quedó en el pasillo preguntándose qué debía hacer.

No quiero que piensen que el policía inglés salió malparado del asunto. En el pasillo, sin que la caballerosidad le distrajera, tuvo tiempo de pensar y sus pensamientos le llevaron al teléfono del piso de al lado. Me llamó directamente a mi piso y me despertó del profundo sueño de la madrugada. Por eso, cuando Martins llamó una hora más tarde ya sabía la causa de su nerviosismo; aquello le dio una inmerecida, aunque muy útil, confianza en mi eficacia. A partir de esa noche nunca le volví a oír comentarios sarcásticos sobre policías o sheriffs.

Debo explicar otro punto del procedimiento policiaco. Si la Policía Internacional practicaba una detención, tenía que alojar a su prisionero durante veinticuatro horas en el Cuartel General Internacional. Durante ese período se decidía qué potencia podía reclamar justificadamente al prisionero. Era una regla que los rusos se mostraban muy dispuestos a quebrar. Como muy pocos de nosotros hablábamos ruso y el ruso casi nunca es capaz de explicar su punto de vista (intenten explicar sus opiniones en una lengua que no dominan bien: no resulta tan fácil como pedir una comida), tenemos tendencia a considerar cualquier violación de un acuerdo por parte de los rusos como algo deliberado y maligno. Pienso que es muy posible que creyeran que este acuerdo sólo se refería a prisioneros sobre los cuales existía algún contencioso. Lo cierto es que había un contencioso acerca de casi todos los prisioneros que cogían, pero ellos no lo veían así, y no hay nadie que se crea más justo y bueno que un ruso. Hasta en sus confesiones, un ruso se considera justo y bueno: suelta sus revelaciones, pero no se disculpa, no necesita excusas. Todo eso tenía que formar el trasfondo de la decisión que uno tomara. Le di mis instrucciones al cabo Starling.

Cuando volvió a la habitación de Anna había estallado una discusión. Anna le había dicho al norteamericano que tenía papeles austríacos (lo cual era cierto) y que estaban en orden (lo cual era exagerar un poco la verdad). El norteamericano le dijo al ruso (en mal alemán) que no tenían derecho a detener a un ciudadano austriaco. Le pidió a Anna sus documentos y cuando ella los enseñó, el ruso se los arrebató de la mano.

«Húngara», dijo señalando a Anna con el dedo. «Húngara», y luego, blandiendo los papeles: «Malos, malos».

El norteamericano, que se llamaba O’Brien, dijo:

«Devuélvele a la chica sus papeles», lo cual, naturalmente, el ruso no entendió. El norteamericano puso la mano sobre su pistola y el cabo Starling dijo suavemente:

«Déjalo, Pat».

«Si esos documentos no están en regla tenemos derecho a mirarlos».

«Déjalo. Ya veremos los documentos en el Cuartel General».

«Si es que llegamos al Cuartel General. No te puedes fiar de estos conductores rusos. Lo más probable es que nos lleve directamente a su zona».

«Ya veremos», dijo Starling.

«El problema que tenéis los ingleses es que nunca sabéis cuándo hay que plantarse».

«Bueno», dijo Starling; había estado en Dunkerque, pero sabía cuándo había que callarse.

Volvieron al coche con Anna, que se sentó delante entre los dos rusos muerta de miedo. Después de haber hecho una parte del camino el norteamericano tocó al ruso en el hombro:

«Este no es el camino», le dijo. «El Cuartel General está por allí».

El ruso respondió en su propia lengua con un gesto conciliador mientras seguían adelante.

«Lo que he dicho», comentó O’Brien a Starling. «La están llevando a la zona rusa».

Anna miraba atemorizada a través del parabrisas.

«No te preocupes, nenita», dijo O’Brien. «Les meteré en cintura».

Su mano comenzó otra vez a toquetear el arma. Starling dijo:

«Mira, Pat, este es un caso británico. No tienes por qué meterte».

«Tú no entiendes de esto. No conoces a estos hijos de puta».

«No vale la pena crear un incidente».

«Por amor de Dios», dijo O’Brien, «que no vale… esta nena necesita protección».

La caballerosidad norteamericana siempre me ha parecido cuidadosamente canalizada: todavía está por ver el santo norteamericano que bese las llagas de un leproso.

El conductor frenó bruscamente: había una barrera en el camino. Bueno, yo sabía que tenía que pasar por ese puesto militar si no se dirigían al Cuartel General Internacional en la Ciudad Interior. Asomé la cabeza por la ventanilla y le dije al ruso con cierta torpeza, en su idioma:

«¿Qué está usted haciendo en la zona británica?».

Refunfuñó que eran «órdenes».

«¿Ordenes de quién? Déjeme verlas».

Me fijé en la firma: era una información útil. Le dije:

«Aquí dice que tiene que detener a cierta persona de nacionalidad húngara, criminal de guerra, que vive con documentos falsos en la zona británica. Enséñeme esos documentos».

Dio comienzo a una larga explicación, pero vi que los documentos sobresalían de su bolsillo y se los saqué. Intentó sacar su pistola y le pegué un puñetazo en la cara —no me gustó hacerlo, pero ése es el comportamiento que esperan de un oficial irritado— y eso le hizo entrar en razón… eso y ver que tres soldados británicos se acercaban hacia sus faros. Dije:

«A mí me parece que estos documentos están en regla, pero los investigaré y enviaré un informe de la comprobación a su coronel. Por supuesto puede pedir en cualquier momento la extradición de esta dama. Lo que nosotros queremos son pruebas de sus actividades delictivas. Me temo que nosotros no consideramos a los húngaros como de nacionalidad rusa».

Él se quedó atónito (me imagino que mi ruso era medio incomprensible) y yo le dije a Anna:

«Salga del coche».

No podía pasar por encima del ruso, así que tuve que sacarle a él antes. Le puse un paquete de cigarrillos en la mano y le dije:

«Que le sienten bien», saludé con la mano a los otros, lancé un suspiro de alivio y el incidente quedó zanjado.

