La edad del idiota: 40. Pirata

Diego M. Rotondo

 

 

 

40

PIRATA

Pedro asoma medio cuerpo por encima de la baranda del puente y escupe. Es el cuarto intento, pero no logra darle a ningún auto. Yo fumo mientras me dejo hipnotizar por las luces de la autopista. La noche está espléndida, azulada, hacen como 25 grados y a pesar de que estamos en marzo se huele el jazmín, mi flor favorita, que me evoca las navidades de mi niñez. Entre noviembre y diciembre es cuando más se huelen los jazmines por las calles. De chico me encantaban las Fiestas; después de que mis padres se divorciaron empecé a aborrecerlas. Igual, el jazmín me sigue gustando.

—Mi viejo siempre decía que en este país se maneja para la mierda —comenta Pedro—. Y tenía razón, mirá cómo acabó él… y mamá.

Se le quiebra un poco la voz al decir «mamá»

—Yo sé que fue mi culpa, que si no me hubiese escapado ese día ellos ahora estarían vivos. Pero también fue culpa de esos putos que venían a mil por hora, borrachos y sin luces. Qué suerte que se murieron, de lo contrario me habría encargado de torturarlos. Los hubiese bañado en ácido sulfúrico para que chillaran de dolor hasta que morir derretidos…

Es la primera vez que Pedro habla del accidente, y yo no sé qué decir, siento que cualquier cosa que diga va a ser una idiotez.

—Y yo te hubiese ayudado a echarles el ácido… —murmuro.

Él me palmea el hombro y sonríe de costado.

—Cada vez que vengo a este puente a ver pasar los autos me acuerdo de esos tipos y pienso en cuántos de todos estos idiotas serán como ellos; cuántos el día de mañana van a perder el control de sus autos y le van a cagar la vida a una familia.

—Muchos, seguro.

Pedro escupe nuevamente, la saliva cae sobre el parabrisas a un Peugeot 505. Se escucha un bocinazo y nos morimos de risa.

—Desde el accidente las cosas me fueron cada vez peor, boludo. Este ojo de vidrio —dice levantándose el parche de gamuza y mostrándome la canica traslúcida que le pusieron— aunque no lo creas, es parte de esa cadena de desgracias que comenzó con esa discusión de mierda. Si no me hubiese escapado ese día en la Costa, ahora, además de tener a mis viejos vivos, también tendría mi ojo.

—No entiendo… ¿qué tiene que ver el ojo con el accidente?

Se prende un cigarrillo, le da una calada y me lo convida.

—Que si mis padres estuviesen vivos yo no me hubiese puesto a buscar pelea ese día en la plaza, y menos con un tipo tan bobo. Vos sabés que yo nunca me peleé, que soy más de hablar, de embaucar y esas cosas. Pero desde el accidente me volví violento… —gira hacia mí y apoya el codo en la baranda—. Yo no te conté, Diego, pero antes de que nosotros nos agarrásemos a piñas, ya me había agarrado como tres veces en el colegio. Una vez gané, otra nos separaron, pero la tercera me molieron a palos; y yo no me sentí feliz, ni ganando ni perdiendo; yo sólo quería pelear, no solo pegar, sino recibir… para mí era lo mismo pegar que recibir. Y con ese trastornado que casi me mata en la plaza no sentí ni un gramo de miedo. En el fondo deseaba que me matara.

—Pero vos lo mandaste al otro mundo… —le digo a modo de consuelo.

—Eso me chupa un huevo; si se hubiese quedado vivo no me habría importado.

Imagino a Eva tomando nota desesperadamente de cada palabra que dice Pedro, se le caería la baba por su caso.

—Mi doctora se haría un festín con esto que me estás contando.

—Ni se te ocurra decirle a nadie. —me advierte.

—No te preocupes, muere aquí.

Ojalá muriera… —musita.

Nos quedamos un rato fumando y mirando a los autos surcar la autopista a toda velocidad. Pedro ya no escupe, solo fuma. Me siento tonto de no poder hablar de esto como debería, pero, ¿qué mierda voy a decirle? Para mí lo del ojo no tiene nada que ver con el accidente. Aunque es verdad que después de eso él se volvió más hostil, más hijo de puta. Y creo que es lo más normal del mundo, si me hubiese pasado a mí ahora estaría en la cárcel o muerto. No sé… por un lado me siento honrado de que me confíe estas cosas, y por otro me siento incómodo, quisiera que se lo cuente a otro. No debo ser un buen amigo.

