La edad del idiota: 39. El alta

Diego M. Rotondo

 

39

EL ALTA

—¿Por qué siempre hay olor a grasa en este departamento?

La doctora Eva me observa pensativa, como si mi pregunta escondiera algo, lo sé, la conozco y sé exactamente lo que va a decir:

—¿Dónde oliste a grasa por última vez?, ¿tal vez en la época en que tus padres peleaban a diario?…

—¡Nooo!, nada que ver. Solo pregunto. Me da náuseas ese olor igual que se las daría a cualquier persona normal. ¿No podés ventilar o echar desodorante?… Vengo cuatro veces por semana y entre el humo del cigarrillo, el olor a grasa y la música clásica me enfermás. Además tenés cucarachas, ¿lo sabías no? Hace meses que veo cucarachas caminando por todas partes…

De repente me siento rabioso, todo lo que me molesta sale de mi boca como un vómito incontenible. Me aguanté durante meses de hablarle del olor, no quería ofenderla, me daba pena… ¡Pero al menos que limpie un poco!, ¿o no les molesta a sus demás pacientes? Seguro ya se lo habrán reclamado varios.

—Pues te pido disculpas, Diego. No sabía que te molestaba. Deberías habérmelo dicho antes y hubiera hecho algo al respecto. Tú sabes bien que jamás salgo de este departamento, creo que me he acostumbrado al olor y no lo noto. Y lo de las cucarachas —se sonroja—, bueno, es un problema de todo el edificio, el fumigador viene cada dos meses pero se ve que no es muy bueno.

Es raro que Eva me hable así, como avergonzada, sin su cinismo característico; ahora siento remordimientos.

—De todas maneras ya no deberás preocuparte por eso, hoy es la última sesión pactada con el juez. A partir de mañana no tendrás que venir más 4 veces por semana, a lo sumo una vez al mes —saca unos papeles del primer cajón del escritorio y me los muestra—. Fijate, este es el escrito del magistrado, observa la fecha, hace exactamente un año que ordenó tu tratamiento. ¿Ves?

Creo que la última vez que me sentí tan feliz fue en las vacaciones del año pasado, cuando mamá me dijo que una chica me había venido a ver y yo supe que era Valeria; la otra Valeria.

—Claro que yo podría hablar con el juez y decirle que necesitamos extender el tratamiento… —me dice mientras se hunde en su asiento y cruza las manos.

—¿Y por qué?

—No sé, dímelo tú…

—¿Te enojaste por lo que te dije del olor y las cucarachas?

—No seas gilipollas, Diego. Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Te juro que no.

Ella se inclina hacia adelante, las patas de su sillón emiten un sonido crujiente, abre el segundo cajón del escritorio y saca su cigarrera con la banderita de España; extrae un pucho, lo coloca con cuidado en la boquilla y se lo enciende. Se toma todo el tiempo del mundo, le encanta este suspenso, le encanta porque yo lo odio.

—Sé que no has tomado el Risperín. —me dice y le da una calada a la boquilla mientras se vuelve a sumergir en el sillón. Detrás de ella una paloma se posa en el borde de la ventana, me mira un momento y tuerce la cabecita, luego sale volando.

—¡Sí que lo tomé! —le miento—. Todas las noches, desde hace un año.

—¿Tú crees que soy idiota, cierto?

—No. —miento.

—La dosis que te di era bastante alta, y en ningún momento te noté la sensación de abombamiento que tienen todos los que toman Risperín durante los primeros días.

—¡Sí sentí todo eso!, ¿no te acordás al principio, que estaba como adormecido?

—Eres pésimo actor, Diego. Y si sigues mintiéndome voy a tener que meditar sobre firmarle este papel al juez —dice sosteniendo la hoja por una punta y haciéndola flamear con sarcasmo frente a mis ojos—. Tú decides.

—Bueno sí, solo tomé tres o cuatro, y después las dejé. Me hacían sentir horrible. ¿Me vas a castigar por eso?

—Claro que no. Imaginé que no las tolerarías… —explica mientras su rostro pálido se disipa tras la nube de humo que nace de su boca.

—¿Entonces?…

—Pero hubiese querido que me lo dijeras sin tener que forzarte. Eso habla de la poca confianza que tienes en mí.

Qué novedad.