 

13

Cuando Martins me contó que había ido a casa de Anna y no la había encontrado, me puse a pensar en serio. No estaba satisfecho ni con la historia de fantasmas ni con la idea de que el hombre con los rasgos de Harry Lime fuera el producto de la alucinación de un borracho. Saqué dos planos de Viena y me puse a compararlos. Llamé a mi ayudante y, mientras mantenía a Martins tranquilo con un vaso de whisky, pregunté si había logrado localizar a Harbin. Me dijo que no; entendí que se había ido de Klagenfurt hacía una semana para visitar a su familia en la zona vecina. Uno siempre lo quiere hacer todo por sí mismo; debe evitar culpar a sus subalternos. Estoy convencido de que yo no habría permitido nunca que Harbin se escabullera, pero probablemente habría cometido toda clase de errores que mi subalterno habría evitado.

«Está bien», dije. «Intente localizarle».

«Lo siento, señor».

«No te preocupes. Esas cosas pasan a veces».

Su voz joven y entusiasta —ojalá uno pudiera sentir un entusiasmo semejante por un trabajo rutinario; cuántas oportunidades, cuántas súbitas intuiciones se pierden simplemente porque un trabajo se ha convertido solamente en un trabajo— vibró en el otro lado de la línea.

«Sabe, señor, me parece que descartamos la posibilidad de que fuera un asesinato con demasiada facilidad. Hay un punto o dos…».

«Escriba un informe, Cárter».

«Sí, señor. Yo creo, si me permite decirlo (Cárter es un muchacho muy joven) que debemos desenterrarlo. No tenemos prueba real de que muriera cuando los otros dijeron».

«Estoy de acuerdo, Cárter. Hable con las autoridades».

Martins tenía razón. Me había portado como un tonto completo, pero deben recordar que la labor de la policía en una ciudad ocupada no es igual que en el propio país. Nada resulta familiar: los métodos de los colegas extranjeros, las reglas de las pruebas, hasta el procedimiento de la investigación. Creo que estaba en un estado de ánimo en el que se tiende a confiar demasiado en el juicio personal. La muerte de Lime supuso para mí un inmenso alivio. Me conformé con pensar que era un accidente. Le dije a Martins:

«¿Miró dentro del quiosco o estaba cerrado?».

«No era un quiosco de periódicos», dijo. «Era uno de esos quioscos de hierro macizo que se ven en todas partes, cubiertos de carteles».

«Será mejor que me enseñe el sitio».

«¿Pero está bien Anna?».

«La policía está vigilando el piso. Todavía no se atreverán a intentar nada».

Como no quería llamar la atención del vecindario con un coche de la policía, cogimos tranvías —varios tranvías— cambiando en un lado y en otro y entramos a pie en la zona. Yo no llevaba uniforme y de todas maneras me parecía que después del fracaso con Anna no iban a arriesgarse a dejar a alguien vigilando.

«Por ahí se dobla», dijo Martins, y me condujo hacia una calle lateral. Nos detuvimos ante el quiosco.

«Ve, pasó por aquí detrás y simplemente se esfumó, como si se lo hubiera tragado la tierra».

«Eso es exactamente lo que pasó», dije.

«¿Qué quiere decir?».

Un peatón normal nunca se hubiera dado cuenta de que el quiosco tenía una puerta y, por supuesto, era de noche cuando el hombre desapareció. Abrí la puerta y le enseñé a Martins la escalerilla metálica de caracol que se perdía en el suelo.

«Dios mío», dijo, «entonces no fueron imaginaciones mías».

«Es una de las entradas a la alcantarilla principal».

«¿Puede bajar cualquiera?».

«Cualquiera. No se sabe por qué razón los rusos se oponen a que se cierren».

«¿Hasta dónde se puede llegar?».

«Se puede cruzar toda Viena. La gente las utilizaba durante los ataques aéreos; algunos de nuestros prisioneros estuvieron escondidos ahí durante dos años. Las han usado los desertores y los ladrones. Si uno conoce el camino puede subir de nuevo casi en cualquier lugar de la ciudad a través de una boca de acceso o de un quiosco como éste. Los austríacos tienen una Policía especial que patrulla estas alcantarillas».

Volví a cerrar la puerta del quiosco. Le dije:

«Así que de esta forma desapareció su amigo Harry».

«¿Cree de verdad que era Harry?».

«Las pruebas apuntan a eso».

«¿Entonces, a quién enterraron?».

«No lo sé aún, pero lo sabremos pronto porque le vamos a exhumar. Aunque se me está ocurriendo la idea de que Koch no fue el único hombre incómodo que asesinaron».

Martins dijo:

«Casi parece imposible».

«Sí».

«¿Qué va a hacer ahora?».

«No lo sé. No va a servir de nada acudir a los rusos y le apuesto lo que quiera a que está escondido en su zona. No sabemos nada de Kurtz porque Harbin se ha largado; ha debido largarse, de otro modo no hubieran montado esa muerte y funeral simulados».

«Pero resulta extraño, ¿no?, que Koch no reconociera el rostro del muerto desde la ventana».

«La ventana estaba lejos y supongo que le habían desfigurado la cara antes de sacar el cuerpo del coche».

«Me gustaría poder hablarle», dijo pensativo, «¿Sabe?, hay muchas cosas que me resultan imposibles de creer».

«Tal vez sea usted el único que pudiera hablar con él. Aunque es muy arriesgado, porque sabe demasiado».

«Todavía no me lo puedo creer… vi el rostro sólo un momento».

Dijo:

«¿Qué debo hacer?».

«El ahora no abandonará la zona rusa. Tal vez por eso intentó que se llevaran a la chica… porque debe de estar enamorado de ella, o no se siente seguro. No lo sé. Lo que sí sé es que usted —o ella— son las únicas personas que pueden convencerle de que vuelva, si es que cree que aún son amigos suyos. Pero primero tiene que hablar con él. Sólo que no sé cómo».

«Podía ir a ver a Kurtz. Tengo sus señas».

