La edad del idiota: 42. Revolver

Diego M. Rotondo

 

42

REVÓLVER

Joaquín se sube la manga de la remera y me muestra el «Sex» tatuado en su hombro.

—¿Sex?… —le pregunto mientras paso mi dedo sobre las letras inflamadas.

—Faltó Pistols —dice—; no me aguanté el dolor.

—¿Y te queda para siempre?

—Para toda la vida. No sale ni con ácido, te llega hasta el hueso…

—Tu novia no tiene muy linda letra que digamos…

Fue Andrea quien lo tatuó, una punk de la plaza que tiene el pelo azul. Ahora Joaquín sale con ella; hasta hace una semana salía con Samanta, pero esa no era Punk, era Heavy. No se llevan bien entre los Punks y los Heavys, cada tanto se agarran a piñas. Algunos son tan estúpidos que se matan a golpes por un estilo de música. Por suerte Joaquín no es así, él es Punk o Heavy según le convenga. Me dijo que el otro día fue a un recital de Hermética y se aplastó la cresta con gel; se sacó la remera de los Sex Pistols y se puso una de Motorhead, por las dudas…

—Ya sé —dice mientras se baja la manga—; estaba borracha cuando lo hizo, encima yo le acariciaba las tetas.

—¿Y qué usó para hacerlo?

—Un punzón y tinta china. Pinchando de a poco, estuvo casi 2 horas. Así lo hacen en la cárcel. Duele un montón; el Tuca tiene varios, por todo el cuerpo; yo creo que debe aspirar Poxipol antes de tatuarse.

Joaquín era mi mejor amigo en una época, pero desde que se junta con los Villeros apenas nos vemos. Cuando se enteró lo que me pasó en Los Sacristantes me llamó por teléfono para felicitarme, charlamos un rato y después casi ni nos vimos. En la Primaria era distinto, andábamos juntos todos los días, salíamos en bici o jugábamos a la pelota en la plaza. Ahora siento que me esquiva, como si le diese vergüenza estar conmigo frente a sus amigos matones. Siempre le gustó hacerse el malo y juntarse con malandras; pero él no es así en realidad; yo lo conozco, y sé que no le interesa robar ni drogarse porque sí, lo hace para que los otros idiotas lo aprueben. En el fondo es un pelotudo. Pero no tengo ganas de decírselo. No va a cambiar.

Entramos en mi habitación y prendo la computadota, Joaquín abre la ventana del balcón, sale, se apoya en la barandilla y se prende un porro.

—¡No fumes acá, pelotudo! Que queda todo el olor; mi vieja se va a pensar que fumo yo…

Él me ignora, se prende el porro magullado, aspira, tose, y escupe saliva con humo hacia la calle:

—¿Todavía te preocupa lo que piensa tu vieja?

—No.

—Entonces no me jodas. Además, por eso abrí la ventana, para que el olor se vaya a la calle.

—Bueno —salgo al balcón—. Dame un poco.

Joaquín se ríe y me pasa el porrito. Le doy una calada suave como para que no me arda la garganta y suelto el humo enseguida.

—¡No largues el humo tan rápido, pelotudo! —exclama—. Así no te hace efecto y desperdicias la mercancía.

—¿Mercancía?… —le digo riéndome a carcajadas y devolviéndole el porro— ¿Qué mercancía?

Joaquín da un par de secas en silencio mientras mira los autos pasar por la avenida. Yo entro, me siento frente a la commodore y conecto los joysticks.

—¿Jugamos? —le pregunto.

Él apaga resto del faso con la lengua, se lo guarda en la billetera y entra; agarra el banquito de madera que construí en el taller de carpintería y se acomoda al lado mío.

—Dale, al Space Invaders.

—¡Es aburrido ése!

—¡A mí me gusta, dale!

Coloco el disquete de los juegos y lo cargo. Joaquín juega primero, pero pierde enseguida. Está distraído, como si no le interesara jugar. Yo tomo mi joystick y le doy una lección de habilidad. Elimino a todos los alienígenas antes de que bajen a la mitad de la pantalla. Cuando paso al siguiente nivel Joaquín dice:

—Necesito que me hagas un favor.

—¿Qué? —le respondo sin dejar de mirar la pantalla.

