La edad del idiota: 41. El pirómano

Diego M. Rotondo

 

41

EL PIRÓMANO

Me encanta el colegio nuevo. Me encantan las chicas que me sonríen sin conocerme, me encantan los profesores, los preceptores y me encanta nuestro rector hippie, que se pasea por el patio tomando mate y hablando con los alumnos como si fueran sus amigos: «Ey Marcos, ¿llevaste la bici al lugar que te dije?…»; «hola July, decile a tu viejo que el partido de mañana se pasa para la semana que viene; y que se prepare porque voy a estar afilado, ja, ja, ja»; «Nacho, ¿me grabaste el cassette de Soda Stéreo?…»; «ché Ivana, no te preocupes por el certificado, no hay apuro, que tu vieja me lo traiga en cuanto pueda.»… Y así, como si fuera uno más, sin creerse superior. Y todos lo tratan bien, no hablan a sus espaldas, no se mofan de él. Héctor debe tener la edad de mi papá, pero se comporta como si tuviese 20 años, o menos.

Todavía no me hice amigo de nadie, cruzo palabras con un par de pibes, sobre todo con Teo, que me apodó: “Pirómano”, y a mí me encanta. Teo me hace acordar un poco a Iván, es cómico, flaquito y un poco más bajo que yo. Totalmente inofensivo. Y después está Malena… llevamos tres días viajando juntos en el colectivo de vuelta, nos bajamos en la misma parada; Malena vive a 6 cuadras de mi casa. Durante el viaje siempre conversamos, hablamos más que nada sobre las materias y los exámenes, yo finjo estar interesado cuando me habla de Matemáticas, Historia o Inglés; asiento a todo lo que dice sin parpadear, concentrado en el abrir-cerrar de sus labios como pétalos. Malena suele mascar chicle y mientras habla no para de formar globos y explotarlos. Cada vez que revienta un globo hace «¡Plap!» y me salpica de saliva dulce, pero no me molesta, me encanta. Su cabellera es lacia y larga hasta las caderas; cada vez que gira el cuello bruscamente algunos mechones de pelo le tapan la cara, ella se los quita moviendo la cabeza de manera tierna. Malena es suave, es como una pluma flotando entre los pasajeros; aunque el colectivo esté repleto ella se las arregla para pasar entre la gente sin rozar a nadie. Si no hay asientos desocupados nos agarramos del pasamano y charlamos balanceándonos con las frenadas y aceleradas del colectivo. Lo único que me hace despertar de buen ánimo a la mañana es saber que tal vez pueda cruzarme con ella en el colectivo de ida, y que seguro volveremos juntos en el de vuelta. Creo que el colegio me parece tan genial por ella, de lo contrario ya hubiera encontrado cosas que me obligarían a sabotearlo.

En la entrada del colegio me cruzo con Teo.

—¡Ey Pirómano! —me dice y me apoya la mano en el hombro—. ¿Tenés cigarrillos?

—Sí. —le digo.

—¿Vamos a la esquina a fumar?, todavía faltan 15 minutos para que empiece la clase.

No me encanta la idea, justamente quería entrar al aula un rato antes para charlar con Malena, pero bueno, también quisiera fumar, así que acepto y caminamos hacia la esquina. En el trayecto nos cruzamos con dos pibes de nuestra clase, apenas los conozco pero me saludan amistosamente, o tal vez con miedo, no lo sé. Giramos en la esquina y nos sentamos en el frente de una casa. Saco mis Marlboro y le convido uno a Teo.

—Gracias… —me dice y saca su propio paquete de Marlboros, del que extrae un encendedor Bic.

—¿Para que fumas los míos sin tenés los tuyos?…

Él se enciende el cigarrillo, aspira profundamente y me escupe el humo en la cara.

—Es que los tuyos son Box, y los míos no. —indica.

—¿Y? ¿Qué tiene que ver eso?

—Ufff, no entendés nada, Pirómano… Los Box tienen mejor sabor que los comunes.

—¿Y de dónde sacaste eso, boludo? Son todos iguales…

—No son todos iguales. Es como la Coca, ¿viste que no tienen el mismo sabor las de botella de plástico que las de vidrio?…

—Sí, puede ser…

—Bueno, es lo mismo con los puchos… por algo te los cobran más caros, les ponen algo que no sé qué es, pero saben mejor.

No había pensado en eso; no sé tanto de cigarrillos como para diferenciar entre el sabor entre un tipo de paquete u otro. Pero lo de las botellas de Coca sí que lo noté. Las que vienen en botellas de vidrio me gustan más.

—No sé, a lo mejor tengas razón; igual, mañana me convidás uno de los tuyos.

—Hecho.

Leonardo Milanni cruza la calle y viene hacia nosotros; es el mayor de nuestra clase, tiene como 16; parece que repitió varias veces. Camina con la pera bien arriba, con aire fanfarrón, me hace acordar a Joaquín. Milanni siempre anda con la corbata desatada y la camisa desabotonada, tiene los pechos marcados, como si hiciera pesas; debe ser fuerte. Lo primero que hace al llegar adonde estamos es encajarle una patada en el tobillo a Teo.

—¡Ayyy, la concha de tu hermanaaaaa! —chilla Teo mientras se aferra el tobillo con ambas manos.

—¿Te estás fumando mis puchos, no? —le pregunta.

Milanni tiene un vozarrón grave y afónico. Por como huele se nota que antes de salir de casa se roció con medio tubo de AXE Musk; reconozco la fragancia porque yo tengo el mismo.

—No… acá están… —le dice Teo mientras saca el atado magullado del bolsillo y se lo entrega.

Milano se lo arranca de la mano; después cuenta cada cigarrillo, uno por uno; se guarda el paquete en la mochila y me clava una mirada hostil.

—No te juntes con éste… No es de confianza.

Después mira a Teo, le da un cachetazo en la cabeza y le dice:

—La próxima vez que me afanes los puchos te bajo los dientes, ¿oíste?

—Siii… —contesta él, acariciándose la cabeza con una mano y el tobillo con otra.

Milanni se va rumbo al colegio. Su fragancia dulzona se queda con nosotros durante un rato. En el camino se cruza con tres chicas y le pasa el brazo por encima del hombro a una rubia con piernas de jugadora de jockey; ella a su vez lo aferra de la cintura como si fuera su novio. Teo se sube la bocamanga, se baja la media y se mira el moretón en el tobillo.

—Es un pelotudo, ya me las va a pagar… —murmura mientras se acaricia el tobillo.

Yo no le digo nada. Supongo que se lo merece.

—Cuidate de este guacho… —me dice.

—¿Cuidarme yo?… —carcajeo—. Creo que el que se tiene que cuidar sos vos.

—No hablo de lo de recién —responde—; te digo que te cuides porque anda detrás de Malena desde hace un año; ella no le da bola, pero si se la cagás te mata.

Hago un breve silencio, escupo y fumo. Ya me parecía que todo era demasiado bonito.

—No le tengo miedo a ese boludo…

Teo se levanta, aplasta el cigarrillo con su zapato sucio y se cuelga la mochila de ambos hombros.

—Deberías. —me dice y se va rengueando hacia el colegio.

Mi vida es como un videojuego, a medida que avanzan los niveles se hace más difícil, los enemigos cada vez son más letales. Pero no me importa, ya pasé por muchas cosas y sobreviví; los que se metieron conmigo acabaron mal… Soy un buen jugador, inteligente, hábil e impredecible. No me da miedo Leonardo Milanni, no voy a dejar hablar con Malena por ese fanfarrón. Yo soy El Pirómano. Si se mete conmigo va a terminar como Ricardo.

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