Le dije:

«Recuerde. Puede que Lime no quiera que salga de la zona rusa una vez que esté usted allí, y en ese caso no le puedo proteger».

«Quiero aclarar este asunto de una maldita vez», dijo Martins, «pero no voy a actuar como señuelo. Hablaré con él. Nada más».

 

14

El domingo cubrió Viena de una falsa paz; el viento había amainado y desde hacía veinticuatro horas no nevaba. Todos los tranvías de la mañana iban llenos de gente hacia Grinzing, donde se bebe el vino nuevo, y hacia las pistas de nieve de las colinas de las afueras. Al cruzar el canal, por un puente militar provisional, Martins tuvo conciencia del vacío de la tarde: los jóvenes habían salido con sus trineos y sus esquís y lo que le rodeaba era la somnolencia de los viejos después de una comida. Un poste indicador le avisó que estaba entrando en la zona rusa, pero no había señales de ocupación. Se veían más soldados rusos en la Ciudad Interior que allí.

No había avisado a Kurtz de su visita adrede. Mejor no encontrarle en casa que encontrarse con una recepción preparada especialmente para él. Se preocupó de llevar encima todos sus documentos, incluido el laissez-passer de las cuatro potencias que le permitía transitar libremente por todas las zonas de Viena. Había una quietud extraordinaria en la otra orilla del canal, y un periodista melodramático hablaría de terror silencioso, pero la verdad era simplemente que las calles eran más anchas, que los daños provocados por las granadas eran mayores, y que había menos gente, a lo que se añadía que era domingo por la tarde. No había nada que temer, pero a pesar de eso, en aquella enorme calle vacía donde escuchabas tus propias pisadas, era difícil no mirar atrás.

Encontró en seguida el bloque de Kurtz y éste mismo abrió rápidamente cuando tocó el timbre, como si estuviera esperando a un visitante.

«Ah», dijo, «es usted, señor Martins», e hizo un movimiento de perplejidad con la mano, llevándosela a la cabeza. Martins se preguntó por qué resultaba tan diferente y en seguida lo supo. Kurtz no llevaba el bisoñé, y, sin embargo, no estaba calvo. Tenía una cabeza perfectamente normal de cabellos muy cortos. «Habría sido mucho mejor que me hubiera llamado por teléfono. Casi no me encuentra; iba a salir».

«¿Puedo entrar un momento?».

«Desde luego».

En el vestíbulo había un armario abierto y Martins vio el gabán de Kurtz, su impermeable, un par de sombreros blandos, y colgado serenamente de un gancho, como una prenda más, el bisoñé.

«Me alegra comprobar que le ha crecido el pelo», le dijo, y, en el espejo de la puerta del armario, vio el odio encender y ruborizar el rostro de Kurtz. Cuando se volvió, Kurtz le sonrió como un conspirador y dijo vagamente:

«Calienta la cabeza».

«¿La cabeza de quién?», preguntó Martins. Porque de repente se le ocurrió lo útil que pudo resultar el bisoñé el día del accidente. «No importa», añadió rápidamente, porque el motivo de su visita no era Kurtz.

«He venido a ver a Harry».

«¿A Harry?».

«Quiero hablar con él».

«¿Está usted loco?».

«Tengo prisa, así que vamos a dar por supuesto que lo estoy. Tome nota. Si ve usted a Harry —o a su fantasma— dígale que quiero hablar con él. Los fantasmas no les tienen miedo a los hombres, ¿no? Seguramente será más bien al revés. Le esperaré en el Prater, junto a la Noria Grande, en las próximas dos horas… Si puede establecer contacto con los muertos, hágalo en seguida». Y añadió: «Recuérdelo, yo era amigo de Harry».

Kurtz no dijo nada, pero en alguna parte, en alguna habitación vecina, alguien carraspeó. Martins abrió la puerta de golpe; casi había esperado encontrarse con el muerto resucitado, pero era solamente el doctor Winkler, que se levantó de una silla de cocina, colocada frente al fogón, e hizo una reverencia rígida y correcta con el mismo chirriar del celuloide.

«Doctor Winkler», dijo Martins.

El doctor Winkler parecía completamente fuera de lugar en aquella cocina. Sobre la mesa se veían los restos de un almuerzo ligero y los platos sucios se avenían malamente con la limpieza del doctor Winkler.

«Winkler», le corrigió el médico con inflexible paciencia.

Martins le dijo a Kurtz:

«Cuéntele al doctor lo de mi locura. Quizá pueda hacer un diagnóstico. Y recuerde el lugar, junto a la Noria Grande. ¿O es que los fantasmas únicamente salen por la noche?».

Durante una hora esperó, paseando arriba y abajo para no coger frío, dentro del recinto de la Noria Grande; el devastado Prater, con sus huesos que asomaban crudamente a través de la nieve, estaba casi vacío. En un puentecillo vendían tortas en forma de ruedas de carro y los niños hacían cola con sus cupones. Había unas cuantas parejas de novios apiñadas en uno de los carros de la noria, que se movía lentamente por encima de la ciudad, rodeado por los otros carros vacíos. Cuando el carro llegó al punto más alto, las revoluciones se detuvieron durante un par de minutos y allá arriba los pequeños rostros se aplastaron contra el cristal. Martins se preguntó quién vendría a buscarle. ¿Quedaba en Harry suficiente amistad como para que viniera solo o llegaría una escuadra de policía? Estaba claro, desde la expedición al piso de Anna Schmidt, que tenía cierta influencia. Cuando la manecilla de su reloj rebasó la hora se preguntó: ¿No me lo habré inventado yo todo? ¿Estarán desenterrando ahora el cadáver de Harry en el Cementerio Central?

En algún lugar situado detrás del puestecillo de las tortas alguien silbó y Martins reconoció la melodía. Se volvió y esperó. Fue el miedo o la excitación lo que hizo palpitar su corazón, o quizá fueran los recuerdos que la melodía despertaba en él, porque la vida siempre se aceleraba cuando aparecía Harry, cuando aparecía como ocurría ahora, como si nada hubiera sucedido, como si no hubieran metido a nadie en una tumba ni se hubiera encontrado a nadie degollado en un sótano; cuando aparecía con esa actitud suya divertida, condescendiente, de o lo tomas o lo dejas, y, claro está, uno siempre lo tomaba.