—¿Te imaginás tirar un maniquí desde acá arriba? —me pregunta—. ¡Sería un desastre, boludo! Igual que en las películas cuando chocan todos los autos en cadena. ¿Podríamos hacerlo un día, no?

—¡Estás limado! Si llego a hacer algo así el juez me manda al reformatorio de una patada. Además, podría morir gente.

Pedro se ríe y asiente.

—Eso es lo que le da más emoción, que pueda morir gente, ¡mucha gente!

—¿Estás jodiendo no?

—Sí, nabo, obvio que estoy jodiendo. Vamos a comprar una Coca.

Nos alejamos del puente, una ambulancia surca la calle a toda velocidad, el sonido de la sirena parece estirarse a medida que se aleja. Pedro se queda mirándola hasta que desaparece zigzagueando entre el tráfico.

—Mi hermano, que labura en la Dirección de Tránsito, me cuenta que las ambulancias chocan más seguido de lo que pensamos. Que cuando alguien se está muriendo y lo llevan a toda velocidad, las probabilidades de que se muera por un choque de la ambulancia no son mucho menores que las de morir por eso que está siendo trasladado. Lo dicen las estadísticas, boludo. Cuando nos llevó la ambulancia aquella vez yo no sabía todo esto. Si algún día me da un infarto o algo parecido, no me dejo llevar en ambulancia ni en pedo, me voy arrastrando hasta el hospital.

Llegamos al barcito de la YPF y pedimos una Coca. Hay dos pibas de nuestra edad sentadas en una de las mesitas, nos miran, sonríen y se murmuran algo entre sí. Pedro lo nota enseguida.

—Yo pensaba que por llevar este parche las minas se asustarían, pero nada que ver. Es más, desde que lo tengo las chicas del colegio se me acercan todo el tiempo a decirme que me hace recio, que parezco un pirata… Ya me transé a varias gracias a este parche.

—Tiene algo de estilo —le digo mientras desenrosco la tapa de la Coca—. Es verdad que te hace malo.

—A las pibas les gustan los tipos peligrosos, así como Joaquín. Por eso él siempre anda con alguna nueva. Las punks de la plaza están muertas con él.

—¿Quiénes, las roñosas que siempre andan con remeras de Los Ramones? Chino dice que tienen sífilis. Que se la contagiaron por coger con Los Úrus.

Los Úrus son una pandilla de punks de entre 15 y 19 años que siempre andan dando vueltas por la plaza haciendo bardo. Dicen que siempre están drogados y armados con sevillanas. Son como 14 y viven todos juntos en una casa abandonada cerca de Los Sacristanes. A veces paso por la puerta, siempre hay botellas de cerveza, forros usados y filtros de cigarrillos regados por el jardín. Las puertas y ventanas están todo el tiempo cerradas y desde adentro se oye música punk a todo volumen. Joaquín es amigo de uno de ellos, lo conoció en el Nacional 15. Me alegro de eso, no quisiera tener problemas con esos tipos.

—Puede ser, pero hay una que está fuertísima, siempre va con pantalones ajustados, tiene un culo alucinante. —dice Pedro sin dejar de mirar a las chicas de la mesita.

—Valeria a veces escabia con ellas. —le digo.

—¿Qué pasó con Valeria? —me pregunta—. El otro día me la crucé y me dijo que te dejó por idiota.

—Qué hija de puta, ¡si yo la dejé a ella! Le dije que no pensaba esperar más para coger  y que había conocido a una piba en el colegio que quería coger conmigo.

—¿En serio?, ¿te lo dijo?

—Bueno, no en realidad. Pero sí es verdad que conocí a una mina, se llama Malena, está buenísima y gusta de mí. Es la única que parece no tenerme miedo en todo el colegio.

—¿Y por qué te tienen miedo?

—Se corrió la bola de que quemé a un pibe en el San Cayetano.

—¡Eso es genial, boludo! ¡Te las vas a garchar a todas!… Ya te dije: a las chicas les gustan los tipos peligrosos.

—Sí, ¡como nosotros!

—¡Seeee! —grita Pedro y brindamos con nuestros vasitos de plástico.

Pedro se levanta y camina decidido hacia la mesa de las chicas. Me hace señas para que lo siga, pero me da mucha vergüenza, le digo que vaya solo. Se acerca una silla de otra mesa, se sienta junto a ellas y les estrecha la mano. Las chicas le sonríen divinamente, les brillan los ojos; una es pelirroja y la otra morena, son lindas, aunque no tanto como Malena. Pedro le dice algo a la pelirroja, ella saca un papel y una lapicera. La morena se da vuelta, me mira y se ríe, tiene las pestañas larguísimas. Después de cruzar unas palabras Pedro se levanta y regresa a nuestra mesa.