—Que me escondas esto. —dice, se levanta la remera y de reojo alcanzo a ver el mango del revólver que se asoma por encima de su cinturón. Los dedos se me congelan, los alienígenas descienden cada vez más rápido, yendo de un extremo a otro de la pantalla, acaban con mis defensas y Game Over.

—¿Es de verdad?

Joaquín se saca el revólver de la cintura y me lo da.

—Claro que es de verdad, estúpido. ¿Te pensás que voy a andar con armas de juguete?

El revólver es bastante pequeño, pero pesa como un martillo. El hierro es frío y áspero, se nota que está usado. Percibo algo extraño al manipularlo, por un lado me gusta, pero por el otro, es como tener algo maldito entre las manos, algo que si lo tenés mucho tiempo puede infectarte. Lo suelto sobre su regazo como si fuera una serpiente venenosa.

—¿Está cargado?

Joaquín lo agarra, me apunta a la nariz y gatilla. «¡Click!»

—¡Hijo de putaaaaaa! —chillo.

Me echo hacia atrás y me caigo de espaldas en el piso. Él se ríe como un desquiciado. Sus ojos están rojos y arrugados como cerezas podridas.

—¡No está cargado, viste! ¡Ja, ja, ja!

Me levanto, le lanzo una trompada pero él se cubre con el antebrazo.

—¡Pará forro! —dice poniéndose serio de repente—. Era un chiste. Ya fue…

El corazón me retumba en el pecho y en la garganta. Acomodo la silla y me vuelvo a sentar.

—Sos un idiota.

—Bueno… perdoname —dice.

—Si pensás que te lo voy a guardar estás pirado.

Joaquín resopla y con las palmas de ambas manos se hacia arriba estira la cresta de pelo castaño.

—¡Solo un par de días! No puedo llevarlo a mi casa porque mi vieja requisa mi pieza todo el tiempo. Desde que me descubrió una bolsa de porro parece un rati. Mi primo Néstor me dijo que me lo puede guardar; el problema es que vive en La Plata; y recién se lo voy a poder dar cuando venga a visitarme dentro de dos semanas.

—Es tu problema.

—¡Dale Diego!, vos lo podés tirar en la buhardilla, nadie va a saber que está ahí…

—¡Nooo!

Joaquín se vuelve a enfundar el arma en la cintura y me clava una mirada hostil.

—¡Gracias, eh! ¡Qué buen amigo sos, eh!… —dice mientras se sienta en mi cama y enciende un Marlboro.

Me molesta mucho que me diga eso, porque entre todos esos zánganos de los que se rodea, yo debo ser el único que vale la pena. Pero no tengo ganas de discutir. En otra época se lo hubiese guardado, pero ahora es lo único que me faltaría. Estoy tratando de que mis padres y la psiquiatra crean que senté cabeza. Hice mucho para llegar a engañar a todos, para hacerles olvidar que quemé vivo a un compañero. Me muero de ganas de quedarme con el revólver, de cargarlo y llevarlo al colegio por si surgen problemas con ese Milanni. Pero no, no es el momento; el colegio me gusta, Malena me encanta, quiero disfrutar un poco antes de echarlo todo a perder. En Los Sacristanes era diferente, porque me daba asco ese lugar y desde el primer día de clases quise que me echasen. Pero ahora estoy cómodo, los pibes me respetan, las chicas me sonríen… y creo que Malena gusta de mí.

Mientras Joaquín fuma en silencio, le doy play al juego y empiezo el nivel 2 de nuevo. Joaquín se levanta de un salto, me palmea el hombro y camina hacia la puerta.

—Me voy a la mierda, nos vemos, algún día… —dice malhumorado.

Lo escucho salir, bajar las escaleras y dar un portazo. Me asomo por la ventana y lo veo cruzar la calle. Se da vuelta y me descubre mirándolo desde el balcón, sonríe y levanta el pulgar: «¡No te enojes boludo, son dos semanas nomás, hasta que venga mi primo a visitarme!…», dice y sale corriendo. Reviso toda mi habitación, levanto las frazadas, la almohada, me fijo debajo de la cama y alcanzo a ver el revólver tirado en un rincón. ¡Hijo de puta!

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