«Harry».

«Hola, Rollo».

No se imaginen a Harry Lime como un hábil estafador. No lo era. La fotografía que tengo en mis archivos es excelente: la tomó un fotógrafo callejero y se le ve con sus robustas piernas separadas, las anchas espaldas un poco encorvadas, una barriga que ha conocido demasiada buena comida durante demasiado tiempo, en su rostro una expresión de alegre picardía, de afabilidad, de saber que su felicidad es lo mejor que le puede ocurrir al mundo. No cometió el error de alargar la mano que podía ser rechazada, sino que en su lugar dio un golpecito en el codo de Martins y le dijo:

«¿Qué tal te van las cosas?».

«Tenemos que hablar, Harry».

«Claro».

«A solas».

«Este es el sitio donde podemos estar más a solas».

Siempre había sabido componérselas y también supo hacerlo en aquel devastado parque de atracciones, dándole una propina a la mujer encargada de la noria para que pudieran disponer de un carro para ellos dos solos. Dijo:

«En los viejos tiempos esto lo hacían los amantes, pero ahora no tienen dinero para gastar, los pobres diablos», y, por la ventana del oscilante carro que subía, miró a las figuras que se iban empequeñeciendo allá abajo con una expresión que parecía de auténtica lástima.

Por un lado, muy lentamente, la ciudad se hundió; por otro lado, muy lentamente, empezaron a aparecer las grandes vigas de celosía de la noria. A medida que la ciudad se deslizaba, el Danubio se fue haciendo visible y los machones del Reichsbrücke se levantaron por encima de las casas.

«Bueno», dijo Harry, «me alegra verte».

«Estuve en tu funeral».

«¿No te parece que fui bastante listo?».

«Para tu novia no tanto. Ella estaba allí también, llorando».

«Es una buena chica», dijo Harry. «Le tengo mucho cariño».

«No creí a la policía cuando me hablaron de ti».

«No te habría dicho que vinieras si hubiera sabido lo que iba a ocurrir», dijo Harry, «pero es que no creí que la policía sospechara de mí».

«¿Me ibas a dar una parte del botín?».

«Hombre, hasta ahora nunca te he negado una parte de nada».

Permaneció de espaldas a la puerta cuando el carro osciló hacia arriba y volvió a sonreírle a Rollo Martins, que le recordó en una actitud parecida en un rincón aislado del cuadrángulo del colegio.

«He aprendido una manera de salir por la noche. Es absolutamente segura. Te lo voy a contar a ti solo».

Por primera vez, Rollo Martins miró atrás, a través de los años, sin admiración, mientras pensaba: nunca ha crecido. Los diablos de Marlowe llevaban petardos colgados en sus colas: el mal era como Peter Pan, conllevaba el don aterrador y horrible de la eterna juventud.

Martins dijo:

«¿Has visitado el hospital infantil? ¿Has visto a alguna de tus víctimas?».

Harry lanzó una ojeada al paisaje de juguete de abajo y se alejó de la puerta.

«Nunca me siento completamente seguro en estos cacharros», dijo.

Palpó la puerta con la mano, como si temiera que pudiera abrirse de golpe y le lanzara a aquel espacio trenzado de hierro.

«¿Víctimas?», preguntó. «No seas melodramático, Rollo. Mira ahí abajo», prosiguió, señalando a través de la ventana a la gente que se movía como moscas negras en la base de la noria. «¿De verdad podrías sentir lástima si una de esas manchas dejara de moverse para siempre? Hombre, si te dijera que podías conseguir veinte libras por cada mancha que se detuviera, ¿de verdad, me dirías que me quedara con mi dinero, sin una vacilación? ¿O calcularías de cuántas manchas podías prescindir sin problemas? Libres de impuestos, oye. Libres de impuestos». Sonrió con su aire juvenil y de conspirador.

«Es la única manera de ahorrar actualmente».

«¿No podías haberte limitado a los neumáticos?».

«¿Como Cooler? No, yo siempre he sido ambicioso».

«Estás acabado. La policía lo sabe todo».

«Pero no podrán atraparme, Rollo, ya lo verás. Asomaré la cabeza de nuevo. Los que valemos, siempre salimos a flote».

El carro osciló hasta detenerse en el punto más alto de la curva, y Harry le dio la espalda y miró por la ventana. Martins pensó: un buen empujón y podría romper el cristal, y se imaginó al cuerpo cayendo y cayendo a través de los postes de hierro, como un trozo de carroña cayendo entre las moscas. Dijo:

«Sabes que la policía está pensando en exhumar tu cuerpo. ¿Qué van a encontrar?».

«A Harbin», contestó sencillamente Harry.

Se volvió y dijo:

«Mira al cielo».

El carro había llegado a la cima de la noria y colgaba inmóvil, mientras la mancha del crepúsculo corría en rayones sobre un cielo de papel arrugado más allá de las vigas negras.

«¿Por qué intentaron los rusos llevarse a Anna Schmidt?».

«Hombre, tenía documentos falsos».

«¿Quién se lo contó?».

«El precio de vivir en esta zona, Rollo, es hacer servicios. Tengo que darles de vez en cuando un poco de información».

«Creí que tal vez estaban intentando traértela aquí porque era tu novia. Porque querías que estuviera contigo».

Harry sonrió.

«No tengo tanta influencia».

«¿Qué le hubieran hecho?».

«Nada grave. La habrían devuelto a Hungría. No tienen nada contra ella. Quizá un año en un campo de trabajo. Estaría muchísimo mejor en su país que al antojo de la policía británica».

«No les ha contado nada de ti».

«Es una buena chica», repitió Harry con satisfacción y orgullo.

«Ella te quiere».

«Bueno, lo pasó bien conmigo mientras duró».

«Y yo la quiero».