—Listo. —dice.

—¿Listo qué? —le pregunto emocionado.

—Me dieron sus teléfonos. Les pregunté si querían ir a bailar a Tubs el sábado y dijeron que sí. Están con nosotros, pero no las mires mucho, tenemos que parecer indiferentes, eso les gusta.

—¿A bailar? ¿A Tubs? Pero no nos van a dejar entrar… tenés que ser mayor de 18.

—Vos dejamelo a mí. El sábado a las 11 te paso a buscar y vamos.

—Nunca fui a bailar, boludo…

—Bueno, el sábado va a ser tu primera vez, y además te vas a apretar a la morocha. —dice guiñándome el ojo bueno y advirtiéndome de que no me fije en la pelirroja, que es para él.

Pedro volvió a ser Pedro. En menos de 5 minutos sedujo a esas dos pendejas.

—Podemos decirle a Chino y a Joaquín… —le propongo.

—¡No seas gil! Si Joaquín viene nos va a cagar las minas. Si querés le decimos a Chino, que es inofensivo, pero no creo que venga, seguro va a estar estudiando.

—Bueno vayamos nosotros y listo.

Nuestras amigas se levantan sin dejar de mirarnos, nos saludan con las manos antes de cruzar la puerta de vidrio. Les devolvemos el saludo, pero sin demostrar demasiada emoción.

—Con estas garchamos seguro. —comenta mi amigo una vez que se van.

Pedro suelta un eructo estruendoso. Se ve que se lo estuvo aguantando y no lo soltaba para no espantar a las pibas. El tipo que atiende el mostrador lo mira de reojo mientras lee el diario.

—¿Y cuándo le vas a dar mi teléfono a la bruja de tu doctora?

—Mañana la llamo y se lo paso. ¡No la vayas a cagar, boludo! Que si se aviva voy a tener que volver a soportarla otro año…

Pedro entorna los ojos, emite un gesto canchero y me da un suave cachetazo.

—Vos dejame a mí. Mañana, a todos los que llamen los voy a atender diciendo: ¡Verdulería, qué desea!… ¡Ja, ja, ja!

—Y hablá como si tuvieras 50 años más o menos.

—Eso es lo más fácil. —dice y vacía su vaso de Coca—. Las chicas dicen que tengo voz de 25.

—Mirá que no es boluda la gallega; no es como en los chistes.

—¡Cortala pelotudo! No tengas miedo. El único problema es Adrián, si llega a atender él va a arruinar todo. Pero no te preocupes, voy a convencerlo de que no atienda.

—¿Y cuando llame de nuevo? Te dije que quiere comprobar que voy a ir todas las semanas a trabajar.

—Eso sí es un problema, boludo —se pone serio y se acaricia la barbilla—. No puedo pasarme la vida diciendo «Verdulería, verdulería…» cada vez que atienda el teléfono. A lo mejor llama una vez sola y después se olvida.

—No, no se va a olvidar, la conozco, va a comprobarlo cada semana y a la misma hora.

—Eso es bueno, si llama siempre en el mismo horario, yo voy a estar preparado.

—Mejor entonces.

Pedro se inclina hacia adelante y me mira entornando los ojos.

—Oíme, es un favor muy grande el que te voy a  hacer; vos también tenés que hacer algo por mí.

—Sí, boludo, lo que quieras.

—Tus pastillas.

—¿Eh?

—Me dijiste que tenés como 6 cajas de pastillas sin abrir.

—Te referís a las Risperín.

—A esas, las que me dijiste que no tomaste casi ninguna.

—Mirá que no te hacen sentir bien, eh. Te dejan enfermo, abombado. Yo te las doy, pero no te van a gustar. Son para esquizofrénicos.

—No las quiero para mí… son para negociar.

—¿Para negociar con quién?

—Con los negros de la esquina de casa.

—¿Estás loco? ¿Te vas a hacer narcotraficante?

—¡Nooo, pelotudo!, solo se las voy a cambiar por cosas. Una videocasetera por ejemplo.

—¿Tienen videocaseteras?

—¡Ya te dije que tienen de todo! Salen a afanar todas las noches.

—Bueno, cuando quieras te las doy. Menos mal que no las tiré a la basura. Además me viene bien deshacerme de ellas, si mi vieja llega a descubrir que no las tomé me revienta.

—Hecho entonces. Vos traeme las pastillas que yo me ocupo de la bruja gallega.

No sé por qué siento que me estoy metiendo en un gran quilombo.

 

 

 

 

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