—Si te lo decía le ibas a decir a mi mamá que me obligara a tomarlas.

—Pues no. De hecho, que hayas llegado hasta esta instancia del tratamiento sin haber cometido actos violentos con otros chicos significa que no las necesitabas. Por eso, a pesar de que estaba segura de que no las tomabas, decidí dejarlo pasar y ver si conseguías evolucionar sin ellas.

—Bueno. Ya viste. Estoy curado entonces.

—Ya lo veremos. Ahora dime, ¿quemaste algo últimamente?

—¿Otra vez con eso?

—Dime sí o no. Pero ten en cuenta que si mientes lo sabré.

Vaya. Ahora sí que no sé que responder, no me conviene mentirle ni decirle la verdad, las dos cosas pueden hacer que desista de firmar.

—Hace dos semanas quemé el toldo de una verdulería y tuvieron que ir los bomberos.

Listo, directo a la hoguera, al olor a grasa, las cucarachas y la música clásica por un año más.

—¿Y cómo te sentiste?

Espectacular.

—Me arrepentí, pero ya era tarde. Igual era domingo y estaba cerrado…

—Ok —dice mientras deja caer la larga ceniza en el cenicero—, vamos a hacer un trato.

—¿Qué trato?

—¿Esa tienda sigue funcionado?

—Sí. Sólo se quemó el toldo.

—¿Conoces al verdulero?

—Sí.

Todos en el barrio conocen al gordo Cacho, mamá dice que le pone cera de autos a las manzanas para que se vean más relucientes. Una vez pasamos con Joaquín por la verdulería y le preguntamos si nos regalaba una banana, él se empezó a reír a carcajadas, se agarró la entrepierna y nos dijo: «¡tomen. aquí tienen una grande!». Es un viejo pajero, siempre se anda baboseando con las pibas que salen del colegio. Lástima que no lo quemé a él.

—Pues mira, este es el trato: yo te voy a firmar el Alta, pero tú te irás a esa verdulería y le dirás al dueño que quieres trabajar para él durante un mes, 3 horas, todas las tardes al salir del colegio; gratis, sin cobrar; solo para aprender.

Está más chiflada de lo que yo creía. Esto es de película, el solo hecho de imaginarme trabajando al lado de Cacho me produce arcadas. Además, ¿trabajar gratis?, ¿y de verdulero?… Ahora entiendo por qué en los chistes de gallegos los hacen pasar por estúpidos.

—¡Ni loco!

—Si te niegas tendré que tomarme un tiempo para pensar si estás listo para dejar el tratamiento.

Qué hija de puta. Debo resolverlo rápido, es la única forma de quitarme a esta bruja de encima.

—Ok, voy a decirle al verdulero… pero tal vez él no quiera, aunque sea gratis. La gente desconfía…

—Pues si no quiere mejor para ti; igual irás y te ofrecerás. Luego de hablar con él, le pedirás su número telefónico para que yo lo llame y confirme que has ido a verle.

—¿Es necesario que me tortures así?

—Mira Diego, necesitas saber que tus acciones tienen consecuencias, que no puedes destruir la propiedad ajena sólo porque eres un chaval rebelde enojado con el mundo. Debes aprender a pagar por cada daño que haces.

—Ok.

Eva se levanta y camina bordeando el escritorio, se para a mi lado y me posa su mano en el hombro. Su perfume me recuerda al Gamexane que rociaba mi abuela en el jardín para matar las hormigas.

—Eres libre.

—¿No tengo que venir más?

—Bueno, eso lo hablaré con tus padres. Pero mira que estaré esperando el número del verdulero…

—¡Bueno!

Me levanto y le doy un beso en la mejilla. Salgo de su departamento como un bólido, no espero el ascensor, bajo las escaleras a toda velocidad, saltando de a tres escalones. Una vez en la calle corro hacia el kiosco de la vereda de enfrente y compro monedas para el teléfono público que hay en la puerta. Estoy tan emocionado que se me caen los cospeles al piso, logro insertar uno en el aparato y marco el número de memoria. Da tono de llamada, suena tres veces hasta que atiende.

Hola.

—¿Pedro?

Qué hacés, ¿todo bien?

—Sí, escuchame, tenés que hacerme un favor súper importante: tenés que hacerte pasar por Cacho, el verdulero.

 

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