«Eso está muy bien, hombre. Sé bueno con ella. Se lo merece. Cuánto me alegro».

Daba la impresión de haberlo arreglado a gusto de todos.

«Y también puedes influir para que tenga la boca cerrada. Aunque no es que sepa nada importante».

«Me gustaría tirarte por la ventana».

«Pero no lo harás. Nuestros enfados nunca duran mucho, hombre. Acuérdate de aquella terrible pelea en Mónaco, cuando juramos que no volveríamos a vernos nunca. Yo me fiaría de ti en cualquier sitio, Rollo. Kurtz intentó convencerme de que no viniera, pero te conozco. Luego intentó convencerme para que, bueno, preparara un accidente. Me dijo que sería muy fácil en este carro».

«Salvo que yo soy más fuerte que tú».

«Pero yo tengo una pistola. ¿Crees que se notaría un balazo cuando llegaras a ese suelo?».

El carro comenzó a moverse de nuevo, deslizándose hacia abajo, hasta que las moscas se convirtieron en enanos, y, finalmente, en seres humanos reconocibles.

«Qué tontos somos, Rollo, hablar de esa manera, como si yo te pudiera hacer una cosa así, o tú pudieras hacérmela a mí».

Se dio la vuelta y apoyó su rostro contra el cristal. Un empujón…

«¿Cuánto ganas al año con tus novelas del Oeste?».

«Mil».

«Antes de los impuestos. Yo gano treinta mil netas. Es la moda. Hombre, en estos tiempos nadie piensa en los seres humanos. Si no lo hacen los gobiernos, ¿por qué vamos a hacerlo nosotros? Hablan del pueblo y del proletariado y yo hablo de primos. Es lo mismo. Ellos tienen sus planes quinquenales y yo también».

«Antes eras católico».

«Y sigo creyendo, hombre, en Dios, en la misericordia y en todo eso. No daño al alma de nadie con lo que estoy haciendo. Los muertos están más felices muertos. No se pierden mucho aquí, pobres diablos», añadió con aquel extraño toque de auténtica piedad cuando el carro llegaba a la plataforma y los rostros de los condenados a ser víctimas, los rostros domingueros y cansados que buscaban diversión, les miraban fijamente.

«Podías entrar en el negocio, ¿sabes? Sería útil. No me queda nadie en la Ciudad Interior».

«¿Y Cooler? ¿Y Winkler?».

«No te me vuelvas policía, hombre».

Salieron del carro y volvió a tocar el codo de Martins con la mano.

«Era un chiste. Sé de sobra que no lo harás. ¿Has sabido algo últimamente del viejo Bracer?».

«Recibí una tarjeta en Navidad».

«Qué tiempos aquellos, hombre. Qué tiempos aquellos. Tengo que dejarte aquí. Nos volveremos a ver algún día. Si te metes en algún lío siempre puedes localizarme a través de Kurtz».

Se alejó y al darse la vuelta se despidió con la mano que tuvo el tacto de no ofrecer: era como si todo el pasado se fuera alejando bajo una nube. Martins le gritó de pronto:

«No te fíes de mí, Harry».

Pero la distancia entre los dos era ya demasiado grande como, para que le llegaran sus palabras.

 

15

«Anna estaba en el teatro», me contó Martins, para la función del domingo por la tarde. Tuve que aguantar por segunda vez toda aquella triste comedia sobre un compositor de mediana edad y una muchacha enamorada de él y una esposa comprensiva —terriblemente comprensiva—. Anna la hacía muy mal; ni en sus mejores momentos era una buena actriz. La vi después en su camerino, pero estaba muy agitada. Creo que pensaba que yo iba a intentar hacer algo con ella y no tenía ninguna gana. Le dije que Harry vi; vía: pensé que se sentiría feliz y que yo odiaría ver lo contenta que estaba, pero se sentó frente al espejo donde se maquillaba y dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas cubiertas de crema, y la verdad es que entonces hubiera preferido verla contenta. Tenía un aspecto espantoso y yo la quería. Luego, le conté mí entrevista con Harry, pero realmente no me hizo mucho caso, porque cuando terminé me dijo:

“Ojalá estuviera muerto”.

“Lo merece”, dije yo. “Quiero decir que entonces estaría a salvo de todo el mundo”».

Le pregunté a Martins:

«¿Le enseñó las fotografías que le di, las de los niños?».

«Sí. Pensé que eso o la mataría o la curaría. Tiene que ir quitándoselo de la cabeza. Coloqué las fotografías entre los tarros de cremas. Por fuerza tenía que verlos. Le dije: “La policía no puede detener a Harry a menos que consigan que venga a esta zona y nosotros tenemos que ayudarles”. Ella dijo:

“Creí que eras amigo suyo”.

“Era mi amigo”, le dije.

“No te ayudaré nunca a atrapar a Harry”, dijo ella. “No quiero volver a verle. No quiero volver a oír su voz. No quiero que me toque, pero no haré nada para hacerle daño”.

Me sentí lleno de amargura, no sé muy bien por qué, porque después de todo yo no había hecho nada por ella. Hasta Harry había hecho más que yo. Le dije: “Le sigues deseando” como si le estuviera acusando de un crimen.

Ella dijo: “No le deseo, pero está dentro de mí. Es así… no es amistad. Pero cuando tengo sueños sexuales él es siempre el hombre”».

Empujé a Martins a que siguiera cuando vaciló:

«¿Y qué más?».

«Oh. Lo único que hice fue levantarme y dejarla. Ahora le toca a usted animarme. ¿Qué quiere que haga?».

«Quiero actuar rápidamente. ¿Sabe?, lo que estaba en el ataúd era el cadáver de Harbin, así que podemos detener inmediatamente a Winkler y a Cooler. Por el momento no podemos tocar a Kurtz, ni tampoco al chófer. Presentaremos una petición formal a los rusos para detener a Kurtz y a Lime, para tener nuestros archivos en orden. Si va a ser usted nuestro señuelo tiene que enviar un mensaje a Lime sin pérdida de tiempo, antes de que pase veinticuatro horas en esta zona. Mi idea es esta: en el momento en que llegó usted a la Ciudad Interior le trajimos aquí para apretarle las tuercas; se enteró de lo de Harbin por mí; comienza a echar cuentas y se va a avisar a Cooler. Dejaremos que Cooler se largue para conseguir coger a una presa más importante: no tenemos pruebas de que anduviera metido en el tráfico de penicilina. Se escapará hasta el Segundo Bezirk, para ver a Kurtz, y Lime pensará que usted juega limpio con él. Tres horas más tarde le enviará recado de que la Policía le persigue: usted está escondido y quiere verle».

«No vendrá».

«No estoy tan seguro. Escogeremos nuestro escondite con cuidado, en un sitio donde piense que hay muy poco riesgo. Vale la pena intentarlo. Sacarle a usted del lío apelaría a su orgullo y a su sentido del humor. Y le garantizaría su silencio».

Martins dijo:

«En el colegio nunca me sacaba de ningún lío».

Estaba claro que había estado revisando con cuidado el pasado y que había llegado a ciertas conclusiones.

«Entonces no había ningún problema serio ni tampoco peligro de que fuera a denunciarle».

«Le dije a Harry que no se fiara de mí pero no me oyó», dijo él.

«¿Está de acuerdo?».

Me había devuelto las fotografías de los niños y estaban sobre mi escritorio. Vi que les echaba una larga mirada.

«Sí», dijo. «Estoy de acuerdo».

 

16

Todo salió según el plan. Retrasamos la detención de Winkler, que había vuelto al Segundo Bezirk, hasta que Cooler hubiera recibido el aviso. Martins disfrutó en su corta entrevista con Cooler. Éste le saludó sin dar muestras de embarazo y con notable condescendencia:

«Qué alegría verle, señor Martins. Siéntese. Me alegro de que todo fuera bien entre usted y el coronel Calloway. Es un tipo muy recto ese Calloway».

«No fue bien», dijo Martins.

«Supongo que no estará usted enfadado porque yo le avisara de que había visto a Koch. Lo que yo pensé fue que si usted era inocente, lo podría demostrar en seguida, y que si era culpable, bueno, pues el que me cayera bien no tenía por qué ser un impedimento. Un ciudadano tiene sus deberes».

«Como dar falsas pruebas en una investigación».

Cooler dijo:

«Ah, esa vieja historia. Me temo que está usted enfadado conmigo, señor Martins. Piénselo así: a usted, como ciudadano, su lealtad le obliga».

«La policía ha desenterrado el cadáver. Están detrás de usted y de Winkler. Quiero que avise a Harry…».

«No entiendo».

«Oh, sí, sí lo entiende».

Y era evidente que era así. Martins se fue abruptamente. No quería seguir viendo aquel rostro bondadoso y humanitario.

Lo único que faltaba era poner cebo en la trampa. Después de estudiar el mapa del sistema de alcantarillado llegué a la conclusión que un café próximo a la entrada del canal principal, que como las demás estaba dentro de un quiosco de anuncios, era el lugar que resultaría más tentador para Lime. Lo único que tenía que hacer era subir una vez hasta la superficie, caminar cincuenta yardas, llevarse consigo a Martins y hundirse de nuevo en la oscuridad de las alcantarillas. No tenía ni idea de que conocíamos ese sistema de evasión: probablemente sabía que una patrulla de la policía de las alcantarillas terminaba antes de medianoche y la siguiente no comenzaba hasta las dos, así que a las doce Martins estaba sentado en un pequeño y frío local, a la vista del quiosco, bebiendo un café tras otro. Le había dejado un revólver; había apostado a varios hombres lo más cerca posible del quiosco y la policía de las alcantarillas estaba preparada para cerrar las bocas de acceso al llegar la hora cero y para comenzar a barrer la zona desde los límites de la ciudad. Pero lo que quería, si resultaba posible, era atraparle antes de que volviera a bajar. Eso significaría menos problemas y peligros para Martins. De manera que, como decía, allí estaba Martins sentado en el café.

Volvió a levantarse el viento, pero no traía nieve; venía helado desde el Danubio y, en la placita de hierba que había junto al café, levantaba la nieve como espuma en la cresta de una ola. No había calefacción en el café y Martins estaba sentado calentándose primero una mano, luego la otra, sobre la taza de sucedáneo de café; tomó innumerables tazas. Casi siempre uno de mis hombres estaba en el café con él, pero les relevaba cada veinte minutos o así, irregularmente. Pasó más de una hora. Martins había renunciado hacía rato a toda esperanza y yo también, allí donde esperaba junto a un teléfono, a varias calles de distancia, con un grupo de policías de las alcantarillas preparados para bajar si era necesario. Teníamos más suerte que Martins porque estábamos calientes con nuestras botas que nos llegaban hasta los muslos y nuestros chaquetones gruesos. Un hombre llevaba una lámpara, de un tamaño que era como la mitad de un faro de coche, atada con correas al pecho, y otro, un par de bengalas. Sonó el teléfono. Era Martins. Dijo:

«Estoy muerto de frío. Es la una y cuarto. ¿Para qué vamos a seguir?».

«No debería llamar. Debe seguir a la vista».

«He tomado siete tazas de ese café espantoso. Mi estómago no aguantará mucho más».

«Si viene, no tardará mucho. No querrá encontrarse con la patrulla de las dos. Aguante otro cuarto de hora, pero no telefonee».

La voz de Martins dijo repentinamente:

«¡Dios, está aquí! Está…».

Y luego se cortó el teléfono. Le dije a mi ayudante: «Dé orden de vigilar todas las bocas de acceso», y a mi policía de las alcantarillas: «Vamos a bajar».

Lo que había ocurrido fue lo siguiente: Martins estaba todavía hablando por teléfono conmigo cuando Harry Lime entró en el café. No sé lo que oyó, si es que oyó algo. La simple visión de un hombre buscado por la policía y sin amigos en Viena hablando por teléfono fue suficiente para ponerle sobre aviso. Antes de que Martins colgara había vuelto a salir del café. Fue en uno de esos raros momentos en que ninguno de mis hombres estaba en el café. Uno acababa de marcharse y otro estaba en la acera a punto de entrar. Harry Lime le pasó rozando y se fue hacia el quiosco. Martins salió del café y vio a mi hombre. Si le hubiera avisado en aquel momento podía haber sido fácil alcanzarle con un disparo, pero supongo que no era Lime, el traficante de penicilina, el que escapaba calle abajo; era Harry. Martins vaciló el tiempo suficiente como para que Lime llegara hasta el quiosco; luego gritó: «Es él», pero Lime ya se había metido dentro.

Qué mundo tan extraño y desconocido para la mayoría de nosotros yace bajo nuestros pies: vivimos sobre una tierra cavernosa llena de cascadas y corrientes fluviales, donde las mareas suben y bajan como en el mundo de arriba. Si han leído las aventuras de Allan Quatermain y su descripción del viaje por el río subterráneo hasta la ciudad de Milosis, se pueden imaginar la escena de la última lucha de Lime. El canal principal, que es aproximadamente como la mitad del Támesis, corre bajo una enorme arcada, alimentado por corrientes tributarias: esas corrientes caen en cascada desde niveles más altos y son purificadas en su caída, así que sólo en los canales laterales el aire hiede. La corriente principal huele dulce y fresca con un ligero aroma a ozono y por todas partes, en la oscuridad, hay el sonido del agua que cae y fluye. Fue justamente después de la marea alta cuando Martins y el policía llegaron al río: primero la escalera metálica de caracol, luego un pequeño pasillo, tan bajo que tuvieron que ir agachados, y luego el borde poco profundo de las aguas que rozaban sus pies. Mi hombre iluminó con su linterna la orilla de la corriente y dijo: «Se ha ido por ahí», porque al igual que una corriente profunda al descender deja en el borde una acumulación de desechos, así la alcantarilla deja en el agua quieta contra el muro los restos de cáscaras de naranja, viejos cartones de cigarrillos y cosas por el estilo, y en esos restos Lime había dejado su huella tan inequívocamente como si hubiera pasado por el barro. Mi policía dirigía la luz de su linterna hacia delante con la mano izquierda y con la derecha empuñaba una pistola. Le dijo a Martins:

«Vaya detrás de mí, el hijo de puta puede disparar.».

«¿Entonces por qué diablos va usted delante?».

«Es mi trabajo, señor».

El agua les llegó hasta la mitad de la pierna al caminar; el policía seguía iluminando con su linterna hacia abajo y hacia delante enfocando la pista de restos revueltos en el borde de la alcantarilla. Dijo:

«Lo estúpido es que el hijo de puta no tiene salida. Todas las bocas de acceso están vigiladas y hemos acordonado la entrada en la zona rusa. Todo lo que tienen que hacer ahora nuestros hombres es barrer hacia adentro los canales laterales desde las bocas de acceso».

Sacó un silbato de su bolsillo y sopló, y desde muy lejos, de un lado y de otro, llegaron las notas de respuesta. Dijo:

«Ahora están todos abajo. Me refiero a la policía de las alcantarillas. Conocen este sitio tan bien como yo Tottenham Court Road. Me gustaría que me viera ahora mi vieja», dijo, levantando la linterna un momento para iluminar el camino, y entonces llegó el disparo. La linterna saltó de su mano y cayó a la corriente. Dijo:

«¡Maldito hijo de puta!».

«¿Está usted herido?».

«Un rasguño en la mano, nada más. Una semana de permiso. Tenga, tome esta otra linterna, señor, mientras yo me vendo la mano. No la encienda. Está en uno de los pasillos laterales».

Durante un largo rato siguió reverberando el sonido: cuando se extinguió el último eco sonó un silbato delante de ellos y el compañero de Martins silbó una respuesta.

Martins dijo:

«Es curioso, ni siquiera sé su nombre».

«Bates, señor».

Lanzó una risa sorda en la oscuridad.

«Ésta no es mi ronda habitual. ¿Conoce usted el Horsehoe, señor?».

«Sí».

«¿Y el Duque de Grafton?».

«Sí».

«El mundo es un pañuelo».

Martins dijo:

«Déjeme ir delante. No creo que dispare sobre mí y quiero hablar con él».

«Tengo órdenes de protegerle, señor. Cuidado».

«No se preocupe».

Pasó con cuidado a Bates, hundiéndose un pie más en la corriente. Cuando estuvo delante gritó, «Harry», y el nombre desencadenó un eco, «¡Harry, Harry, Harry!», que corrió sobre las aguas y provocó un amplio coro de silbidos en la oscuridad. Volvió a gritar:

«Harry. Sal de ahí. No tienes nada que hacer».

Una voz asombrosamente cercana les hizo pegarse a la pared:

«Hombre, ¿eres tú? ¿Qué quieres que haga?».

«Sal. Y pon las manos sobre la cabeza».

«No llevo linterna. No veo nada».

«Tenga cuidado, señor», dijo Bates.

«Péguese a la pared. No me va a disparar», dijo Martins. Llamó:

«Harry, voy a encender la linterna. Juega limpio y sal de ahí. No te queda más remedio».

Encendió la linterna, y a veinte pies de distancia, en el borde de la luz y el agua, se vio a Harry.

«Las manos sobre la cabeza, Harry».

Harry levantó la mano y disparó. El disparo rebotó en la pared a un pie de la cabeza de Martins y se oyó gritar a Bates. Al mismo tiempo un reflector, a cincuenta yardas, iluminó todo el canal, atrapando a Harry con sus rayos, luego a Martins y después los ojos fijos de Bates, que estaba recostado al borde del agua con las lavazas de la alcantarilla por la cintura. Un cartón de cigarrillos vacío se le había metido en el sobaco y allí se quedó. Mi grupo llegó al escenario.

Martins estaba allí sobre el cuerpo de Bates, desconcertado, con Harry Lime entre él y nosotros. No nos atrevíamos a disparar por miedo de alcanzar a Martins y la luz del reflector deslumbraba a Lime. Seguimos avanzando con lentitud, con nuestros revólveres preparados, y Lime comenzó a removerse hacia un lado y otro como un conejo deslumbrado por los faros de un coche; luego, de repente, se lanzó corriendo por la profunda corriente central. Cuando le buscamos con el reflector ya se había sumergido y la corriente de la alcantarilla le arrastró rápidamente, más allá del cuerpo de Bates, fuera del alcance del reflector y hacia la oscuridad. ¿Qué hace que un hombre sin esperanzas se agarre a unos cuantos minutos más de existencia? ¿Es una cualidad buena o mala? No tengo ni idea.

Martins permaneció junto al rayo del reflector, mirando corriente abajo. Tenía el revólver en la mano y era el único de nosotros que podía disparar sin riesgo. Creí ver un movimiento y le grité:

«Ahí, ahí, dispare».

Levantó el revólver y disparó, de la misma manera que lo había hecho en Brickworth Common hacía años al oír la misma orden, y también esta vez mal. Un grito de dolor, como una tela rasgándose, recorrió la caverna: un reproche, una súplica.

«Bien hecho», grité, y me detuve junto al cuerpo de Bates. Estaba muerto. Sus ojos continuaron sin expresión cuando le enfocamos con el reflector; alguien se inclinó, sacó el cartón y lo tiró al río que se lo llevó entre sus remolinos… un trozo de Gol Flamee amarillo; ciertamente estaba muy lejos de Tottenham Court Road.

Levanté la vista y no vi a Martins en la oscuridad. Grité su nombre, que se perdió en una confusión de ecos, dentro del fluir y rugir del río subterráneo. Luego oí un tercer disparo.

Martins me contó más tarde:

«Caminé corriente abajo para encontrar a Harry, pero con la oscuridad debí perderle. Tenía miedo de levantar la linterna; no quería tentarle a que volviera a disparar. Mi bala debió de alcanzarle justo en la entrada de un pasillo lateral. Luego, supongo que se fue arrastrando por el pasillo hasta el pie de la escalera metálica. Treinta pies por encima de su cabeza estaba la boca de acceso, pero no hubiera tenido fuerzas para subirla, y aunque lo hubiera conseguido la Policía le estaba esperando arriba. Él debía de saber todo eso, pero sufría muchos dolores e igual que un animal que se arrastra hasta la oscuridad para morir, me imagino que un hombre va hacia la luz. Quiere morir en casa y la oscuridad nunca es nuestra casa. Comenzó a arrastrarse escaleras arriba, pero el dolor se apoderó de él y no pudo seguir. ¿Por qué silbó aquel absurdo fragmento de melodía que fui lo bastante tonto como para creer que había escrito él? ¿Quería llamar la atención, quería que estuviera un amigo con él, aunque fuera el amigo que le había atrapado, o deliraba y lo hacía sin ningún propósito? En cualquier caso, le oí silbar y volví por el borde de la corriente tanteando la pared hasta el final y pude subir por el corredor donde yacía. Dije, “Harry”, y el silbido se detuvo justo sobre mi cabeza. Puse mi mano en la barandilla de hierro y subí. Aún tenía miedo de que me disparara. Luego, después de subir sólo tres escalones, mi pie pisó su mano y allí estaba. Le iluminé con mi linterna: no llevaba pistola; se le debió de caer cuando le alcanzó mi bala. Por un momento creí que estaba muerto, pero luego gimió de dolor. Dije, “Harry”, y con un gran esfuerzo volvió sus ojos hacia mi rostro. “Maldito tonto”, dijo, y eso fue todo. No sé si se refería a sí mismo —una especie de acto de contrición, por muy inadecuado que fuera (era católico)—, o me lo decía a mí —con mis mil libras anuales antes de pagar los impuestos y con mis imaginarios cuatreros, incapaz de matar limpiamente a un conejo—. Luego comenzó a gemir de nuevo. No pude resistir más y le pegué un tiro».

«Vamos a olvidar esa parte», le dije.

Martins respondió: «Nunca podré».

 

17

Aquella noche comenzó el deshielo, y por toda Viena la nieve empezó a derretirse y volvieron a aparecer las feas ruinas; barras de hierro colgando como estalactitas y vigas oxidadas que asomaban como huesos a través del fango. Los entierros eran mucho más sencillos que una semana antes, cuando se necesitaban taladradoras eléctricas para romper el suelo helado. Era un día templado, como de primavera, cuando Harry Lime tuvo su segundo funeral. Me alegré de meterlo de nuevo bajo tierra, pero aquello había costado la muerte de dos hombres. El grupo que había junto a la fosa era más reducido: faltaban Kurtz y Winkler y sólo estábamos la muchacha, Rollo Martins y yo. Y no hubo lágrimas.

Cuando se terminó, la muchacha se marchó sin decirnos ni una palabra por la larga avenida flanqueada por árboles que conducía a la entrada principal y la parada del tranvía, chapoteando por la nieve fundida. Le dije a Martins:

«Tengo un vehículo. ¿Quiere que le lleve?».

«No», dijo, «cogeré el tranvía de vuelta».

«Usted ha ganado. Ha demostrado que soy un maldito tonto».

«No he ganado», dijo. «He perdido».

Le vi alejarse a zancadas detrás de ella con sus piernas demasiado largas. La alcanzó y caminaron juntos. No creo que le dijera una palabra: fue como el final de una historia, salvo que antes de que giraran y se perdieran de vista la mano de ella cogió el brazo de él… que es como suelen comenzar las historias. Disparaba muy mal y conocía muy mal a la gente, pero se le daban bien las novelas del Oeste (el truco de la tensión) y las chicas (no sé qué tendría). ¿Y Crabbin? Crabbin sigue discutiendo con el British Council sobre los gastos de Dexter. Dicen que no pueden presentar gastos simultáneos de Estocolmo y de Viena. Pobre Crabbin. Si lo piensa uno bien, pobres todos nosotros.

 

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